Contracorriente: EL NOBEL Y LOS DISGUSTADOS
Juan Ramón Martínez
Estaba atento. Cuando Edgardo Rodríguez, me
envió un mensaje respaldado por un periódico digital desconocido, creí que era
un bulo. No había revisado los periódicos internacionales. El insistió. Busqué
en “El País” de Madrid y allí encontré la noticia. Le escribí a Rodríguez,
disculpándome por mi duda. Y compartí con él, el gusto porque la Academia,
había otorgado el Nobel de la Paz a María Corina Machado por su lucha en favor
de la democracia, por su resistencia cívica a la dictadura, la arbitrariedad y
la ilegalidad. Desde en tiempos de Chávez, fue de las pocas voces que en la
Asamblea Legislativa cuestionaron sus mensajes y sus propuestas. En su última
jornada, inició una movilización cívica, como candidata presidencial, pero
Nicolás Maduro –anticipando que le ganaría en las elecciones – la inhabilitó.
Siempre el chavismo ha tenido en el Consejo Electoral un obediente grupo de
sirvientes al servicio del caudillo. Pero Machado no desistió ni se corrió como
Capriles o López. Siguió adelante y encontró en Edmundo Gonzales, la figura que
la sustituyera.
Maduro perdió las elecciones. No pudo presentar
las actas de respaldo y la comunidad internacional reconoció mayoritariamente
el triunfo de González. Los países autoritarios -- muy pocos -- reconocieron el
“triunfo” de Maduro. Honduras, para nuestra vergüenza, entre ellos. Gonzales se
asiló en la embajada de España y Machado, siguió, hasta ahora en la
clandestinidad. De donde saldrá a recibir el premio el próximo mes de
diciembre.
El Nobel de la Paz, es uno de los más
discutidos. Otro es el de Literatura. Dos muy discutidos: el otorgado a Winston
Churchill y más reciente a Bob Dylan. En los Nobel de la Paz, el más discutido:
el de Kissinger
Los políticos hondureños, supieron del premio
en el gobierno de Suazo Córdova. Lo había recibido Pérez Esquivel de Argentina.
Visitó Honduras en la vorágine de la instrumentalización de los Estados Unidos
en la guerra en contra de Nicaragua; y en apoyo al acosado régimen salvadoreño.
Durante la visita, la primera de un Nobel de la Paz – después lo hizo Rigoberta
Menchú de Guatemala- se le atacó desde el régimen por sus posiciones en defensa
de los derechos humanos; pero nadie puso en duda la soberanía de la Academia
Sueca para otorgárselo.
Cuando después de la guerra centroamericana, se
le otorgara a Oscar Arias, muchas voces en sordina –incluso la mía– sostuvieron
que el premio se lo merecían más Vinicio Cerezo y José Azcona, porque el tico
era un oportunista, que incluso había sido favorecido por la Academia Sueca,
por el hecho que en Costa Rica no había FFAA; y en Honduras y Guatemala,
uniformados todavía portaban humeantes fusiles.
Este año se publicitó la candidatura de Trump.
La apurada negociación entre Israel y Hamas, para frenar la matanza de Gaza que
tiene al mundo al borde del asco y la indignación, pareció una estrategia para
lograrlo. Más por vanidad que por otra cosa. Porque es obvio que el
comportamiento de Trump no es el de un hombre de paz, especialmente por el
tratamiento que les dispensa a los inmigrantes. De allí que su otorgamiento
habría sido un despropósito.
El Nobel a Machado, ha dividido a hispanos y
rusos. Pablo Iglesias y Carlos Monedero, profesores universitarios que
incursionaron en política y en momentos en servicios a Venezuela y
Rodríguez Zapatero, han reaccionado negativamente. Putin ha hecho una crítica
que ha recordado el comportamiento del régimen soviético opuesto a que
Pasternak recibiera el Nobel de Literatura y Sajarov el de la Paz. Claudia
Sheinbaum se ha llamado al silencio. El premio a Machado les duele que sea por
su lucha por la democracia y contra la dictadura.
Quien más sorprende es Mel. Ha acusado a
Machado de golpista y de entregada a intereses extranjeros, en un tono cerril
típico del capataz después del ordeño. Ha mostrado su solidaridad con Maduro –
lo que daña a Honduras – pretendiendo desde su orfandad
escandalosa, convencernos que tiene altura para criticar a una entidad como la
Academia Sueca. El concepto que maneja de la historia no es suyo, sino de quien
le escribe los mensajes. Es torpe, marxista; y muestra su incultura. Sin
saberlo envía un mensaje negativo al electorado independiente, necesario para
que Rixi sobreviva al 30 de noviembre, confirmando que quiere llevarnos a la
dictadura. Porque quien admira a los dictadores, reconoce elecciones
fraudulentas; y celebra a los incompetentes, es un peligroso dictador que hay
que derrotar.

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