Hace 50 años: “LOS HORCONES”, LEPAGUARE. HISTORIA DE UNA MATANZA (XIX)
Anales Históricos
---
PARTE
XIX
Juan Ramón Martínez
Ramón Ernesto Cruz & Modesto Rodas Alvarado
58. El
principio del fin del “reformismo militar”.
Aunque en los medios de prensa no lo decían, con la excepción de los
columnistas de algunos diarios que entendieron muy bien que los militares no
tenían real respaldo popular. Incluso, entre las organizaciones populares
–sindicatos controlados por los dirigentes más colocados a la izquierda,
algunos dirigentes cooperativistas, activistas de ligas campesinas y
seccionales de campesinos; y uno que otro intelectual desperdigado y poco
amigo de declaraciones y manifestaciones públicas– los militares seguían siendo
el cuerpo represivo, la fuerza autoritaria que en ningún momento podrían gozar
de la confianza y menos para entregarle las reformas que indudablemente
necesitaba el país. Los hechos del 25 de junio de 1975, en que se ejecutara la
matanza de Olancho; y la forma como se siguió el proceso judicial en el que el
gobierno represor representaba a las familias de las víctimas, miembros del estamento militar
o aliados suyos, dejó muy claro en los más inteligentes hondureños, que los
militares no eran de confianza; y mucho menos que se les debía entregar la
dirección de las reformas que urgían en ese entonces.
Posteriormente, el manejo económico del régimen, las atropelladas
decisiones, la falta de claridad en el financiamiento para las mismas y el
hecho que los cargos civiles hayan sido convertido en destino militar, hizo
saber a algunos observadores más serios, que no tenían los cuadros; ni la
capacidad de adquirirlos, para dirigir el proceso de reformas que habían
indicado el 4 de diciembre de 1972, cuando interrumpieron el gobierno civil,
basado precisamente en la incapacidad y falta de honradez de los civiles. El
“soborno bananero”, la destitución de Osvaldo López Arellano, la imposibilidad
del sistema judicial que no fue capaz de dictar auto de prisión al principal
indiciado en el asunto, Abrahán Bennaton Ramos, Ministro de Economía que
aparentemente fue a negociar el pago por una medida que ya se había decidido
por parte del Consejo de Ministros, hizo creer incluso a miembros destacados
del régimen que, en el país, no había justicia. El Lic. Serapio Hernández
Castellanos, Procurador de la República así lo reconoció paladinamente cuando
se enteró de la decisión del juez; que realmente los militares no estaban
interesados en una nueva forma de castigar a los infractores e inmorales en el
manejo de los bienes públicos. Además, el manejo del proceso criminal en contra
de los culpables -señalados por la Comisión Militar de Alto Nivel– la orden del
Jefe de Estado para que el Procurador General de la República se apersonaron en
los juzgados, como abogado representando a las víctimas, no dejó de extrañar a
más de alguno que los militares querían darle un tratamiento particular al
crimen, en forma tal que se actuara contra los actores evidentes; pero dando
protección y garantías de impunidad a quienes desde Tegucigalpa, habían dado la
orden de reprimir a los campesinos.
Para el mes de noviembre, el tema del juicio que se seguía en Olancho en
contra de los culpables, no era tema público que interesara a los medios de
comunicación. Lo que hizo creer -probablemente a los militares– que la tormenta
había amainado y que lo único que tendrían que hacer entonces, era controlar a
los empresarios y neutralizar a los políticos. El establecimiento arbitrario de
una Reforma Tributaria impuesta por el régimen, hizo creer a los empresarios
que sus intereses y de repente los del país, no estaban en buenas manos y que
la única alternativa era obligarlos a regresar a los cuarteles. Por ello es
que, para diciembre de 1975, los empresarios más reticentes a pactar con los
políticos de los partidos Liberal y Nacional, se habían reducido singularmente.
La mayoría entendieron que el único camino para regresar a los militares a sus
cuarteles y quitarles el manejo del gobierno –donde además de incompetentes
eran arrogantes e irrespetuosos de los inversionistas nacionales y extranjeros-
era mediante la creación de un gran frente nacional pro constitucionalidad del
régimen, basado en la soberanía popular expresada en elecciones libres y en la
que concurrieran los partidos políticos del país.
La creación del Consejo Asesor del Jefe del Estado, creado un poco después,
fue con el que los militares creyeron lograr varias finalidades: 1.
Crear un movimiento corporativo, con aires fascistas en donde en el Congreso
–porque allí era donde se reunía el Consejo Asesor del Jefe del Estado- había
una representación más popular que las que permitían los partidos políticos. 2.
Ganar el mayor tiempo posible en la discusión de una nueva Ley Electoral,
acompañada de reformas que continuaban el proceso centralista que ha ahogado al
estado hondureño desde la década de los sesenta del siglo XX, quitándoles a las
municipalidades el registro de las personas y la creación de un Consejo
Nacional Electoral, entregado a los partidos aparentemente; pero en realidad
bajo control del gobierno, en la medida en que para evitar el empate entre sus
representantes, se incluían otros nombrados por el gobernante de turno.
Pero además los militares a fines de diciembre de 1975, no apreciaron el
comportamiento del escenario centroamericano. En nivel de los estados
centroamericanos, era obvio que el proceso de reconstrucción del Mercado Común
Centroamericano, nos mostraba avances significativos; y que el proceso de paz y
normalización de las relaciones entre Honduras y El Salvador, rotas desde el 27
de junio de 1969, no había dado los logros que se esperaban. A nivel de las
sociedades, en El Salvador, se había iniciado un discreto alineamiento de las
fuerzas políticas que creían que había llegado el momento de enfrentar, batir y
derrotar a la Fuerza Armada y tomar el poder. Grupos de varias facciones del
Partido Comunista Salvadoreño, se movían, discutían y desde las organizaciones
gremiales, especialmente entre los dirigentes de los trabajadores de la
educación, creaban una efervescencia en la sociedad que hizo pensar a sus
líderes que tenían oportunidad de mantener y ganar con una insurgencia popular
generalizada. Mientras en Honduras los marxistas esperaban que se produjeran
las condiciones objetivas para la emergencia de la cólera popular y tomar el
control del régimen, y los reformistas social cristianos establecían que era el
poder popular el que una vez consolidado, produciría un partido suyo, con el
cual asaltar desde las urnas electorales el poder. Por su parte en Nicaragua,
las fuerzas guerrilleras del Frente Sandinista de Liberación Nacional,
maduraban y aunque divididas entre facciones, algunos creían que pronto llegaría
el momento de las negociaciones, los acuerdos y la unidad.
Este escenario político a finales de 1975, no se tomó en serio y por ello,
no fue objeto de análisis por la inteligencia militar –para entonces ya
dominada por el teniente coronel Torres Arias– que no tuvo la capacidad
prospectiva para proyectar sobre el tiempo diversos escenarios políticos. En
cuatro años y medio, el eje de la política de Centroamérica, la dinastía de
Anastasio Somoza Debayle, caería estrepitosamente; y solo Honduras –en una
evidencia de la falta de vinculación con la realidad de los hechos– reconoció
al régimen sucesor que solo duró tres días, poniendo en ridículo a Paz
García y a los otros mandos de la Junta Militar, demostrando que no
tenían conciencia que el tiempo se les había terminado, porque incluso sus
aliados incondicionales, los dirigentes del gobierno de los Estados Unidos,
habían decidido –para entonces- que debían regresar a sus tareas militares en
los cuarteles, de donde no debieron jamás haber salido. Pero obstinados, no
vieron los nubarrones sobre Centroamérica y tampoco sus sucesores -Gustavo
Alvares Martínez, Torres Arias y otros– entendieron que el fin del reformismo
era un hecho; y que el papel de los militares en la vida política, era un
verdadero contrasentido.
59. La
opinión de los políticos: ideas y propuestas.
Camilo Rivera Girón
La celebración del Tercer Aniversario del Régimen Militar, que no fue
auspiciado por el régimen sino por algunos intelectuales de izquierda
reformistas y cercanas a los militares, sirvió para conocer el pensamiento de
los grupos políticos minoritarios: los marxistas –de por lo menos dos
tendencias evidentemente desmarcadas entonces– los social cristianos y los más
modernos seguidores del Partido Nacional y Partido Liberal, la mayoría de ellos
de origen universitario y curtidos en las luchas estudiantiles especialmente.
Camilo Rivera Girón, en declaraciones a un diario de SPS, deslegitimó de
entrada al régimen de los militares al decir que “un régimen militar no es
conveniente para un país de extracción democratiza” como Honduras.
“Desafortunadamente, continúo diciendo el Presidente del COHEP, este gobierno
en cuanto a desarrollo no ha logrado sus propósitos, porque se propone algo que
tiene resultados a largo plazo como es la Reforma Agraria. Entiendo que ellos
conocían esa situación, es decir conocían que la Reforma Agraria solo se puede
hacer a largo plazo y que en algunos casos es casi indefinido. Si esto no lo
sabían es una lástima, y si lo sabían, creo que la tendencia era alargar su
propio gobierno por considerar que la Reforma Agraria no estaba terminada. En
cuanto a los demás, es una lástima que el país no hayan logrado los objetivos
que pudieron haberse alcanzado en estos tres años de gobierno militar, porque
la situación del país a estas alturas es, o podemos considerar, que ha
declinado mucho desde que ellos se hicieron cargo del gobierno en 1972”. Como
solución de la encrucijada en la que se encuentra el país, Rivera Girón,
Presidente del COHEP “propone que el pueblo elija a su propio gobierno para que
ese mismo pueblo se responsabilice de la forma como se ha de gobernar este
país. Para esto, como es un proceso que tomaría tiempo, el gobierno actual
debería ir dando los pasos pertinentes, como la organización de las
instituciones del caso para que fuéramos preparándonos, y en un tiempo
prudencial el país estuviera listo para elegir sus propios representantes y
para que el pueblo tenga derecho de ser gobernado por las personas o grupos que
considere deben gobernarlo”. (Tiempo, 4 de diciembre de 1975, Colección
Hondureña, Biblioteca Central, UNAH).
Para el alto dirigente empresarial, la legitimidad de los militares se
había terminado porque no habían dado resultados. Y, en consecuencia, carecían
de legitimidad para ejercer una soberanía que correspondía exclusivamente al
pueblo hondureño.
Otro dirigente de la empresa privada – es decir de la derecha políticamente
hablando –Carlos Felipe López, abordó la cuestión en la forma siguiente: “No
soy dado a hacer crítica cuando no puedo aportar soluciones concretas. Sin
embargo, en esta oportunidad, gustosamente contestamos las preguntas
relacionadas con la celebración del tercer año del gobierno de las Fuerzas
Armadas de Honduras. El gobierno militar al asumir la administración del país,
se encontró con una situación caótica, tanto en lo económico como en lo
político y social. El contenido de la Proclama de las Fuerzas Armadas el 4 de
diciembre de 1972 y los lineamientos del Plan Nacional de Desarrollo Económico
de enero de 1973, no sugiere que las Fuerzas Armadas arribaron al poder en
Honduras, con las mejores intenciones. Los hechos nos han demostrado que cuando
las FFAA antes de dirigir los destinos del país, no contaban con un Plan de
Gobierno bien definido para ejecutarlo en favor del progreso nacional, y es por
esa razón que aun cuando las hermosas promesas de la proclama llenaron de
optimismo a todos los hondureños en general, es que todavía a estas alturas no
ha logrado definir una política general para el Estado Hondureño. Sus
decisiones, demostrativas de una falta de programación bien orientada se
caracterizan por sus vacilaciones, pues por momentos parecen tender hacia una
de conducta eminentemente hondureñista sin inclinaciones a ninguno de los
extremos.
Las FFAA no deben fracasar en su intento por alcanzar el desarrollo
nacional pues por la experiencia de las Junta Militar de Gobierno de 1956 han
representado por así decirlo, las mejores esperanzas de los hondureños, y por
eso es que nuestros mayores anhelos y propósitos deberían encaminarse para
apoyar aquellas acciones que se encaminen a lograr que todos los hondureños
contribuyamos al progreso nacional, deponer las banderas de lucha de grupos
para converger en unidad de propósitos hacia la solución de los grandes
problemas del país, con el único objetivo de propiciar el bienestar con el
único objetivo de propiciar el bienestar general de los hondureños”. (Tiempo,
4 de diciembre de 1975, Colección Hondureña, Biblioteca Central, UNAH).
Aunque empresario, López no entiende que el tiempo ha ido corriendo y que las
alturas de más de la mitad del tiempo que los militares se habían auto otorgado
para gobernar el país, lo único que justifica son los resultados. Las palabras
suyas, parece que estuvieran atrasados en fecha; y que más bien tuvieron
vigencia tres años antes, no en el momento en que la dice.
En cambio, Jaime Rosenthal, entiende mejor las cosas. Sabe los errores y
las vacilaciones de los militares y tiene conciencia de sus limitaciones
intelectuales para el ejercicio del gobierno en un país con problemas
singulares como Honduras. El sabe que las reformas hondureñas, la no
continuación del régimen de incentivos para las empresas bananeras; y la
pretensión de sustituirlas con burócratas uniformados y otros civiles de saco y
corbata, ha creado un ambiente negativo para que el país pueda atraer la inversión
extranjera necesaria para enfrentar los retos de su desarrollo. Por ello,
sugiere un cambio de posición. “En la situación económica de nuestro país, en
vista del aumento de los precios del café en el mercado internacional, la
recuperación de las plantaciones bananeras y el incremento y tendencia de la
consolidación de los precios de la madera, además de que la demanda interna
también ha aumentado; se justifica un rápido cambio de posición. No se puede
seguir como si nada hubiera pasado. “De suerte pues que esta coyuntura es muy
oportuna para fijar las reglas del juego para la inversión extranjera en
Honduras, para promoverla”. Esa inversión extranjera, sigue diciendo. “es muy
importante pero regulada por el Estado. O sea que no venga aquí para adueñarse
de lo que hay, sino a invertir en lo que no hay. En este sentido no debemos ser
ni tontos ni chauvinistas, pero tampoco permitir que los de afuera vengan a
apoderarse de lo que ya es de los hondureños”. (Tiempo, 8 de octubre de
1975, Colección Hondureña, Biblioteca Central, UNAH).
Este nacionalismo empresarial, no era propio y exclusivo de Rosenthal. Ha
formado, desde siempre, parte del relato hondureño; y para entonces, la
experiencia bananera no eran un ejemplo para sostener sus tesis, porque en
realidad, fue alrededor de la industria bananera en donde se pudo forjar el
capitalismo norteño y nacional, de conformidad con la fuerza y capacidad de las
oligarquías hondureños, muchas de ellas con tendencias rentistas y poco
dispuestas al riesgo y al trabajo constante. Con más olfato político y con una
visión mas centrada en los hechos que le tocaba vivir, agregó que lo que había
que hacer “era terminar la confrontación entre los empresarios y el gobierno,
mediante un dialogo que concluyera en un pacto que sirviera para superar
dificultades”. Por ello, dijo que “muchas veces el gobierno crea
innecesariamente roces con el sector privado y un ejemplo de ello es la famosa
Ley de Control de Precios, mecanismo que jamás ha funcionado en ningún país del
mundo, excepto en caso de guerra, puesto que, si el gobierno tiene que
intervenir en todos los demás, como los de la producción y la inversión, no se
hace nada. Estoy seguro que, si explica con claridad a los grupos de presión,
lo entenderán directamente y se evitarían las controversias innecesarias”. Para
Rosenthal, entonces, no todo está perdido, se puede rectificar y recobrar la
normalidad, si se reducen las tensiones y se evita caer en errores
administrativos y legales que creen ambientes distorsionados en los mercados.
Lo político, lo pasa por alto. Porque de repente cree que los partidos
políticos –PL y PN– también tienen fórmulas para enfrentar los problemas y,
además, voluntad para el sacrificio ejemplar al frente de los destinos del
país.
La izquierda sindical, tenía una visión ambivalente. Luis Alonso Morel del
STIBIS, dijo que “En la administración militar no todo es negativo, ya que si
se hace un análisis de lo que ha realizado hasta el momento en materia de
medidas sociales no es más que el reflejo de la composición heterogénea de la
base de la sociedad. Sin embargo, creemos que, si intentase buscar el apoyo
efectivo de los sectores interesados en el cambio, encontraría no sólo apoyo
moral sino la participación activa y militante de la clase trabajadora”. (Tiempo
7 de diciembre de 1975, Colección Hondureña, Biblioteca Central, UNAH). El
problema es que el gobierno no quería ser sino militar, no estaba interesado
más que en un tibio reformismo pues les permitiera aumentar su influencia en la
vida política del país; y, por otro lado, hay que reconocerlo, no había con
quién pactar. La “clase trabajadora” era inexistente. Incluso, cuando intentó
mostrar su apoyo al régimen mediante un acto de masas en el Parque La Merced de
Tegucigalpa, apenas, llegó a reunir a 300 personas. La mayoría estudiantes
universitarios y de secundaria, en camino a sus centros educativos instalados
precisamente frente a la aludida plaza.
Rafael Bardales Bueso
El profesor Rafael Bardales Bueso del Partido Nacional fue el político más
crítico y directo. Dijo: “Sinteticemos la mala obra gubernamental: ruptura
delictiva del orden constitucional por la violencia y ambición de las armas,
atentando contra la soberanía popular, sujeción de la Constitución de la
Republica a los caprichos del régimen, aniquilamiento de la libertad política
del pueblo, amenaza permanente a la libre expresión y anarquía social
progresiva por la lucha de clases. La mala obra gubernamental, incluye rudos
golpes al sistema de libre empresa, política económica hacia la estatización
que destruye la producción y socializa la miseria, perdida absoluta del
principio de autoridad, soborno que desprestigió a la dictadura en todo el
mundo, predominio de la arbitrariedad en los actos gubernamentales y
contrabando. También desfalcos a granel, derroche presupuestario, masacre
criminal de Olancho, represión contra los partidos políticos democráticos,
estancamiento del arreglo del diferendo fronterizo con El Salvador, problema
que no puede dirimir legítimamente el régimen dictatorial por su naturaleza
espuria, inflación galopante –ante la indiferencia de los que mandan– control
de precios para frenar la producción, irrespeto al derecho de propiedad,
irrespeto al derecho de propiedad, penetración y avance del comunismo y odio a
la ideología democrática”. (Tiempo, 7 de diciembre de 1975, Colección
Hondureña, Biblioteca Central UNAH)
Miguel Andonie Fernández
De los nuevos partidos, resulta muy interesante la opinión de Miguel
Andonie Fernández, Presidente del Partido Innovación y Unidad Nacional (PINU)
y, además, uno de los mayores empresarios de la industria farmacéutica y de la
comunicación radial, por la precisión puntual de sus juicios. Dijo que: “Al
gobierno actual puede acreditársele alguna labor de reforma incipiente. Existe
falta de claridad en el futuro político. Estamos en presencia de un alarmante
desacuerdo social. Hay evidencias de mal manejo y deshonestidad en algunos
sectores de la administración pública. Se observa poco esfuerzo gubernamental
tendiente a resolver los innumerables y graves problemas nacionales. Debemos
estar convencidos que es imposible gobernar en Honduras sin la concurrencia de
civiles y militares. El gobierno debe definir sus intenciones políticas y tomar
urgentes medidas tales como: corregir los yerros y errores cometidos. Evitar
vacilaciones en satisfacer las justas demandas de las masas obrero--
campesinas. Hacer efectiva la probidad y la austeridad. Estructurar un régimen
de derecho con pleno respeto ciudadano. Trabajar con ahínco, con integridad y
capacidad. Apresurar la capacitación de la Ley de Reforma Agraria incorporando
a la producción las tierras incultas. Agilizar la inversión pública. Hacer
efectivo los incentivos y garantías a los inversionistas privados”. (Tiempo,
7 de diciembre de 1975, Colección Hondureña, Biblioteca Central, UNAH).
José Pineda Gómez
Por el Partido Liberal, se escucharon dos voces interesantes. Modesto Rodas
Alvarado, se abstuvo de opinar; pero sus criterios eran muy conocidos por
todos. José Pineda Gómez, de la vieja izquierda liberal, que había sido
Presidente de la Corte Suprema de Justicia durante el gobierno de Villeda
Morales, dijo que “las buenas intenciones han desembocado en perjuicio para los
intereses del pueblo. Agregando que el Gobierno de la República, por el
carácter de provisionalidad, hasta el día de hoy ha fracasado en la
administración pública, aun cuando ha intentado realizar algunos empeños que se
han llamado revolucionarios. Sin objetar sus buenas intenciones, se ha cometido
una serie de errores, a veces tan graves, que aquellas intenciones han
desembocado en un serio perjuicio para los intereses del pueblo hondureño”.
Agregó “que el gobierno después de un diálogo que le han exigido los partidos
políticos –Liberal y Nacional– y otros sectores importantes del país, debe
procurar señalar la fecha para la práctica de las elecciones generales que dé
un cambio radical del gobierno, en el que, desde luego, participarán las
Fuerzas Armadas con las altas funciones que determine la Constitución que
entonces se promulgue”. (Tiempo, 7 de diciembre de 1975, Colección
Hondureña, Biblioteca Central, UNAG).
El otro liberal, fue Leonardo Godoy que empezó por señalar el pecado
original del régimen incurrido “porque rompió el orden constitucional. En el
decurso del tiempo hemos encontrado algunas medidas que se han dictado con
buena intención, pero que fueron introducidas en el momento menos oportuno y no
se desarrollaron a plenitud, quizá sea el costo del noviciado en determinadas
actividades: COHDEFOR y CONADI. En todo caso podríamos estimar esos pasos como
bien intencionados. En lo demás, podríamos expresar que, infortunadamente, en
el gobierno, a mi juicio ha faltado una determinación especifica del rumbo que
deseaba imprimirse a la gestión gubernamental de este régimen de facto. En
cuanto a las soluciones que propondría para organizar el gobierno puedo decir que
es difícil pretender en un espacio tan corto reordenar lo que en un momento
dado esta cargado de tantas inquietudes y de tantas contradicciones que uno se
puede aventurar a ello, únicamente cuando se tiene una plataforma constructiva
y no con una mentalidad de simple critica”. (Tiempo, 7 de diciembre de 1975,
Colección Hondureña, Biblioteca Central, UNAH).
Adán Palacios Irachez
Adán Palacios, Secretario Ejecutivo del Partido Demócrata Cristiano de
Honduras dijo que: “Desde el principio el régimen militar acusó una
incoherencia doctrinaria e ideológica, motivada por la escasa coherencia de los
funcionarios de alto nivel gubernamental, observable principalmente en la falta
de coordinación de sus diversas acciones y en la escasa concretización de las
medidas denunciadas”. En lo positivo señalo únicamente a COHDEFOR, “cuyas
primeras medidas se circunscriben al control y regulación de la explotación
maderera, acusando por otro lado graves dificultades en la comercialización
externa. La creación de tiendas BANASUPRO, derogación de los derechos que
aprobaban las concesiones bananeras, la creación de la Corporación Hondureña
del Banano (COHBANA) y la expropiación de CAHSA; y en el último mes una mayor
agilización de entrega de tierras a los campesinos organizados, como resultado
de la presión de los mismos”. En lo negativo, Palacios señaló: “generalización
del contrabando especialmente en el de granos básicos, acrecentamiento del
patrimonio de algunos funcionarios públicos al amparo del ejercicio ilegítimo
del poder. También hay que señalar la adjudicación de exoneraciones fiscales a
empresas extranjeras no productivas, la respuesta tardía e ineficaz ante la
emergencia nacional ocasionada por el huracán FIFI y la ausencia de
planes concretos y adecuados para la reconstrucción nacional, lo mismo que la
carencia de políticas concretas y dinámicas para el control del proceso
inflacionario que agobia a los sectores populares, con el aumento acelerado de
los precios de los alimentos, ropa, medicina y otros artículos básicos”. Y como
es natural el político social cristiano no podía olvidar el mayor golpe
que les había propinado el régimen militar: la matanza de Los Horcones,
Lepaguare, pero lo hizo en forma fugaz.
Al final, dijo que hay que definir las metas políticas, interpretando “la
actual estructura y detección de su funcionamiento en lo socio económico.
Definición exacta de las metas políticas político sociales eferentes al tipo de
desarrollo por el que queremos conducir la sociedad hondureña. Evaluación y
análisis de los recurso económicos e institucionales y de las limitaciones
económicas y tecnológicas. Análisis de las posibilidades concretas referidas en
los términos socio políticos para la realización de un Plan Nacional de
Desarrollo Integral”. (Tiempo 7 de diciembre de 1975, Colección Hondureña,
Biblioteca Central, UNAH). Solo en forma muy rápida Palacios cuestiona la
legitimidad del régimen militar. No reclamó el regreso del país a un régimen de
derecho en el que el pueblo eligiera sus gobernantes y recuperara su soberanía.
Actuaba más como promotor social que como dirigente político, conducta que
marcaria, por siempre la ruta del Partido Demócrata Cristiano.
Por su parte los partidos políticos Liberal y Nacional, publicaron una Declaración
Conjunta en la que a letra seguida exponen “que la nueva Constitución de la
República que deberá promulgar la Asamblea Nacional Constituyente,
representativa de la genuina voluntad del pueblo hondureño, debe
fundamentalmente reafirmar el sistema republicano, democrático y representativo
del gobierno, la defensa de los derechos y garantías individuales y sociales de
todos los hondureños, la protección de los sagrados intereses de la Patria,
estableciendo una estructura jurídica—política, que asegure en forma permanente
la libertad, la soberanía y la dignidad de Honduras dentro de la comunidad
internacional; haciendo énfasis en un proceso de liberación que elimine todo
tipo de dependencia y que afiance el espíritu nacional y acreciente la riqueza
pública. En tal sentido, se confirmarán, ampliarán y fortalecerán las
conquistas económicas, sociales y políticas en beneficio de todo el pueblo
hondureño. La nueva Constitución hará posible la formación de un gobierno de
integración nacional sobre la base exclusiva de la capacidad y la honestidad de
los ciudadanos que lo integren. Tegucigalpa 11 de diciembre de 1975. RAFAEL
BARDALES BUESO, Presidente del Comité Central del Partido Nacional de Honduras.
ABEL VILLACORTA CISNEROS, Secretario del Comité Central del Partido Nacional de
Honduras. JOSE PINEDA GOMEZ, Presidente del Consejo Central Ejecutivo del
Partido Liberal de Honduras. J. EFRAIN BU GIRON, Secretario General del Consejo
Central Ejecutivo del Partido Liberal de Honduras”. (Tiempo, 12 de diciembre
de 1975, Colección Hondureña, Biblioteca Central, UNAH).
El presidente del COHEP, Camilo Rivera Girón,
reunido con los dirigentes de los partidos tradicionales PL y PN.
Ese mismo día los dirigentes de los dos partidos políticos tradicionales de
Honduras, -Partido Liberal y Partido Nacional- habían concluido una serie de
reuniones con los empresarios aglutinados en el Consejo Hondureño de la Empresa
privada (COHEP). Como resultado de esas conversaciones, hicieron pública el día
siguiente una Declaración de Puntos Coincidentes en las que los Partidos
Liberal y Partido Nacional y el Consejo Hondureño de la Empresa Privada “como
instituciones de derecho público: declaran que han llegado a las siguientes
coincidencias: “1. Diálogo con todos los sectores nacionales cuyo
propósito principal será la búsqueda de los puntos coincidentes que permitan
llegar a configurar soluciones a los graves problemas que confronta la nación.
2. Reivindicación de la vida de derecho incorporando y afirmando
las conquistas sociales obtenidas y sumando, a la vez, las que sean
convenientes conforme el desarrollo económico que alcance la nación. 3.
Que es necesario un esfuerzo supremo nacional para la solución de los problemas
nacionales. 4. Que la nación debe encaminarse sin ninguna demora hacia
el establecimiento de un orden jurídico que garantice la estabilidad política y
el crecimiento económico del país. 5. Elaboración de un Plan Electoral
mediante la participación de todos los sectores nacionales, que permita a los
hondureños el ejercicio del sufragio como método de expresión soberana y
democrática. 6. Irreversibilidad de las acciones que se emprendan para
el logro de los puntos enunciados. Dado en la ciudad de Tegucigalpa, D.C. a los
11 días de (diciembre) de 1975. Rafael Bardales Bueso, Presidente del Comité
Central del Partido Nacional de Honduras, Abel Villacorta Cisneros, Secretario
del Comité Central del Partido Nacional de Honduras, Ricardo Zúñiga Agustinus,
Coordinador General del Partido Nacional de Honduras, José Pineda Gómez,
Presidente del Consejo Central Ejecutivo del Partido Liberal de Honduras,
Efraín Bu Girón, Secretario del Consejo Central Ejecutivo del Partido Liberal
de Honduras, Modesto Rodas Alvarado, Miembro de la Comisión Política del
Partido Liberal de Honduras, Camilo Rivera Girón, Presidente del Consejo
Hondureño de la Empresa Privada (COHEP)”. (Tiempo 12 de diciembre de 1975,
Colección Hondureña, Biblioteca Central, UNAH). Las cosas estaban
definidas. Los militares no tenían muchas alternativas; ni espacio para
jugarlas. El tiempo se les había empezado a terminar. La alianza de los
partidos políticos mayores y los empresarios, no la podían neutralizar sino era
mediante la convocatoria a elecciones generales.
Por otro lado, en términos generales era obvio que el Gobierno Militar
estaba agotado y no contaba con suficiente respaldo popular. No había entonces
encuestas o mecanismos de medición; pero tomando en consideración los
resultados electorales de los partidos políticos –que algunos oficiales los
consideraba cascarones vacíos –en las elecciones para la Constituyente de 1980,
se puede decir que el respaldo del pueblo hondureño a los militares era para
1975, muy limitado. Menos de un tercio de la ciudadanía creía que podían
rectificar y hacer las tareas, alejados de los partidos políticos tradicionales
que contaban con un respaldo que crecía en la medida en que los militares
mostraban su incompetencia y su alejamiento de los valores de la legitimidad
democrática, levantada como bandera por políticos y empresarios, con enorme
éxito y aceptación por la población hondureña que para entonces había
descubierto que vivir fuera de la ley, “no era un buen negocio”.
- TERMINA







Comentarios
Publicar un comentario