Contracorriente: KENNETH VITTETOE, PSIQUIATRA Y PINTOR

Juan Ramón Martínez

Kenneth Vittetoe nació en Tegucigalpa en 1940. Acaba de morir después de una vida dedicada a la práctica de la medicina, el cultivo de la pintura y la atención a sus pacientes y amigos. Participamos juntos en el esfuerzo por crear una nueva corriente política que tuviera como eje las ideas y los planes para hacer de Honduras una nación respetada. Compartimos ilusiones y desilusiones cuando, nos encontramos con duras realidades y con conductas que conspiran en contra de Honduras.

Fue nuestro médico. Vio a José Ernesto y me atendió cuando tenía problemas para descansar y dormir. Me visitó en casa; y nos acomodamos en el estrado de la amistad compartiendo lecturas sobre salud mental, probando mis críticas a Freud y unificando visiones con respecto a la pintura moderna. Kenneth fue pintor –ahora recuerdo la exposición que hiciera en Olanchito– pero incluso compartió bromas contándome que, en algunos momentos, los espectadores que más apreciaban sus pinturas eran los pacientes del Hospital Santa Rosita. Porque en el interior cálido de la confianza, le gustaba reconocer que sus intentos de darle forma y represión a las formas y al color, solo sus pacientes tenían la sensibilidad para conectar con sus visiones. Entonces, bajando la cabeza, decía que era un juicio del pintor. Fue profesor en la Escuela de Bellas Artes.

La última aventura cultural en la que participamos fue en la Fundación Cultural Clementina Suárez, que durante más de cinco años me tocó dirigir, siendo en la mayoría de esos años, acompañado por Kenneth que aportó siempre su buen juicio y la oportuna reflexión para que hiciéramos lo mejor. Esta Fundación –obra de la iniciativa de Plutarco Castellanos y Ángelo Botazzi, Miguel Morazán-; y la decisión de Clementina Suárez que donó a los rotarios de “Tegucigalpa Sur” los cuadros –más de cien- que muchos pintores del continente le habían hecho, teniéndola como modelo, para crear un espacio en donde las jóvenes generaciones conocieran estilos y visiones, manteniendo en el centro la poeta, sus ideas y criterios, convertida en modelo del ojo escrutador de sus amigos artistas. 

Con Kenneth y otros muchos compañeros del Club Rotario Tegucigalpa Sur creamos el Centro; lo acondicionamos y le dimos el tratamiento a los cuadros para que estuvieran a la altura de las circunstancias y se despojaran del daño que los años y la soledad les había ocasionado. Kenneth aportó sensibilidad de artista, visión de hombre de ciencia y sus aficiones de observador, para recomendar, animar y apoyar muchas de mis iniciativas. Con el poeta Samuel Villeda y la poeta y declamadora Sonia Molina iniciamos un esfuerzo para congregar a los mejores; y bajo el alero de Clementina Suárez, gozar de la pintura, escuchar conferencias; e incluso atender a los amigos del exterior que de vez en cuando visitan a nuestro país.  

Cada año, aprovechábamos el natalicio de Clementina, para honrarla. Miguel Morazán, Guillermo López, José Antonio Flores, Víctor Reimbold y Elías Lizardo y otros, visitábamos su tumba; y almorzábamos en casa de Ángelo Botazzi o en la mía, compartiendo recuerdos y haciendo planes, para que el Centro Cultural fuera una parada obligatoria para quienes visitaran Tegucigalpa.

Era un buen conversador. Culto, ameno. Con muy buen sentido del humor celebraba las anécdotas graciosas, los errores cometidos; y siempre, extraía la moraleja de lo ocurrido. Decía que la vida era escuela para aprender. Su presencia facilitaba la amistad. No imponía sus ideas. Contaba anécdotas –todas discretas– y en las que era el último en reír. Suave, educado y gentil, daba tranquilidad y cariño a todos los que le rodeábamos. Los doctores no siempre comparten sus dolores con sus pacientes, posiblemente porque creen que pueden perder respeto. No supe de su enfermedad. La noticia de su muerte –que me la comunicó su primo el arquitecto Luciano Durón– me sorprendió. Siempre lo veía bien, acumulando años con cariño y aceptando la vejez con la humildad que ordena el curso de la vida y la misión de cada uno sobre la tierra.

Con su muerte, mi familia, sus amigos y pacientes, perdimos un gran ser humano. Hombre afectuoso que vino al mundo para hacer amigos y para enseñarnos que al sufrir caminamos animados por la fe y la esperanza. Al momento de su muerte la aceptó no como el fin de la existencia, sino que, como otra forma de existir de acuerdo a la teología cristiana, en la que fuimos hermanos y compañeros en la construcción del pueblo de Dios.

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