Contracorriente: DANIEL CASULA, AMIGO-HERMANO
Juan Ramón Martínez
La muerte de un amigo duele
profundamente. La de los amigos fraternos —más que hermanos— es nuestra propia
muerte. Eso me provocó el fallecimiento de Daniel Casula, el primer amigo que
tuve en Tegucigalpa y el compañero invariable en la mayoría de las acciones
quijotescas de mi vida.
La última vez que lo visité, el
año pasado, no me reconoció. Con paciencia quise luchar contra su memoria
desobediente, tratando de que recordara las cosas que habíamos compartido desde
mayo de 1962, cuando nos conocimos en Santa Rosa de Copán, durante el Congreso
de la APENH (Asociación de Periodistas Norteños de Honduras). Él había llegado
acompañando a Fernando Serbellón, quien trabajaba en las cercanías y
aprovechaba para encontrarse con Lolita Durán, su esposa, nuestra compañera,
que formaba parte de la delegación de Olanchito.
Casula no participó en las
deliberaciones del Congreso. Lo conocí en las actividades sociales, que fueron
múltiples y variadas. En las deliberaciones, junto con Mauricio Ramírez y
Humberto Caballero, yo tenía la representación de Olanchito. En un momento de
las discusiones hubo un desacuerdo —no recuerdo la razón— en el que discutí con
Martín Baide Galindo, un veterano del oficio; yo, un imberbe engreído que hacía
pocos años me había iniciado en el periodismo local. En el momento álgido de la
discusión se fue el fluido eléctrico; y en la oscuridad, los delegados
entusiasmados empezaron a corear el nombre de Olanchito en forma repetida. Es
probable que, desde la barra, Casula se haya agregado al coro y llamado mi
atención. Una vez que volvió la luz, continuamos las deliberaciones.
Además de los colegas de Santa
Rosa de Copán, que eran los anfitriones, las estrellas eran Dionicio Romero
Narváez, director de Correo del Norte; Marco Tulio Miró, Pedro Escoto
López, Wilfredo Mayorga, Pineda Green y Pagán Solórzano. Cuando hizo uso de la
palabra, me impresionó Rodolfo Sorto Romero, egresado de la Escuela Superior,
que no disimuló —más bien compartió— la conciencia de su indudable
superioridad.
En la fiesta, en la que cada
bloque de prensa llegaba con su novia respectiva, los grupos se ordenaron por
ciudad alrededor de largas mesas llenas de manjares. La forma de dispensar
afecto era ordenando botellas de whisky que circularon copiosamente de mano en
mano. Casula bebía con experiencia; y yo me iniciaba en una carrera donde no
fui muy aplicado. Recuerdo que, con varios colegas de Santa Rosa, terminamos al
día siguiente en la fría madrugada de la meseta occidental, bebiendo en un
humilde estanco, en compañía de Jesús Medina Nolasco, exdirector del colegio
Mejía, donde hacía poco me había graduado; y con Casula, alegre y amigable,
como un costeño más que, aunque vivía en Tegucigalpa y estaba casado con una
sureña, era un teleño, con todo el furor de las olas y las palmeras.
Nos hicimos amigos, hasta que la
muerte nos separó. Compartimos las mismas aventuras en el cooperativismo, en la
formación de organizaciones dedicadas al desarrollo y en las aventuras
políticas en las que suicidamente me involucré. Siempre a mi lado, firme y
leal, sabiendo que compartíamos no solo el ideal de lo mejor, sino que
respetábamos las reglas y éramos, por encima de cualquier cosa, hombres
honrados. Pocos hombres como Casula, peleando por un lempira que no cuadraba
contablemente o exigiendo que todo el mundo cumpliera con sus deberes.
Nuestras familias fueron
entrañablemente cercanas. Mis hijos siempre lo vieron como un padre sustituto;
y nunca faltó a nuestro lado en las buenas y en las malas. Cuando necesité
dinero para ubicar a Juan Martínez en tierras propias —porque lo habían despojado
de las que cultivaba—, Casula me ayudó a conseguirlo, prestándolo en una
cooperativa, porque me reclamó que yo no podía buscar a un prestamista, ya que
comprometería mi nombre como dirigente cooperativista. Vi crecer a sus hijos.
Compartimos correrías y aventuras en casi todo el país, donde nos llevaron los
sueños y las preocupaciones por hacer algo bueno por Honduras.
A la hora de su muerte, vencido
por el olvido, su familia y sus amigos —su viuda Cholina Salinas, y sus hijos
Marlen, Gustavo, Mercedes, Daniel, Ada Marina, Raúl, Héctor Iván, Francisco y
Aarón— llevamos su nombre a la boca, seguros de que fuimos honrados viviendo
junto a un ser humano irrepetible y ejemplar que, por encima de todo, defendió
el honor, respetó lo ajeno, peleó por la justicia y celebró la vida.
¡Viva Casula!

Gracias don juan Ramón por tener en alto a mi padre como su amigo. Muchísimas gracias de mi parte. Francisco Casulá orgulloso. De haber tenido al mejor padre José Daniel Casulá romero. . Del mundo
ResponderBorrarMuy bien Juan Ramón por esa crónica de vida a un amigo. Un saludo por las siempre vivas del recuerdo..¡Insistir en la idea de la vida es un gran tributo a la humanidad!..Mi reiterado saludo.
ResponderBorrarMe ha consternado el fallecimiento de Daniel Casulá. Yo también fui su amigo y excompañero de trabajo en CETTNA, donde se desempeño con mucho acierto como jefe administrativo. Mi sentido pésame a su familia y que descanse en la paz del Señor el inigualable Daniel, como amigo, servidor público servicial, simpático y anecdótico. Mi abrazo solidario.
ResponderBorrarGracias por recordar a mi padre con un cariño de hermano, recordando desde la época en que se conocieron, debo mencionar que fue bonito que mi padre desde 1964 fue parte de AA y tambien eso fue un orgullo para nosotros, pues fue un acto de amor y responsabilidad para su familia, igual nuestro amor a toda su familia.
ResponderBorrarAmo mucho a Doña Nora y a sus hijos a quienes todos nosotros tambien le tenemos tanto cariño, gracias siempre.
Mi sentido pesame a la familia del Senor Daniel Casula por la muerte del Esposo, Padre, Abuelo y amigo. Que Descanse en Paz.
ResponderBorrarMis muestras de respeto y pesar a toda la familia, yo conocí a don Daniel en ASEPADE y tengo lindos recuerdos por su don de gente y persona afable y empático con todos. Mi condolencias en especial para Adita.
ResponderBorrar