Cosas del español (61): PALABRA CULTA, PALABRA PATRIMONIAL

La Tribuna Cultural

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Aunque a lo largo de los siglos el léxico español ha ido incorporando términos de muy diversa procedencia, en su mayoría deriva de voces latinas que entraron a formar parte de nuestra lengua desde sus orígenes y que evolucionaron históricamente siguiendo determinadas leyes fonéticas. Estas palabras han recibido el nombre de «patrimoniales». Es el caso de ojo, que procede de ocŭlus. La misma raíz latina está presente en voces como ocular u oculista, pero estas se incorporan más tardíamente, y por vía culta, a la lengua española. No han seguido la evolución que sería esperable, como pone de manifiesto la pervivencia del grupo -cŭl- latino, que en castellano acabó transformándose en -j-: cunicŭlius > conejo, auricŭla > oreja. Estas palabras, ya proceden del latín (la gran mayoría) ya del griego, o estén formadas por elementos de ambas lenguas, se denominan cultismos. Desde esta perspectiva, términos como ojo, ojal, ojeras, ojeriza o aojar se oponen a óculo, ocular, oculista o inocular. Sin embargo, la oposición no es absoluta, porque existe un buen número de palabras que han conservado parcialmente la forma etimológica, pero han sufrido una cierta evolución fonética conforme a las normas del español. Son los semicultismos.   

La incorporación de los cultismos al español está vinculada a determinados ámbitos –son muy frecuentes en la terminología técnica, que suele recurrir a las raíces grecolatinas para la formación de neologismos– y a épocas históricas concretas. La primera oleada significativa se produjo en pleno medievo, a través del mester de clerecía. Con la difusión del humanismo en el siglo XV, el gusto por la literatura grecolatina y la tendencia latinizante incorporó una nueva remesa. Existió una tercera en el Siglo de Oro, vinculada al culteranismo (de ella se burla Quevedo en el opúsculo La culta latiniparla [1624], «catecismo de vocablos para instruir a las mujeres cultas y hembrilatinas», en el que ironiza con mordacidad sobre el estilo gongorino).

Muchas de esas palabras cultas resultaron efímeras, pero otras se consolidaron en la lengua romance, desplazando con alguna frecuencia a las patrimoniales. No es raro, sin embargo, que pervivan ambas. A este fenómeno se le denomina doblete (existen también tripletes, pero son raros). A veces, estos dobletes son equivalentes o casi equivalentes desde el punto de vista semántico. Es el caso de rápido y raudo (de rapĭdus), de ruptura y rotura (de ruptŭra), o de ánima y alma (de anĭma). Pero se han generado algunas especializaciones en las que se ha asignado a las formas patrimoniales un sentido más concreto y material, y a las cultas un carácter más abstracto y un significado más cercano al etimológico. Delicado y delgado (de delicãtus), recitar y rezar (de recitãre), o materia o madera (de materia) son muestras de ello. Hay dobletes cuyos significados son claramente diferentes: cátedra y cadera (de cathědra), o dígito y dedo (de digĭtus). A veces, es una diferencia sólo aparente, como ocurre en sigilo y sello (de sigillum), ya que sigilo, según figura en el diccionario académico, es sinónimo de sello.

Fuente: Nunca lo hubiera dicho, Taurus, Madrid, Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, págs. 157 y 158.

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