Danilo Lagos: EL ARTE COMO VOCACIÓN, EL TEATRO COMO DESTINO

Fredy Ponce*

El telón ha caído, pero el eco de su voz sigue suspendido entre bambalinas. Danilo Lagos no fue solo actor, titiritero o fundador. Fue compañero de escena, sembrador de vocaciones, y cómplice del alma teatral hondureña. Su partida el 14 de octubre no marca un final, sino el inicio de una memoria que se representará una y otra vez en cada función, en cada gesto, en cada silencio.

Lo conocimos en 1984, cuando junto a su inseparable compañero Javier Espinoza formó el grupo Cacharros. Desde entonces, Danilo mostró una magistral vocación por el arte de los títeres, creando un trabajo excepcional que el público acogió con entusiasmo y ternura. Aquellas funciones no eran solo espectáculos: eran actos de comunión entre el arte y la infancia, entre la risa y la reflexión.

Danilo también fue parte de Ekela Itzá, colectivo que lo vio participar en múltiples montajes, incluyendo la entrañable pastorela musical Albano, donde su presencia escénica y su sensibilidad artística se fundían con la tradición popular. Pero su huella no se limita a un solo grupo: participó en decenas de obras, colectivos y proyectos, siempre con la misma entrega, humildad y alegría.

Desde el Grupo Teatral Bambú, su segunda familia, Danilo tejió puentes entre generaciones. Su arte no buscaba reflectores, pero los reflectores lo encontraban. Como bien lo dijo un colega: “Danilo es mi compañero, mi amigo, mi espejo en el escenario”.

Un héroe contemporáneo que se despide sin justicia social

Honduras ve partir a un verdadero héroe contemporáneo del arte escénico nacional, y los artistas se reflejan en una historia que se repite. Porque más allá del homenaje, más allá de las palabras sentidas, hay una verdad incómoda: los entes encargados de tutelar el arte en Honduras han fallado sistemáticamente en garantizar condiciones dignas para quienes dedican su vida a la creación.

Es doloroso constatar que el horizonte del artista hondureño sigue marcado por la precariedad: sin seguro médico, sin ingresos estables, sin programas reales de protección social. La vocación artística, que debería ser celebrada como patrimonio vivo, termina siendo una ruta de sacrificio silencioso.

Al final, pareciera que la vida en el arte está destinada a pedir colaboraciones para levantar al artista enfermo o sepultar al que no tuvo acceso a un tratamiento digno. Y eso no es solo injusto: es culturalmente devastador.

Propuesta de acción cultural: que la ovación se convierta en política

La memoria de Danilo Lagos no debe quedarse en el aplauso. Debe convertirse en acción. Por eso, proponemos:

1. Fondo Nacional de Protección Social para Artistas Escénicos

- Acceso a seguros médicos, pensiones mínimas y subsidios por enfermedad.

- Financiado por el Estado, cooperación internacional y aportes voluntarios de festivales y taquillas.

2. Registro Nacional de Trayectorias Artísticas

- Reconocimiento oficial de artistas con más de 15 años de labor escénica.

- Acceso preferente a becas, residencias y programas de salud preventiva.

3. Programa “Memoria Escénica Viva”

- Documentación audiovisual y escrita de figuras como Danilo Lagos.

- Integración en currículos escolares, bibliotecas públicas y plataformas digitales.

4. Ley de Dignificación del Trabajo Artístico

- Reconoce al arte como profesión con derechos laborales.

- Establece mínimos salariales para funciones contratadas por el Estado.

Danilo Lagos no se ha ido. Está en cada títere que cobra vida, en cada niño que ríe, en cada actor que se atreve. Su última escena no fue una despedida. Fue una ovación. Y esa ovación debe convertirse en política pública, en justicia social, en dignidad viva.

* Actor, Director, productor artístico y periodista cultural

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