Cuento: INVIERNO Y VERANO
Kalton Bruhl (*)
Entré al pueblo cuando caían los primeros copos de nieve. Las calles parecían demasiado angostas, así que decidí estacionar el auto y hacer todo el recorrido a pie. No me preocupaba que el auto se convirtiera en un obstáculo para el tráfico, ya que, según el último censo, el pueblo no tendría más que dos o tres habitantes. Aunque claro, tomando en cuenta que ese censo estaba fechado una década atrás, lo más probable era que estuviera completamente desierto. Todavía mejor, pensé. Llevaba algunos meses preparando un libro sobre aldeas y pueblos abandonados. Tomé la cámara y empecé a caminar. Las puertas de algunas casas habían sido tapiadas con tablones, otras estaban entreabiertas, como si sus antiguos dueños hubieran salido a comprar una hogaza de pan y sin recordar nunca más el camino de regreso. En esas ocasiones aprovecho para tomar fotografías del interior de las casas. Si la puerta está abierta, no siento que estoy allanando la morada de algún desconocido. Llevaba ya un par de horas recorriendo el pueblo, cuando algo me hizo dudar de mi cordura. Estaba de pie en la parte más alta de uno de los callejones y, a pesar de que la nevada se hacía cada vez más fuerte, podía ver, allá abajo, una casa que parecía encontrarse en la etapa más cálida del verano. Bajé a toda prisa. La casa estaba rodeada por un cerco de piedras, así que decidí escalarlo para echar un vistazo. No podía creerlo, el sol brillaba con fuerza sobre aquel único espacio. La grama era verde y los árboles comenzaban a florear. Estaba pensando en romper mi regla de no invadir nunca una casa cuando un perro pastor salió corriendo desde el traspatio. Ladraba con fuerza y dibujaba círculos furiosos sobre el suelo. ¡Silencio!, gritó alguien desde la casa. El perro calló de inmediato y se abalanzó hacia la puerta principal justo cuando esta se abría. La única forma que tengo para describirlo es la ilustración de un científico loco en cualquier libro infantil. Cabello gris y escaso, lentes gruesos con montura de carey, una bata blanca y pantuflas. Jovencito, me dijo, ¿qué hace sobre mi muro? No entiendo, respondí, aquí está nevando, pero en su casa brilla el sol. Ah, eso, dijo el anciano, como si fuera la cosa más natural del mundo, baje del muro, toque el timbre como una persona decente y le explicaré todo. Nos presentamos y nos dimos un apretón de manos. No recibo muchas visitas, me dijo y luego bajó la mirada. La soledad es buena para las investigaciones, pero es mala para el ánimo. A veces me hace falta hablar con alguien más que mi perro. Pase, pase, continuó; mientras esté conmigo no va a morderlo. Lo seguí con cierto recelo hasta un cobertizo. Aquí está el secreto de mi clima personal, dijo al tiempo que corría un portalón. Dentro había varias jaulas de gran tamaño llenas de aves. Son golondrinas, me indicó, dos docenas para ser exactos. Sigo sin entender, comenté mientras me rascaba la cabeza. El viejo profesor rio en silencio. Hemos olvidado tantas cosas, dijo con cierta melancolía; la ciencia, añadió, solo es la materialización de la sabiduría de los pueblos. Refranes, amigo, refranes. ¿Refranes?, repetí como un tonto. ¡Exactamente!, exclamó. He dedicado mi vida a probar que todos tienen una base científica. Por ejemplo, continuó, el pequeño verano que estamos disfrutando se lo debemos a estas golondrinas. Hace muchos años meditaba en el antiguo refrán: “Una golondrina no hace verano”. Muy bien, pensé, si una sola no hace un verano, quizás dos o tres sí lo hagan. Tardé bastante tiempo en alcanzar la fórmula exacta. Se necesitan 20 gramos de golondrina para calentar 10 metros cuadrados. ¿Y tienen que estar vivas?, pregunté sin querer. El profesor volvió a reír. Veo que tiene espíritu de investigador. Esa misma pregunta me la hice al comienzo de mis experimentos. Intenté con golondrinas congeladas, pero solo obtuve una especie de verano inglés, bastante húmedo y frío. La razón me decía que todo lo que contaba el profesor era imposible, que unos pajarillos insignificantes no podían controlar el clima y hacer que saliera el sol, pero la evidencia era abrumadora. Seguimos hablando durante un buen rato sobre refranes hasta que reparé en la hora. Siento mucho tener que marcharme, le dije, pero debo regresar al hotel. Lo entiendo, repuso, puede volver cuando guste. Salimos del cobertizo y el perro comenzó a ladrarme en forma amenazadora. Recordé un refrán que venía al caso y extendí la mano para acariciarlo. Sentí cómo los colmillos se hundían en mi antebrazo y lancé un grito. ¡Suéltalo!, ordenó el profesor. Pero se ha vuelto loco, me dijo, examinándome el brazo. Pero el refrán, objeté, usted dijo que todos eran ciertos. Ah, dijo meneando la cabeza, lo de que el perro que ladra no muerde. Sí, ese mismo, dije mientras me apretaba la herida. Un error que se ha venido repitiendo por siglos, explicó, ahora se utiliza para identificar a un fanfarrón que amenaza sin representar peligro alguno, lo que parecería tener algún sentido para las personas comunes, pero déjeme decirle que en su origen el refrán era diferente. “Perro que muerde no ladra”, se lee en los viejos manuscritos, lo cual, no puede negar que sí tiene toda la lógica del mundo, ya que si a un perro que muerde, por alguna razón, se le ocurriera ladrar, invariablemente soltaría su presa. No pude refutar nada, así que me limité a despedirme mientras miraba de reojo al maldito perro que, por primera vez desde mi visita, ya no ladraba.
(*) Kalton Bruhl, hondureño, licenciado en derecho por la UNAH, novelista y escritor, miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua. Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa. Reside en Tegucigalpa, Honduras.

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