SOBRE LA CRÍTICA LITERARIA
Miguel Donoso Pareja (*)
LA CRÍTICA EN GENERAL
Para hablar de la crítica en general y de sus funciones comencemos por establecer el significado del término: Crítica, viene de juzgar (de juicio o de juez), lo cual implica sancionar, calificar algo. Según la Academia, crítica es “el arte de la bondad, verdad y belleza de las cosas”.
En otras palabras –y sin las limitaciones de una definición descriptiva-, la crítica consiste en emitir un juicio de valor sobre un asunto determinado. Cuando ese asunto determinado es la creación literaria, nos encontramos ante la crítica literaria.
Desde su posición de juez, sin embargo, la crítica puede tener –y de hecho las tiene- sus limitaciones, así como sus extralimitaciones. Es posterior a la creación misma, pero quiere ser más que la creación misma; pero está subordinada, depende de ésta.
En mi opinión, la crítica se limita cuando se mantiene absolutamente dependiente de la creación; y se extralimita cuando subordina la creación a sí misma.
Esto está ligado, naturalmente, a las funciones de la crítica, que pueden ser de muy diversa índole: 1) Informa sobre una obra a quienes no la han leído aún; 2) hace la propaganda de un texto con la finalidad de que llegue a un mayor número de lectores; 3) pretende guiar a los lectores respecto a lo que se debe leer; 4) pretende guiar a los escritores sobre cómo deben escribir; 5) trata de desentrañar el verdadero significado de una obra; 6) pretende valorar una obra en términos estéticos; 7) pretende valorar una obra en términos éticos; 8) hace un comentario recreativo sobre el texto que comenta; 9) comenta el texto conforme la concepción del mundo del crítico; 10) trata de juzgar objetivamente el texto, al margen de la concepción del mundo que tenga el crítico.
Sin mucho esfuerzo podemos ver, en la lista anterior, los casos en que la crítica está subordinada de manera absoluta a la obra (informar, hacer propaganda, tratar de juzgar objetivamente el texto, al margen de la concepción del mundo que tenga el crítico), así como los casos en que la obra queda subordinada al crítico (ser guía del lector o del escritor, hacer un comentario recreativo del texto, valorar una obra en términos estéticos) y también aquellos en que el crítico hace uso, con todo derecho, de lo que puede y debe servirle para emitir un juicio de valor; comentar el texto conforme la concepción del mundo del crítico, juzgar la obra ética y estéticamente al mismo tiempo, desentrañar el verdadero significado de una obra.
De inmediato nos enfrentamos a los dos extremos en que se ha manejado la crítica: el formalista, por un lado, y el contenidista, como diría Cortázar, por otro.
El primero, que incluye las críticas gramatical, estilística y estructuralista ortodoxa –que es una traslación de valores de la lingüística a la creación literaria-, ha llegado a extremos como aquel de asegurar que no existe sino un texto objeto –así como el lenguaje es un lenguaje objeto– cuyo fondo o contenido es él mismo. Para esta crítica, el crítico no debe descubrir un fondo que no existe, sino recubrir un texto objeto que sí existe. Aquí la obra está subordinada, en lo absoluto, a la crítica, y la crítica no sería más que una creación sobre la creación.
El segundo extremo –que incluye la crítica sociológica, la histórica, la marxista, la psicologista, etc.- llega a extremos como el de juzgar a la obra en términos estrictamente éticos y en razón de su finalidad, muchas veces a partir de parámetros extraordinarios; en ocasiones a partir de falsos genetismos, es decir, de enjuiciamientos extraordinarios sobre la génesis del hecho creador, o de propósitos finalistas que van más allá de lo que la literatura puede en realidad, según ha sido posible comprobar históricamente.
Estos dos extremos de la crítica están hoy en auge y en pugna, con un mayor grado de divulgación el formalista. Tiene conexiones muy importantes –y esto debe sería postre, nuestra seducción central- con los intereses de los centros hegemónicos del poder, cuya finalidad es lograr entre nosotros una cultura colonizada, subordinada a todo tipo de autonomismo estético, a todo tipo de autotelismo del texto.
La crítica, entonces, no es tan inocente, aunque se presente con la máscara amable del esteticismo o del formalismo. El equivalente, en este caso, sería el del apoliticismo, o supuesto apoliticismo, cuando todos sabemos que cualquier apoliticismo ya es en sí, una actitud política. Igualmente, todo formalismo es, en sí, una actitud respecto al contenido y a la función de la literatura.
LA CRÍTICA EN MÉXICO
Ya señalamos algunas de las funciones de la crítica en su contexto social. Para considerar la crítica en México, de manera específica, deberemos tomar en cuenta estas funciones: ¿Para qué escribe el crítico en México?, y ¿Para quién escribe el crítico en México? Luego, varias preguntas más: ¿Dónde, en que órganos escribe el crítico en México?, ¿En qué zonas del país escriben los críticos?, ¿Qué áreas cubren?
La afirmación más generalizada, proveniente por lo común de los propios escritores, es la de que en México no existe una crítica calificada. ¿En qué consiste esta falta de calificación? Este es, en mi opinión, otro asunto que debemos abordar.
Por lo demás, se hace una división: hay reseñistas, que por lo general están ubicados en las páginas de los periódicos diarios; y hay críticos, propiamente dichos, que casi siempre se ubican en las revistas literarias. Por último, hay ensayistas, que también se ubican en cierto tipo de revistas y publican libros.
Esta división nos parece muy importante ya que nos sitúa en la necesidad de desentrañar qué clase de libertad o qué tipo de trabas o ligas tienen cada uno de estos críticos. Y también cuál es su función, cuales las finalidades que cumplen, que tipo de influencia tienen y sobre quiénes.
En mi opinión la crítica se sitúa, en México, igual que en muchas otras partes del mundo, en los centros culturales supuestamente rectores. Esto, en gran medida, unilateraliza los puntos de vista.
Existe también el tipo de relaciones que tiene el crítico –muchas veces creo que la mayor parte de las veces, inconscientemente- con las editoriales, con los que producen los libros. Estos también unilateraliza los puntos de vista, condiciona la opinión.
Lo dicho anteriormente produce otro fenómeno: el de estar a la moda; y, por estar a la moda el crítico, los críticos calificados –precisamente aquellos que se sitúan en cierto tipo de revistas y son, en gran medida, corresponsables de las líneas editoriales de algunas empresas productoras de libros- contribuyen a esa uniformación o unilateralizacion de los puntos de vista.
Lo más general, sin embargo, es que la crítica sea, en nuestro medio, impresionista, de la primera impresión, y que las ligas con los lugares en que se escribe y con aquellos para quienes se escribe sea de tipo emocional o intuitivo.
A esto habría que agregar a los críticos amargados, aquellos para los que sólo que viene de afuera es bueno; otros, para quienes sólo lo que se produce en el país –más bien diremos en la ciudad de México- es bueno; toda una amplia fauna que, sin embargo, está determinada, en el fondo, por las causas que hemos expuesto anteriormente. Y también los críticos optimistas, los europeizantes, y hasta los que se mueven por interés más, muchísimos más directos y pedestres.
(Fuente: Diario Tiempo, 14 de agosto de 1975, pág. 17).
(*) Escritor ecuatoriano

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