Hace 50 años: “LOS HORCONES”, LEPAGUARE. HISTORIA DE UNA MATANZA (XXV)
Anales Históricos
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PARTE
XXV
Juan Ramón Martínez
80. La
sentencia del Juzgado de Letras de Juticalpa.
El 31 de enero de 1977, el Juez de Letras del
Juzgado de Juticalpa, Olancho, Licenciado Augusto C. Bustillo, dictó sentencia
en los casos de asalto y muertes en el Centro Santa Clara y asesinados en Los
Horcones, Lepaguare, ocurridos en Juticalpa y en Lepaguare, en el departamento
de Olancho, el 25 y 26 de junio de 1975. Y en el que fueron muertas 15
personas, entre ellas, dos sacerdotes, dos señoritas, tres empleados
profesionales y ocho dirigentes campesinos. Los acusados eran el mayor Enrique
Chinchilla Díaz, Jefe de la V Región Militar asentada en Olancho, teniente
Benjamín Rodolfo Plata Valladares asignado a la V Región Militar, teniente
Altamirano Serrano de la V Región Militar, Sargento David Ártica Doblado, Jefe
del Presidio de Juticalpa, el ganadero bachiller Manuel Zelaya Ordoñez, el
ingeniero Enrique Bärh Alvarado, y los agentes del Departamento de
Investigaciones Nacionales (DIN), Eugenio Alemán, Abelardo Carias, Rodimiro
Zúñiga, Enrique Erazo, José Tomás Linares y Efraín Cloter Montes.
El Juez Augusto C. Bustillo amparado en las
declaraciones de los testigos, que no siempre le ofrecieron todo el respaldo
que necesita un juez para conocer la verdad y dictar sentencia, en el informe
de la Comisión Militar de Alto Nivel, determinó condenar a quince años de
cárcel a los militares Chinchilla y Plata; y absolver a los civiles y al
teniente Altamirano Serrano. La decisión, inmediatamente fue muy censurada por
la opinión pública y por la Procuraduría General de la República que veía
afectadas sus pretensiones y por los defensores de los militares que igualmente
creían que no había méritos para que sus representados hubieran recibido una
pena de cárcel de 15 años y trabajos forzados.
La decisión del juez Bustillo y los pormenores
del caso, otra vez, fueron objeto de interés periodístico. Por primera vez, los
periódicos conocieron las declaraciones de los indiciados. Porque
inmediatamente que se supo de la apelación que presentará tanto la Procuraduría
como el defensor de los militares condenados Simón Molina Ramos, los
periodistas exigieron acceder al conocimiento de los pormenores del caso. Uno
de los miembros de la Corte de Apelaciones, argumentando razones de tiempo que
ellos necesitaban para conocer el asunto, declaró que los periodistas no podían
conocer el juicio porque por ese medio se entorpecería el manejo por las partes
de la respectiva documentación. El Presidente del Colegio de Abogados, el
abogado Cantarero López, declaró que el magistrado de la Corte de Apelaciones,
faltaba a la ley, en vista que el expediente era público y que, en
consecuencia, los periodistas y el público en general, tenían derecho a conocer
las interioridades del caso criminal más famoso de la historia de Honduras.
De esa manera, los periódicos publicaron
información de las declaraciones de los implicados, especialmente las de los
militares que dirigían la operación en contra de la Marcha Campesina del 15 de
junio de 1975 y por ello, los principales implicados: mayor Enrique Chinchilla
y teniente Benjamín Rodolfo Plata Valladares, señalados como ejecutores
materiales de los hechos sangrientos ocurridos en la finca Los Horcones,
Lepaguare, propiedad de Mel Zelaya Ordoñez y el señor Carlos Bärh,
superintendente del aserradero Pecas Número uno de la misma zona. Es
interesante, además, el juicio de Gustavo Acosta Mejía, famoso comunicador
radial hondureño y ex magistrado de la Corte Suprema de Justicia y muy cercano
a los padres de uno de los militares implicados en el caso, que dio
declaraciones al respecto, estableciendo que el juicio era nulo porque debió
haberse sustanciado en un tribunal militar. Esta tesis la mantuvo por momento
el abogado Simón Molina Ramos; pero el juez Bustillo la desestimó en base a
ley.
Pero, el asunto es que al final de cuentas, el
teatro que montaron los militares había funcionado perfectamente. La
Procuraduría General de la República, asumió la representación de los
familiares de las víctimas, sin que estas le hubieran otorgado el poder
correspondiente que señala la ley. Ni siquiera fueron consultadas al respecto.
La Procuraduría, sólo tenía en sus manos, para basar su acusación en contra de
los militares, agentes del DIN, jefe del presidio de Juticalpa y ganaderos, el
Informe de la Comisión Militar de Alto Nivel que había logrado que uno de los
ejecutores del acto criminal, agente del DIN, confesara y narrara con detalles,
los hechos criminales del 25 por la noche y las primeras horas de la madrugada
del 26 del mismo mes de junio de 1975. Por una apreciación equivocada de sus
abogados, la Procuraduría General sobrevaloró la importancia del informe y se
interesó poco, porque lo narrado fuese respaldo con declaraciones específicas
de cada uno de los mencionados, especialmente de los investigadores y del
miembro del DIN al cual le habían logrado que hiciera la confesión.
Como el juez lo valoró oportunamente, este
informe no era suficiente para condenar, sino se contaba con la declaración de
los Miembros de la Comisión. Y de estos, la mayoría no quisieron comparecer
ante el juez, con lo cual, de una forma sesgada, le quitaron fuerza probatoria
a una declaración que el juez no valoraba sino como un indicio que necesitaba
confirmación. De los coroneles miembros de la Comisión de Alto Nivel, solo dos
coroneles testificaron y declararon ante el juez ante el juez. “Los coroneles mencionados
son Juan Ramón Molina Cisneros, en ese tiempo Comandante del Primer Batallón de
Artillería y Omar Antonio Zelaya, Ministro de Defensa por Ley, quedándose sin
presentar declaraciones, el teniente coronel Leonel Fonseca López, Huber Boden
Cáceres, Manuel Enrique Suarez Benavides, el mayor de aviación Marco Tulio
Rivera y el teniente coronel Amílcar Zelaya Rodríguez, según una constancia
emitida por el Juzgado Primero de Letras, Jesús López Orellana, fechada el 28
de octubre de 1975. Empero todo indica que el juez tuvo un ligero descuido al
emitir la constancia antes mencionada, pues el coronel Molina Cisneros envió su
declaración el día 9 de septiembre de 1975 y Zelaya hizo lo mismo el 29 del
mismo mes y año”. (La Prensa, SPS, 10 de febrero de 1978, Colección
Hondureña, Biblioteca Central, UNAH).
Adicionalmente la calidad de estas dos
declaraciones no mejoró el informe de la Comisión de Alto Nivel, puesto que
repetimos fueron idénticas a las contenidas en el informe que rindiera la
Comisión de Alto Nivel Militar, que se encargó de investigar los sucesos de
Olancho a mediados de junio de 1975, la cual fue creada por órdenes expresas
del Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, máximo organismo del gobierno de
facto” (La Prensa, ídem). Es decir que se puede concluir que ninguno de
los coroneles investigadores rindió informe, porque solo expresaron en su
informe individual ante el juez, lo que les dijeron, sin precisiones de
personas –fuera de Chinchilla, Plata y Ártica– que habían participado en el
delito, que les dieron información para concluir donde estaban los cadáveres y
que Chinchilla y Plata eran los asesinos. Por ello, Bustillo pudo reducir la
investigación a los extremos del aludido informe de la Comisión de Alto Nivel,
sin tomar iniciativa para ahondar en la investigación, exigiendo que el agente
del DIN que había confesado concurriera al estrado para ratificar lo dicho en
el informe a terceras personas. O efectuar tareas periciales, relacionadas con
el fusil 22 mágnum propiedad de Manuel Zelaya Ordoñez y que fuera usado para
ejecutar a varias de las víctimas.
Mayor Díaz Martínez en la sede central de la
FUSEP
Parece evidente que, de esta manera, los
militares se alejaban del asunto, evitaban el reconocimiento que la decisión de
Chinchilla había sido suya absolutamente y que, no se había girado ninguna
orden de Tegucigalpa para que Chinchilla procediera en la forma que lo había
hecho. Pero sin duda, el mayor cinismo de todo este asunto, fue el caso de
Adolfo Díaz Martínez, Jefe de la FUSEP en Olancho en la fecha de los hechos
ocurridos en Juticalpa especialmente, que no solo le prestó al mayor Chinchilla
la grabadora personal en que vertieron las forzadas declaraciones auto
incriminatorias del padre Iván Betancourt, que fuera sometido a terribles
torturas por miembros el DIN, sino que negó conocer nada del tema, cuando
incluso, dos días después de los hechos es decir el 28 de junio de 1975,
conociendo lo que había ocurrido, se presentó al tribunal dirigido por el juez
Bustillo, denunciando a un grupo de personas como conspirando en contra del
orden público y exigiendo su encausamiento, como un mecanismo para justificar
el asalto y las muertes ocurrido en el asalto al Centro de Capacitación Santa
Clara.
El 18 de febrero de 1978, Rene Cantarero y
Sandra Luz Mole, lo entrevistaron para corroborar que Díaz Martínez había
interpuesto una denuncia en contra de un grupo de personas de Juticalpa y de
Tegucigalpa, a las cuales acusaba de sediciosos y de preparar un movimiento en
contra de la ley desde el Centro Santa Clara, operación militar en la cual el
aludido participó como Jefe Regional de la FUSEP. “Al ser entrevistado el juez
Bustillo manifestó que el Juzgado había descartado la denuncia de Díaz Martínez
por no contar con los suficientes elementos de juicio y porque se había llegado
a la conclusión de que el Jefe de la FUSEP, fue obligado a firmar la denuncia
posiblemente por el mayor José Enrique Chinchilla para tirar una cortina de
humo sobre lo que realmente había acontecido en el Valle de Lepaguare el día
siguiente de los hechos de Santa Clara. Díaz Martínez no sabía lo que estaba
firmando”. (Rene Cantarero, Sandra Luz Mole, La Prensa, SPS, 18 de febrero
de 1978, Colección Hondureña, Biblioteca Central, UNAH).
Comisión de Alto Nivel Militar que nombró el
Consejo Superior de las FFAA, de izquierda a derecha: Juan Ramón Molina, Manuel
Enrique Suarez, Amílcar Zelaya, Omar Antonio Zelaya, Hubert Bodden Cáceres y
Mario Leonel Fonseca.
Esta declaración es doblemente engañosa. Por un
lado, pasa por alto que los dos militares tenían el mismo rango y que según
testigos –incluido el propio mayor Chinchilla– dijeron que una vez ocurridos
los hechos de la toma del centro de Capacitación Santa Clara, el Juez Bustillo
fue llamado al despacho del Jefe Militar, en donde sin duda también estuvo el
Jefe de la FUSEP, Adolfo Díaz Martínez. Los tres acordaron presentar la
acusación, por sugerencia de Bustillo que menosprecio el sentido común de Díaz
Martínez, al decir que no sabía lo que estaba firmando, cuando la acusación era
muy clara y sus fines igualmente precisos: demostrar que la acción militar de
la toma del Centro de Capacitación Santa Clara era justificaba porque adentro
estaba el comando central que dirigía el operativo de la Marcha de los
Campesinos. Justificando además la captura de los encarcelados, seis de los
cuales —después de estar unas horas encarcelados en el Penal de
Juticalpa— fueron sacados por orden de Chinchilla y asesinados en Los Horcones.
Además, la acusación parecía tener como
finalidad justificar el saqueo de las bodegas de la Cooperativas que allí
funcionaban. “Empero, siguen diciendo los reporteros citados, lo extraño del
caso y que pone en entredicho la palabra de militar de ( Adolfo) Díaz Martínez
radica en que éste negó rotundamente el tener conocimiento de lo que había
pasado en Juticalpa y el valle de Lepaguare ante el Juez del Juzgado del
Primero de Letras de lo Criminal de Francisco Morazán, pues así consta en
su declaración rendida ante el tribunal el 30 de diciembre de 1975, dijo
que “el declarante en el mes de junio del presente año, y precisamente cuando
ocurrieron los hechos de Santa Clara y en Los Horcones, el deponente se
encontraba como Jefe Regional de la Fuerza de Seguridad Pública (FUSEP)
en la ciudad de Juticalpa, Olancho, no teniendo ningún conocimiento sobre los
referidos hechos, ya que se dio cuenta de los mismos por las noticias
publicadas por los medios informativos de la prensa y la radio”.
Pero resulta que este mismo señor oficial de
línea de las FFAA, había presentado el 28 de junio de 1975, como lo hemos
indicado anteriormente, “Denuncia de varios delitos. Examen de Testigos.
Ordenes de captura, Dictamen del médico que reconoció los cadáveres de las
personas fallecidas a consecuencia de los ataques violentos de los individuos
parapetados en el Centro Santa Clara (Instituto 18 de febrero) de esta ciudad,
agotamiento de la investigación para que se deduzca la responsabilidad
consiguiente de los autores: Adán Palacios, Julián Lagos Álvarez, Rodolfo Sorto
Romero, Pedro Mendoza, Wilmer Suazo, Miguel García, Adán Amador, Carlos Amador,
Faustino Rodríguez, Lincoln Coleman, Esteban Mejía, Antonio Hernández, Luis
Coleman, Carlos Landaverde Barnica, Orlando Iriarte, Horacio Carias Rico, José
Paz Casco Marroquín, Julián Acosta Navarro, Francisco Zelaya Dávila, Roque
Andrade Madrid, Oscar Ortiz Ruiz, Miguel Álvarez Welcher, Luis Ulloa Godoy,
Juan Benito Montoya, Bernardo Rivera Irías, Cayetano Rosales Jiménez, Carlos
Orlando Sánchez, Máximo Soriano, Lorenzo Espinoza, Miguel Ángel Ortiz Ruiz,
María de Zelaya, Lucas Aguilera, Ramón Velásquez, José maría Maradiaga, Lázaro
Gonzales, Héctor Zelaya, Luciano Rubio, Efraín Figueroa por los delitos de
asesinato consumado, homicidio frustrado, disparo de armas de fuego, agresión,
lesiones y atentado contra la autoridad y sus agentes, resistencia y
desobediencia, según se desprende de los hechos que a continuación paso a
exponer”.
Aunque todo este documentado, el mayor Díaz
Martínez igual que Chinchilla, Plata, Ártica y otros, implicados en el crimen,
negaron todo desconociendo los hechos y solo haberlos conocidos por la radio y
los periódicos. Este relato, consistente en todos los militares, es el que hace
pensar que se trató de un crimen de estado, en el que los militares encubrieron
los hechos, reduciéndolo a una acción individual de algunos oficiales que
actuaron bajo sus propias responsabilidades. Pero de todos ellos, sin duda, tal
como lo descubrieron Cantarero y Mole, el más cínico y cobarde de todos, fue
Adolfo Díaz Martínez. Que incluso como hemos referido en otra parte, era el
dueño de la grabadora usada por Chinchilla y los elementos del DIN para grabar
el interrogatorio al que sometieron dentro de múltiples torturas al padre Iván
Betancourt. Confirmando que el olvido, la ignorancia de los hechos y el
silencio son típicos de mafias, en este caso una complicidad militar que no se
había visto y que solo vino a confirmar por qué los coroneles que formaron
parte de la Comisión y narraron los hechos como habían ocurrido, no tuvieron el
valor cívico de confirmarlo ante el Juez Bustillo. Podría entenderse como
negligencia de los coroneles Leonel Fonseca López, Huber Bodden Cáceres, Manuel
Suarez, Marco Tulio Rivera y Amílcar Zelaya Rodríguez; pero creemos que se
trató de una formula parta defender el alto mando de las FFAA que, después de
dar una orden terrible, dejó solos a los militares que operaban en Olancho. Y,
además, para complicarle el trabajo del juez Bustillo, que también por razones
afectivas, no hizo ningún esfuerzo para insistir y reclamar mayor cooperación
de los militares. No deja de ser irónico, con todo que la Contraloría General
de la República, -que de repente actuó de buena fe-, no haya pedido de manera
clara el respaldo de los coroneles que habían investigado el asunto, ni tampoco
exigido al testigo Bayardo Mejía Torres que se había comprometido a testificar
–que al momento negó haber estado presente en el lugar del crimen, aunque
dijeron lo contrario Zelaya Ordoñez y Bärh Alvarado en sus declaraciones-. Y
que puede parecer irónico pero la condena lograda, fue posible por la negación
de los hechos y la incriminación de Mel Zelaya Ordoñez, que declaró en contra
de Chinchilla, argumentando que él había sido forzado a participar en el
crimen, por temor a perder la vida. Y porque Chinchilla y Plata actuaron con la
conciencia de quienes se saben impunes ante tanto testigo, tanto en el paso del
puente para transbordar los vehículos con los presos de que traían de
Juticalpa; como Plata que captura al Padre Iván Betancourt y a las señoritas
Bolívar y Mayorquin, delante de más de un centenar de trabajadores del
Aserradero Pecas Número 1.
81. La
Corte de apelaciones confirmó la sentencia del juez Bustillo.
Magistrados de la Corte Segunda de Apelaciones
de Tegucigalpa.
El 23 de mayo de 1978, la Corte Segunda de
Apelaciones de Tegucigalpa, dictó su resolución sobre el “fallo sobre el juicio
de los Horcones”. Esta corte estaba integrada por los magistrados siguientes:
Adán Pineda Vidaurreta, Raymundo Orellana Pineda y Raúl Elvir Colindres. “Según
la fuente Judicial, los magistrados firmaran hoy 24 de mayo, la sentencia para
luego comunicarla a las partes litigantes en el juicio referido antes de
hacerlo público. La Corte de Apelaciones evacuo el lunes anterior el último tramo
del proceso que se sigue contra varios militares y civiles acusados de haber
masacrado a sacerdotes, estudiantes y campesinos en Olancho, en junio de 1975.
La corte determinó, dar por legal el fallo del Juez de Letras de Juticalpa
Augusto C. Bustillo, en el que absuelve a todos los civiles, así como a un
militar; y condena únicamente a dos militares: Enrique Chinchilla Díaz y
Benjamín Plata Valladares. Entre los absueltos con tal veredicto están Manuel
Zelaya, Carlos Barh y otros, así como los militares David Ártica Tablada,
Efraín Cloter Montes, teniente Norman Altamirano Serrano”. (Tiempo, SPS, 24
de mayo de 1978, Colección Hondureña, Biblioteca Central, UNAH).
La Procuraduría General de la República,
informó inmediatamente que iría en apelación a la Corte Suprema de Justicia. E
incluso, uno de los defensores de los implicados, por primera vez, hablo de la
oportunidad de una amnistía para los sometidos al juicio y que a la fecha
guardaban prisión.
82. Las
recriminaciones: contra la Democracia Cristiana y los coroneles que no
testificaron.
Ramón Velásquez Nazar, Presidente del PDCH
& Marcial Euceda, Secretario Ejecutivo de la UNC.
El rechazo al juicio y las recriminaciones
surgieron inmediatamente. En primer lugar, se dijo por parte de los familiares
de las víctimas que la culpa de que los culpables no hayan sido castigados y
más bien fueran absueltos, la tenían la UNC y el Partido Demócrata Cristiano
Hondureño. “A juicio de los familiares de los victimados en Santa Clara y Los
Horcones, el fracaso se debe más que todo a la confianza que depositaron en los
dirigentes de la Unión Nacional de Campesinos y de la Democracia Cristiana, ya
que ambas organizaciones afirmaron que abogarían porque se condenara a los
autores materiales e intelectuales del crimen. Estos criterios coinciden con
las declaraciones del Juez Primero de Letras de lo Criminal, Augusto Bustillo,
quien afirma que durante el proceso judicial la UNC y la Democracia Cristiana
jamás se apersonaron y cuando lo hicieron el juicio ya estaba en la etapa de
plenario”. (Ludovico Sánchez Turcios, La Prensa, SPS, 4 de febrero de 1978,
Colección Hondureña, Biblioteca Central, UNAH). “Tanto los familiares de
los victimados como el juez Bustillo señalaron que en el juicio únicamente
había actuado el Procurador General de la Republica, Serapio Hernández
Castellanos y en los primeros días de iniciado el mismo, otro de los que se
presentó como representante de Ruth Mayorquin fue el abogado de la Universidad.
Pero este señor solo estuvo presentándose por poco tiempo y jamás siguió la
acusación, siendo únicamente Hernández Castellanos y su cuerpo de asesores
quienes prosiguieron la acusación hasta lograr que el juicio entrara en el
Plenario”. (Ludovico Sánchez Turcios, ídem).
Doña Bernarda Ruiz de Ortiz, madre de uno de
los muertos.
La señora Bernarda Ruiz de Ortiz, recuerda que
el Procurador General de la República, Serapio Hernández Castellanos les dijo
que “nosotros nada hacemos con lágrimas, queremos testigos. Nosotros nos
confiamos y creímos ciegamente que la Democracia Cristiana y la UNC nos darían
el apoyo que necesitábamos para poder acusar a los criminales; pero jamás se
procedió formalmente en contra de Chinchilla, Plata Valladares, Carias, Barh,
Zelaya y todos los demás implicados. No obstante, su dolor los familiares de
los masacrados en Olancho se revelan a aceptar los hechos tal y como se han
desarrollado hasta llegar al fallo emitido por el juez Bustillo. Los criterios
expresados por esposas, madres e hijos de los victimados son coincidentes en el
sentido de que la Democracia Cristiana y la UNC nunca fueron capaces de acusar
a los responsables de la matanza porque más bien le interesaba hacer de los
muertos su bandera de lucha”. (Ludovico Sánchez Turcios)
En efecto, la Democracia Cristiana –la más
afectada por las acusaciones de los militares– no se apersonó en ningún momento
del juicio. No reclamó, no busco castigo para los culpables. Más bien se
sometió mansamente a la decisión que el gobierno, fuera el acusador de los
actos cometidos por miembros del mismo, en contra de ciudadanos particulares,
la mayoría miembros de ese mismo partido. Esa fue la posición más cómoda que
encontraron los dirigentes. Por ello, incluso en el momento en que se conoce el
fallo de Bustillo, Juez de Letras de Juticalpa, Ramón Velásquez Nazar,
Presidente del Directorio Nacional de ese partido, -que en la acusación del
mayor Adolfo Díaz Martínez, Jefe de la FUSEP de Olancho fue acusado por el
asalto al Centro de Capacitación Santa Clara- ratificó el apoyo al Procurador
General de la República, como si esto fuera necesario; y declara que es
“inexplicable que esta masacre que conmovió a la hondureñidad entera solamente
aparezcan dos personas culpables: el mayor Enrique Chinchilla y el subteniente
Benjamín Rodolfo Plata”.
Y ante los reclamos del porque solo se condenan
estas dos personas, su explicación es que “la Comisión Militar nombrada, a casi
un mes de perpetrada la masacre, dictamino que los culpables además de los
condenados en la reciente sentencia, incluía a los señores Manuel (Mel) Zelaya
y Enrique Barh. Como usted comprenderá –apuntó Velásquez – los miembros de la
Comisión Militar, no iban a equivocarse en el informe que brindaron al pueblo
hondureño, tomando en cuenta que esta situación era muy delicada y que por
sobre todo estaba de por medio el honor nacional. De ahí que si los señores
aparecieron como responsables del tan conocido crimen es que en aquella
oportunidad encontraron pruebas relativas a su participación”. (La Prensa,
SPS, 4 de febrero de 1978, Colección Hondureña, Biblioteca Central, UNAH).
Velásquez, que no era abogado, igual que muchos otros hondureños, confundieron
a los militares miembros de la Comisión de alto Nivel con Jueces competentes,
por lo que creyeron que el informe suyo era prueba suficiente para que el juez
Bustillo dictara mecánicamente sentencia. En el informe lo que hay son
informaciones de oídas, declaraciones que les dieron a ellos –que no eran
autoridades judiciales– y que debían ser verificadas ante autoridad
competente.
Por ello, es lógico que los familiares hayan
atribuido culpabilidad a la Democracia Cristiana, -directivos y líderes
olanchanos especialmente- porque sus dirigentes, no se abocaron al juicio; ni
hicieron nada porque los testigos que no concurrieron fueran a declarar y
tampoco nombraron a sus abogados; se entregaron exclusivamente en los brazos
del gobierno que investigaba las acciones irregulares de sus miembros. Y no
vieron que, en la acción de Juan Alberto Melgar, al asumir la representación de
las víctimas de las acciones de sus compañeros, podía influir y dirigir las
acciones de las autoridades judiciales, para proteger al alto mando que, sin
lugar a dudas, ordenaron a Chinchilla que procediera en la forma que lo hiciera
en la madrugada del 26 de junio de 1975. Incluso, en los días que se conoció la
sentencia, se dijo que el sargento Ártica, el 25 de junio de 1975 en horas de
la tarde había estado en Casa Presidencial, presumiblemente acompañando a
Chinchilla, que en la avioneta del aserradero Pecas No. 1, había viajado ese
mismo día y hora, tal como lo dijo en su declaración Manuel Zelaya Ordoñez. Con
el agrado que Chinchilla le insinuó a Zelaya Ordoñez que había ido a recibir
órdenes de sus jefes en Tegucigalpa.
En igual error incurrió el Secretario General
de la UNC, Marcial Euceda que cuando el periodista le pregunta del porque la
UNC no aportó más prueba, participando en el juicio en forma activa para
castigar a los culpables expreso “qué más pruebas que las presentadas por la
Comisión Militar de Alto Nivel, que investigó los crímenes de Olancho y que
presentó el informe. El informe de esta comisión señalaba quienes eran los
culpables de la masacre, así como el grado de participación de militares y
civiles en ese crimen. Eso demuestra que si ellos no tomaron en cuenta el
trabajo hecho por la Comisión ese es otro asunto; pero el informe indica
quienes son los culpables directos e indirectos de la masacre de Santa Clara y
Los Horcones, sostiene el dirigente campesino”. (Tiempo, 4 de mayo de 1978,
Colección Hondureña, Biblioteca Central, UNAH).
El dirigente campesino Marcial Euceda incurre
en el mismo error del presidente del PDCH: creer que los militares que
investigaron eran jueces competentes; y que, en consecuencia, el informe
presentado por ellos era una prueba suficiente para condenar a los mencionados
como responsables en los hechos delictivos. Sin tener presente que el informe,
había sido elaborado a partir de unas declaraciones privadas, en condiciones
que no se registraron realmente, y que no eran pruebas aceptables para el juez
–porque eran de oídas- y que ellos más bien, habían incurrido en falta al no
abocarse al juzgado, presentando testigos y pruebas para que el juez tuviera
más alla de presunción y rumores, pruebas para condenar. Mucho menos descubrió
el dirigente campesino que Mel Zelaya y Barh, se habían defendido denunciando a
los militares y presentándose ellos como colaboradores involuntarios en un
crimen en que, si no hubieran cooperado, habrían corrido igual suerte que los
masacrados en Los Horcones, Lepaguare. Esta afirmación, el juez Bustillo, la
aceptó; y por ello, les absolvió.
83. Protesta
ciudadana ante el fallo de Los Horcones.
Pese al tiempo transcurrido, una parte de la
opinión pública se manifestó en contra de la decisión del juez Bustillo. “Una
manifestación popular en repudio del fallo dictado en el juicio de Los
Horcones, se efectuará en Tegucigalpa el primero de junio próximo. Estudiantes,
maestros, obreros campesinos y residentes de los barrios marginales de la
capital de la república pedirán al gobierno militar castigo para todos los
implicados en la masacre más sangrienta efectuada en este país. Como se sabe la
sentencia judicial condena dos militares y absuelve al resto de los encausados,
que de alguna manera tuvieron participación en el crimen colectivo. Los
manifestantes también protestaran por el alto costo de la vida y por las
violaciones de las leyes educativas. En esta demostración de inconformidad en
que participaran millares de afiliados a los diferentes patronatos comunales de
los barrios marginados de Tegucigalpa. De igual manera estudiantes de segunda
enseñanza apoyarán esta movilización y además exigirán al gobierno del general
Melgar Castro que frene las arbitrariedades de la Ministro de Educación.
También protestara por el funcionamiento en el centro de la ciudad del complejo
industrial Químicas Dinant, que opera en el barrio Morazán. La manifestación
que se iniciará a las nueve de la mañana, partirá de la escuela Lempira de
Comayagüela y recorrerá las principales calles de la capital. Esta movilización
de protesta es promovida por la seccional I del Colegio Superación Magisterial
(COLPROSUMAH). (Tiempo, SPS, 26 de mayo de 1978, Colección Hondureña,
Biblioteca Central, UNAH).
Mientras tanto el fogoso líder universitario
Carlos Montoya, declaraba que el régimen militar era un fracaso sin discusión
alguna y que incluso miembros de la institución armada estaban involucrados en
el caso de los esposos Ferrari –que después aparecerían sus cadáveres en un
pozo en las orillas de la capital--, que en ese momento ocupaba la atención de
la opinión pública. (La Prensa, 12 de febrero de 1978, Colección Hondureña,
Biblioteca Central, UNAH). Incluso, parecía que, para entonces, también el
tiempo se le había terminado a Melgar Castro como gobernante; pero él no lo
sabía para entonces.
84. Caso
singular, padre e hijo en la cárcel por delitos de sangre.
Mel Zelaya y sus familiares en la PC.
Hay familias señaladas por la tragedia. Son
“victimas del destino” dicen los fatalistas que niegan absolutamente el libre
albedrio de las personas. La familia Zelaya es una de esas familias señaladas
por la tragedia y los crímenes. Varios antepasados suyos murieron
violentamente. Incluso una hermana de Manuel Zelaya Ordoñez, implicado en los
delitos de Santa Clara y Los Horcones, murió a golpes a manos de desconocidos
que, aprovechando la oscuridad de la noche, le quitaron la vida. Nunca se
supieron los motivos y menos se conocieron los nombres de los autores de tan
atroz crimen. El hijo mayor de Zelaya Ordoñez, José Manuel, siendo menor de
edad había golpeado y muerto a la niña Suyapita Cárcamo, en Coyoles Central en
el municipio de Olanchito, Yoro. Por ello, hay que destacar que mientras Manuel
Zelaya Ordoñez purgaba pena en la Penitenciaría Central, su segundo hijo Carlos
Armando de 18 años, también fue remitido a la PC, acusado por la muerte de dos
jóvenes que fueron ajusticiados mientras circulaban en automóvil por la
carretera hacia Danlí. Se trataba de la muerte de los dos jóvenes
estudiantes Junior Kafaty y Camilo Girón. El diario La Prensa se refirió al
asunto en los términos siguientes en su edición del 27 de febrero de 1977, al
indicar que Camilo Girón y Salomón Kafati Junior, jóvenes estudiantes
universitarios, menores de edad, “fueron encontrados muertos en la carretera de
Danlí, Tegucigalpa, en el kilómetro 5 y 6, en el lugar conocido como La Calera,
con tres heridas de bala calibre 38. Según se dio a conocer entonces, Girón
antes de morir denunció el nombre de sus victimarios”.
Tres fueron los implicados dos
menores de edad entonces Bográn y Nazar y Carlos Zelaya Rosales, hijo de Manuel
Zelaya Ordoñez, recluido en la PC acusado por el crimen de Los Horcones,
Lepaguare, Olancho, ocurridos dos años antes. Los dos primeros implicados, por
ser menores de edad, estaban sometidos a la decisión del Tribunal de Menores,
que se creía que para el mes de febrero de 1977 podría dictar sentencia en su
contra. El citado periódico, informó además que “rumores que circulaban en los
últimos días en relación a que uno de los presuntos hechores, Carlos Armando
Zelaya, estaba como cómplice de los hechos y no como protagonista. El abogado,
Navarro Oviedo –juez sustituto del Tribunal de Menores, cuya titular Sandra
Quiroz estaba de vacaciones– “señalo que Zelaya había reconocido su
mayoría de edad y que por lo tanto, como dice la ley, se acreditó
fehacientemente la incompetencia de este Tribunal (el de Menores) para conocer
de este asunto y actualmente el caso (de Carlos Armando Zelaya Rosales) está
conociéndolo el Juzgado Primero de Letras de lo Criminal, que rectora el juez
Jesús López Orellana”, “quien es el que está dictando los correspondientes
proveídos y yo no podría decir si Zelaya está como cómplice o como encubridor”,
finalizó. (La Prensa, SPS, 21 de febrero de 1977, Colección Hondureña,
Biblioteca Central, UNAH).
Para entonces Carlos Armando Zelaya Rosales,
hijo de Mel Zelaya Ordoñez, estaba en la misma celda en donde su padre estaba
recluido por la matanza de Los Horcones. Era público, que todos los fines de
semana, en una actitud condescendiente que el sistema penal hondureño tenía con
las familias de poder; o con las figuras bien recomendadas o protegidas por los
militares, les permitía viajar a sus propiedades en Olancho y regresar los
lunes por la mañana. Y pasar la semana laboral en la Mora, sección diferenciada
en donde Mel Zelaya Ordoñez, cumplía su arresto por mientras se seguía el
juicio en su contra que, para entonces, había sido confirmado por la Corte de
Apelaciones, absolviéndolo de responsabilidades en el crimen de los Horcones y
en el que había participado. Acompañado de su hijo Carlos Armando que esperaba
en la PC, la decisión del Juez sobre su implicación en la muerte de los jóvenes
Kafati y Girón.
(CONTINUARÁ)







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