Hace 50 años: “LOS HORCONES”, LEPAGUARE. HISTORIA DE UNA MATANZA (XXIII)
PARTE XXIII
Juan Ramón Martínez
Manuel Zelaya Ordoñez y atrás Simón Molina Ramos
71. Mel
Zelaya dice medias verdades e incrimina a los militares.
El 29 de julio de 1975, Manuel Zelaya Ordoñez, compareció ante el Juez del Juzgado Primero de Letras de Tegucigalpa, Jesús Orellana para rendir declaraciones en condición de acusado de asesinato. Era un hombre de 50 años de edad, “casado con Hortensia Rosales, bachiller y ganadero, con residencia en Juticalpa, de nacionalidad hondureña, que nació en Juticalpa, el 19 de abril de 1925, que tiene cuatro hijos que responden a los nombres de: José Manuel Zelaya Rosales, de veinte y tres años, Héctor Zelaya Rosales de 21 años, Carlos Armando Zelaya Rosales de 17 años y Marco Antonio Zelaya Rosales de 15 años; que sus padres ya son fallecidos y que respondían a los nombres de Elvia Ordoñez de Zelaya y José Manuel Zelaya Garay, que sabe leer y escribir, que le dicen por sobrenombre Mel, que profesa la religión católica; y que nunca antes de ahora ha sido procesado por delito o falta alguna; que presume que se le procesa por la muerte del padre Iván Betancourt, del padre Casimiro, de Ruth García Mayorquin, Lincoln Coleman y otras nombres que no recuerda, y que los hechos por los que se le acusa y de los cuales el declarante es totalmente inocente”.
Augusto Bustillo, Juez de Letras de Juticalpa
Es un hombre de elevada estatura, 1.85 metros, de un peso de 220 libras, de piel trigueña, ojos cafés, pelo crespo castaño; y sin cicatrices visibles, que usa invariablemente sombrero de pelo. Refiere que “a raíz de las invasiones del mes de junio dieciocho de 1975 en el departamento de Olancho fue trasladado el mayor Enrique Chinchilla con el objeto de encontrar las forma de pacificar y hacerlo producir. El mayor Chinchilla por no se que motivos al llegar a Juticalpa le mandó a hablar al declarante a la Comandancia, diciéndole que tenía instrucción de entenderse con el deponente, para buscar solución y encontrar la manera de que los ganaderos y agricultores de Olancho se pusieran de acuerdo con los campesinos de la “Unión de Campesinos” (UNC) y que como del deponente no pertenecía a ninguna asociación era el hombre indicado para llevar a cabo este proyecto”.
Que Chinchilla “le pidió le recomendara un lugar apropiado para hacer las reuniones y que buscara la gente para realizar las mismas. Refiere que como a las 3 de la tarde del día siguiente se llevó a cabo la reunión proyectada la que se efectuó en la Hacienda Telica de los señores Mercado, para que nosotros le consiguiéramos a Chinchilla, un instrumento jurídico en que nos comprometiéramos a facilitarle tierra a los campesinos. Al día siguiente volvió a ser llamado a la Comandancia (donde se le informó) que se había presentado la primera solicitud de tierras por los campesinos de Guasparani que requerían cincuenta manzanas de tierra; y que inmediatamente le dijo que en lo personal facilitaría cincuenta manzanas de tierra que ellos solicitaban “cercadas descontronadas, porque sus operarios ya lo habían hecho”.
Sigue diciendo que como dos días después los campesinos de la UNC faltaron a su palabra y realizaron la primera manifestación, boicoteando las calles de acceso a todos los juzgados y que Chinchilla le dijo que no permitiría esta manifestación porque gente que andaba era muy poca y que pronto se iban retirar. Cuenta que usando una avioneta hicieron un vuelo sobre el departamento, notando que Chinchilla venia muy contento por lo que había visto, manifestándole él su alegría y sus esperanzas de poder realizar su cometido; para firmar el instrumento jurídico él le dijo que quería encontrar un abogado que no fuera ganadero y que el declarante le dijo que en Juticalpa era difícil encontrarlo. Le dijo a Chinchilla que fuera a Catacamas a buscar a Oscar Lobo Cerna que había sido su compañero en la universidad.
A su “regreso de Catacamas para sorpresa del declarante alcanzó como a ocho camiones cargados de gente con destino a Juticalpa y que se trasladó a la Comandancia Militar para informarle a Chinchilla lo que estaba sucediendo; inmediatamente agarró (Chinchilla) su jeep y se fue a dar una vuelta por el edificio Santa Clara”. Que al regresar lo notó profundamente preocupado y disgustado. Que le dio al declarante ordenes que se trasladase a Lepaguare y que tratara por todos los medios de impedir que esa marcha de los campesinos pasara del valle Lepaguare, porque había el riesgo que después de cierta distancia tomaran vehículos automotores para trasladarse a Tegucigalpa; y que “eso seria fatal”.
Le dio instrucciones para que creara obstáculos para que los campesinos no pudieran pasar de Lepaguare. “El deponente dispuso arriesgarse y a cumplir dicha orden, para lo cual le pedí que mandara un Oficial con unos veinte soldados, para que operaran como mediadores entre las dos fuerzas, inmediatamente mando a llamar al Teniente Plata, y le dio instrucciones que escogiera entre la compañía los mejores soldados y los más responsables; inmediatamente el declarante se trasladó a Lepaguare como a las diez de la noche ” y “su primera acción fue irle a hablar a Carlos Bärh, Mario Mejía, Bayardo Mejía, Raúl Mejía, Felipe Mejía y Miguel Ángel Mejía.”
Que después se movilizaron a todas las aldeas y “que como a la medianoche del veinte y cuatro de junio llego el Teniente Plata con la tropa, el deponente ya había ido al departamento de caminos con una orden del mayor Chinchilla para recoger la dinamita que por si acaso tenían que dinamitar algún puente; se procedió después a cortar la carretera con un tractor en el lugar llamado Playa Grande, ahí se citó con toda la gente en lugares estratégicos por ser un lugar apropiado; la gente (suya, afín a los ganaderos y contraria a los campesinos” empezó a seguir llegando y alrededor de las diez de la noche, hora que por la distancia se presumía que podían llegar los campesinos”.
Que él contaba con unos quinientos hombres con las armas que disponían y dispuestos que de allí no pasaran; “llegó a tal grado la situación que el deponente ya se sentía incompetente de poder evitar que las fuerzas entraran en un choque armado, estando los dos contingentes como a una distancia de quinientos metros, lo cual ya se había tornado completamente peligroso, se le vino al declarante la idea de avisarle al Mayor Chinchilla del peligro de que en cualquier momento podía llevarlos a lo peor y a lo que habían tratado de evitar un derramamiento de sangre; Chinchilla le contesto que él no puede ir a Lepaguare porque era muy peligroso y le manifestó el declarante que podía pedir un avión a Tegucigalpa para que fuera a dialogar con los campesinos de la UNC para que estos depusieran de su propósito; en realidad – sigue diciendo – llegó el avión y se trasladó el deponente a Juticalpa con el objeto de llevar a Chinchilla, dejando su carro el deponente en el aeropuerto, cuando el declarante llegó a Juticalpa, siempre se acostumbra dar una vuelta sobre la ciudad, para que lo vayan a recoger al aeropuerto, entonces miro el que declara una muchedumbre de niños y soldados frente al edificio Santa Clara; cuando llegó al pueblo de Juticalpa se dio cuenta el que declara, que las Fuerzas Armadas ya habían tomado el Edificio Santa Clara, habiéndose producido el primer hecho de sangre con saldo de cinco muertos y varios heridos, dentro de los muertos se encontraba un hermano del Jefe de Presidios, sargento David Ártica. Regresó en la avioneta, en la tarde después que el mayor Chinchilla viajo a Tegucigalpa en donde rindió informes y le dieron instrucciones”.
Zelaya Ordoñez regreso a Lepaguare, en donde se reunió a las seis de la tarde con toda la gente que estaba situada en el puente y que para no pasaran hambre, ordeno que mataran una vaca. “Después el ambiente era de alegría, se prendieron grandes fogatas y empezaron los campesinos a hacer chistes y celebrar los acontecimientos”. Y como estaba desvelado se durmió en el carro. Los demás, se habían retirado y solo se quedó el carro suyo en las orillas del puente. “A eso de las dos de la mañana el deponente fue despertado diciéndole que se aproximaban dos carros de Juticalpa, presumiendo lo peor, todos los campesinos y soldados se pusieron en guardia y el deponente tomo un rifle 22, cuál sería su sorpresa, cuando el individuo que se aproximaba al puente y pasaba el zanjón a pie era el Mayor Enrique Chinchilla, le dio la mano y lo felicito por su acción, viniendo tras del seis individuos en paños menores, los cuales fueron trepados al pickup del declarante en una manera inhumana, en vista de eso abrió la puerta (de atrás) de su carro y alcanzó a ayudarlos a subirse a dos de ellos, recuerda el que declara que uno de ellos le dijo “don Mel ayúdeme, usted conoce a mi mamá”, inmediatamente le dieron al que dijo esto un empujón, cayendo boca abajo dentro del pickup donde estaban los otros; el deponente cerró la puerta del pickup, donde ya estaban los otros; el deponente cerro la puerta del pickup y le dijo el mayor Chinchilla “Vámonos” ordenando a los soldados que venían con él y tres individuos vestidos de civil a quienes el dicente no conocía, por la oscuridad; y que cuando supo que eran empleados del DIN y que los traían para interrogarlos y mantenerlos incomunicados a los cautivos…. En el camino hacia la casa del declarante, le pregunto el mayor Chinchilla que donde se encontraba el padre Iván, lo cual le contesto que sabía que lo habían capturado, pero no se sabía dónde se encontraba, manifestándole que telefónicamente le había ordenado al teniente Plata que lo trasladara a la casa del declarante, llamada hacienda Los Horcones, con las dos mujeres, preguntándole el “que como había sido capturado esa presa tan preciosa, refiriéndose al padre Iván”.
72. Empieza
la orgía sangrienta.
Teniente Plata, entrando al juzgado
Al llegar a dicho propiedad en compañía del Mayor Chinchilla, le pregunte -continua el relato "Mel" Zelaya- al teniente Plata por el padre Iván, contestó que tenía a Iván y a las dos muchachas dentro del Jeep. Chinchilla le pidió tres piezas de la casa. Inmediatamente procedió a hacer una revisión; ordenó al teniente Plata que metiera al padre Iván y a las dos muchachas, en una pieza de la esquina de la casa, pieza de por medio rumbo este, instaló a los seis individuos que trajo de Juticalpa, que por la oscuridad el declarante no pudo reconocer.
Inmediatamente Chinchilla ordenó a los soldados que llevara el primer individuo y lo metieron al interrogatorio, salió el mayor Chinchilla y le mando a llamar al deponente, para preguntarle por el rifle 22, diciéndole que por ser un arma de ese calibre, no hacia mucho ruido, hasta ahí supuso el que declara que se trataba de intimidarlos disparándoles y otras acciones que desconoce el que declara, se oyó la primera detonación, luego salió el mayor Chinchilla de nuevo al corredor y le dijo al soldado tráigame el siguiente, la siguiente detonación ya no fue con el rifle 22 porque sonó más fuerte, luego llegó un soldado a la carrera al decirle al declarante que le hablaba el mayor Chinchilla, ya que al declarante y al señor Bärh se les había ordenado que permanecieron en los carros, toco la puerta del interrogatorio y pudo ver el que declara dos individuos tirados en el suelo, boca abajo y con la cabeza ensangrentada, por lo cual ya no le quedo ninguna duda que los estaban ejecutando. Horrorizado el declarante por lo que había visto se fue donde se encontraba Carlos Bärh y Bayardo Mejía, informándoles lo que había visto, lo que causo profundo nerviosismo en Bärh.
73. Donde
esconder los cadáveres.
Llegó Chinchilla donde se encontraba el declarante y Bärh y Mejía; y le dijo “que donde pensaban enterrar a los muertos, contestándole el declarante que él no sabía dónde enterrarlos, ya que a él no se le había informado que se iba a usar su casa para matar gente; viendo el mayor Chinchilla que el declarante se había disgustado le dijo “ya estamos en el macho y tiene que cooperar” eso significaba una amenaza ya que si no obedecía sus órdenes podían correr él y sus acompañantes la misma suerte de los ya sacrificados. Como los soldados conocían la propiedad, uno de ellos dijo arriba hay un hoyo, que allí los pueden echar. Chinchilla ordenó a cuatro soldados que fueran con Bayardo Mejía a investigar, comprobando que el pozo abandonado hacia muchos años por no haber echado agua jamás, aun no se había aterrado, regresando el deponente a su casa y salió Chinchilla, diciéndole que estaba bien el pozo”.
Entonces, le dijo que fuera a tirar al pozo a los primeros tres. Al regresar ya habían sacrificado al padre Iván y a las dos mujeres, “lo que significaba para él lo peor; inmediatamente ordenó que subieran los cadáveres al carro del declarante llevándolos en la misma forma que los anteriores, nada más que estos (iban) con sus vestidos correspondientes. Cuando iba arrancar, Chichilla le dijo: No te pongas nervioso ni disgustado por esto, porque cualquier cosa que suceda yo me responsabilizo y bajo mi palabra de honor que ustedes no van a salir perjudicados.
Después Chinchilla ordenó a Plata que mandara a lavar toda la casa, para que no se fuera a notar ninguna huella de sangre, que aislara completamente la casa, que no fuera a permitir la entrada de nadie, hasta segunda orden; que vigilara la pista de aviación y algunas otras instrucciones que el declarante no escucho. El mayor Chinchilla le hablo a Bärh el cual se encontraba en una crisis nerviosa, que casi no podía hablar “que lo llevaran al teniente y al declarante que fueran echar los cadáveres al pozo y que buscara donde descansar un rato y que le hablara alrededor de las ocho de la mañana; el declarante se fue para la casa de Bayardo Mejía donde lavaron el carro todo ensangrentado. Como ya era de día optaron por tomarse unas tazas de café, quisieron descansar un rato, pero no pudieron, regresaron con Bayardo Mejía al puente siendo las cinco de la mañana del día 26 de junio con el objeto de conseguir un poco de carne del animal que les había cedido a los campesinos, los cuales les dieron los testículos y un pedazo de hígado, que les preparo la esposa del telegrafista de nombre Santiago Gallegos”.
74. Celebración
de resultados: Chinchilla cree que la “declaración” del P. Iván “valió la
pena”.
Mayor
Enrique Chinchilla Díaz
En Juticalpa, a las once de la mañana, acostado en una hamaca donde su señora Hortensia le había preparado para que tomara un vaso de leche caliente, llegó un soldado a la casa de Mel Zelaya en Juticalpa diciéndole que Chinchilla quería verlo. En la comandancia Chinchilla “metió al declarante a su dormitorio y le dijo; Mel esto es lo que quería conseguir” y le mostro una cinta gravada donde estaba la confesión del padre Iván Betancourth, donde explicaba todas las acciones ejecutadas por él en Honduras y los proyectos que culminaron con la marcha sobre Tegucigalpa, el declarante oyó la cinta, después de haberla escuchado Chinchilla le dijo: “lástima que para conseguir esta confesión tuve que sacrificar tanta gente, pero es que era la única manera que este país podía llegar a la paz”.
Cuando del declarante le dijo a Chinchilla “que la captura del padre Iván se había hecho enfrente de cuatrocientos individuos en un aserradero y otra multitud de gente que estaba en los carros detenidos en la carretera”, le respondió que en caso que se averigüe mis compañeros de armas me defienden, porque son los que ahorita están mandando en el país, cosa que del declarante siempre duda”. Ahora nos toca le dijo al declarante el Mayor Enrique Chinchilla, “hacer una campaña periodística, para atraer la atención pública, para lo cual principió llamando al periodista Manuel Gamero, que dijo ser muy amigo de él; en vista que la acción de Gamero no había sido positiva, dispuso llamar a (José) Ochoa y Martínez, diciéndole el declarante, que era periodista de peso, pero que esta campaña necesitaba hacer gastos muy grandes, que el no tenia fondos, que viera como le obsequiaba una cantidad regular de dinero para pagar la campaña.
Como efecto de lo anterior, el día siguiente “le
había entregado un paquete con una cantidad de dinero que el deponente
desconoce, que Chinchilla le enseño dicho paquete declarándole que, así como se
lo habían entregado, así se lo entregaría al periodista Ochoa y Martínez;
después el declarante supo que la cantidad de dinero estaba entre cinco y siete
mil lempiras, de los cuales no esta seguro y tampoco si el mayor Chinchilla se
lo entregó al periodista”.
75. El
ex cómplice y ejecutor, ahora “espectador” que tuvo que callar para salvar su
vida.
Finalmente dice Zelaya, “consideré usted Señor Juez mi situación ante estos hechos, nada comunes en las normas de vivir, cualquier negativa de mi parte en ejecutar las cosas que se me ordenaron hacer, corrí yo el mismo peligro que las personas sacrificadas y prefiero estar aquí donde estoy, y no en el hoyo donde sacaron los cadáveres; por esa razón me fue imposible tratar de salvar las vidas que inhumanamente fueron sacrificadas. Ignoro los motivos tan poderosos que hicieron cometer al mayor Chinchilla crímenes tan horribles, supongo que dichas acciones fueron cometidas en un momento de desequilibrio mental o impuesto por una droga heroica”.
Mel Zelaya Ordoñez, había pasado de co-ejecutor de la
masacre a espectador obligado, en contra de su voluntad de participar en un
acto criminal en el que, arrepentido, denunciaba al mayor José Enrique
Chinchilla, atribuyéndole a él; y solo a él, la responsabilidad de la masacre
ejecutada en su finca Los Horcones, en el valle de Lepaguare el 25 de junio de
1975. Anticipaba y probablemente no se equivocaba, que el Juez de Letras de
Juticalpa Augusto Bustillo, le creía al cuento que había construido Mel Zelaya,
con el apoyo de su abogado defensor.
(CONTINUARÁ)




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