EL PODER DE LA PALABRA
Fernando Sorrentino (*)
1.
Mi nombre es Susana Silvia Siciliano. Soy profesora de
Lengua y Literatura en el Colegio Noble Madera Formativa (mixto, laico y
bilingüe, y de contundente mensualidad), del barrio de Belgrano R, ciudad de
Buenos Aires.
Yasmín Magalí Corbatta, una de mis alumnas de quinto año,
participó en cierto concurso televisivo de preguntas y respuestas en la especialidad
Literatura Hispanoamericana. La
chica, a pesar de los nombres espeluznantes con que, a manera de pecado
original, la castigaron sus padres, fue siempre una excelentísima estudiante y
por tal motivo goza de mi mayor estima.
Se suscitó el siguiente conflicto.
Frente al jurado televisivo Yasmín Magalí debió citar, a
su elección, tres obras cualesquiera publicadas por el escritor ecuatoriano
Juan Montalvo. Como se hallaba bien preparada (en gran medida, gracias a mi
eficacia pedagógica), sin vacilación dijo: Catilinarias,
Geometría moral y Siete tratados. Según me contó, los tres
miembros del jurado (unos pelafustanes, escritores de best sellers) se consultaron con la mirada, hojearon unos papeles,
charlaron en voz inaudible y, finalmente, el presidente del tribunal calificó
la respuesta como errónea, ya que, según sus datos, Montalvo nunca había publicado
ninguna obra titulada Geometría moral.
Con lo cual Yasmín Magalí fue eliminada del certamen y no
pudo pasar a la siguiente ronda.
Pero eso no iba a quedar así.
Aconsejada por mí, unos días más tarde Yasmín Magalí,
acompañada por el doctor Tomás Toledano (que, además de abogado, es mi marido
desde hace una eternidad), se presentó en el canal de televisión con ánimo
querulante y un sobre A4. En el primero portaba justa indignación; en el
segundo dos fotocopias, a saber:
1) La página 162 de la Historia de la literatura americana y argentina, de Fermín Estrella
Gutiérrez y Emilio Suárez Calimano; 2) la página 211 de Escritores de Hispanoamérica, de Rodolfo M. Ragucci. En ambas se
consignaba que, en efecto, Juan Montalvo había escrito una obra titulada Geometría moral.
Los tres ignorantes autores de best sellers deliberaron entre ellos y, como no sabían ni bien ni
mal qué demonios hacer, trasladaron el incordio a las autoridades
administrativas del canal, que prometieron “estudiar el asunto y proceder en
consecuencia”. Según metáfora futbolística utilizada por mi marido, lo que
hicieron tales jerarcas fue “tirar la pelota al córner”, es decir, intentaron
desentenderse del problema sin buscar la solución.
Apremiado por las circunstancias (es decir, por cinco
cartas-documento amenazadoras redactadas por Tomás, o sea mi susodicho marido
abogado), el mismísimo director general del canal se reunió con él y con Yasmín
Magalí, y adujo, a manera de malicioso sofisma, que la pregunta se refería a
obras publicadas por Montalvo, y,
puesto que Geometría moral no había
sido publicada por el autor, sino que había aparecido en 1902, es decir cuando
el autor ya había viajado al más allá en 1889, la respuesta de la concursante
no podía considerarse correcta.
Según me contó Tomás, él inmediatamente “le paró el
carro” al insolente ejecutivo que pretendía enredarlo con un juego de palabras,
y lo amenazó con iniciar ipso facto
acciones penales contra el programa, contra la televisora y contra la empresa
multimedios propietaria del canal. Como al pasar, dejó entrever que el temible
Tirso Toledano, sindicalista jefe del Gremio de Conductores de Topadoras y
Barrenadoras, no era otro que su hermano mayor.
Entonces el ejecutivo se acobardó —siempre en la versión de Tomás— y, para no elevar el conflicto a mayores dimensiones, propuso una solución intermedia, que además serviría a modo de publicidad “cultural”: Yasmín Magalí debería conseguir una opinión escrita de un académico argentino, donde este certificase que, a su juicio, no había ni podía haber diferencias entre una obra publicada en vida del autor y otra publicada tras su fallecimiento. Con este sencillo requisito, Yasmín Magalí volvería a presentarse en el torneo y pasaría automáticamente a la ronda que antes le había sido denegada.
2.
Como excelente profesora que soy, asumí la
responsabilidad de conseguir el documento exculpatorio, ya que, como no he sido
madre, considero que todos mis alumnos constituyen, de alguna manera, los hijos
que no he tenido (salvo unos cuantos que, por insoportables, me habrían
convertido en filicida).
En la sala de profesores expuse el caso y recibí, por
parte de casi todos los colegas (donde constituyen amplia mayoría los
papanatas), diversos comentarios insípidos que no me sirvieron de nada.
Aunque profesora de materias tan incomprensibles como la
matemática y la física, Gabriela Irene Laguna es una buena amiga mía (a pesar
de ciertos defectos que no es del caso exponer aquí):
—¡No hay problema, Su! —exclamó—. Justamente a la vuelta
de mi casa vive el académico Benito Benvestiti. Es un geronte enclenque, medio
gagá, que hace las compras en la verdulería y en la panadería. Es simpático,
siempre se está riendo y saluda a todo el mundo, aunque nunca ocurrió eso
conmigo. Me imagino que no tendrá inconveniente en redactar y firmar lo
solicitado. Yo vivo en la calle Picheuta, y el viejo choto, en Barco Centenera.
Aunque yo, a pesar de mi versación en letras, nunca había
oído siquiera el nombre de Benvestiti, consideré de buen augurio que con tanta
rapidez hubiéramos encontrado una persona adecuada para poner en marcha nuestro
plan.
En efecto, a la semana siguiente Gaby me anunció por
teléfono que ya había conseguido una cita con el “célebre académico” (así lo
llamó, con hipérbole). Nos esperaría el sábado 18 a las once de la mañana en su
departamento del sexto piso de la calle Barco Centenera, en el barrio de Parque
Chacabuco.
Recibí la noticia con una mezcla de alegría y malhumor;
la primera, porque nuestro objetivo se iba encaminando eficazmente; el segundo,
porque, como vivo en Olivos —en la calle Catamarca, para ser más precisa—, nada
me cuesta conducir el auto hasta nuestro colegio de la calle Estomba, en
Belgrano R, pero aborrezco tener que trasladarme hacia lugares de otra galaxia,
tales como Pompeya, Soldati, Lugano o, en este caso, Parque Chacabuco.
No obstante, y después de consultar un plano de Buenos
Aires y de asesorarme geográficamente con mi marido (que, a pesar de ser inútil
para muchas cosas, conoce bastante bien las calles), empuñé el volante de mi
auto (tenemos dos, uno blanco y otro negro, de la misma marca e idéntico modelo)
y, ayudada por el GPS, me dirigí a los departamentos de la calle Picheuta. Llegué
con poco margen, a las once menos diez. En la vereda me aguardaba Gabriela.
Dijo:
—¿No querés subir a tomar un café?
Una invitación totalmente inútil y antifuncional. ¿Cómo
íbamos a perder tiempo tomando café si a las once, a dos cuadras de allí, nos
esperaba el académico?
Por toda respuesta, di tres golpecitos sobre mi reloj
pulsera con el dedo índice, y pusimos proa hacia la calle Barco Centenera.
Gabriela y yo, sin consulta previa, nos habíamos
acicalado para adquirir un aire atractivo, pero, a la vez, profundo e
intelectual. Yo lo hice con mi mesura y calidad habituales.
Cargando bastante las tintas, Gabriela, a quien jamás vi
con lentes, ahora lucía un par de anteojos de formidable armazón negra, que le
daba un inconfundible aire de socióloga de izquierda, perfeccionado por no
haberse pintado los labios y por mostrar el pelo un poco erizado. Sin embargo,
la combinación de su pollera largo Chanel con una casaca profusa en bolsillos y
cierres-relámpago, y un poco rígida, la hacía parecer también como una monja de
clausura que aspirase a ingresar en un cuerpo de bomberos voluntarios. En fin,
la pobre Gaby, dentro de sus limitaciones, es buena persona, pero con gran
facilidad para el ridículo.
Habituada a mi chalet de estilo nórdico de Olivos, no
dejó de chocarme desagradablemente el edificio de la calle Barco Centenera, feo
y grisáceo, de típica clase media tirando a baja. Las coordenadas del portero
eléctrico nos informaron que el inmueble constaba de ocho pisos. Como Gabriela
era del barrio, lo indicado era que fuese ella quien oprimiera el timbre del sexto
A.
No empleó índice sino pulgar. Tras una eternidad de por
lo menos tres minutos, oímos una voz apagada:
—¿Quién es?
Para demostrarme cuán aplomada era, Gaby, siempre
histriónica, sonrió, como si estuviera en un escenario, y, con cantarina voz de
soprano, dijo, haciéndose la juvenil:
—¡Las profes que veníamos a consultarlo por el asunto de
Juan Montalvo!
Sonó la chicharra, empujamos la puerta y entramos en un
vestíbulo con olor a sopa de dedalitos. Abordamos el ascensor —en una pared
alguien había escrito el que lee esto es
puto— y llegamos al sexto piso.
El académico, vestido con una especie de quimono raído,
color rata de albañal, nos esperaba, fumando, en el vano de la puerta del
departamento. Era un hombre de baja estatura, canoso, despeinado y de barba
desprolija y antiestética. Un terrible tufo de cigarrillo llegaba hasta el
palier.
Nos extendió una mano blancuzca como filet de merluza y
con un ademán nos indicó que nos sentáramos en un sillón bastante desvencijado.
El viejo fumaba el que posiblemente era el undécimo
cigarrillo de la mañana. En un cenicero con forma de neumático de tractor
había, por lo menos, diez colillas de filtro marrón. A su lado, una foto
enmarcada: el escritor en su período paleolítico, junto a una mujer con cara de
malvada, posiblemente su fallecida cónyuge.
Tanto Gabriela como yo éramos “pecadoras arrepentidas”:
habíamos sido fuertes fumadoras en nuestra juventud, pero ahora, tras haber
abandonado el vicio para siempre, no podíamos soportar el mero olor de un
cigarrillo encendido a veinte metros. Y mucho menos en ese departamento
pequeño, sin duda bastante sucio y hasta diría que sórdido, donde estábamos
como navegando entre tinieblas.
Gabriela empezó a
toser, aunque con timidez, para que ese hombre no pensara que le molestaba el
humo de sus cigarrillos.
—Pues bien, señoritas o señoras, ustedes dirán qué las
trae por aquí. Las escucho.
Y nos lanzó una mirada severa.
Como yo era la docente de Literatura, me sentí obligada a
exponer:
—Resulta que nosotras somos profesoras en el Colegio
Noble Madera Formativa…
—Sí, ya lo sé. Me lo había dicho la persona inoportuna
que, a la hora de la siesta, me hizo levantar de la cama para atender el
teléfono.
—Esa persona fui yo, disculpe —acotó Gabriela.
—Sólo he nombrado el pecado. No me interesa quién fue el
pecador o la pecadora. ¡Adelante con la historia, que no tengo toda la mañana
para desperdiciarla con detalles tontos!
—Bueno, como le decía —retomé, ya un poco asustada—, en
el Colegio Noble Madera Formativa yo soy profesora de Lengua y Literatura, y Gabriela,
de Matemática.
El académico agitó su mano derecha:
—¡Rapidito, rapidito, rapidito! No me interesan las
autobiografías y mucho menos los currículos profesionales, que suelen estar
plagados de mentiras y de informaciones falsas.
Tragué saliva:
—El caso es que una de mis alumnas participó en el
conocido concurso A Ver Quién Sabe Más,
organizado por el canal de televisión 73bis Alegría Contagiosa.
—No sé por qué llama “conocido” al concurso —dijo el
académico—. Yo jamás lo oí nombrar. ¡Y ni falta que hace que yo me ocupe de
esas estupideces que tanto gustan al vulgo ruin e ignorante!
Hubo un instante de silencio. Realicé un esfuerzo
descomunal y continué:
—Entonces ahí le preguntaron por tres obras de Juan
Montalvo y, como hubo una especie de discrepancia entre la respuesta de mi
alumna y el criterio del jurado, ellos recomendaron como una especie de
expediente mediador la presentación de un documento validante que certificase
la autenticidad, si no exacta, aproximada de dicha respuesta que había entrado
en colisión con los datos recabados por los miembros del jurado de fuentes tal
vez dudosas pero…
El viejo se puso de pie y, durante unos segundos, con
ambas manos se tapó los oídos:
—¿Cómo pretende usted que yo logre entender ese
galimatías demencial, ese laberinto de alumnas, jurado y documentos? Ya que dice
ser profesora de Literatura, lo menos que se le puede exigir es que sepa
expresarse con un mínimo de claridad.
El fuego del rubor me comió las mejillas y una catarata
de transpiración se deslizó por mis axilas. En cambio, una palidez cadavérica
había ganado el rostro de Gabriela.
—En resumen —colosal esfuerzo para retomar el discurso—,
lo que nosotras necesitaríamos de su generosidad es que nos redacte un documento
certificando que Juan Montalvo…
—¡Basta! —exclamó—. Esto ya constituye una burla terrible
contra mi persona, y les voy a decir por qué. En primer lugar, lo único que
intenté leer de Montalvo fue un libro marmóreo donde inventaba no sé qué
absurdas aventuras nuevas de don Quijote, y me pareció tan malo que abandoné su
lectura en la página diez. Como ven, no puedo decirles nada sobre ese escritor
insoportable.
—Disculpe —intervino Gabriela—, no fue nuestra intención
molestarlo. Sólo somos docentes que…
—En segundo lugar, yo no creo que ustedes sean profesoras
de absolutamente nada. Son dos embaucadoras, posiblemente con pedido de captura
internacional. Y si ustedes, con la ignorancia que muestran, y con el aspecto ridículo
que ostentan sus personas y su vestimenta, son realmente profesoras, ¡compadezco
a los alumnos, que jamás van a poder aprender nada de sus enseñanzas!
—Bueno, en ese caso…
—En ese caso, ¡nada! Lo mejor que pueden hacer es
retirarse de mi casa y no volver nunca más con esos despropósitos y
fabulaciones y disparates de concursos, montalvos y maderas nobles.
Azoradas, asustadas, indignadas, Gabriela y yo aferramos
nuestras respectivas carteras al estilo de sendas pelotas de rugby y, como si
corriéramos hacia el try, abandonamos,
tipo estampida, el edificio de la calle Barco Centenera.
Caminamos media cuadra. Gabriela había recuperado sus
colores y tenía las manos hechas puños y los dedos crispados sobre las palmas.
—Volvamos —dijo—. Olvidé algo.
No me dijo qué. Pero llegué a imaginar su intención. Por
experiencia, sé que la Gaby puede ser brava.
Su pulgar apretó largamente el timbre del departamento
del sexto piso A. Tras una nueva eternidad de por lo menos tres minutos,
volvimos a oír la misma voz apagada:
—¿Quién es?
Para demostrarme cuán aplomada era, Gabriela sonrió, nuevamente
como si estuviera en un escenario, y, con cantarina voz, ahora de barítono,
dijo:
—¿Hablo con el señor Benvestiti?
—El mismo. ¿Qué desea…?
—¿Qué deseo? ¡Deseo que te vayas a la reputísima madre
que te recontra mil parió, viejo choto, decrépito, gagá, moribundo e hijo de
mil putas!
No sabemos si el apostrofado puso en práctica la
sugerencia, pues, en vez de contestar, colgó el receptor del portero eléctrico.
De allí nos fuimos al departamento de Gaby, amueblado,
dicho sea de paso, con gusto espantoso y con multitud de adornos horripilantes
en paredes y repisas. En fin, una pirujería cosmológica. Pero lo último que
haría en mi vida es hablar mal de Gabriela, que, a pesar de sus carencias, es
una de mis mejores amigas.
—Héctor y los chicos se fueron a ver un torneo de
papifútbol —me informó al entrar.
—Ah, qué lástima. Me habría encantado volver a saludarlos
—repuse, mientras pensaba: “Mejor que no estén. El marido es un plomazo, y los hijos,
dos máquinas de romper las pelotas”.
La humillación a que nos había sometido el abominable
Benvestiti produjo en nosotras un efecto diurético: acuciada por el pis que
exigía libertad inmediata, Gaby corrió al baño y yo la seguí unos minutos más
tarde. En dicho reducto comprobé que el papel higiénico era de pésima calidad y
que los cuatro cepillos de dientes ya habían agotado su vida útil.
Como un medio de reponernos de la reciente batalla contra
el geronte, en la cocina (azulejos celestes, algunos cuarteados) tomamos café
con galletitas (un poco húmedas, seguramente porque no fueron guardadas con
método adecuado).
Luego, con besos en las mejillas, me despedí de Gaby hasta el lunes, cuando volveríamos a vernos en el colegio.
3.
El lunes 20, por la mañana, le expliqué a Yasmín que el
académico Benvestiti, un hombre muy simpático, nos trató con enorme gentileza y
deferencia, pero se excusó amablemente por no poder redactar el documento
solicitado: esa misma semana debía someterse a una delicada operación quirúrgica
que prefirió no especificar.
Yasmín no se manifestó demasiado compungida:
—Bueno —dijo—, pero ese no será el único académico que
existe. Podríamos buscar otro…
—Claro que sí —le contesté—. Pero, en todo caso, ocupate vos del asunto. Yo ahora estoy muy atareada y no tengo tiempo para ir a visitar académicos.
4.
Ese mismo lunes por la tarde yo estaba en casa tomando mate y hojeando distraídamente La Nación. Me encontré con esta noticia:
Benito
Benvestiti, un riguroso hombre de la cultura
Hondo
sentimiento de pesar ha causado en nuestros círculos académicos e intelectuales
el repentino fallecimiento del doctor Benito Benvestiti, latinista y helenista
de sólida cultura clásica, ocurrido el sábado pasado, a raíz de un síncope
cardíaco, en su ya mítica vivienda del barrio de Parque Chacabuco, donde solían
reunirse artistas y escritores de fuste para oír la palabra del maestro.
A los
ochenta y dos años de edad, y en la plenitud de sus capacidades físicas y
mentales, nada hacía prever tan desdichado desenlace. Porteño de ley, había
nacido en Buenos Aires, en 1938, en el seno de una familia de poetas, pintores
y músicos.
Su obra, extensa y rica, se inició en 1965, con su libro de ensayos Influencias de la poesía latina en la lírica hispanoamericana. Desde entonces, ha publicado más de cuarenta obras, de las cuales la más importante y característica es su clásico Itinerario de Juan Montalvo: poeta, prosista y ensayista de dimensión universal, el más completo y exhaustivo ensayo sobre la obra del polígrafo ecuatoriano, por el cual fue nombrado miembro de honor de la Sociedad Montalviana de la Literatura, con sede en Quito.
A continuación venía una enumeración de los honores y reconocimientos obtenidos por el escritor, y terminaba con esta información:
Sus restos serán velados en la sede de la Sociedad Argentina de Escritores y recibirán sepultura, mañana a las 10:00, en el Cementerio de Flores.
Inmediatamente tomé el teléfono y llamé a Gabriela.
Apenas dijo “Hola”, le espeté:
—Gaby: para la oreja, voy a leerte algo interesante.
Y, de pe a pa, le leí toda la necrológica de La Nación.
—Bueno —respondió—. Habrá que creer en el poder de la
palabra. Parece que el viejo crápula me hizo caso y se fue a donde lo mandé.
—Así parece, tal cual.
—Qué le vamo’a hacé: que en paz descanse.
7 de junio de 2021
(*) Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre de 1942. Es profesor de Español y Literatura. Sus cuentos se caracterizan por entrelazar de manera muy sutil, y casi subrepticia, la realidad con la fantasía, de manera que el lector no siempre logra determinar dónde termina la primera y empieza la segunda. Suele partir de situaciones muy “normales” y “cotidianas” que, paulatinamente, se van enrareciendo y convirtiéndose en insólitas o turbadoras, pero siempre recorridas por un arroyo sinuoso de sorprendente sentido del humor. Desde 1969 hasta la actualidad ha publicado alrededor de ochenta libros (cuentos, novela, ensayo, entrevistas). Muchos de sus relatos han sido publicados en diversas lenguas de Europa y de Asia. Sus últimos libros de cuentos son Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015) y Para defenderse de los escorpiones, y otros cuentos insólitos (2018), ambos publicados en Madrid por Apache Libros. Autor de Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (1974) y de Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares (1992), cuyas más recientes ediciones pertenecen a la Editorial Losada (ambas, Buenos Aires, 2007).

Impresionante narrativa la de el poder de la palabra, el manejo de palabras y el humor tan bien acomodado en el contexto de Susana y Gabriela.
ResponderBorrarExcelente trabajo literario.