Los nuestros: ALEJANDRO RIVERA HERNANDEZ, EL MAESTRO

Juan Ramón Martínez

Richard Nixon Vicepresidente de los Estados Unidos, estrecha la diestra de Alejandro Castro, al centro Alejandro Rivera Hernández. (Foto de José Gonzales Paredes).

No había oído su nombre. Me impresionó desde el primer día. Era la clase de Sociología. Estudiaba en la Escuela Superior del Profesorado en 1963. Era un hombre alto, cabello lacio engominado, rostro sereno, movimientos cautos y presencia ordenada, bien vestido: el traje oscuro y la corbata roja sobre la camisa impecablemente blanca y bien planchada; y con los zapatos brillantemente lustrados, con calcetines que hacían juego con el traje oscuro. Antes de sentarse en la cátedra metálica dijo con naturalidad: “Soy Alejandro Rivera Hernández, su profesor de Sociología”. (1909—1968).

Éramos doce profesores-alumnos: seis de la costa norte, cuatro de Tegucigalpa y dos brasileñas. Sin apuntes, sin libro alguno en la mano, se puso de pie y empezó a hablar. El tono de su voz, la cadencia de sus oraciones y los juicios terminantes, con citas precisas de autores conocidos de largo, me impresionaron; me di cuenta de que estaba ante un profesor singular, de muchas lecturas ordenadas, e interesado en nuestra motivación y desarrollo personal como nuevos docentes. En la primera clase habló de la vida social, de las reglas de la convivencia, del poder y la coerción para imponer su cumplimiento. Citó con naturalidad a Platón, Aristóteles, Saint-Simon, Comte y a Marx. Quedé deslumbrado. Dejé de tomar notas y seguí su discurso, constatando sus movimientos en el aula y memorizando con gozo la profundidad de las citas y los juicios vinculantes con las realidades nacionales. Al finalizar la primera clase, no tuve con quién celebrar mi admiración por Rivera Hernández. Había dicho que era abogado, embajador y representante de Honduras en muchas conferencias internacionales, y que había escrito algunos artículos y libros. Zulema Owen me dijo riéndose: “Este profesor te va a aplazar; no te he visto tomar notas”. “No las necesito”, le contesté.

Rivera Hernández era otro de los grandes profesores que teníamos. Riguroso e informado como Raúl Paz. Ameno y prolijo como Noé Pineda Portillo. Cercano como Edmunda Pascua Perdomo. Magisterial como Figueroa Rush. Sugerente como Baires. Preciso como Trinidad del Cid. Contrastaba en las formas del comportamiento varonil con Guillermo Mayes Huete. Era diferente. Era el docente distante, distinguido e informado que provocaba admiración, pero se alejaba para no permitir la cercanía a la que estábamos acostumbrados. Terminó la clase, hizo una leve inclinación y se despidió con un “hasta la próxima”. Al final del curso, pese a los augurios de Zulema Owens, obtuve las más altas notas del curso.

Entonces, vivía en La Guadalupe con la familia de Irene y Eva de Alvarado, en la calle de la orilla norte de la Orejona, antes de la vuelta de lo que después se llamaría el barrio de los Jucos. Una tarde, vi a Rivera Hernández parado frente a su residencia, en la misma calle, cuadra y media al oeste, viendo pasar a los escasos transeúntes de entonces. No tuve la tentación de saludarlo porque, por alguna razón, nunca fui recaudador de celebridades ni coleccionista de famosos. En la distancia le ratifiqué mi admiración por su magisterial condición. Al año siguiente leí sus libros, conocí sus aventuras y debilidades contadas con elegancia y honradez. Los filtros del Diablo y Un toque de suspenso me gustaron mucho. Cuando investigué sobre El Asalto al Cuartel San Francisco, encontré un telegrama suyo adhiriéndose desde Managua a la dictadura de Lozano Díaz. Nadie es perfecto.

El año pasado me encontré con su hijo Rodil. Le conté que su padre había sido mi maestro, “uno de los mejores que he tenido en mi vida”. Y Rodil Rivera Rodil se sorprendió. No sé si por mis palabras o por el recuerdo de su padre. No le quise preguntar.

Tegucigalpa, 11 de noviembre de 2025.

Comentarios

  1. La ESPFM disponia de profesores calficados en diferentes temas. JRMB, uno de los mejores catedraticos del Instituto Anexo a la prestigiada institucion de efucacion superiir

    ResponderBorrar
  2. Prestigiada institucion de educacion superior

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Contracorriente: EJERCICIO DE FRAUDE GENERAL

WikiLeaks: Las Reflexiones Completas del Embajador Ford sobre “Mel” Zelaya.

Contracorriente: LOS “HIJOS” DE MEL, ¡ENSILLAN SUS CABALLOS!