Contracorriente: ELECCIONES, FRAUDE; GOLPE DE ESTADO
Juan Ramón Martínez
Por las formas que usa el poder para oponerse a
su renovación, --tal como lo indica la Constitución--, parece que igual que los
antepasados en 1903, 1924 y 1954, enfrentamos un dilema terrible: para salvar
la soberanía popular, hay que correr bajo campo minado de falsa legalidad, la
imposición del miedo, el riesgo de la guerra civil, el golpe de estado; o la
aceptación de elecciones viciadas en las que el gobierno se consolida usando
todos los poderes; e impone su voluntad mediante el chantaje. A cambio nos deja
tranquilos. Como las pandillas que dominan las ciudades, nos vende seguridad a
cambio de ceder libertad. Ortega y Gasset decía que en el principio el
gobierno operó como una pandilla, en donde sin existir ley, se imponía la
fuerza del pandillero “mayor”; que, a continuación, repartía fragmentos del
poder entre los otros que, aunque querían disputarle el mando, carecían de
capacidad y fuerza. Tras el pacto, vinieron las reglas y la obediencia a la
“ley” que le dio seguridad a la pandilla para seguir operando y conquistando
cada día más y más territorio.
La “clase” política ha sido objeto de
deterioro. No teme que corra la sangre, se divida el país; o desde fuera de la
soberanía nacional, decidan el curso de las cosas. En el siglo XIX, decían que
El Salvador y Guatemala se dividirían Honduras. Los caudillos no se ponían de
acuerdo. Rafael Carrera lo negó diciendo que el día que quisiera, se tomaría a
Honduras; pero que no la compartiría con nadie. En los 1870, Honduras era –un
poco como ahora– varias Honduras. Una legítima y otra, díscola e irrespetuosa.
Los presidentes se elegían por cordillera. La cuestión fue tan obvia, que llegó
un momento en que hasta Costa Rica intervenía en nuestros asuntos internos. En
1876, Barrios de Guatemala, con el acuerdo del presidente salvadoreño, obligó a
José María Medina que aceptara deponer el mando y entregarlo a un desconocido;
pero que el gobernante guatemalteco creía que podía pacificar al país; y,
además, seguir sus instrucciones.
En 1957 los militares derribaron a Lozano por
cometer fraude electoral. Temían además que AVC les “comiera el mandado”. En
1963 López Arellano pateó la rosa roja democrática. En 1972, los militares
creyeron que los políticos civiles, además de incompetente, eran incapaces de
gobernar al país. López Arellano, con el apoyo gringo y de Naciones Unidas,
inició un periodo de reformas que al principio provocaron expectativas y la
creencia que las cosas cambiarían. Resultó que los militares eran los mismos
hondureños, nada más que con estrellas en el hombro. Fueron tan corruptos como
los civiles y tan incompetentes para gobernar como estos.
1975, es posiblemente el “annus horriblis”.
Bajo Melgar Castro se hicieron barbaridades, estupideces y tonterías. Se
crearon entidades porque creían que el gobierno era competente y que la
iniciativa privada era innecesaria. CONADI, COHBANA, COHDEFOR Y CORFINO,
cementerio de ilusiones y esperanzas. Henecán, en San Lorenzo, significó
abandonar a Amapala. Después vino el aumento de la población y su
desplazamiento hacia las ciudades, creando la crisis que vivimos. Cambió el
carácter del hondureño, modificaron sus visiones de la vida; y no cultivaron el
concepto que la obediencia de la ley y el respeto a las instituciones, era
condición básica para desarrollar al país.
Desde 1980, hemos dejado de crear instituciones
y más bien se ha iniciado un proceso de desmontaje institucional. No ha crecido
el Seguro Social. Solo se han creado la Fiscalía General y la maquila. Exitosa
la última y en franco deterioro la Fiscalía. El 2017, JOH dio el puntillazo a
la destrucción democrática, mediante el irrespeto a la ley. Nadie defendió la
Constitución. Los que se rebelaron y fueron a la calle, lo hicieron porque
creyeron que les habían robado las elecciones.
Ahora, se usa la ley, para destruir la
legalidad. El Congreso se ha deshidratado, convirtiéndose en fruta seca,
obstáculo para la convivencia. La Fiscalía, al servicio del caudillo
prostático, es látigo para descalificar al sistema electoral, meter miedo a los
partidos e imponer la continuidad de un gobierno que no solo es inútil, sino
que se ha ganado el rechazo de la ciudadanía. Para sobrevivir, hay que darle
gusto a Mel. Dándole gustos para que se calme.
Quieren que aceptemos unas elecciones
fraudulentas. De repente, cómo en 1876, vendrán de fuera a imponernos a los
gobernantes: o a llevarse a los prostáticos a Nueva York, porque son un peligro
para los otros.

Excelente análisis histórico, ilustrativo en demasía, un recordatorio histórico de primer orden.
ResponderBorrarMuy original el concepto de caudillo prostático.!