UN MODERNISTA HONDUREÑO: JUAN RAMÓN MOLINA
A Gustavo Campos y Enrique Maradiaga López
Roberto Carlos Pérez
I
El Modernismo es
cimiento de nuestras letras, puerta que permitió entrar, libre de conserjes y
ordenanzas, en las nuevas naciones hispanoamericanas a la cultura europea y sus
más recientes hallazgos. Es también la recámara en la que sus jóvenes
escritorescribaron los
saberes, cual noche de bodas, y los hispanizaron en
un ardiente encuentro nupcial.
El espacio
en donde los modernistas encuentran plenitud es la lengua. Se aíslan del
horror, pero no evaden su destino: la Torre de Marfil es el símbolo del
autoanálisis. La proeza de los modernistas fue convertir la derrota psíquica y
emocional de la naciente«masificación» en triunfo espiritual.
Se ha explicado el
Modernismo como un movimiento literario. Fue un periodo como lo fueron el
Barroco, el Clasicismo y el Romanticismo. Decimos: el «Periodo Barroco», el
«Periodo Clásico», el «Periodo Romántico».
La pared que los
lectores del siglo XXI interponemos entre nosotros y el Modernismo nos nubla y
nos conduce a emitir opiniones que son, para afrenta nuestra, insultos,
enormidades, desprecios. Poemas como «Sonatina», «Era un aire suave» o «A
Margarita Debayle», de Rubén Darío (1867 – 1916), son el caballito de batalla
de quienes lo tildan a él y al Periodo Modernista de «cursi», «vacuo» o «demasiado musical». Habría que preguntarse qué
inabarcable materia yace en las profundidades de dichos poemas.
Todos opinamos
sobre el Modernismo y sus escritores. Sin embargo, pocos los estudiamos. Y,
para traspié y evidencia del autoagravio, citamos, sin saber su procedencia,
versos convertidos en tangos y boleros como «El día que me quieras» o «Si tú me
dices ‘¡ven!’, lo dejo todo...», de Amado Nervo (1870 – 1919).
Y el que más
asombra pues creemos que es un antiguo refrán: «Juventud, divino tesoro», verso
tomado en préstamo por Darío de un poeta del siglo III a. C. autonombrado
Eclesiastés, que en hebrero quiere decir «vocero
de la asamblea» o «asambleísta». Ante el hastío de escuchar al pueblo repetir
ideas impuestas sin cavilarlas hasta convertirlas en «verdad», Eclesiastés
levanta la voz, o la pluma y, entre muchas cosas, dice: «Joven, la juventud es un tesoro» (Eclesiastés 11: 9-10).
El Modernismo es
el menos entendido de todos los periodos de nuestra lengua. Quizá se deba a que
no se circunscribe a un determinado espacio sino a una veintena de países.
Sorprende que a pesar de ser una respuesta a la industrialización que convirtió
al artista en un obrero más, los modernistas aceptaron, sin lagrimeos o
subterfugios, su destino de «proletarios» o «asalariados».
Los escritores ya
no eran plenos representantes de los gobiernos hispanoamericanos; más bien sus
presidentes los dejaban a sus expensas. Eran artistas que se ofrendaban al
tenderle la mano a ese «ser» que iba de prisa, el hombre o mujer de ciudad, el
burgués, anclándolo al presente que se esfumaba a la velocidad de una máquina
con la música de un verso, la descripción de un paisaje, un animal o un nuevo
invento a través de una crónica o mediante el retrato de un artista «raro», o
sea, aquel hombre de letras que los antecedió y no pudo adaptarse a las
convenciones sociales y que tal vez quedó más a la deriva que ellos.
Los modernistas se
abrieron a una inmensa cantidad de temas. Por arte de la telepatía, (no de la
telegrafía, invento de la Revolución Industrial), término acuñado en 1882 por el poeta, filólogo y fundador de la Sociedad
para la Investigación Psíquica, Frederic William Henry Myers (1843 – 1901), los modernistas palparon una
descomunal suma de materias cuyas partículas,
cual éter, se esparcían ya fuera en México, Argentina, España o Centroamérica, y que los artistas «modernos» plasmaron en sus escritos.
Expliquémonos: la
comunicación telepática permite transferir el pensamiento no a través de formas
sensoriales como el oído, la vista, el tacto, etcétera, sino mediante la
energía. La telepatía es un fenómeno cuya explicación se fundamenta en la idea
teleológica (enraizada en la metafísica) que demuestra cómo «algo» tiene una
causa, propósito y un fin.
De la telepatía
proviene la parasicología cuyo estudio radica en «aquello» que «está» a la par
de la mente, o sea, fuera del cerebro. Hablamos de la supraconciencia, la
visión holística de lo que «es» y nos rodea: el alma.
Rondando el año
1920 la parasicología le abrió camino a la mecánica cuántica y habría de
llevar, acéptese o no, al científico Albert Einstein (1879 – 1955), a formular
la teoría de la relatividad.
La falta de
entendimiento del Periodo Modernista en el siglo XXI se cimenta en diversos
factores: la escasa o nula lectura de poesía que extrañamente todos queremos
componer pero nunca comprar, mucho menos leer ni analizar; oídos dolorosamente
débiles ante la ausencia de una legítima educación musical en el hogar y en la
escuela; la pereza mental impuesta por la rapidez, orgullo y triunfo de la
revolución digital; y, más que nada, la falta de humildad en invocar a los
grandes maestros que, ya andando el Modernismo, se dieron a la tarea de
explicárnoslo con garbo, inteligencia y claridad.
Basta nombrar a
algunos iniciadores de los estudios modernistas: Juan Valera (1824 – 1905),
Juan Ramón Jiménez (1881 – 1958), Pedro Salinas (1891 – 1951), Dámaso Alonso
(1898 – 1990), Pedro Henríquez Ureña (1884 – 1946), Max Henríquez Ureña (1885 1968), Alfonso Reyes (1889 – 1959)
y Edelberto Torres (1930 – 2018).
Sin embargo, a
partir de finales de los años sesenta del siglo pasado muchos de los que nos
hemos acercado a ese incomprendido periodo vamos a una fuente anticastalia
llamada «El caracol y la sirena» (1964), ensayo de Octavio Paz (1914 – 1998),
incapaz de fundamentar los juicios que emite con respecto a la literatura en
español y, en particular, a la poesía de Darío:
Sería inútil buscar en todo el siglo XVIII [español] un Swift o un Pope, un Rousseau o un Laclos. En la segunda mitad del siglo XIX surgen aquí y allá tímidas manchas de verdor […] Nada que se compare a Coleridge, Leopardi o Hölderlin; nadie que se parezca a Baudelaire […] Darío es menos desmesurado y profético; también es menos valiente; no fue un rebelde […] Sigue escribiendo desteñidas imitaciones de los románticos españoles […] Darío tiene poco que decir y su pobreza se reviste de oropel. Emite opiniones, ideas generales, le falta la mirada de Whitman […] Los poemas de Darío carecen de sustancia: suelo, pueblo […] ¿Vio la miseria de nuestra gente, olió la sangre de los mataderos que llamamos guerras civiles? […]
Con estas
afirmaciones hemos sido educadas al menos cuatro generaciones en cuanto a Darío
y al Periodo Modernista. Tristemente tomamos las afirmaciones del autor de Libertad bajo palabra (1949) y Piedra de sol (1957), que evidencian escaso conocimiento de la cultura
e historia centroamericana y de la literatura española, y que contrastan con su
admirable sabiduría con respecto a Francia y su literatura.
«El caracol y la
sirena» también influyó en grabar con hierro encendido la imagen del Darío
alcohólico (más insistente en la segunda parte del estudio) socorrida hasta la
exacerbación en el siglo XXI.
Por otro lado, si
ha habido una región de la América española constantemente azotada por guerras
civiles es Centroamérica. Para solidificar otra visión sobre la dipsomanía de
Rubén Darío y su falta de «calle» en cuanto a conocimiento de nuestras naciones
propongamos algunas preguntas:
¿Podría un alcohólico empedernido, cual
puerco en zahurda, enviar durante veinte años más de medio millar de crónicas,
sin tardanza alguna, al periódico argentino La
Nación? ¿Conocía el futuro
ganador del Premio Nobel al redactar su ensayo los pormenores del alcoholismo
en el siglo XIX y principios del XX y cómo, ante la ausencia de la farmacopea
surgida hace apenas setenta años, la libación servía de ansiolítico y antidepresivo?
¿Sabía que desde la Independencia hasta 1990 Nicaragua se ha despedazado en
encarnizadas guerras civiles? Los modernistas murieron en la pobreza, pero con
la pluma en la mano.
Entonces surge la
voz de un maestro que en 1977 hizo las siguientes preguntas, quizás la más
certeras en cuanto a Darío y al Periodo Modernista:
¿Por qué aún está vivo? ¿Por qué, abolida su estética, arrumbado su léxico precioso, superados sus temas y aun desdeñada su poética, sigue cantando empecinadamente con su voz tan plena? […] ¿Por qué tantos otros más audaces que él, de Tablada a Huidobro, no han opacado su lección poética, en la que reencontramos ecos anticipados de los caminos modernos de la lírica hispana?
Rubén Darío: poesía 1977
Se trata del
crítico literario Ángel Rama (1926 – 1983), que en su hoy poco estudiado ensayo
a la introducción a la Poesía de
Rubén Darío, editada por la Biblioteca Ayacucho, nos ofrece, como el
insuperable maestro que fue, posibles respuestas, entre ellas la de haber
muerto los temas modernistas, pero no sus autores.
Uno de ellos es
prácticamente desconocido, leído, estudiado y comprendido en comparación con
Darío. Nos referimos al modernista hondureño Juan Ramón Molina (1875 – 1908),
admirado y bautizado por su hermano de vida y letras nicaragüense como el mejor
poeta de Centroamérica.
Miguel Ángel
Asturias (1899 – 1974), por su parte, lo calificó como «el poeta hondureño,
centroamericano, americano, universal […] que se marchaba hacia la Cruz del Sur
y hacia allí había volado cuando Rubén Darío, gemelo suyo en la fe en América,
abría su poema ecuménico con otro nombre símbolo de la nueva humanidad («Juan
Ramón Molina: poeta gemelo de Rubén», 1959). El Eclesiastés hondureño pugna por
ser escuchado. Escucharlo sería escucharnos a nosotros mismos ya que, como él,
vivimos faltos de fe y esperanza, de Honduras y de hondureñidad.
II
Juan Ramón Molina
salió a los diecisiete años, en 1892, de su adorada Honduras hacia Guatemala en
busca de suelo seguro a causa de la inestabilidad política en su país. Sin
embargo, no hay evidencia de hostilidad alguna de parte del poeta hacia los
liberales que desde 1821 conducían los destinos de la nación centroamericana.
Su afán de vida fue
el conocimiento, una innegable dedicación a las letras, respaldada por un
desbordado talento, y el anhelo de una mejor convivencia entre los divididos hondureños desde la mal llamada
independencia por intromisiones inglesas, francesas y estadounidenses.
Hay que recordar
que el amigo de Juan Ramón Molina, el presidente liberal Terencio Sierra (1849
– 1907), lo mandó azotar con cien latigazos y a encadenar y a picar la piedra
con la que en ese momento se construía en Honduras la
primera gran carretera que favorecería, exclusivamente, a la United Fruit Company. Sierra lo mandó a encadenar tras sentirse aludido por la traducción que Molina publicóen el Diario de Honduras de un fragmento de la autobiografía del presidente
norteamericano Benjamin Franklin (1706 – 1790). Tal fragmento fue titulado en español como Un hacha por afilar (The Speckled Axe).
En este pasaje, el
presidente Franklin, mediante las alegóricas figuras de un hacha y un herrero,
muestra que la perfección no existe y que lo éticamente aceptable es abrazar
nuestras imperfecciones puesto que es el proceso y no el fin (principio teleológico)
lo que nos enriquece moral y humanamente.
Así, Juan Ramón
Molina es un hondureño Prometeo encadenado, el titán hijo de Zeus que, en la tragedia
escrita por Esquilo (c. 525 a. C. – c. 456 a. C.) en el siglo IV a. C., es
atado a una piedra en eterno castigo por desobedecer a su padre al darles el
fuego, o sea, la posibilidad del progreso, a sus hermanos los mortales.
Además de atar a
Prometeo a una piedra en dolorosa e incómoda postura, Zeus enviaba un águila a
roerle el hígado a su hijo cada mañana. Al contrario de Prometeo, cuyo castigo
no tiene fin, Juan Ramón Molina falleció exiliado en San Salvador el 2 de noviembre
de 1908.
Una severa
pregunta: ¿Le hemos hecho justicia al poeta en más de cien años o somos el
águila que le roe el hígado cada mañana (en nuestro caso un hígado
supuestamente saturado de alcohol) como le sucedió al mítico Prometeo? Decimos
supuestamente porque no hay pruebas concretas de dicho alcoholismo. Sin
embargo, su impecable obra, vasta para su corta edad, pues murió a los treinta
y tres años,exhorta a pensar que era un
incansable forjador de letras con poco tiempo para la total entrega a la
dipsomanía.
Duele que hasta la
fecha no exista una cátedra en Honduras dedicada a estudiar la obra de este
ignorado Eclesiastés y vejado Prometeo. Quizá se deba en parte a que no hemos
interiorizado ni se nos ha enseñado su obra y menos su poema «Águila y
cóndores», que antecede y quizá supera a «Salutación del águila» (1906), de
Rubén Darío, y donde Molina llama a la unión y a la concordia hispana ante los
embates de los Estados Unidos. El espíritu de la «república bananera» nos nubla
el pensamiento y nos impele a brindarle mil latigazos con cada infundado juicio
que emitimos sobre el poeta.
Duele también que,
al tratar de lavarnos la consciencia, perpetuemos erratas en las ediciones de
su obra o no dediquemos ningún esfuerzo por fecharla a fin de rastrear su
crecimiento artístico. Nuestra ignorancia nos convierte en buitres y, por
omisión y pereza, le roemos minuto a minuto su enclenque hígado.
Si este es el
castigo que le hemos impuesto los centroamericanos, ¿qué podemos esperar del
resto de Hispanoamérica?
La historia
de la poesía está llena de omisiones, olvidos e injusticias. A los nombres
modernistas no ha sido costumbre añadir el de Juan Ramón Molina, en cuyos
poemas palpitan, como en Darío y en el resto de sus compañeros, palabras
esquivas y rebeldes, una plétora de imágenes, metáforas y sonidos, tactos y,
sobre todo, cambios de luces, destellos y semipenumbras. También se oye en la
poesía de Juan Ramón Molina el canto de las sirenas. Pero al contrario de
Ulises, el mítico guerrero de La odisea, el tímido y enigmático poeta hondureño no desoye ni intenta
eludir su canto.
Solemos pensar que
el Periodo Modernista tuvo su génesis en la poesía. Olvidamos que el primer
llamado lo hizo José Martí en el México de 1875 con las primeras crónicas que
envió a La Nación.
Si desconocemos los
poemas de Molina también desconocemos sus crónicas ya que el poeta las trasvasó
a su poesía como aseguró en 1990 Marta Reina Argueta (1932) en su ensayo Nací en el fondo azul de las montañas
hondureñas: ensayo sobre Juan Ramón Molina.
Como inherente
característica del Periodo Modernista, que se abrió a una innumerable cantidad
de temas, el de Molina es un Modernismo «distinto», pues en él la geología, la
antropología y los estudios naturalistas, están muy marcados.
El origen de las
especies (1859), de Charles Darwin (1809 –
1882), cuyas ideas nacen de la Historia general y natural de las Indias,
islas y tierra firme del mar océano (1535), del cronista Gonzalo
Fernández de Oviedo y Valdés (1478 – 1557), es poetizado y acercado al lector
por Juan Ramón Molina mediante la belleza del lenguaje y la gran gama de
figuras retóricas magistralmente empleadas.
Un grillo eleva un
monótono solo en la única cuerda de su triste violín («El grillo»), unas
«garzas de color de nieve» dan muestra de un melancólico ocaso en el Golfo de
Fonseca («El Golfo de Fonseca») –nótese la similitud en el tono poético y las
mustias descripciones del paisaje descrito en esta crónica con las del
legendario libro Platero y yo (1914), de Juan Ramón Jiménez–, las luciérnagas cuyas
luces rutilan en la mente del amado al recordar a una ausente amada
(«Luciérnagas), y un largo etcétera.
Es hora de
profundizar en esta desconocida veta del Periodo Modernista, ya que solemos
estudiar sus puntas míticas, místicas, eróticas, a sus princesas, la fiesta
galante, al indio heroico, el canto a la patria, etcétera. Por eso hay que
recordar las palabras del escritor mexicano José Emilio Pacheco: «No hay
Modernismo sino Modernismos» (Antología del Modernismo, 1970).
Tal vez nos digamos
que la materia del Modernismo estaba en la sociedad que lo produjo, como
sostuvo el maestro Ángel Rama. No obstante, habría que preguntarse por qué en un desconocido modernista
hondureño laten los temas que serán también poetizados por el resto de los
modernistas hispanoamericanos.
El Positivismo,
ateo en su concepción, se estrelló en los vibrantes escritos de los poetas
finiseculares cuya espiritualidad se desparramó etéreamente y dio las
respuestas que la razón positivista no pudo dar. El Positivismo de los Simón
Bolívar, los Domingo Fausto Sarmiento, los José Santos Zelaya y los Terencio
Sierra quedó en sordina ante el canto de las sirenas.
III
Juan Ramón Molina
fue el gran melancólico de Honduras y también
ha sido el más ignorado. Si se le
recuerda, casi siempre se lo hace con el pésimo
chiste que lo imagina con los poros saturados de alcohol componiendo versos en
una burda cantina o estanco de Tegucigalpa. Juan Ramón Molina ha corrido la misma suerte queRubén
Darío en Nicaragua.
¿Acaso algún
hispanoamericano en el siglo XXI imagina a
Paul Verlaine (1844 –
1896) y a Stéphane
Mallarmé (1842 –
1892)alcoholizados hasta la locura, o a Arthur Rimbaud (1854 – 1891) como traficante de Hachís? ¿Algún estadounidense imagina a Edgar Allan Poe
(1809 – 1849), cuatro veces más alcohólico que Juan Ramón
Molina o Rubén Darío, tirado en una calle de la ciudad de
Baltimore?
Quienes han
perpetuado esta imagen de don Juan Ramón desconocen su
trágica vida y no pueden entender el sufrimiento
que hay en estos versos:
La
lluvia su monótona charla dice afuera.
La
puerta de mi cuarto por fin está cerrada.
Quizás
en esta noche no grite mi quimera
y goce del olvido
profundo de la almohada.
¡Hace
ya tanto tiempo que en reposar me empeño,
como
si me turbara la fiebre del delito,
que
mis ojos enclavo –de los que huyera el sueño–
en la siniestra
esfinge del lúgubre infinito!
Mas
hoy todos los seres me han parecido buenos,
el
cielo azul brindome su calma vespertina,
y –libre de pecados y libre de venenos–
purifiqué mi cuerpo
en agua cristalina.
Quiero
la paz aquella de la primer mañana
cuando,
en el seno de Eva, tranquilo e inocente,
Adán
durmió, al arrullo de amor de la fontana,
ajeno a las
promesas de la sutil serpiente.
Un
nirvana sin término, letárgico y profundo,
en
el que olvidé todas mis dichas y mis males,
la
secreta congoja de haber venido al mundo
a resolver enigmas
y problemas fatales.
Ser
del todo insensible como la dura piedra,
y
no tallado en una doliente carne viva
de
nervios y de músculos. O ser como la hiedra
que extiende sus
tentáculos por manera instintiva.
No
como el pobre bruto del llano y de la cumbre
sujeto
a la ley ciega de inexorable sino
que
en sus miradas tiene la enorme pesadumbre
de todo aquel que
encuentra muy bajo su destino.
Así
gozar quisiera de imperturbable sueño
cuando
la noche baja de los cielos lejanos.
Estrellas:
derramadme vuestro letal beleño.
Arcángeles: mecedme
con vuestras leves manos.
Para
que mi mañana florezca como rosa
de
mayo, exuberante de vida y de fragancia,
y
la tierra contemple, jocunda y luminosa,
con los tranquilos ojos con que la vi en la infancia.
«Anhelo nocturno»
La respuesta
a esta angustia metafísica está en ese siglo incomprendido, en el que «el negro
nubarrón viene rasgando», a decir de Darío, y que todavía nos toca y golpea de costado.
La
melancolía, lo que hoy conocemos como depresión, palabra demonizada en la era de Facebook y X,
fue definida por Aristóteles(384 a.C. – 322 a.C.) en
la Problemata 131. Muchos artistas la han padecido. La de Juan
Ramón Molina fue una melancolía extrema, exacerbada por su condición de mendicante, su destino y el abandono
de la patria. Pero como todo hombre de genio o ingenio, ambas palabras tienen
la misma raíz latina (Ingenium),
Juan Ramón Molina dio rienda suelta a su talento siendo
fiel, como todo melancólico,
a su naturaleza: fue creador y creó.
Cortesía: Círculo de Poesía. Revista electrónica de literatura. 25 de abril de 2025.

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