DE IMPRENTAS, LIBROS Y PRODIGIOS
Rubén Darío Paz*
Para Rosa Delia y Ana Miriam Rodezno, entusiastas y forjadoras de la cultura en San Marcos, Ocotepeque.
La imprenta, es un invento eminente en la humanidad, puntual para la propagación de ideas religiosas, políticas y culturales. Versados sustentan que México por haber sido sede del Virreinato de Nueva España, fue quien tuvo la primera imprenta a mediados de 1539, a instancias del arzobispo Juan de Zumárraga. No sabemos cuál fue el primer libro impreso en el continente americano, aunque en la Biblioteca Nacional de España, se conservan tres páginas del Manual de Adultos, impreso en México. El segundo lugar fue Sudamérica, donde se instaló la imprenta fue Lima, capital del Virreinato del Perú, adonde la llevó el impresor italiano Antonio Ricardo, en 1580. Cuatro años después sale la primera obra; Pragmática sobre los diez días del año. Guatemala por más de tres siglos ostentó el título de Capitanía General, por ello aglutinaba desde entonces un fuerte movimiento comercial y cultural. El libro impreso en 1663 se tituló Explicatio Apologética, escrito por el fray sevillano Payo Enríquez de Rivera, del cual aún se conserva un ejemplar en el Museo del Libro, en la ciudad de Antigua Guatemala. Es necesario señalar que la Provincia de Honduras, a lo largo del proceso colonial fue periférica, todas las instituciones educativas llegaron tarde, (escuela, colegio y universidad), lo mismo sucedió con la imprenta, presente hasta bien entrado el siglo XIX.
La imprenta llegó a Honduras justo después de que en otros puntos del continente ya había adquirido notoriedad y para cumplir funciones de Estado, por iniciativa de Francisco Morazán en 1828, se instaló en el convento de San Francisco, siendo su primer director el nicaragüense Cayetano Castro, y de ese taller salió impreso en mayo de 1830 el primer ejemplar de la Gaceta del Gobierno. El primer libro impreso del que se tiene referencia en nuestro país se tituló, Rudimentos de Aritmética y se atribuye a un sacerdote de apellido Dárdano, posteriormente vio la luz la Cartilla Forense de Pedro Pablo Chévez en 1853, para esa fecha ya se había efectuado el traslado de la imprenta a la ciudad de Comayagua, que para ese entonces seguía siendo la capital del país.
Fueron los abundantes conflictos políticos
partidistas en la Honduras del siglo XIX, los que incidieron en la producción y
difusión de libros, e incluso en la escasa actividad cultural en las dos
ciudades de mayor trascendencia: Tegucigalpa y Comayagua, por lo que gran parte
de la actividad intelectual se alentó desde los Conventos, esa ausencia del
Estado, la toma la Iglesia, fueron ellos los que incitaron el quehacer
educativo y cultural, sino veamos la figura del P. Reyes Sevilla, un obstinado
conservador, se convirtió en el alma cultural de Tegucigalpa, enseñando música
y dramatizaciones religiosas. Sin olvidar su rol protagónico junto a Juan Lindo
y Zelaya, en la crear las bases de lo que posteriormente se consolidó como
Universidad Nacional. Obviamente, el programa de Reforma Liberal en Honduras
(1876), fue el más ambicioso proyecto, liderado por Marco Aurelio Soto y Ramón
Rosa, formados en la Universidad de San Carlos de Borromeo en Guatemala,
ambos intelectuales se habían nutrido del bagaje cultural de la otrora
Capitanía General de Guatemala.
Ejemplar de la División Municipal y Judicial de
Honduras, 1889. Colección R. Paz.
La Reforma Liberal, aún con deslices cometidos,
sigue siendo el programa más ambicioso llevado a cabo a la fecha en Honduras.
Durante este período se fortaleció el trabajo de las imprentas, siempre para
producir las Memorias del Ejecutivo, periódicos sueltos e incluso algunos
textos escolares, para áreas básicas como Historia, Filosofía, Geografía y
Aritmética. El gran acierto de los reformadores fue encargar a Antonio R.
Vallejo, la organización de la Biblioteca y Archivo Nacional, además de comprar
libros en Guatemala, se contó con la buena voluntad de numerosas familias
capitalinas, que por años venían conservando libros. Para fortalecer el Archivo
Nacional, se emitieron ordenanzas, con el fin de que los títulos de propiedad,
certificaciones, actas de nacimiento, defunciones y libros escolares fueran
enviados a Tegucigalpa, producto de lo anterior tenemos el Archivo Nacional,
que ahora luce en mejores condiciones y ojalá pronto pueda digitalizarse toda
su documentación.
Vallejo, realizó una gran labor, su vida estuvo
presta al servicio de Honduras. Bajo su liderazgo se publicó la Colección de
Constituciones Políticas, un Compendio de Historia Social, Apuntes de Gramática
Latina. Igual se editaron la División Municipal y Judicial de la República de
Honduras. Vallejo, además dirigió varios periódicos como “El Orden” y “La
República”, su mayor aporte lo constituye el Primer Anuario Estadístico-1889,
obra cumbre, panorámica y sustancial que resulta referencia obligada para entender
la Honduras del siglo XIX. La efímera Tipografía del Gobierno, pronto pasó a
ser la Tipografía Nacional, creada por el Estado reformista, de donde salieron;
una serie de Memorias, Decretos, Códigos y Leyes. En esa misma institución se
imprimieron los “celebres” Contratos del Ferrocarril. Valiosas resultan
las publicaciones que se realizaron en la Imprenta de La Esperanza en 1889 en
Juticalpa, Olancho, donde se destaca una Composición recitada en el 84
aniversario de la Independencia en Centro América. Otras poblaciones con menos
recursos hicieron esfuerzos por publicar periódicos, revistas y escasos libros
como Comayagua, Danlí y Choluteca.
Compendio de Filosofía. Guatemala 1885. Fue una
obra cumbre en la enseñanza de la Filosofía en Guatemala, además alcanzó
notoriedad en colegios de media en el istmo centroamericano. Colección R. Paz.
Tegucigalpa como capital, lideró las
publicaciones, gracias a la Tipografía Nacional. En 1897, se publicó Breve
noticia de Honduras: datos geográficos de la autoría de Manuel Lemus y H.G.
Bourgeois. El trabajo sirvió de base para tener un mayor conocimiento
geográfico del país. La última década del siglo XIX, fue fructífera, bajo la
responsabilidad de Francisco Cruz Castro, se publicó La Botica del pueblo,
donde se aborda la flora medicinal de Honduras. Se conservan algunos ejemplares
de la cuarta edición realizada en España en 1901. En 1898, se publicó el primer
Diccionario de “Hondureñismos” (Diccionario de Provincialismo de Honduras).
Obra de gran factura, texto obligado para aproximarse a las toponimias
hondureñas, bajo la responsabilidad de Alberto Membreño. También vio la luz el
polémico relato Angelina, precursor de la novela en el país, sin ser novela,
Angelina, obra de Carlos F. Gutiérrez. Especial interés despertó en Santa Rosa
Copán la publicación de Semanarios, Revistas y Periódicos, quizás emulando a
centros importantes como Tegucigalpa y Comayagua a finales del siglo XIX, o
aprovechando la cercanía con Guatemala, es básica la descripción del maestro
G.A. Castañeda, donde refiere a los titulares de algunos periódicos; “El
Copaneco (1872), El Centinela de Copán (1876), La Regeneración (1879), El
Universitario (1881), La Voz de Copán (1884), El Colegial (1885), El Trabajo
(1885), El Imparcial (1893), El Liberal (1894)” entre otros.
Tuvo que haber sido un esfuerzo enorme, en
parte porque la inestabilidad política, las revueltas fueron frecuentes, más el
limitado acceso al alumbrado eléctrico, la falta de logística para desarrollar
la labor e incluso hasta la falta de papel, tinta y hasta correctores. Fue por
ello por lo que muchos autores optaron por publicar sus libros por “entregas”
en los escasos periódicos o en dilatadas revistas. Helen Umaña, nos lo recuerda
en su valioso texto La Novela Hondureña. “Del 22 al 28 de enero de 1901, Timoteo
Miralda (1866-1955) publicó, en el Diario de Honduras, “El Ideal”, breve novela
de tinte romántico. José María Tobías Rosa, dramaturgo comprometido con el
quehacer cultural, publicó Colección de Composiciones en 1902 y más tarde
varias obras de teatro y muchos artículos en Prensa nacional, utilizando el
seudónimo de Williams the Farmer. En un concurso en Nueva York,
Rosa se ganó una Imprenta y la trajo río arriba desde Pimienta, Cortés a su
pueblo natal. Rosa, es el pionero del teatro infantil en Honduras, escribía y
ensamblaba las obras en su propio teatro escolar, en Ilama, su pueblo natal,
donde gracias a la negligencia de varias administraciones edilicias, han sido
incapaces de al menos construir una Casa de la Cultura en su memoria. Ya en 1904,
se publicó un texto escolar Educación, trabajo y ciencia (Método de enseñanza
integral de José María Moncada. Es una publicación precursora, sin ninguna
foto, pero con valiosos ejemplos de cómo hacer ciencia. De formidable alcance
es el compendió de Artículos sobre La Mosquitia (Condiciones económicas de la
República de Honduras) del diplomático francés Desiré Pector en 1908. El año de
1913, se conoció Temas Geográficos de Enseñanza Primaria, obra del destacado
maestro y hombre de ciencias, Luis Landa, describe criterios básicos sobre la
geografía hondureña.
Plano Escolar de Tegucigalpa, incluido en el
libro de Luis Landa, 1913. Colección R. Paz.
Debemos recordar que muchos de los libros que
leían nuestros estudiantes a principios del siglo XX, eran libros impresos en
Guatemala y México. Todas las publicaciones eran en blanco y negro, la mayoría
en ediciones limitadas pero cuidadas con esmero. En nuestro medio dos
personajes excepcionales, jugaron un papel preponderante durante las primeras
décadas del siglo XX y de hecho son referentes de literatura hondureña, quizás
con mayor constancia Turcios, grandes amigos con personalidades opuestas. Muchos
coinciden que el máximo exponente de la poesía hondureña en el siglo recién fue
Juan Ramón, su obra póstuma Tierra Mares y Cielos, se publicó en Tegucigalpa en
1911, por iniciativa de su amigo Froylán Turcios. Froylán Turcios, es quizás el
mejor prosista que ha tenido Honduras, un hombre vinculado a la cultura y al
poder, vivió en Francia y Costa Rica. Su obra abarca poesía, cuento y novela.
Almas trágicas (1900), El Vampiro (1910), El Fantasma blanco (1911), se
conservan además fragmentos de las novelas Flor de sangre, (1904) y dos
capítulos de Annabel Lee, (1906). Sigo profesando que la Oración del hondureño,
debería ser esa pieza magistral para recitar, antes de empezar nuestras
jornadas en la escuela primaria.
A pesar de que la producción de libros en
Honduras nunca ha sido prioridad estatal, no debemos olvidar importantes
esfuerzos de intelectuales e incluso de familias que por décadas se dieron a la
tarea de conservar libros. Numerosas librerías, Editoriales con fines
comerciales, gestores independientes, igual han contribuido en la difusión del
libro hondureño.
Amargamente Honduras, es de los pocos países en
América Latina, que no tiene un Museo del Libro Hondureño, y es seguro que a
pesar de tantas tragedias en las que se han perdido valiosos textos, quedan en
el país, colecciones de libros dispersos, algunas en manos de familias
responsables, otras en instituciones estatales e incluso por apasionados
coleccionistas. Un proyecto del Museo del Libro Hondureño sería una forma de
preservar parte de la memoria del país. De especial reconocimiento son las
iniciativas que con fines similares se llevan a cabo en las Universidades
públicas, donde ahora se cuenta con una inestimable sección denominada
Colección Hondureña, donde se guardan a mi parecer gran parte de los libros
publicados los últimos cincuenta años. La Biblioteca Nacional “Juan Ramón
Molina” a pesar de la falta de apoyo, también conserva libros valiosos incluso
ya digitalizados, otros siguen en “cuidados intensivos”, en bodegas
abandonadas.
Con el advenimiento de la era digital, sin duda
ha sacudido las bases de los contenidos formativos, culturales y de
entretenimiento, y por supuesto el libro ha sido alcanzado. El libro
digital aún en países en vías de desarrollo ha ganado terreno, sobre todo en
las nuevas generaciones, sin embargo, el libro impreso permanece, pero, es
difícil predecir su vigencia. Entiendo que, para mi generación, difícilmente
vamos a rechazar el libro impreso, existe una especie de ternura, contemplación
por la obra, nos oponemos a dejar de percibir el crujir de sus páginas, el olor
del papel, su tinta y hasta la calidad de sus imágenes. Tampoco es que los que
producimos materiales educativos, audiovisuales o libros, vamos a oponernos a
aprovechar estos espacios digitales, pues sabemos que en cuestión de minutos
podemos difundir e intercambiar contenidos masivos, y a bajos costos. Debemos
reconocer el papel que vienen desempeñando una serie de Editoriales, sobre todo
en San Pedro Sula y Tegucigalpa, sorteando todo tipo de impases, han logrado
incluso participar en eventos nacionales e internacionales, para mostrar el
rostro impreso del país. Alentar a nuestras autoridades educativas, para que no
olviden, crear Fondos Documentales, o al menos antologar la vida y obra sobre nuestros
próceres, y no me refiero a los padres fundantes, sino a esa serie de
personajes que a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, han hecho obras que
han puesto el nombre de Honduras en el universo de las letras.
A la fecha, publicar un libro en
Honduras, responde al interés y entusiasmo del autor, ante la ausencia de una
política que estimule la creación de libros impresos en el país. Gran parte de
la escasa producción de libros en Honduras se define en Tegucigalpa y San Pedro
Sula. Un papel trascendente juega la Editorial Universitaria de la UNAH y el
Sello Editorial de la UPNFM. De manera esporádica algunos ministerios y
subdirecciones, han realizado publicaciones, pero, hace falta mayor compromiso
con el quehacer intelectual desde el Estado. Es oportuno mencionar que existen
en el país una serie de editoriales-imprentas, privadas, al igual que gestores
culturales independientes, que han logrado sostenerse con grandes esfuerzos,
los costos de producción de libros son altos, y al no existir una política de
fomento hacia la lectura, el panorama se complica. No olvidemos que insumos
como tintas y papel entran al país casi como artículos suntuosos, de ahí que
muchos colegas, deciden ir al extranjero a reproducir sus libros. Desde hace
algunos años, hemos venido insistiendo junto a otros amigos, en la importancia
de establecer campañas para fomentar la lectura en todos los niveles del
sistema educativo hondureño.
*Historiador, docente e investigador en la UNAH y UPNFM Santa Rosa de Copán.



Comentarios
Publicar un comentario