1979: ¿Quiénes eran miembros de número de la Academia Hondureña de la Lengua?
Oscar Aníbal Puerto Posas
Rafael Heliodoro Valle, fue el intelectual más notable de Honduras, en el
siglo próximo pasado. Al grado que el 31 de diciembre de 1949, fundó aquí en
Tegucigalpa, la Academia Hondureña de la Lengua. Agrupando a algunos hondureños
ilustres, al fin indicado.
En 1979, muchos de los fundadores ya habían rendido la última jornada, la
Academia Hondureña de la Lengua, de acuerdo a nuestra fuente, abajo citada, se
configuraba, así:
Academia
Hondureña
·
Ramón E. Cruz, director
·
Víctor Cáceres Lara, vicedirector
·
Jorge Fidel Durón, secretario perpetuo
·
Juan Valladares Rodríguez, tesorero y bibliotecario
·
Julio C. Palacios
·
Carlos M. Gálvez
·
Argentina Díaz Lozano
·
Martín Alvarado
·
Eufemiano Claros
·
Virgilio Gálvez
·
Eliseo Pérez Cadalso
·
Rubén Antúnez Castillo
Doce en total. Llena de satisfacción que se haya incorporado a una mujer:
Argentina Díaz Lozano, la eximia autora de “Peregrinaje”.
Semblanzas
Ramón Ernesto Cruz, director. Nació en San Juan de Flores (1903,
murió en Tegucigalpa en 1985). Abogado, catedrático y político. Hizo carrera
judicial completa. Desempeñando el cargo de Juez de Letras de Francisco
Morazán: de 1943 a 1945, fue Magistrado de la Corte 1ª y 2ª de Apelaciones de
Tegucigalpa. Culminando su carrera con Magistrado de la Corte Suprema de
Justicia en la administración del doctor Juan Manuel Gálvez Durón (1949-1954).
Alternó las magistraturas con la enseñanza a nivel universitario. Se asomó a la
diplomacia como Embajador en El Salvador, de 1946 a 1948. A la altura de una
edad provecta. “Los politiqueros que se aprovechan de los hombres”, cito al
gran Medardo Mejía, lo hicieron presidente de la República. Su gobierno fue
breve (18 meses) de 1971 a 1972. Volvió a lo suyo; a su gabinete de estudio y a
la enseñanza. Ese era su ambiente. Para la Academia Hondureña de la Lengua, es
un orgullo contarlo entre sus directores. Él fue uno de los defensores de los
derechos territoriales de Honduras, en el conflicto que se ventiló ante el
Tribunal de Justicia de la Haya, y que ganó nuestro país. Hizo equipo con otros
grandes juristas: Esteban Mendoza, Rogelio Martínez Augustinus y Julián López
Pineda (murió defendiendo a su patria, en La Haya, Holanda, el 5 de marzo de
1959. Dicho sea de paso, fue fundador de la Academia Hondureña de la Lengua,
junto a otros conspicuos intelectuales, el 29 de diciembre de 1948). Volviendo
al doctor Cruz, para la AHL constituye un doble orgullo. En la galería de
nuestros directores lo tenemos a él, que fue expresidente de la República. Son
pocas las academias que cuentan con esa gratificación intelectual. El caso más
patético, lo exhibe a este respecto, la Real Academia Española, que abrigó en
su seno al doctor en Jurisprudencia, Antonio Maura, quien presidió un gobierno
de coalición nacional en España en 1917; volvió a la presidencia en 1921. Fue
un hombre de talento, honradez y cultura, reconocidas unánimemente. En 1903
leyó su discurso de incorporación a la Academia, bajo el título: “La
oratoria como género literario”. No fue una asignación fortuita. Maura fue
un excelente orador forense. La Academia Dominicana de la Lengua, hizo el
prohijamiento de Joaquín Balaguer -caso insólito- fue presidente de la
República Dominicana en seis períodos distintos. No obstante, tuvo tiempo de
escribir la mejor biografía del héroe nacional de su país: Juan Pablo Duarte y
Díez. Le dio un título hermoso: “Duarte, Cristo de la Libertad”.
Guardando las distancias, de igual linaje intelectual fue nuestro Ramón Ernesto
Cruz, dueño de una inmensa biblioteca. Ramón Oquelí, la frecuentó. Eran de
ideas políticas antípodas; ello no los distanció. La vida intelectual, tiene el
don de borrar las diferencias.
Víctor Cáceres Lara, vicedirector. (Gracias, Lempira, 19 de
febrero de 1915 – Valle de Ángeles, Francisco Morazán, 10 de mayo de 1993).
Poeta, narrador, historiador, periodista. Fue jefe de redacción y subdirector
de Diario “El Día”. En 1976 obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Además de
pertenecer a la Academia Hondureña de la Lengua, presidió la Asociación de
Prensa Hondureña (APH). Su obra narrativa y sus investigaciones históricas son
de primera importancia en la cultura nacional. Maestro de Educación Primaria,
ejerció el magisterio antes de inclinarse al periodismo. La poesía de Cáceres
Lara, está escrita con esmero. Pocos como él han contribuido a la identidad
cultural de Honduras. De su obra poética, valen citarse: “Arcilla” (1941);
“Romances de la Alegría y de la Pena” (1943). En narrativa: “Humus” (1950) y
“Tierra Ardiente” (1970). Como historiador, el Banco Atlántida publicó:
“Astillas de Historia” (2015), conmemorando el primer centenario de su
nacimiento. Cáceres Lara, mientras trabajó en el diario “El Día”, mantuvo una
columna: “Efemérides Nacionales”. A su muerte se editó en un libro. Es texto en
la Universidad Nacional Pedagógica “Francisco Morazán”. Ni aún muerto, el gran
maestro, deja de enseñar.
Jorge Fidel Durón, secretario perpetuo. (Comayagüela, 23 de abril
de 1902 – Tegucigalpa, 20 de septiembre de 1995). Abogado, investigador
literario y escritor. Heredó la lumbre intelectual de su padre Rómulo E. Durón,
a criterio de don Medardo Mejía, “el más serio de nuestros historiadores”.
Jorge Fidel, fue ministro de Educación, puesto que le sirvió para editar la
obra inédita de su ilustre progenitor: “Honduras Literaria”, en prosa y en
verso. También fue ministro de Relaciones Exteriores y Rector de la Universidad
Central. Miembro conspicuo del Club Rotario, cuya revista dirigió con buen
suceso. Premio Nacional de Literatura en 1973. Durante luengos años, en diario
“El Día”, propiedad de su amigo don Julián López Pineda, mantuvo la columna
“Mosaico Nacional”. Desde ese espacio, comentaba los libros publicados durante
el año. Valioso aporte cultural, que nadie ha continuado. Fue un gran viajero.
Se lo permitían sus cargos públicos, la vida “rotaria”, y la propia Academia.
Su biógrafa, Martha Luz Mejía, publicó una fotografía donde aparece Jorge Fidel
en conversaciones con Ramón Menéndez Pidal, y otro académico menos notable.
Creo que solo Jorge Fidel Durón, conoció al grande filólogo don Ramón Menéndez
Pidal. En el plano diplomático, fue un varón exquisito. Cual pocos en la
historia nacional. Sus hijos siguieron sus pasos. Uno de ellos: Mario, era
abogado por la Universidad Complutense de Madrid; también fue escritor. Murió
precozmente. En tanto, Luciano, es, sin duda, uno de nuestros mejores
arquitectos, diseñó la Casa Presidencial. Mauricio, el menor, fue director la
carrera de inglés en la UNAH. Vive de su jubilación. Es un conversador ameno y
sapiente. Heredó la pasión viajera de su ilustre progenitor.
Juan Valladares Rodríguez, Tesorero y bibliotecario. Nació en
Tegucigalpa, el 24 de junio de 1911, hijo del jurista Leandro Valladares,
autor, junto a otros, del Código Civil de 1906, en el gobierno del general
Manuel Bonilla. Como su padre abrazó la carrera del Derecho. Si bien su pasión
fue la Historia. Don Juan fue un valor nacional. Patriota sin igual, desde el
Congreso Nacional, siendo su presidente, en la administración del doctor Juan
Manuel Gálvez, se opuso con pie firme, a renovarle las concesiones de tierra a
la “Tela Rail Road Company”. Le costó el puesto. Gálvez, le dio el “exilio
dorado”. Lo hizo Embajador de Honduras en España (1950-1952). Antes, de viajar,
colaboró con Rafael Heliodoro Valle, en la elaboración de la Antología de Ramón
Rosa, que lleva un nombre bellísimo: “Oro de Honduras”. Fue consejero de la
Junta Militar de gobierno en 1957. Miembro de la Comisión de Estudios
Territoriales en 1973; Secretario de la Comisión Jurídica Nacional. Además de
la Academia Hondureña de la Lengua, perteneció a la Sociedad de Geografía e
Historia de Honduras y miembro correspondiente de la Academia de Historia de
Costa Rica. Fruto de sus primeras nupcias: Leo Rodrigo Valladares Lanza,
abogado, él también. Al frente del Comisionado Nacional de los Derechos
Humanos, publicó el libro “Los hechos hablan por sí mismos”. Donde denuncia a
los militares que en la década de los años ochenta desaparecieron a hondureños
y extranjeros. Leo, heredó el valor cívico de su padre. En ocasión de la muerte
del abogado Juan Valladares, ocurrida el 5 de abril de 1996, le envié a Leo el
telegrama que copio y con el que cierro esta nota: “Honduras queda en deuda con
Juan Valladares”.
Julio C. Palacios (¿?). Le conocí, viéndolo con el respeto con
que nosotros aprendimos a tratar a nuestros mayores. Fue ministro de Educación
en la administración del abogado Juan Manuel Gálvez, quien tuvo infortunios al
escoger a sus ministros de Educación. Marcos Carías Reyes, renunció y a punto
de partir a Nueva York, tomó la fatal decisión del suicidio. Su cargo pasó a
desempeñarlo el médico y humanista Carlos H. Gálvez. Se ignora porqué razones
renunció. Julio C. Palacios era su subsecretario, fungió como ministro por Ley.
Trajo a los pedagogos chilenos, de valiosos aportes a nuestra educación.
Desconozco si Palacios publicó algún libro. Su alta investidura lo llevó a la
Academia Hondureña de la Lengua. El abogado Julio César Palacios, además, fundó
las escuelas normales rurales. La de Varones, en El Edén, Comayagua y la de
Señoritas en Villa Ahumada, Danlí, El Paraíso. Con ello amplió el radio de la
instrucción pública nacional. Dio pedagogos y pedagogas a los hijos y a las
hijas de los campesinos. Todo en silencio. Era una personalidad pacata. Limpio
en el manejo de los fondos públicos, heredó a sus hijos unas manos limpias.
Carlos M. Gálvez (¿?). Médico y cirujano, por profesiones.
Humanista por vocación. Egresado de la “Real y Pontificia Universidad de San
Carlos de Borromeo” de ciudad Guatemala, Guatemala. Tuvo un paso fugaz como
ministro de Educación, bajo el gobierno de Juan Manuel Gálvez. Fue por largos
años regente de la Farmacia “San Carlos”, sita en Tegucigalpa. Esposo de una
mujer de fortuna: “Cayita” Soto, no conoció la pobreza. Pero aborreció el lujo.
Fue un erudito. Conoció Historia Universal. Algunos protagonistas los llevó a casa:
su hijo mayor, se llamó Lotario. Al paso del tiempo, médico como su padre.
Murió en plena juventud. Hubo otros hijos, el Dr. Gálvez era partidario de las
familias numerosas. Buen escritor. Luis Andrés Zúñiga, a quien yo entrevisté,
lo paragonaba con Alejandro Valladares. Carlos M. Gálvez, al correr del tiempo,
llegaría a ser director de la Academia Hondureña de la Lengua. Es una lástima
que no haya publicado un libro. Su obra quedó dispersa en revistas y periódicos
de Honduras y Guatemala. Sucedió al fabulista Luis Andrés Zúñiga en la
dirección de la Academia en 1958.
Argentina Díaz Lozano. Figura conspicua de la historia
nacional. Nacida en Santa Rosa de Copán, 5 de diciembre de 1912. Su óbito
ocurre en Tegucigalpa el 13 de agosto de 1999. Su verdadero nombre fue
Argentina Bueso Mejía. En 1929, contrajo matrimonio con el señor Porfirio Díaz
Lozano, del cual tomó sus dos apellidos para firmar sus obras. Similar actitud
asumió la poeta mexicana Margarita Camacho, quien, entró a la literatura con
los dos apellidos de nuestro compatriota, poeta Rafael Paz Paredes, su esposo
(la poeta es conocida como Margarita Paz Paredes, autora de “Sonaja” y
“Andamios de Sombra”). Argentina se inició en la literatura, cultivando el
cuento: “Perlas de mi rosario” (1930). Da su salto a la novela: “Peregrinaje”
(1943) (Premio Latinoamericano de Novela, convocada por la editorial “Ferran
& Rinehart y la Unión Panamericana de Washington. Se publicó en inglés con
el título “Enriqueta and I”. La novela se basa en los viajes que la autora hizo
acompañando a su madre, maestra de profesión, por varios pueblos del occidente
de Honduras. Es una novela conmovedora y hermosa. Argentina Díaz Lozano, es la
única escritora hondureña propuesta al Premio Nobel de Literatura, en dos
ocasiones. Su obra es profusa. Amén de “Peregrinaje”, se contabilizan otras:
“Luz en la senda” (1935); “Mayopán” (1950); “Y tenemos que vivir” (1956); “19
días en la vida de una mujer”; “Mansión en la bruma” (1964), “Ciudad errante”
(1963); “Caoba y orquídeas” (1986) y otras de igual valor. Además de escritora,
se graduó de periodista en la Real y Pontificia Universidad de San Carlos de
Borromeo. Siendo la primera mujer en realizar esa hazaña intelectual. No fue
ajena a la política. Desafió al abogado y general Tiburcio Carías Andino, cuyo
gobierno autoritario se apartó de la observancia de los derechos humanos. Lo
que la obligó a sufrir un largo exilio. Su obra recibió condecoraciones: “La
Orden de Cruzeiro do Sud”, otorgado por el gobierno de Brasil. Honduras -su
patria- demoró en otorgarle el Premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa”, el
año 1968. Para entonces, ella ya era una celebridad. Indignó el silencio
oficial ante su óbito. Silencio que continúa. Ningún colegio en Honduras lleva
su nombre y el Ministerio de Cultura y las Artes, no ha reeditado sus obras.
Ella no fue cualquier mujer. Fue una mujer importante.
Martín Alvarado (¿?). Maestro de generaciones. Impartió en los
colegios de Tegucigalpa, la asignatura de español (hoy se le denomina idioma
nacional). Fue un hombre sencillo y bueno, a más no poder. Trató a sus alumnos
con afecto. Durante el gobierno del doctor Ramón Villeda Morales (1957-1963),
fue director Académico de la Guardia de Honor Presidencial. Villeda, prefería
en su entorno, juventud estudiosa. Confió en el profesor Martín Alvarado la
formación intelectual y ética de esa muchachada. Don Martín, llamó a ese efecto,
grandes intelectuales: el doctor en Derecho, Miguel Antonio Alvarado, fue uno
de ellos. A la caída del gobierno de Villeda (3 de octubre de 1963), don Martín
volvió a las aulas, con raquíticos emolumentos, pero con la frente en alto.
Hasta que le llegó la fecha de jubilarse. Tuvo una muerte trágica, saliendo del
IMPREMA, a donde fue a cobrar su jubilación, lo atropelló un automóvil. Él no
merecía ese final. Su descendencia está constituida por distinguidos
profesionales universitarios: médicos y abogados. Fue su siembra.
Eufemiano Claros (¿?). Maestro y abogado. Más maestro que
abogado. Grandes maestros estudiaron Derecho y nunca lo ejercieron. Para el
caso: Luis Landa y Carlos Aguilar Pinel. Botánico el primero y geógrafo, el
segundo. Don Eufemiano (raro nombre). Fue un literato de altos quilates. El
autor enlaza la historia con la literatura. Y lo hace con especial soltura. No
se le menciona hoy día. Salvo Ramón Oquelí que lo mencionó en uno de sus
artículos. El lector(a) podrá encontrar su “Biografía mínima del Presbítero
José Trinidad Reyes”, en el libro “Lectura”, publicado por otros dos grandes
mentores: Ángel G. Amador y Rafael Bardales. Quizá tengan en la Biblioteca
Nacional algún ejemplar.
Virgilio Roberto Gálvez (¿?). Hizo carrera diplomática.
Embajador de Honduras en varios países latinoamericanos. En 1969, era nuestro
Embajador en El Salvador. Allí se enteró de la invasión que tramaba contra
Honduras la oligarquía del pequeño país. Informó al entonces presidente,
general Oswaldo López Arellano, quien, al parecer, recibió con escepticismo la
noticia. Virgilio Roberto Gálvez, llegó a ser ministro de Relaciones
Exteriores, se desempeñó con mucho acierto. Era un diplomático de larga
trayectoria. Su personalidad relevante, llamó la atención de la Academia
Hondureña de la Lengua, de la que fue miembro de número. Por razón de su oficio
fue un hombre de trato social exquisito, lo que inculcó a sus hijos.
Eliseo Pérez Cadalso. (El Triunfo, Choluteca, 22 de
noviembre de 1920 – Tegucigalpa, 3 de febrero de 1999). Poeta, narrador,
ensayista y diplomático. Su vida intelectual no tuvo reposo. Publicó su primer
libro a los 23 años, lo tituló: “Vendimias”. Luego, a los 27 años, publicó:
“Jicarales”, un nombre sugestivo. Se trata de una planta que abunda en las
cálidas estepas del sur de Honduras. Erato, la musa de la poesía lírica, no
vuelve a protegerle. Incursionó, entonces en la narrativa y escribe cuatro
libros deliciosos: “Ceniza” (1955); “Achiote de la comarca” (1959); “Hondón
catracho” (1974), premiado en los Juegos Florales de Guatemala. Lo que
testimonia que Eliseo fue mejor narrador que poeta. Pero, además, incursionó en
el tema histórico. Dedicó una biografía a su coterráneo José del Valle, bajo el
título: “Valle, apóstol de América”. Asimismo, escribió: “Habitante de la Osa:
vida y pasión de Juan Ramón Molina”. Irrumpió en la política criolla. A la
temprana edad de 29 años fue diputado al Congreso Nacional; de los mejores, sino
el mejor. Mocionó para la creación de los premios de Ciencias, Arte y
Literatura. Al paso de los años, el mismo se hizo acreedor al Premio Nacional
de Literatura “Ramón Rosa”, en 1977. Hizo periodismo. Don Julián López Pineda,
lo hizo jefe de redacción de diario “El Día”. Cargo al que renunció (la carga
laboral era excesiva). Fue docente en la Facultad de Derecho de la UNAH, donde
impartió, “Derecho Internacional Público”. Entró a la diplomacia: Embajador de
Honduras en El Salvador. Luego en Nicaragua y después en México. Culminó siendo
secretario de Estado en el Despacho de Relaciones Exteriores (administración
del general Policarpo Paz García). Llegó a ser director de la Academia
Hondureña de la Lengua. Don Eliseo le dejó a Honduras una estirpe ilustre:
Guillermo Augusto, abogado. Fue secretario de Relaciones Exteriores en el
gobierno del licenciado Ricardo Maduro Joest (2002-2006). Exdecano de la
Facultad de Derecho y exrector de la UNAH. Su hermano, Juan Carlos, diplomático
en sus mocedades, impartió la asignatura de Derecho Diplomático en la Facultad
de Derecho, donde actualmente funge como decano. Ambos llevan los dos apellidos
de su progenitor. Al que agregan el apellido Arias, de su extinta madre María
Teresa Arias, una mujer virtuosísima.
Rubén Antúnez Castillo (1899-1983). Nació en Yoro, Yoro. Se
hizo maestro en la prestigiada Escuela Normal de Varones, dirigida por un
hombre superior: Pedro Nufio (guatemalteco). Ya en posesión del título, trabajó
en Yoro, Olanchito y El Progreso. Por sus méritos, fue nombrado director
Departamental de Educación en los departamentos de Yoro e Islas de la Bahía,
durante los gobiernos e Miguel Paz Baraona y Vicente Mejía Colindres.
Posteriormente se afinca en San Pedro Sula. Cansado de la pobreza magisterial,
incursiona en la vena editorial didáctica. A él le debemos: “Sintaxis”, libro
de texto obligatorio. Ello le permitió amasar una nada despreciable fortuna. Al
tiempo que da una lección: Magisterio no significa pobreza. Ya con recursos
económicos, contrae nupcias a los 43 años, con una muchacha hermosísima: Ada
Rittenhouse, su apellido denuncia su ascendencia alemana, pero nativa de
Siguatepeque. La llevó a vivir a San Pedro Sula. En casa grande y con familia
amorosa, lo sorprendió la muerte a los 84 años. Fue -sin duda- uno de los
grandes maestros de Honduras.
Corolario
Este es un ensayo contra el olvido. Honduras no
puede seguir ignorando a sus más insignes hijos. Gracias a ellos, la Academia
sigue viva. Los personajes cuya semblanza he consignado han desaparecido
físicamente, su legado sigue vigente.
Bibliografía
básica
- “Almanaque
Mundial, 1979”, Editorial América, S.A., Vía España 200, Panamá 7, República de
Panamá.
- Amador G.
Ángel y Rafael Bardales, “Lecturas”. Imprenta Soto, Tegucigalpa, Honduras,
Julio de 1952.
-Argueta,
Mario R. “Diccionario Histórico-Biográfico Hondureño”, Editorial Universitaria,
Colección Realidad Nacional No. 29
-Diccionario
Enciclopédico UTEHA, (editorial homónima), México, 1953, Tomo VII.
-González,
José. “Diccionario de Literatos Hondureños”, Editorial Guardabarranco,
Tegucigalpa, Mayo de 2023.
-_____________
“Diccionario Biográfico de Historiadores Hondureños”, Editorial Guaymuras, 1ª
Edición, Tegucigalpa, Noviembre de 2005.
-Mejía,
Martha Luz, “Jorge Fidel Durón”, Graficentro Editores, Tegucigalpa, Honduras,
1999.
Tegucigalpa, otoño de 2025.

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