Contracorriente: USTEDES, LOS “ELECTORES”
Juan Ramón Martínez
En el sistema democrático, lo esencial no es el sistema mismo, sino que los demócratas. Es decir, las personas. Algunos sostienen que “nunca hemos tenido democracia”, dando a entender que se trata de un producto que se compra; o que se recibe como donación de los cielos, como bondad del Creador de todas las cosas. Es un error. La democracia que hay es la que hemos construido. La suma del comportamiento de todos los ciudadanos, es la que determina la calidad del sistema democrático. Y los resultados concretos de este.
La crisis del Congreso, es la crisis de los
hondureños. Los defectos de los diputados, el irrespeto a la ley; y a las
buenas costumbres, sin embargo, a la mayoría preocupa muy poco. Muchos dicen
que viven de su trabajo y que hay que dejar a los políticos que
hagan con el país lo que les venga en gana. Mostrando un bajo compromiso
cívico, un nulo espíritu de servicio y una inexistente conciencia de sí y de la
realidad que les impide entender que tienen derecho a la felicidad y el
bienestar.
El camino fácil es echarle la culpa a los demás
de lo malo que pasa en Honduras. El malo es el otro, “el infierno son los
otros”. “Nosotros somos impecables” dicen, alejados de sus obligaciones
cívicas. Evaden el pago de los impuestos, evitan cumplir con la ley; y cuando
desempeñan un cargo público lo hacen indolentemente, sin compromiso. Creen que
todo es limitado: la riqueza, la felicidad y el éxito. Es propio de los más
listos. Cuando se trata de ejercer el voto – sin duda el acto más elevado de su
ser auténtico – lo hace como si el voto fuera una basura que se le puede
entregar a cualquiera.
El voto es la proyección cívica del ciudadano.
Lo mejor que puede darle a su sociedad, a su barrio, su familia; y así mismo.
Si es un cualquiera, vota por un cualquiera. Si es un transgresor, vota por
quienes incumplen la palabra empeñada. Si es un ladrón vota por los ladrones; y
si es irresponsable votará por los irresponsables. También pasa por alto que el
voto, es el más elevado ejercicio de su libertad – en donde solo debe obedecer
a su conciencia y a su carácter auténtico – vota por quien le dicen los mandamases.
Si el caudillo ordena votar en línea, obedece como niño mocoso. Cuando en
algunos momentos de lucidez logra ser libre, tiene el problema de la ignorancia
de los problemas, las soluciones y los actores. No conoce a nadie. Carece de la
curiosidad de saber quién es mejor para confiarle la responsabilidad de
entregarle – con el voto en la mano – las tareas más
importantes del país.
Con electores de baja calidad, los gobernantes
son igualmente de discreta calidad. El mango da mangos. El tonto elige tontos.
El inútil elige a irresponsables. El “juco” válida al “juco”. Los peores eligen
a los inútiles.
Una vez que celebradas las elecciones el
elector no siente que los gobernantes son sus servidores; y menos que le deben
dar resultados. Entre él, su vida la de los suyos; y el gobierno se crea un
foso profundo. No acepta que el gobierno es suyo y que debe controlarlo para
que le sirva. Cree que es propiedad de los gobernantes: de Mel, Xiomara,
Redondo, Nasralla e Isis Cuellar. Por ello, no revisa antecedentes, no
cuestiona sus actores; ni exige resultados. Cree que los poderosos pueden hacer
lo que les dé la gana; y que el gobierno es un premio a sus desvelos,
habilidades y competencias.
El elector promedio es de mala calidad. No sabe
leer. No ojea periódicos; entiende solo las figuritas del celular; y celebra
los chistes. Los textos del teléfono le parecen muy largos. Evita opinar porque
le da vergüenza confesar que no entiende lo que ocurre.
Los electores son mayoritariamente mediocres.
Votan por los peores con naturalidad, porque carecen de una estética que
obligue a buscar calidad. No hay ciudadanos, solo electores que creen en la
suerte. Son el mejor regalo a los políticos mediocres. El sistema educativo, no
enseña Educación y Cívica. No enseña cómo funciona el gobierno y sus
responsabilidades. El resultado es notorio. Cada vez son más frágiles y
manipulables que los de hace cincuenta años. Sospecha de los críticos.
Esto preocupa muy poco. Los votantes no saben si están vivos. Los políticos mediocres están encantados: otros votantes no los elegirían jamás.

Es mismo análisis y las referencias son absolutamente aplicables para el caso de la corrupción, la violencia, la pobreza, etc.
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