EL PROTAGONISMO DE LA PALABRA EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA SOCIEDAD
La Tribuna Cultural
Javier Suazo Mejía
Hoy en
día damos por descontado los logros que hemos alcanzado como humanidad, y no
reparamos en la relevancia de ese legado que hemos recibido de la sangre, el
sudor y las lágrimas que vertieron, según los cálculos más actualizados, entre
117 y 150 mil millones de seres humanos, de la especie homo sapiens sapiens a
lo largo de la prehistoria y la historia. Este dato, meramente estadístico, el
cual cito de estudios como los del demógrafo Carl Haub, contienen un amplio
margen de error, es cierto, no obstante, implican algo mucho más notable en el
fondo: el drama, la pasión, los sueños de millares y millares de millones de
personas que, de una manera u otra, han impulsado el desarrollo de la
civilización hasta los alcances que hoy día disfrutamos.
Si
bien, la humanidad ha alcanzado un período singular, de amplios beneficios para
una masa de personas como nunca antes se había visto en la historia, población
que, a partir de la revolución industrial en el siglo XIX, ha mostrado un
inusitado crecimiento a una velocidad vertiginosa, gran parte de esa población
sigue sin estar consciente de los grandes pasos dados y que nos han llevado a
salir de las tinieblas y la barbarie; todavía se siguen repitiendo ciclos
nocivos en contra de la libertad, la paz y la vida misma en este tercer planeta
del sistema solar, lo que nos lleva a una verdad patente que debería ser un
acicate para quienes reflexionamos en el bienestar universal: todavía queda
mucho por hacer, todavía hay muchas batallas por pelear, todavía quedan sueños
por conquistar.
Ya no
estamos obligados a trabajar, de por vida, para un señor feudal con el poder de
prohibirnos dejar el terruño en donde nacimos sin su consentimiento expreso; y
nadie tendría que cederle el derecho de pernada a su rey para que este pueda
disfrutar la primera noche de placer carnal con la virgen recién desposada con
uno de sus vasallos. Se supone que ya no pueden invadirse entre naciones sin
causa justificada, sin seguir los protocolos modernos del causus belli. Todavía
persiste la esclavitud sexual, la explotación laboral, la imposición
autoritaria de los gobiernos, el nepotismo, la privación del conocimiento, así
como la violencia brutal en contra de la vida. Pero, tenemos instituciones,
órganos jurídicos, defensores de los derechos humanos, y no solo eso, de la
naturaleza misma. Tenemos derecho a aspirar a diversas comodidades, incluso a
movilizarnos, aunque este último todavía está limitado y estigmatizado en
varios aspectos: nadie es criminalizado por ser inmigrante «ilegal», en
realidad lo es por ser pobre. Hoy en día, muchos crímenes y violaciones a
los derechos humanos ya no quedan ocultos, como el icónico caso de George
Floyd, el 25 de mayo de 2020, en el que el mundo entero miró, en tiempo real,
la muerte de un hombre de la comunidad afro durante el proceso de su arresto,
en una calle de Minneapolis, en los Estados Unidos de Norteamérica. El avance
de los medios de comunicación ha sido clave en el desarrollo de la comunidad
humana tal y como lo vivimos hoy en día.
Es, en
este punto, donde debemos hacer un alto para destacar el más grande, invento en
la historia de la humanidad, piedra clave, fundamento imprescindible, si ne
qua non de nuestra civilización: la palabra.
Y es
que, incluso, en el imaginario mágico religioso de diversas culturas alrededor
del globo se expresa la frase que indica que el creador empleó LA PALABRA para
hacer el universo existente. Esta coincidencia no es casual, responde a una
memoria colectiva impresa en nuestro subconsciente a lo largo de centenares de
milenios, una memoria de la lucha en contra del miedo, en contra de las
tinieblas y las fieras que en ellas se agazapaban, una lucha encarnizada contra
el frío y la muerte.
En
primera instancia, la palabra nos permitió la cooperación compleja, la que se
observa en procesos intrincados como la organización para la caza y la
supervivencia; ello nos brindó acceso a coordinar estrategias de caza y
compartir información sobre los recursos disponibles y las amenazas acechantes en
el agreste entorno de hace más de un millón de años. Esto, también dio paso a
la organización social, el proceso semántico mediante el cual establecimos
códigos de comunicación y su consiguiente acuerdo de decodificación de los
mismos, así se dio pie a que se pudieran coordinar grupos más grandes y
mantuvieran su cohesión a través de normas, alianzas y jerarquías expresadas
verbalmente.
En
paralelo a lo anterior, el empleo de la palabra aceleró la transmisión
cultural. El aprendizaje intergeneracional fáctico y no intuitivo se hizo
posible; las nuevas generaciones aprendieron rápidamente a fabricar
herramientas, a usar el fuego y extraer las propiedades medicinales de las
plantas y su posterior desarrollo en comunidades agrícolas que manejaban los
ciclos lunares para sus cosechas; esto permitió la herencia de un conocimiento
preciso evitando, así, el atraso de tener que recurrir a reinvenciones
constantes. Sumado a esto, quizá lo más sublime, lo más exaltado en el
pensamiento humano, lo que nos convirtió en dioses: el descubrimiento de la
belleza del arte. La imaginación humana dio un paso en firme y se posicionó con
altura sobre la tierra para crear la estética como producto intelectual.
Surgieron mitos, rituales, arte, abundante arte, como las pinturas rupestres de
Chauvet que datan de hace más de 30,000 años de antigüedad. Imaginen ustedes el
salto evolutivo que esto representó: el salto de lo procaz, de lo meramente
anecdótico hacia la estilización de lo abstracto, de lo surrealista y de lo
hiperrealista: fue una explosión en lo más profundo de la mente humana que
permitió, a su vez, reforzar las identidades grupales, los lazos familiares, la
sublimación de conceptos tan excelsos como el amor, el deber y la solidaridad.
Este
es pie para el tercer producto de la palabra en favor de la evolución humana:
El desarrollo del pensamiento abstracto. Este avance fue la semilla del
pensamiento filosófico del que surgieron abstracciones de enorme impacto social
como la justicia, los dioses y el tiempo, todas sirvieron de base para las
religiones, las leyes y la filosofía. A la par de estos procesos cognitivos se
encendió otra de las luces evolutivas que nos conducen: la innovación
tecnológica que nos proporcionó inventos como la agricultura, hace 15,000 años,
y, entre los más sublimes de los sublimes hitos: la escritura, hace más de
6,000 años.
Sin la
palabra no abría sido posible la ventaja evolutiva que permitió la
sobrevivencia de un animal que, físicamente, estaba destinado a ser barrido por
fieras mucho más poderosas, a ser extinto por condiciones climática inhóspitas,
a ser borrado de la faz de una tierra despiadada con los más débiles. El uso de
la palabra y sus abstracciones permitió un favorable proceso de selección
natural que se hizo patente en el desarrollo del cerebro humano, en especial en
un área cerebral específica denominada el área de Broca que está estrechamente
vinculada al lenguaje, permitiéndonos procesar información social, técnica y
estética. Incluso, el desarrollo del lenguaje verbal, que en nuestra especie se
volvió más flexible y combinatorio, fue un factor que nos hizo imponernos y
sobrevivir a otras especies humanoides, como los neandertales, que pese a tener
ciertas capacidades simbólicas, no alcanzaron a equiparar la riqueza del
lenguaje del cromañón.
Fue
así como la palabra se convirtió en la base de la civilización política y
económica, así como de la revolución científica que nos dio las matemáticas, la
física y la medicina organizada.
Fue
así, con la base de la palabra en la tradición oral, en el desarrollo del mito
y la contabilidad de las proezas de las y los humanos, en la transmisión del
conocimiento entre las generaciones, que se dio pie a la revolución más
hermosa, más determinante y más sublime en los milenios de historia de la
humanidad: LA PALABRA ESCRITA.
Y, es
irónico, no hay palabras suficientes para describir el impacto total que este
cataclísmico evento provocó para el registro de la información, la
administración de las sociedades complejas y la preservación del conocimiento.
Desde la preescritura, hace más de 40,000 años, con sistemas icónicos como las
pinturas rupestres y las muescas en huesos y piedras, que eran representativos y
que no trasmitían lenguaje hablado, hasta la escritura cuneiforme que vio la
luz en Mesopotamia alrededor del 3,500 antes de Cristo en Uruk de Caldea,
actual Irán, la palabra escrita tuvo una de las historias más fascinantes que
existen, historia de la que también formaron parte la escritura protoelamita
(3,100 a.C.) y los jeroglíficos egipcios que datan de la misma fecha; la
escritura china, en la dinastía Chang (1,200 a.C.), la andina (2,500 a.C.) y la
Olmeca en Mesoamérica (900 a.C.). La humanidad se transformó por completo
dándonos un lugar cimero en el universo.
A ello
siguió la revolución de los alfabetos a partir del 2,000 a.C. con el
protosinaítico desarrollado por los trabajadores semitas en Egipto y que fue
fundamento de una nación que persiste hasta el día de hoy; el fenicio que data
aproximadamente del 1,200 a.C. y el griego (800 a.C.) que está presente todavía
hoy en nuestra comunicación cotidiana.
Fruto
de ello tenemos gestas épicas de la cual, la más antigua registrada es la
fascinante historia plasmada en el Poema de Gilgamesh (2,100 a.C.) con su
profunda reflexión sobre la muerte, la amistad y el amor, tres temáticas que
siguen presentes en la literatura universal hasta nuestros días. Y cómo no
mencionar a Enheduanna, la primera autora registrada por su nombre en la
historia (2,285-2,250 a.C.), hija del rey Sargón de Acad y sacerdotisa del dios
Nanna en la ciudad de Ur, mujer de brillantes capacidades que redactó poemas e
himnos religiosos.
¿Cómo
describir toda la hermosura, la reflexión, el asombro, el pavor y la emoción
que la palabra escrita ha producido en los corazones y mentes de la humanidad?
Ha impulsado revoluciones que desmoronaron a los más poderosos imperios, ha
convertido a humildes pastorcillos en reyes, ha liberado naciones enteras del
yugo de la esclavitud, ha llevado al ser humano hasta las estrellas y a pisar
el polvo de la luna, nos ha hecho conquistar tierras, mares y cielos, nos ha
dado una luz imperecedera capaz de brillar con furia y poder aun en los lugares
más remotos y sombríos del planeta. Vocales, consonantes, sílabas, frases,
oraciones, millones y millones de volúmenes que nos forman, nos moldean
transformándonos del más vil barro en entes espirituales que cabalgan en las
carrozas de los dioses. La palabra escrita con su poder revolucionario,
disruptivo, cataclísmico. Y, sumado a ello, el rompimiento del secreto arcano
de su redacción a través del invento de la xilografía en bloques de madera, en
la China del año 593 d.C., y de la publicación del primer libro impreso
conocido, el Sutra del Diamante, 868 d.C. durante la dinastía Tang.
Posteriormente, en el siglo XI, Bi Sheng inventó la imprenta de tipos móviles
utilizando arcilla cocida o porcelana, a partir de ahí, todo el poder del
conocimiento y la razón quedó plasmado en un medio que podía estar al alcance
de la totalidad del pueblo. Seguido a ello, unas centurias más adelante, la
civilización occidental recibió, también, este don portentoso a través de la
imprenta de Gutenberg, cuyo primer libro impreso no fue otro más que la misma
palabra del dios cristiano, la Biblia. De más está contar la revolución que le
siguió con Lutero y la reforma protestante. A partir de ahí, la palabra
escrita, la ilustración, la luz que disipaba la tinieblas fue cómplice y
conspiradora de los terremotos que sacudieron las rancias monarquías y el poder
tiránico de la aristocracia; así fue cómo la palabra se convirtió en pilar de
la revolución de Cromwell en la Gran Bretaña, y la emancipación de los Estados
Unidos de Norteamérica, la que, a su vez, inspiró las palabras que derrocaron a
Luis XVI costándole a él y a su reina María Antonieta, la cabeza. Fue la
mismísima escritura la que, después, influiría en la comuna de París y en la
revolución bolchevique en Rusia. Palabra poderosa, afilada, presta a desmembrar
las tiranías cual cimitarra desenvainada, indómita, airada, reivindicadora.
Ya
impresa, la palabra tuvo un poder letal, pero además, fue máquina del tiempo,
aparato teletransportador, clave para la apertura de universos paralelos y
fantásticos. Fue así como, en nuestros días, pudimos viajar a la lejana Troya y
estremecernos con la muerte de Patroclo y el periplo de Odiseo; Confucio y
Marco Aurelio nos hicieron reflexionar; Pablo de Tarso cambió el curso de la
humanidad; Mary Shelley nos aterrorizó, pero también nos llevó a reflexionar
sobre la vida y la muerte; sufrimos con el Jean Valjean de Víctor Hugo las
penurias de la injusticia; nos pasmó el terrible poder de la naturaleza a
través de las letras de Quiroga; visitamos con Borges bibliotecas
inverosímiles; recreamos con García Márquez la odisea de cien años de nuestros
bisabuelos. Todo por el poder de ese terremoto llamado palabra escrita.
No
obstante su actual accesibilidad, la lectura de la palabra escrita está
sufriendo un decrecimiento hoy en día. Como referí al inicio de esta ponencia,
damos por sentados muchos de los privilegios que gozamos en el presente cuando
la sabiduría y el conocimiento están más al alcance de la mano que nunca. Un
ejemplo de la lucha de nuestros antepasados por mejorar sus vidas a través del
estudio me lo brindaron mis abuelos paternos, una pareja de campesinos
analfabetas, Natividad y Marcela. Se empeñaron en hacer de sus hijos
profesionales universitarios, convencidos de que solo la luz puede desvanecer
las sombras de la pobreza. Fue así como, pese a las burlas de sus vecinos, convirtieron
en profesionales a sus ocho hijos e hijas; de ahí surgió la primera abogada de
aquella región del Valle del Aguán, mi tía Zunilda, y el primer magistrado de
la Corte Suprema de Justicia, mi padre que en paz descanse, José Antonio Suazo.
Por su parte, mi madre, mujer sabia y diligente, de enorme brillantez, fue la
primera profesional universitaria de la familia por esfuerzo propio la que se
profesionalizó, y quien pedía por recompensa, por cada curso aprobado con la
máxima calificación, que se le permitiera estudiar el año siguiente, y así
Paquita, mi Paquita amada que ya reposa en el sueño eterno, hizo que sus
hermanas también alcanzaran sus títulos profesionales. Las vidas de todos los
miembros de nuestra familia cambiaron para bien, gracias al estudio y a la
palabra escrita. Así como ellos, millones de nuestros connacionales y de otras
personas que viven en el subdesarrollo podrían cambiar de manera radical si
primero tuvieran la consciencia plena de lo que la búsqueda de la sabiduría a
través de la palabra escrita podría hacer para revolucionar sus vidas. Esa es
la revolución del futuro, la revolución que nos llama, que nos demanda la
máxima diligencia para llevarla a cabo: la revolución de la sabiduría, el amor
y la solidaridad.
Sin
embargo, hoy más que nunca, esa revolución se encuentra bajo la amenaza de no
ocurrir ni en nuestros tiempos ni en los subsiguientes. Con el surgimiento de
la revolución industrial, se ha llevado a acabo otro proceso que pone en
precario la evolución cerebral del ser humano: la cultura del entretenimiento.
Si bien el entretenimiento puede ser un arma poderosa para la formación
intelectual de las personas a través de técnicas de pedagogía lúdica, no hay,
de manera visible, en la actualidad, un movimiento que se preste con fuerza a
transformar la ludofilia actual, la pasión por el entretenimiento y el
mundo del espectáculo, en una guía orientadora hacia el establecimiento de la
nueva sociedad equitativa y de justicia que anhelamos. Y es irónico, porque
todos y todas en este planeta, de alguna forma o de otra, deseamos lo mismo:
ser libres y ser felices; no obstante, no hemos sido capaces de lograr un
consenso sobre lo que define esa libertad y esa felicidad.
Tenemos,
pues, hoy en día una sociedad plagada de onanistas que masturban sus cerebros
con música prosaica, de la más llana vulgaridad y desnuda de manera total de
toda intención lírica; las imágenes audiovisuales se han plagado de superhéroes
tóxicos e insulsos que abren el debate sobre los temas más banales que pudieran
imaginarse, los jóvenes se dejan derretir los sesos pegados horas y horas en el
ordenador jugando con programas cuajados de violencia y lujuria, o celebrando
chistes imbéciles deslizando la pantalla de sus móviles para hartarse de
innumerables memes. Se lee menos literatura, se aprecia menos la música que
exige mayor virtuosismo, se matan las horas con películas vacías de contenido;
el efecto de todo esto no debe tomarse a la ligera. Estudios demuestran cómo
estas prácticas reducen las capacidades cognitivas, en otras palabras, estupidizan
a la masa de espectadores que los aplauden y, lo que es peor, les va reduciendo
las capacidades de emplear lo que nos llevó al pináculo de la evolución: la
palabra misma. Esta generación va mostrando, cada vez más, una torpeza
alarmante en sus habilidades comunicacionales, muestra de ello son los textos
que escriben en sus plataformas de mensajes, su incapacidad para redactar el
ensayo más ínfimo sin la ayuda de la inteligencia artificial, que, ni siquiera,
es inteligencia sino búsqueda hiperveloz de conocimientos acumulados; su
pobreza al hablar y tratar de expresar ideas, sentimientos, reflexiones es
insondable. Esto conlleva el surgimiento de una generación narcisista, vacua e
imbécil para la que mostrar el trasero y las tetas genera más orgullo que hacer
alarde de conocimientos, para quienes prefieren inundar sus redes sociales con
fotos del gimnasio, las comidas y los paseos que compartir los libros que leen.
En este punto de riesgo se encuentran la palabra y la evolución que esta nos ha
brindado.
Para
ustedes, educadores, no es algo nuevo lo que estoy planteando. El desaliento
que provoca llegar a un aula en la que el pensamiento crítico parece haber sido
exiliado, en donde el vocabulario no alcanza para estructurar una frase
inteligible y los chicos parecen haber sucumbido al lenguaje obsceno del
pedagogo de las tinieblas: Benito Antonio Martínez Ocasio, alias Bad Bunny.
Señoras,
señores, estamos ante el llamado de una nueva revolución, la revolución por el
rescate del pensamiento crítico, por la liberación de la juventud y del pueblo
en general ante el neocolonialismo cultural que tanto el más despiadado
capitalismo, así como las corrientes del más grosero populismo intentan
implantar en las mentes de nuestras hermanas y hermanos para someterlos al yugo
del autoritarismo y la explotación. Digo «estamos» porque al abrazar la carrera
pedagógica y académica, al conformar la intelectualidad y el amor por la
sapiencia, hemos apretado contra nuestro pecho la íntima necesidad de
transformar nuestro tiempo y nuestra sociedad para bien. La última frontera que
nos queda por conquistar es la de nuestra verdadera libertad de pensar, de
movernos, de vivir con dignidad, y eso solo es posible con el arma milenaria de
la palabra sabia, emancipadora, crítica y rebelde a la vez. Es la lectura de la
palabra escrita la única que puede devolvernos la capacidad de conformar en
nuestros cerebros los pensamientos estructurados que representan una nueva raza
iluminada. Es curioso, mi abuelo fue guerrillero en la guerra de 1924, a mí me
gusta pensarme como un guerrillero del pensamiento crítico en este nuevo
milenio y me encantaría saber que no estoy solo en esta gesta que no es utópica
sino práctica, esencial para la supervivencia de la humanidad; anhelo tener la
certeza de que soy parte del colectivo de las ideas transformadoras y
constructoras de la sociedad de justicia, paz y solidaridad.
Pero,
¿qué hacer? ¿Por dónde empezar? Bueno, el primer paso parte de la máxima:
ayúdate a ti mismo. Debo comenzar por alimentar primero mi espíritu y mi
intelecto. Cada formador, cada pedagogo, debe iniciar transformando su propia
mente, debe asumir con pasión su deber de ilustrarse a sí mismo y volcarse de
lleno a la lectura así como a la búsqueda de experiencias pragmáticas que
nutran su vida y la incendien con las llamas del conocimiento. Un maestro que
no lee es tan inservible como un cuchillo sin filo. De ahí, la necesidad de
entregarnos a los libros porque nadie puede brindar lo que no tiene ni dar lo
que no posee.
A
partir de ese punto, pasamos al siguiente reto, influenciar a nuestros
discípulos con el ejemplo y el amor. ¿Por qué menciono el amor? Porque la letra
no entra con sangre, entra con amor. Muchos hay quienes defienden que los
planes de introducción a la lectura deben iniciar en los clásicos, libros de
difícil lectura para los educandos actuales y que terminan en provocar en ellos
el hastío y el rechazo. Los textos empapados en los crípticos vericuetos del
lenguaje antiguo no generan vínculos con los lectores actuales, y tal y como
plantea el mismo Borges, erudito máximo, la lectura debe provocar primero
placer; debemos procurar, pues, que la lectura les haga descubrir un nuevo
nivel de placer a nuestros discípulos, de modo tal que, ellos mismos, busquen saciar
ese placer por su misma cuenta, con denuedo, con pasión, con deleite.
Sé que
estas afirmaciones conducen a un debate extenso y todas las opiniones merecen
escucharse. Sin embargo, al hacer tales aseveraciones, yo hablo desde mi propia
experiencia. Mi amor por la escritura y el arte va más allá de cualquier
límite, pero esto no ha sido casual ni fruto del azar. Mi periplo por las
letras inició a edad muy temprana y fue estimulado por el placer
inconmensurable de leer. Debo admitir que yo soy un privilegiado, tuve padres
que amaron la sabiduría, el conocimiento y la lectura, que se exigieron a sí
mismos en domar el arte de la buena escritura. En tal sentido, mi madre,
Paquita, invirtió su tiempo y dinero en comprarme cuentos ilustrados propios
para mi primera infancia. Me los leía con alegría y gusto cuando yo, en mi
insaciable curiosidad infantil, antes de aprender a leer, le pedía que me los
repitiera una y otra vez hasta que acabé por aprenderlos de memoria. Los
cuentos de Topo Gigio, el Gato con Botas, Juan sin Miedo, Barbazul, Bambi, Los
Tres Cochinitos, todos me los aprendía y luego, para alimentar mi vanidad, iba
con la gente adulta y fingía leerlos para hacerles creer que era yo un
prodigio; pero, así fue cómo aprendía pronto a leer y, con ello, descubrí mi
amor por la lectura. Este hecho llevó a otro suceso, inevitable, comencé a
escribir mis propios cuentos. A los 6 años publiqué mi primer relato, La
Azucarera Mágica, una suerte de lámpara de Aladino que llevaba al protagonista
de la historia a fantásticas aventuras. Pero, no solo mi madre formó parte de
esta benéfica influencia, también participaron mis maestros de primaria. Mi
profesora de primer grado publicó mi cuento en el periódico de la escuela, unas
hojas mimeografiadas que se usaban mucho en aquellos días. Mi maestro de quinto
grado montó con mis condiscípulos mi primera obra de teatro, escrita a los diez
años; mi profesor de español, en el ciclo común de aquel entonces, me motivó a
enviar un cuento al concurso nacional de literatura de la Sociedad Literaria de
Honduras… ¡Y gané el primer lugar, a los 15 años! Antes de los 12 años ya había
leído muchos clásicos: Dumas, Robert Louis Stevenson, Daniel Defoe, Marco Polo,
Las Mil y Una Noches, Julio Verne, Mark Twain, Samaniego, Esopo, Homero, El
Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, Jonathan Swift, todos habían
pasado por mis juveniles manos, y en 1979, al cumplir los 12 años; leí a mi
primer gran genio literario contemporáneo y primer representante del Boom
Latinoamericano que llegaba a mis manos: Mario Vargas Llosa, con su magna obra
La Guerra del Fin del Mundo. Demás está decir cómo aquella intrincada y
cautivadora lectura modeló mi pensamiento artístico y político en aquella
temprana edad. Por su parte, mi padre, José Antonio, me introdujo a la
mitología griega con una colección de cómics sobre los doce trabajos de
Hércules. A la par, la estructuración verbal de mi cerebro se fue afinando al
punto de que, antes de llegar a la pubertad ya discurría yo en pláticas serias
con adultos quienes le expresaban a mis padres su asombro por las sesudas
deliberaciones que era capaz de hacer yo. Así, sucesivamente, se fueron
formando mi carrera literaria y mi amor por los libros. Ahora, con ocho libros
publicados y tres novelas y dos poemarios inéditos, que espero sean publicados
en los próximos años, con más de dos docenas de premios literarios nacionales e
internacionales ganados y tras haber impactado en la vida de muchos jóvenes
acompañándolos en sus procesos de formación artística, doy testimonio de que
nada de esto habría ocurrido si, desde temprana edad, no se me hubiera guiado
hacia el amor a la lectura.
La
clave no está en imponerles a los jóvenes, la clave está en llevarlos a
descubrir un placer singular e inaccesible de forma facilona con una mediatez
de pereza: la lectura, sí y siempre sí, reiterándolo una y mil veces, la
lectura. Precisamente, fue en una novela religiosa en donde descubrí una verdad
muy interesante, nos la puso a leer nuestro profesor de matemáticas en tercer
curso, hoy noveno grado: La Cruz y el Puñal, de David Wilkerson. Esta obra
contiene un consejo pedagógico poderoso. El pastor Wilkerson sintió un llamado
para predicarle y rescatar a los jóvenes pandilleros de Nueva York en las
décadas de los 50 y 60 en Nueva York, pero su manera acartonada de predicar no
hacía eco en los chicos hasta que, en una conversación con su abuelo, también
pastor, este le encendió la luz con las siguientes frases: Si tu vas e intentas
quitarle un hueso podrido a un perro, este te morderá, pero, si en lugar de eso
le arrojas un jugoso bistec, el perro mismo soltará el hueso podrido para
deleitarse en el manjar que le ofreces.
La
clave no está en obligarlos, la clave está en seducirlos a descubrir el
maravilloso mundo de la lectura. En su primera fase de formación, que sean
ellos mismos quienes escojan las lecturas en las que desean embarcarse; que
formen pequeños grupos de lectura afines, que se reúnan para leerlas y
comentarlas; provoque el debate, la controversia para que discutan los temas,
establezcan y defiendan posturas; estimule el racionamiento crítico, rebelde,
disruptivo; motívelos a ser audaces, a probar embarcarse en diversas aventuras
literarias; que nada sea prohibido o restringido, que sean ellos los que
marquen la ruta. Una vez enraizado el amor profundo por los libros ya puede
guiarlos en un proceso sistemático para fortalecer su razonamiento
enfrentándolos a las obras más potentes tanto de la literatura clásica como
moderna, ya podrán discutir a Nietzche y a Hegel, a Sartré y Camus, a entender
la profundidades de Octavio Paz, Juan Rulfo y Carlos Fuentes; la pertinencia de
Ramón Amaya Amador, la sapiencia de Rafael Heliodoro Valle o la audacia y
belleza intrínsecas en Juan Ramón Molina y Jaime Fontana… incluso, ya podrán
exponerlos a las barbaridades de Javier Suazo Mejía, sus mentes y espíritus ya
tendrán la madurez para aguantar semejantes tropelías.
Este
esfuerzo recogerá los más abundantes y deliciosos frutos, verán ustedes cómo se
forma en sus manos una nueva generación de hondureños conscientes del valor de
su libertad y de la de sus hermanas y hermanos, dispuestos a defenderla con
uñas y dientes ante los embates de nuestros tradicionales e iletrados
caudillos. Estos chicos serán una raza que no se doblega a lamer la bota ni
tendrán como aspiración ir a cebarse del erario público o del tráfico de cosas
ilícitas. Veremos el surgimiento de una generación más elevada en sus ideales y
logros, más determinada en la creación de comunidades autónomas de consenso y
solidaridad. Serán hombres y mujeres que no van a necesitar líderes políticos
ni dictadores autoritarios para generar una sociedad de orden, respeto y
fraternidad porque se sabrán dueños de su destino, responsables de la toma de
sus decisiones y de la construcción de un hogar más digno para su familias.
Vale la pena el trabajo arduo en ese sembradío porque su cosecha será apacible,
copiosa, esplendente bajo un sol que no dejará de iluminar los pasos de este
pueblo nuevo. Si nosotros contribuimos al restablecimiento de la palabra
escrita y del esparcimiento de sus rayos de sabiduría, haremos posible lo que en
apariencia, solo en apariencia es utópico, pero que con trabajo denodado y fe
puede hacerse posible. Todo dependerá de nuestra fidelidad a mantener vigente
la palabra escrita y su poder en los corazones de nuestro pueblo, de nuestra
juventud.

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