Hace 50 años: “LO HORCONES”, LEPAGUARE. HISTORIA DE UNA MATANZA (XVII)
Anales Históricos
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(PARTE
XVII)
Juan Ramón Martínez
Juan
Alberto Melgar Castro & Modesto Rodas Alvarado
51. El
principio del regreso al estado de derecho.
Desde los apurados días en que los militares
tuvieron que publicar el informe de la Comisión Alto Nivel, uno de los
asistentes, militar cercano al Jefe de Estado en forma distraída dijo que, ante
tantos problemas, había que considerar la posibilidad de crear, -utilizando
como base a las organizaciones campesinas, sindicatos, empresas asociativas y
cooperativas-, un nuevo partido político para enfrentarse a los tradicionales
que rechazaban al gobierno militar. “Porque un gobierno se sostiene siempre,
sobre espaldas de un partido”, concluyó. Cuando trascendió el rumor a finales
de septiembre de 1975, Edgardo Dumas Rodríguez ex ministro de López Arellano,
se refirió al asunto mostrando alguna preocupación, porque sabía el peligro que
correría el país, si el gobierno creaba un partido político; y le daba todo el
respaldo del mismo y las FFAA, para que derrotara a liberales y nacionalistas
en las urnas electorales.
Los militares especialmente el liderazgo joven
de “escuela” creían que los partidos no solo estaban “fuera de la historia”,
sino que, además, eran “cascarones vacíos”. Menospreciaban la capacidad de sus
líderes para movilizar a la opinión pública y creían que el electorado suyo era
numéricamente. La realidad era otra; y el que mejor lo sabía era Modesto Rodas
Alvarado que no confiaban en los resplandores de la inmigración urbana del
campo a la ciudad; y más bien seguía creyendo que el nervio de la nación estaba
en las comunidades rurales, en las pequeñas ciudades, en el campo hondureño.
“En cada hondureño hay un propietario” dijo alguna vez, parafraseando un
eslogan usado por los militares durante la guerra de 1969 librada contra los
salvadoreños.
Desde antes de 1975, Rodas Alvarado había
visitado casi todo el país, - “la Honduras profunda”-, mientras sus adversarios
seguían creyendo que era una pérdida de tiempo, porque la vida política creía
había empezado a vivirse en las principales ciudades del país. Rodas Alvarado
no se equivocó. Y convirtió al Partido Liberal en el instituto político más
fuerte y más anti militar. En sus giras descubrió que “todo el mundo quería ser
propietario, que el gobierno no despertaba confianza entre las grandes
mayorías” y que las acciones forzadas en favor de ciertas reformas de los
militares, creaba sospechas en las masas más conservadoras. La movilización de
los partidos políticos en septiembre de 1975; la preocupación de los líderes
militares que creían que para desarrollar al país era necesario que los
políticos se quedarán en sus casas y dejaran a los militares lastrar su casta y
su compromiso, era justificada.
Los partidos políticos no eran “cascarones
vacíos”. El más lúcido entre los asesores militares dijo algo que, fue el punto
de partida para la búsqueda de una nueva alternativa con la que enfrentar a los
partidos: “para derrotar a un partido, hay que actuar como partido; o crear un
partido político” Cuando los partidos Liberal y Nacional forjaron una
alianza que habría sido imposible imaginarla tres años antes, se impuso la
preocupación entre los militares; y se llegó a la conclusión –muy nerviosa y
suicida– que había que impedirles hacer concentraciones, mítines o giras
siquiera para impedir el contacto entre sus líderes y las bases. Con el
argumento del decreto de una acción ilegal –el que justificó la caída del
presidente constitucional Ramón Ernesto Cruz el 4 de diciembre de 1972-
impusieron el capricho que “los partidos políticos no podían actuar
públicamente, en vista que por ley era un delito hacer concentraciones,
reuniones y otras propias de su naturaleza”, frenando y calmando aparentemente
a los partidos, porque estos se sometieron mansamente a la arbitrariedad. Los
políticos, en forma que no dejó de parecer extraña, bajaron la cabeza, y
parecieron aceptar el imperio arbitrario de los militares.
Pero una vez que el 18 de octubre se celebró la
Asamblea de la Empresa Privada, los militares descubrieron que no tenían una
fórmula para paralizar a los empresarios; y que sin un clima de acuerdo con
ellos, era imposible enfrentar los problemas económicos acuciantes que tenían
enfrente: déficit fiscal, balanza comercial negativa, aumento de la pobreza y
la desigualdad, desempleo; y evidente rechazo desde el exterior por las medidas
en contra de las empresas bananeras que hacía creer a los inversores extranjeros
que en Honduras no había un clima de seguridad jurídica para amparar sus
inversiones. Los empresarios, igual que una facción del Partido Liberal,
enfrentada a Rodas Alvarado –la más moderna de ese partido que se nucleaba en
la Izquierda Democrática y que contenía el liderazgo urbano más inteligente y
moderno que el liderazgo ganadero y rural conservador que seguía a Rodas
Alvarado –había exigido a los militares el inicio de un diálogo que terminara
en un acuerdo nacional.
Igual cosas exigieron los empresarios reunidos
en SPS el 18 de octubre de 1975. Frente a estos dilemas, los militares
entendieron que había que ganar tiempo, movilizar las fuerzas en su favor,
darles unidad y sentido; y además, aprovechar las circunstancias y desde los
primeros resultados de sus reformas ganar respaldos para tener tiempo para ver
los efectos de sus medidas reformistas, verificando además las posibilidades de
una movilización política en su favor, bien en una alianza de hecho con los grupos
reformistas; o en posible alianza de Melgar Castro con el Partido Nacional. La
idea de la creación del partido político empezó a diluirse. En la búsqueda de
soluciones, accedieron en principio a que había que regresar al orden
constitucional; pero en el tiempo más adecuado y cuya determinación quedaba en
sus manos.
Y como era necesario, que el regreso al orden
constitucional, requería una nueva Ley Electoral. Y que en vez de acto
unilateral de los militares, lo más conveniente era convocar a todos los
sectores de la sociedad, que no eran exclusivamente los partidos políticos,
para que participarán además las fuerzas sociales, algunas de ellas,
abiertamente favorables al reformismo militar. Para ello, se diseñó el Consejo
Asesor del Jefe del Estado (CADEJE), en el que, participarían todos los grupos
de la sociedad civil, además de los partidos políticos por supuesto. Creando
así un foro popular legislativo. La medida, daba satisfacción a la petición de
regreso al orden constitucional de los partidos y los empresarios privados del
país; y les permitía a los militares, ganar tiempo que para ellos era
fundamental, tanto para ver los resultados y el impacto político de sus
reformas y para explorar algunas fórmulas de alianza con alguno de los partidos
políticos, especialmente con el Partido Nacional, con el cual Melgar Castro y
los militares de su generación se sentían más cercanos y fraternos, para lograr
la constitucionalización de los liderazgos militares. Parece que otra vez, la
idea era de inspiración peruana. Allá los militares habían creado algo
parecido, animados por algunos teóricos corporativos, herederos del modelo
fascista italiano. Por lo demás, en Honduras, los militares a nivel interno
habían creado su foro deliberativo en el Consejo Superior de las Fuerzas
Armadas en el que se hacían los grupos, se forjaban alianzas; y se nombraba al
encargado del Poder Ejecutivo.
El CADEJE (Consejo Asesor del Jefe de Estado),
“empezó sus reuniones el 9 de marzo de 1976, amparado en el decreto ejecutivo
327. Usando para sus sesiones las instalaciones del Congreso Nacional –vacías
hasta entonces- como sede, con la tarea fundamental de redactar la ley de
organizaciones políticas y de actividades electorales.” (Juan Ramón
Martínez, La Tribuna, 17 de junio de 2017).
Con ello, los militares cedían a la petición de
empresarios y políticos que reclamaban el regreso al régimen constitucional.
Pero se reservaban la velocidad del retorno. Contó con el entusiasmo de las
organizaciones campesinas, sindicales y cooperativas del país que fuera del
movimiento social cristiano, no tenían la oportunidad de participar. De ser
escuchadas por el poder público. Los partidos políticos y la empresa privada,
por medio del COHEP y las Cámaras de Comercio, se abstuvieron de participar.
Melgar Castro se reservó el derecho de nombrar al Presidente de la Junta
Directiva, designando al coronel Cesar Elvir Sierra -de los miliares
reformistas -y a Francisco Alberto Rodezno, representante de la Confederación
Hondureña de Cooperativas. Se instaló el Consejo Asesor en el Congreso
Nacional, con lo que, los militares acallaron las críticas que los uniformados
tenían abandonando el foro legislativo, porque pretendían eternizarse en el
poder de la nación. Además, se transmitió al pueblo que, otra vez, un Congreso
Nacional –esta vez no elegido– pero representando a los grupos organizados en
un modelo corporativo italiano, tenía la representación popular. Más popular
que cuando los partidos políticos nombraban a los diputados del mismo.
52. La
continuidad de las reformas: CORFINO y sus apuestas.
Instalaciones
de CORFINO, Bonito Oriental, Colón ( AÑO 2000)
El gobierno militar de Juan Alberto Melgar
Castro, continuó en el proceso de nacionalización “suave” de las riquezas
nacionales, para explotarlas por medio del gobierno. Antes durante el gobierno
de López Arellano se había creado la Corporación Hondureña de Desarrollo
Forestal (COHDEFOR) e iniciado una política de estatización del bosque. El
siguiente paso dado por Melgar Castro, era la dominación por el gobierno de la
industria de la madera por medio de la creación y dirección de una entidad para
la producción de pulpa y papel. Sin mayor reflexión si el bosque hondureño, en
su mayoría, tenía las virtudes para producir o generar pulpa en términos
competitivos con los mercados internacionales, analizar la calidad de
infraestructura caminera; e incluso tomar en cuenta la experiencia maderera
privada, el Gobierno Militar se lanzó a la aventura.
El 26 de mayo de 1977, el gobierno militar
“autorizó la constitución de una sociedad anónima cuya finalidad principal
sería el aprovechamiento industrial y comercial, en conformidad con las leyes
del país, de los recursos forestales localizados en la zona de reserva de
Olancho que fue constituida por el gobierno de la república mediante el decreto
legislativo número 120 del 7 de noviembre de 1966. La sociedad podría
establecer las modalidades de tiempo y forma para su finalidad. La sociedad se
denominará Corporación Forestal Industrial de Olancho S. A. y girará bajo el
nombre comercial de CORFINO” (Alexis de Oliva, Gobernantes Hondureños,
siglos XIX y XX, Tomo dos, pág. 168).
El núcleo del bosque a explotar estaba en el
municipio de Manto, en el departamento de Olancho. Y la especie del pino
hondureña, de alta cantidad de sabia, no era la mejor para producir papel.
Esto, se pasó por alto. Tampoco se aprovechó la experiencia del proyecto de la
“Bull Carrier” que se ofrecía para manejar de forma sostenía el bosque
hondureño en la década de los sesenta.
El capital accionario de la sociedad
anónima, estaba integrado por 1000 acciones, las que el 51% -sin aportar
capital- lo se atribuyó el Gobierno Militar por medio de COHDEFOR; y obligó a
los dueños de los aserraderos que operaban en el país a que suscribieran el
resto de las acciones. No tuvieron otra alternativa. Para entonces, operaban en
el bosque 151 aserraderos en todo Honduras y la producción maderera se
exportaba hacia el Caribe especialmente. El Gobierno Militar, asumió la
propiedad de los bosques, por encima de los derechos de los propietarios de la
tierra en donde estos estaban, los que vendía a los aserraderos, pagándole una
mezquindad a los propietarios o ocupantes de las tierras donde habían crecido y
cuidado el bosque en los últimos cincuenta o cien años. Esta visión de las
cosas, tendría sin lugar a dudas efectos devastadores en la calidad y extensión
del bosque hondureño; e incluso en el futuro del proyecto de Pulpa y Papel que
se quería operar exitosamente mediante la creación de la sociedad anónima que
venimos comentando. Tal política, trajo como consecuencia la destrucción del
bosque, porque los mismos “dueños” expropiados preferían dedicarse a la
ganadería en las tierras de vocación forestal, porque los pinos no eran suyos,
por tanto, les ponían fuego, después tiraban semillas de pastos, especialmente
zacate jaragua que crece rápidamente; y que invade los pinares. Los municipios
también fueron despojados de la autoridad sobre los bosques, los cuales
quedaron bajo la jurisdicción y competencia de COHDEFOR, por lo que en gran
medida se perdió el interés ciudadano en el cuidado de los bosques. “Yo
vi en los bosques a los habitantes de Maraita y Guinope luchando por apagar los
incendios forestales porque eran de su propiedad. Pero una vez que fueron los
bosques propiedad del gobierno su actitud cambió. Nadie quería proteger lo que
no era suyo” (Oscar Alvarenga, conversación privada).
La mayoría del territorio nacional, estaba
entonces cubierto de bosques, confirmando lo que decían algunos teóricos “que
la vocación del país era más forestal que agrícola”. Con la medida de
nacionalizar el bosque, el gobierno controló en forma directa, prescindiendo de
la iniciativa de los particulares –nacionales o extranjeros– el bosque y la
explotación de la tierra. Es decir, los dos recursos más numerosos e
importantes del país.
Por otro lado, la tierra fiscal, seguía siendo
propiedad del Estado y solo se entregaba en usufructo a los campesinos
hondureños y agricultores y ganaderos en pequeña escala. Con la nacionalización
del bosque y la creación de COHDEFOR, el gobierno militar limitó la operación
de los empresarios de la madera –la mayoría de origen extranjero y uno de
ellos, el más agresivo de todos Fernando Lardizábal Gilbert visceral adversario
de campesinos y sus organizaciones populares-; e intervenía, con desiguales riesgos
en la comercialización de la madera, especialmente las que los empresarios
privados exportaban hacia el Caribe y los Estados Unidos.
Desde 1975, el comercio de la madera en manos
de COHDEFOR había empezado a decaer y Honduras perdía espacios porque los
precios suyos eran superiores a los de otros oferentes que empezaron a aumentar
su influencia y control en el mercado que antes era exclusivamente hondureño.
La creación de CORFINO, con todo y sus
debilidades de concepción y ubicación de su planta principal a ochenta
kilómetros de la principal fuente de su materia prima, significó un importante
estímulo para el crecimiento del municipio de Bonito Oriental; y para su zona
influencia, vale decir el Valle de Agalta, especialmente los municipios de San
Esteban y Gualaco que se transformaron en proveedores de bienes y servicios de
origen agropecuario. Los resultados que se anticipaban porque el diseño era
irregular y los ejecutivos gubernamentales poco confiables, eran dudados. Pocos
levantaron la voz. Pocos se entrevieron a vaticinar el fracaso. Cosa
confirmarían los hechos, un tiempo después.
53. La
Democracia Cristiana y las dudas sobre su carácter: partido político o parte
instrumental de un proceso popular autónomo.
Marco
Orlando Iriarte Presidente PDC & Rene Bulnes Solano del MAS
En páginas anteriores incluimos las
declaraciones en las que Benjamín Santos, uno de los ideólogos del partido
Demócrata Cristiano, distanció a su partido de los demás, es decir de los
liberales, los nacionalistas y los comunistas. Mientras el PL y el PN, usaban a
los pobres como fuente de sus votos, con los que en caso de necesidad
encontraban incluso los soldados para manejarse en el interior de las endémicas
guerras civiles; y el Partido Comunista de Honduras, que se consideraba por
superioridad celestial como vanguardia del pueblo, los demócratas cristianos
dentro de la óptica del servicio que legitima la acción política según Santo
Tomas de Aquino y la Doctrina Social de la Iglesia, sostenían que los políticos
tenían que estar al servicio de la organización popular y que estas eran
quienes debían crear y manejar el poder político del municipio,
departamento y la nación. Esta visión, nueva y nunca más repetida en la
historia política hondureña, hizo que la Democracia Cristiana pagará un alto
precio en las lides de la actividad política; e incluso hipotecara su futuro y,
como se vio un tiempo poco después, comprometiera su unidad interna;
esclerotizando su crecimiento en forma definitiva.
En efecto, a finales de 1975, cuando se dio la
confrontación de los políticos con los militares, los demócratas cristianos, no
reaccionaron como políticos sino como miembros de organizaciones sociales
reivindicativas, con el agravante que por un lado los partidos políticos
tradicionales lo rechazan por su calidad de instrumento de la Iglesia católica
–cosa que nunca lo fue– las organizaciones populares no cristianas la
consideran como un peligroso organismo con el cual había que evitar
relacionarse por el riesgo de ser instrumentalizado. Ellos no podían entender
que los políticos alguna vez pudiera estar –como pregonaban los social
cristianos- al servicio obediente de los sectores populares.
Pero, además a partir del 25 de junio de 1975,
se produjo en el interior de la Democracia Cristiana, un debate sobre la vía a
seguir y las metodologías a emplear después de los hechos de Olancho. Aunque en
el fondo era una cuestión objetiva: hechos, medios y resultados; en la
periferia del análisis, se impuso la deformación ideológica en la discusión de
un tema que desde 1968, año de su creación del PDCH en Choluteca, había sido de
central consideración: el uso de la violencia como medio para alcanzar el poder.
De cara a los resultados del 25 de junio de 1975, el Partido Demócrata
Cristiano Hondureño había entrado en una condición de paria y perseguido por
los militares y rechazado incluso por varios sectores de la Iglesia Católica y
del movimiento social hondureño. El retraimiento de su líder Marco Orlando
Iriarte, y el hecho que no se haya realizado un Pleno Nacional –su convención
nacional, autoridad máxima de la institución política- para discutir y elaborar
nuevas posturas después de enfrentar los hechos violentos de junio de 1975
habían rebasado sus predicciones, es una prueba que el aparato político careció
de fuerza y capacidad para responder a un momento tan difícil. Frente al vacío,
se produjo el inevitable fenómeno de la división: una facción que creía que
había que resistir estoicamente, bajar la cabeza; y esperar los movimientos de
los militares, sin renunciar a la remota posibilidad de pactar con ellos
incluso, porque eran los que tenían el poder y se considera que no había forma
cívica de arrebatárselo; y la facción juvenil que creyó que el único camino
para responder a la violencia política del sistema, era la violencia política
del partido, la profundización de las diferencias ideológicas; y el paso a la
acción armada. El análisis del 25 de junio de 1975, no dejaban duda que el
camino político era imposible; y que transitarlo, significaba nada más que
llenar los caminos de mártires y cruces ante las cuales las mujeres piadosas,
bajo sus rebozos negros, mansamente se santiguarían.
La actitud de la Iglesia Católica,
especialmente la de los Obispos y Sacerdotes de las diócesis alejadas de
Olancho, que los consideraban como manipuladores de la acción evangélica,
exclusivamente suya; y el rechazo de la política, creaba un sentimiento de
orfandad entre los socialcristianos que nadie en su momento le prestó la
atención debida. Los católicos, se encontraban desamparados, sin una voz que
los animará a seguir creyendo en la justicia de sus acciones.
Por otro lado, desde la muerte del “che”
Guevara en Bolivia, que no se veía todavía como un fracaso del modelo del “foco
guerrillero”, sino que de unas circunstancias especiales que habían impedido su
desarrollo y destrucción antes del tiempo necesario, hizo pensar a varios
miembros de la Democracia Cristiana que había que explorar las posibilidades de
la violencia política, en contra de la violencia política de los militares,
siguiendo la experiencia revolucionaria de Cuba especialmente. El hecho era inexplicable.
En Centroamérica –especialmente en Guatemala, El Salvador y Nicaragua– se había
concluido que la fórmula para llegar al poder y derrotar a las oligarquías
tradicionales dueñas del poder era por medio de la violencia armada. En
Guatemala, ya había grupos luchando en la clandestinidad y ejecutando acciones
militares en contra del poder. En El Salvador el FMLN, velaba sus armas,
esperando las oportunidades objetivas como decían sus ideólogos. Y en
Nicaragua, el Frente Sandinista acumulaba fuerza, construía grupos; y se
preparaba para la acción militar final, porque desde hacía años habían
descubierto que para derrotar a la familia Somoza, el camino de las urnas
estaba lleno de dificultades; y que la experiencia confirmaba que no daba
réditos, por lo que era inevitable la acción militar.
Antes de 1975, en la Democracia Cristiana, se
había llegado a plantear la necesidad de explorar las virtudes del socialismo
que, unido a la teología cristiana, podría permitir un movimiento mucho más
dinámico. En ese clima surge el MAS (Movimiento hacia el Socialismo) que pone
desde adentro, en duda los métodos y las concepciones que hasta entonces
orientaban la marcha de la Democracia Cristiana. Este movimiento coincide mucho
con las quejas primero; y el rechazo después de sacerdotes y obispos que no sienten
confianza y respeto por la opción política que han tomado los católicos más
comprometidos con la acción eclesial y que eran más activos en el plano de lo
social. Como en otras circunstancias, un sector del partido se aleja del mismo
y le da la espalda a los hechos dolorosos del 25 de junio. Otros manejan una
visión escatológica en que creen que hay que bajar la guardia política; y
continuar la actividad en el interior de la organización popular, para que,
desde aquí, cuando se den las condiciones objetivas necesarias, se produzcan
nuevos avances hacia el poder y, se consolide vía de negociación cívica. Y un
tercer sector que cree que hay que usar la violencia para responder a la
violencia. Frente a estas tres posturas, la dirección del PDCH, no sabe cómo
reaccionar.
La postura inicial de no darle importancia al
cuestionamiento de la juventud de la Democracia Cristiana, hizo creer a los más
jóvenes e impulsivos, que ello significaba un rechazo; y que entonces, la
alternativa era reorientar al partido para derrotarlos en las elecciones
internas que se efectuaban en los plenos municipales y nacionales. Frente al
MAS – Movimiento al Socialismo --crecido por el respaldo de los jóvenes
universitarios especialmente, la reacción del Directorio Nacional, no fue la
adecuada para tratar las diferencias. Se impuso una disciplina que los nuevos
cuadros del partido resintieron y el viejo liderazgo del PDCH, dejó solo a
Orlando Iriarte y sus compañeros, que posiblemente entendiendo que no tenían
otra alternativa para defender la ortodoxia de la Democracia Cristiana que
rechazaba absolutamente la violencia, procedió contra de los miembros del MAS y
los expulsó. 52 personas fueron expulsadas. Una sangría. Este hecho, debilitó a
la Democracia Cristiana y aunque al final, fue al proceso electoral y logró una
diputación en el Congreso Nacional por la oportunidad del cociente electoral,
no fue suficiente para disimular que los demócratas cristianos no pudieron
asimilar los hechos del 25 de junio de 1975; ni tampoco interpretarlos de forma
que les hubiera permitido, aprovecharlos y convertirlos en una escuela para
rectificar los errores y avanzar como partido político, sometido,
inevitablemente a la dinámica de la política; y a las reglas del poder. Quedó
entonces la Democracia Cristiana, enfrentada a los militares, distante de los
partidos políticos tradicionales que sospechaban de su ambigua identidad; y
rechazada por la Iglesia Católica que desconocía su paternidad y la
coincidencia en el manejo del mismo mensaje, es decir la búsqueda de darle
sentido en la vida diaria del pueblo, a las enseñanzas del evangelio. Todo se
vino abajo.
54. Melgar
y la tentación de la constitucionalización de su régimen por medio del Partido
Nacional: el CADEJE.
Congreso Nacional en 1975 & Coronel Cesar Elvir Sierra (2005)
Una vez que se creó el CADEJE (Consejo Asesor
del Jefe del Estado), la reacción de los dos partidos políticos más importantes
y con mayor respaldo electoral del país, El PN y el PL, no fue simétrica.
Zúñiga Agustinus, el líder del Partido Nacional creyó que, igual que la mayoría
de los líderes de su partido, no se debía participar en el CADEJE, pero no se
niega bajo la mesa, a la cooperación para que la iniciativa no fracase. Rodas
Alvarado en cambio es intransitable: no acepta que el liderazgo del retorno quede
en manos de los militares, sin participación de los partidos políticos. De allí
que solo la Izquierda Democrática tuvo alguna simpatía con el proceso abierto
por los militares y le brinda, en forma discreta alguna forma de colaboración.
Creen en la necesidad de las reformas económicas y no caen en la trampa de
rechazarlas. Incluso uno de sus miembros más destacados –no por su poder
electoral, sino que por su influencia intelectual– Manuel Gamero aceptó, dos
días antes que fuera defenestrado Mario Maldonado de la Dirección del INA, el
cargo de Jefe de Relaciones Públicas de esa institución, en un hecho inédito
que no se ha vuelto a repetir, porque entonces Gamero era y siguió siendo hasta
el final, Director de “Tiempo” el periódico más progresista del país. Los
nacionalistas, por su lado, no participan en el proyecto de Melgar Castro en
forma pública, pero tras bambalinas se movían, dentro de los movimientos
sociales y universitarios, colocando a sus peones para que hicieran las tareas
y por este medio, cuidaran los intereses del Partido Nacional.
En el movimiento cooperativo –que exigió su
participación de acuerdo a su crecimiento y fuerza– los miembros del Partido
Nacional se dedicaron a evitar que ningún demócrata cristiano, pudiera formar
parte de la representación ante el Consejo Asesor. Rubén Solano Díaz, hombre de
pistola al cinto y de discurso violento y amenazador, era el hombre de Zúñiga
Agustinus y amigo de Melgar Castro, que mantenía el puente para lo que entonces
era inevitable: que el CADEJE fuera el primer paso de Melgar Castro para asegurar
su constitucionalización, garantizando para sí un periodo de seis años al
frente del Poder Ejecutivo. Pasando por alto, que ello significaba el retorno
de los militares a los cuarteles. Fue así que Francisco Alberto Rodezno,
cafetalero y hombre moderado y discreto militante liberal, amigo de Melgar
Castro, fue elegido como vice presidente del CADEJE.
La izquierda universitaria y el Partido
Comunista se sumaron al proyecto y muchos abogados liberales, en forma
discreta, contribuyeron con trabajos de investigación y estudio para la
redacción de la nueva Ley Electoral que tuvo entre sus novedades, su tendencia
centralizadora, la disminución del poder registral de los municipios a cambio
de una dominación parcial del Tribunal Electoral por los partidos políticos.
Los demócratas cristianos, incluso, cayeron en la trampa. Creyeron que, que si
cooptaban estos dos organismos: el Tribunal de Elecciones y el Registro
Nacional de las personas, se podrían acercar en forma más oportuna y segura al
poder. Confundieron las oportunidades de empleo con el poder. Los
universitarios asumieron con entusiasmo la participación en el modelo del
CADEJE, creyendo que era, en cierto modo, un remedo de Congreso Nacional; pero
que tenía mejor representatividad que si estuviera dirigido exclusivamente por
los partidos políticos.
Lo que muy pocos entendieron fue que
Centroamérica estaba cambiando en forma acelerada. “No sabían que antes que la
constitucionalización de Melgar Castro, se iniciaba desde allí el retorno de
los militares a sus cuarteles, por el descuadre que tres años después,
provocaría en la región, la caída de Somoza en Nicaragua, el 19 de julio de
1979, a manos de los revolucionarios sandinistas”. (Juan Ramón Martínez, La
Tribuna, 17 de junio de 2017).
Posiblemente el político más inteligente y
sensible, fue Modesto Rodas Alvarado que para 1977, anticipó que las cosas
cambiarían en Centroamérica; y que el tiempo de los militares se había
terminado. Otro líder –que entonces no había regresado a la lucha liberal
partidarista, cosa que haría poco tiempo después detrás de Rodas Alvarado- fue
José Azcona del Hoyo que desde su militancia en el cooperativismo de vivienda,
rechazo totalmente la participación del movimiento cooperativo en el CADEJE,
porque estaba convencido que era una trampa de los militares para
constitucionalizarse; y que, por tanto la lucha política debía darse fuera;
defendiendo al cooperativismo de cualquiera instrumentalización.
Desafortunadamente la tesis de Azcona no fue respaldada; y el movimiento
cooperativo, que necesitaba existencialmente ser tomado en cuenta, fue
representado en el CADEJE por Rene Chinchilla y Arnaldo Castillo Guiza, con lo
que se evitó que cualquier demócrata cristiano se acercara al experimento
continuista de los militares. Solano Díaz creía que debía detener a Marco
Orlando Iriarte, Adán Palacios, Ramón Velásquez y a Juan Ramón Martínez
–gerente de la Confederación Hondureña de Cooperativas y Director del Instituto
de Formación e Investigación Cooperativista (IFC)-, como fórmula para asegurar
su vigencia e imagen ante Ricardo Zúñiga del que se presentaba, sin prueba
alguna, ser hombre de absoluta confianza.
Juan Alberto Melgar Castro por su parte, aunque
había logrado pactar con la mayoría de los oficiales de la Primera Promoción de
egresados de la Escuela Militar Francisco Morazán, no había podido evitar la
aparición de contradicciones, entre los intereses económicos y políticos de
algunos oficiales de esta Primera Promoción y de las anteriores escuelas
militares que creían que el poder tenía que servir para resolver dificultades
de algunos grupos económicos. Y que el proceso de regreso a la institucionalización
en el que estaba interesado Melgar Castro, debía tomarlos en consideración.
Para inicios de 1978, había avanzado mucho el proceso; pero aumentado
igualmente las exigencias de los grupos económicos que algunas veces se
coludían con los militares, para resolver sus problemas. Para cuando esos
grupos económicos pujaban para usar al gobierno en la protección de sus
intereses, el proyecto de ajuste de Melgar Castro con el Partido Nacional,
tampoco estaba consolidado. Ante la resistencia de Melgar Castro para atender
la defensa de un banco quebrado que necesitaba ser apalancado ilegalmente por
el Banco Central, después que había pactado que honraría el hueco económico
creado por financiar “Air Belice”, empresa área que había fracasado
estrepitosamente, Melgar Castro fue obligado el 8 de agosto de 1978 a renunciar
del cargo, para ser sustituido por una Junta Militar integrada por Policarpo
Paz, Amílcar Zelaya y Domingo Álvarez Cruz.
Los militares creían que nada había cambiado y
que su proyecto de continuar en el poder no tendría fin inmediato, porque cada
oficial creía que sucedería en la dirección política del país. Después de Paz
García, Zelaya Rodríguez, Torres Arias, Álvarez Martínez etc. etc., Porque el
Ejecutivo era un destino militar nada más. Que solo era cosa de esperar para
que a uno de los le tocara la Casa Presidencial. Al año siguiente, 1979, caería
Somoza. Los militares no lo anticiparon. Sus analistas de inteligencia, --
encabezados por el coronel Torres Arias -- no interpretaron correctamente los
hechos y no valoraron el aumento de la intervención de Cuba en los asuntos de
Centroamérica y la inclinación hacia la izquierda del Partido Demócrata de los
Estados Unidos que había llegado al poder con Jimmy Carter. Los militares no
sabían tampoco que su tiempo en el poder –igual que el reformismo militar-
había concluido; y que era la hora del regreso a los cuarteles. El que, sí lo
sabía, era Modesto Rodas Alvarado que velaba sus metáforas sonoras; y esperaba
la oportunidad de llegar en hombros de los electores a la Presidencia de la
República. No sabía entonces que el corazón suyo, desafortunadamente, no
resistiría la espera.
(CONTINUARÁ)




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