ERNESTO PABLO BONDY REYES. In Memoriam
Oscar Aníbal Puerto Posas
Nació en el
seno de una familia honestísima
Ernesto Bondy Reyes, nació en Tegucigalpa, Honduras, el 3 de julio de 1947,
fue hijo de un hogar honesto, formado por don Ernesto Bondy, de origen alemán y
doña Julia Reyes, hondureña. Don Ernesto, era agente vendedor. Vestía con
sencillez. Doña Julia Reyes, era dueña de una tienda de ropa: “La Selecta”.
Además de Ernesto, procrearon otros hijos. Helos aquí, en orden cronológico:
Irma, Miriam, Ernesto Pablo, Erika y Erick Roberto. Solo sobreviven Erika y
Miriam. Todos ellos y ellas, se educaron en “El Jardín de Niños Federico
Froebel”, fundado por la profesora Paquita Guerrero de Lardizábal en 1934. La
mejor escuela del país. Ahí cursaron todos y todas el “kindergarten” y la
escuela primaria. Vivían en un barrio cercano a la escuela. El Barrio “La Hoya”
(así se escribe, cual femenino de Hoyo. Ya que es una depresión geológica
(“anticlinal”, en términos técnicos). Fue el nombre que le dieron los
tegucigalpenses. Con ese nombre se quedó. El huracán Mitch, en 1998, destruyó
algunas estructuras; pero no pudo destruir el encanto del barrio “La Hoya”.
Mucho menos, la bondad de sus habitantes.
“La Hoya”,
apacible y feliz
El barrio “La Hoya”, era tranquilo. Poblado por un vecindario increíble.
Transcurrían los años cincuenta, del siglo veinte. Comenzaba a emerger una
clase media, al soplo venturoso de un verdadero estadista: Juan Manuel Gálvez
(1949-1954). La familia Bondy-Reyes, era vecina de la familia Soto. De ahí
surgió un héroe nacional: el piloto-aviador Fernando Soto, quien en la guerra
con El Salvador (1969), derribó tres aviones del enemigo (si acaso nomás).
“Sotío”, era un joven de elevada estatura (1.80 mts) y delgado como una hebra.
Delgado y taciturno. Tenía una hermana: Norma. También espigada y seria, como
correspondía a una “niña bien”.
En “La Hoya”, vivían los hermanos Elvir. Hijos del abogado Luis Elvir, que
ejercía su profesión en Danlí, El Paraíso. Esposo de doña Argentina Girón, dama
de aires aristocráticos. Heredera de una casa grande y señorial. Escenario de
las travesuras de Fausto (”Cato”) y Marco Antonio (“Coldo”) Elvir Girón;
“Cato”, tuvo una muerte trágica en plena juventud. Marco Antonio, al correr del
tiempo, fue abogado como su padre. Mayores que ellos, Catrina (luego
periodista), y Luis (“Güicho”), al paso del tiempo, destacado
profesional de las Ciencias Médicas. Todos ya fallecieron. Locuaces y
simpáticos. Para ella y ellos, el homenaje de mis mejores recuerdos.
También integraba el vecindario, la familia Pascua Baide. La integraban don
René Pascua (fiel al general Carías, en las buenas y en las malas) y Barbarita
Baide, mujer bella como buena santabarbarense. Procrearon dos capullitos de
rosa: Nilda y Sandra Isabel y dos caballeritos, árbitros de la elegancia:
Milton y Sergio. De todos, solo sobrevive Sandra Isabel: joya de mujer. En la
casa de la familia Pascua, “cuidaban”, como se decía antes, a una muchacha
agraciada: Rosa María Sánchez. Tras los encantos de Nilda y de Rosa María,
visitaban el barrio “La Hoya”, dos jóvenes tenientes de infantería, egresados
de la “Escuela Militar Francisco Morazán”: Manuel Enrique Suárez Benavides y
Gerardo Wild. Eran educados y respetuosos. Bajo esos principios se formaban los
militares de antes. Nilda no se casó con el joven oficial Suárez Benavides. En
cambio, Rosa María, fue llevada al altar por el hoy coronel (r) Gerardo Wild.
Formando un hogar feliz.
No solo altos personajes vivían en “La Hoya”. Mister Williams, tenía el bar que llevaba su nombre. Frecuentado por abogados y estudiantes de Derecho. Sin embargo, no era sitio de escándalos. Y preparaba unas hamburguesas de impacto; solo las vendía por encargo, a sus vecinos y amigos.
A poca distancia del “Bar Williams”, funcionaba la “Cohetería Salinas”, que
representaban el barrio “La Hoya” la pobretería. Hombres humildes, se ganaban
el sustento manipulando la pólvora. Debido al peligro de ese oficio, dos veces
se le quemó su cohetería. El cuerpo de bomberos, era entonces incipiente y
frágil. El vecindario masculino adulto acudió a sofocar las llamas; los vecinos
de “La Hoya” eran solidarios, al extremo de exponer sus vidas. Además, mientras
la familia Salinas reparaba su casa y su peculiar industria, se turnaban para
enviarles comida. Entonces, había mucho amor en Honduras. Sentimiento que no
entiendo por qué y cómo se esfumó.
El barrio era tan apacible y seguro que en su espacio idílico buscaron
refugio dos distinguidas mentoras: Mercedes Vargas, excelente profesora de
gramática española. Vivía con su hija única: Regina Vargas. Al pasar el tiempo,
cónyuge de Rafael Aguilar Paz (nuestro cónsul “vitalicio” en Hamburgo,
República Federal de Alemania), fundando una familia de muy ilustre linaje. La
otra excelente maestra fue María Elisa Inestroza, fundadora y directora del
“Instituto de Señoritas Tegucigalpa”.
Por razón de modestia, dejo de último a mi familia. En “La Hoya”, tenía su
bufete el notable abogado Florencio Puerto y en el mismo inmueble, residía su
familia. Los Bondy, frecuentaban nuestra casa con familiaridad. Ahí esperaban
el regreso de sus padres. A las cinco en punto de la tarde. Don Ernesto solía
llevar del brazo a doña Julia. Dueña que fue de una sonrisa dulce; brotaban de
sus labios, las virtudes de su alma. Conchita Posas, mi madre, mimaba a los
hermanitos Bondy cual si fueran sus propios hijos. Insisto, eran otros tiempos.
Eran otros valores. Hubo otros personajes notables, cuyos nombres omito, por
economía de espacio en esta necrología.
Adultez
Ernesto se hizo bachiller en el Instituto Salesiano “San Miguel”, entonces
ubicado en Comayagüela. Luego parte a el Perú. En la patria de José Carlos
Mariátegui, cursó estudios de Ingeniería Agrícola, supongo que a través de una
beca. He descrito a su familia. No eran potentados. Título en mano, retornó a
Honduras, con arma eficaz para ganarse la vida. Comienza a trabajar enseguida.
Llega a ser viceministro de Recursos Naturales de 1988-2000 (administración del
ingeniero Carlos Flores Facussé). En tanto, el dios Eros, toca su puerta. El
destino le deparó una mujer maravillosa: María Eugenia Peña. Construyen hogar y
van llegando los hijos: Nicole, Paola y Ernesto Carlo Bondy Peña. Fueron su
orgullo. De ellos hablaré adelante, en el capítulo “El legado del esteta”.
El escritor
Refiere el poeta José Dolores González, su amigo, colega y compañero de
farras, que “en 1996, comienza su carrera como escritor al publicar sus cuentos
en revistas y periódicos del país” (ver, González, José, “Diccionario de
Literatos Hondureños” 2023, p. 81). Es decir, comienza a escribir a una edad
madura: 49 años.
Según el mismo autor, “en 2017 obtuvo el primer lugar en el Concurso de
Cuentos Cortos e Inéditos Rafael Heliodoro Valle, con su relato “El seminarista
de los ojos rojos”. Fue miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua
y en 2020 (cinco años antes de morir) obtuvo el Premio Nacional de Literatura
“Ramón Rosa”, la máxima presea que el Estado hondureño le concede a un
escritor.
La Literatura se apoderó de su alma, pública: “La mujer fea y el restaurador de obras” (1999); “Viaje de retorno hasta Sabina” (2001). Todos libros de cuentos. Del cuento, salta a la novela: “De ninfas, sabores y desamores” (2023). “Caribe Cocaine” (2006). “La mitad roja del puente. Nacaome Aktion” (2015). La frecuencia con que publicaba y siendo la novela un género exigente, asumo que sus últimos años de vida se los ofrendó a la Literatura. Olvidaba un libro: “Crónicas de Mauricio Babilonia”. Mauricio Babilonia, lo sabe el lector(a), es uno de los apasionantes personajes de “Cien años de soledad”, la obra cumbre de Gabriel García Márquez. Mejor novelista que el propio Miguel de Cervantes.
Al escritor Bondy Reyes le costó vender sus libros. Situó a sus hijos,
entonces cipotes, a la entrada de los supermercados de lujo de Tegucigalpa, con
un rimero de libros bajo del brazo. Apenas vendían uno que otro. Honduras es
así. Desprecia a la cultura.
La muerte en
soledad
El día de su muerte, 18 de octubre de 2025. Pocos, muy pocos, acudimos a
sus honras fúnebres; muy pocos hombres y mujeres de letras. Solo un miembro de
número de la Academia Hondureña de la Lengua, el que escribe esta crónica.
Llegué con mi esposa, a la funeraria. Vi a Hernán Antonio Bermúdez (Tela,
1949), ensayista y crítico literario. Por fortuna, el local estaba lleno.
Alemanes de primera y segunda generación, en su mayoría. Armaron una algazara.
Un vocerío. En la cultura germánica, la muerte significa liberación.
Bondy, sabía que la muerte le acechaba. Padecía una enfermedad cruel e
incurable: cáncer. Hasta el último instante actuó como escritor. Él escribió la
esquela fúnebre que después circuló por las redes sociales. Dispuso que
incineraran su cadáver. Y, como si fuera poco, la forma en que deseaba que el
cofre, con sus cenizas, se expusiera al público. A la derecha un pequeño
estuche metálico conteniendo sus libros y a la izquierda, una fotografía suya;
foto de estudio, a colores, donde sus ojos azules relampagueaban. Además, antes
de morir, preparó un anaglifo (obra cincelada en relieve).
El académico
Una profusa producción: dos libros de cuentos; cuatro novelas y una
crónica, llevó a Bondy a ser miembro de número de la Academia Hondureña de la
Lengua (AHL). A la vez, miembro correspondiente de la Real Academia de la
Lengua Española. Presentó un brillante discurso de ingreso. Lástima, sí, que el
académico responsable de darle respuesta, no estuvo a la altura de las
circunstancias. No se trata de una pieza del nivel de la de don Marcelino
Meléndez Pelayo, al discurso de incorporación de don Benito Pérez Galdós
(1897). Que no tiene Honduras figuras destacadas. Mas el director de la
Academia Hondureña de la Lengua debería revisar ambos discursos, previo a la
ceremonia de incorporación. Es una sugerencia.
El legado del
esteta
Ernesto Bondy Reyes, no solo nos legó sus libros. Le legó al mundo, tres
hijos maravillosos. Nicole Bondy Peña, una belleza esplendorosa. Paola Bondy
Peña, actualmente residiendo en Santo Domingo, República Dominicana, como
gerente de una famosa transnacional de bebidas comerciales. (Oculto el nombre
por razones obvias; es un artículo fúnebre, no cabe la publicidad). Y el menor,
Ernesto Carlo Bondy Peña, profesional de la Medicina, especialista en
Neurología. Tiene 17 años de residir en La Coruña, España, de las ciudades más
fascinantes de la Península Ibérica. Habla con acento español; pero,
orgullosamente, se siente hondureño. Él llevó a España a su padre, cuando éste
se sintió enfermo y en ese país europeo le diagnosticaron la enfermedad
irreversible que lo llevó a la muerte.
Ernesto, no solo nos legó sus libros. Nos legó a sus grandes hijos.
Entonces, sigue vivo a través de sus descendientes… Amén.
Tegucigalpa, Honduras, noviembre 2025

Desgarciadamente no conocí a Ernesto. Pero la muerte de un escritor, pesa sobre los hombros y la conciencia de un País sin tradición literaria, por lo que significa un hombre de letras. De él,lo ú ico que cayó a mis manos, fue su ñi ro Caribean Cocaine. Es lkbro retrata la audacia, la pericia y el talento de una promesa como escritor Dios guie su alma a un lugar que lo honte, mientras tanto,nosotros pediremos al.altísi.o , que su alma. Sea elevad junto con él, para que allá pjeda honrar su talento como Poeta y como.es ritor celwstial.Paz a su alma. Resignación a su familia, y que mi país se pueble de.hombtes buenos y talentosos como él. Descanse en Paz el Escritor Nacional Ernesto Bondy.
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