Los nuestros: RAMÓN AMAYA AMADOR, EL NOVELISTA
Juan Ramón Martínez
Ramón Amaya Amador nació en
Olanchito en abril de 1916. Hijo de Isabel Amaya y del sacerdote católico
—párroco de la ciudad— originario de El Rosario, Comayagua: Guillermo R.
Amador. Olanchito era una ciudad antigua, pero pequeña, aterida en el pasado y con
los músculos flácidos, con poca voluntad para salir del aislamiento. Hacía poco
que había regresado el primer profesor graduado en Tegucigalpa, que entonces
estaba más lejos y perdida en el horizonte de “montañas y pinos imposibles”.
Creció en un hogar de mujeres
fuertes, que vivían independientes gracias a las artesanías que cultivaban con
esmero alrededor de uno de los ejes más importantes de la cultura: los
servicios funerarios. Su madre confeccionaba coronas fúnebres, y su abuela
Felipa horneaba delicioso pan para los velorios y los desayunos apurados de los
más pobres. No había agua potable, luz eléctrica ni alcantarillado sanitario.
Pero creció en un hogar de mujeres valientes que le enseñaron a ver la vida con
ojos diferentes, cultivando las virtudes de la persistencia, la dedicación y el
trabajo disciplinado.
Viendo a su madre incursionar en
el teatro y construir personajes que se movían y hablaban en los escenarios
septembrinos, descubrió el encanto de la palabra, las posibilidades de la
creación literaria y la satisfacción del ejercicio periodístico. En La Ceiba
fue discípulo de su pariente Ángel Moya Posas, director de El Atlántico,
donde aprendió los rudimentos del oficio periodístico. Al regresar a Olanchito,
encontró en Murillo Soto —entonces líder cultural de la ciudad— el respaldo
para iniciarse en la docencia en la misma escuela donde había cursado estudios
primarios.
Fundó —junto a Dionicio Romero
Narváez y Pablo Magín Romero— el mejor y más bello semanario de Olanchito, y
allí publicó por entregas su primera novela: Prisión Verde, un canto
liberal que Longino Becerra, hábilmente, transformó en panfleto político.
Lo conocí en 1958. Llegó como
periodista acompañando al presidente Villeda Morales, con ocasión de inaugurar
el sistema eléctrico permanente de Olanchito. Desde la glorieta, en medio de la
orgía oratoria encabezada por Villeda Morales, lo vi en la esquina del Astoria
—el salón de sus amigos Domingo y Argelia Saybe de Urbina— beber cerveza con
golosa necesidad, junto a sus amigos. En un momento, el maestro de ceremonias
lo llamó para que se agregara a la tormenta de palabras y sus encantos. Subió
lentamente a la tribuna. Dijo que no sabía hablar, que lo suyo era escribir;
pero que solo quería decirnos que los nacionalistas eran unos hijos de puta. Y
se retiró entre los alegres aplausos de quienes estábamos siempre dispuestos a
perdonarle sus excesos, a quien era, por siempre, el mejor de todos nosotros.
Falleció en 1966 en Europa. Tenía
50 años de edad.
Era de baja estatura, no más de
1.55 metros. Ancho de espaldas, fornido, de color cetrino, con bigote oscuro
que detenía un maxilar superior pronunciado, barba incorregible pero
controlada, brazos largos y un caminar lento sobre unos zapatos negros, firmes
y lustrosos. Vestía de forma normal y corriente, pero los trajes y las corbatas
le caían bien. Era simpático, especialmente sobrio. Buen conversador. Cuando se
extralimitaba en el consumo etílico, era incómodo y había que dejar la
tertulia. Era un “negro simpático”, buen jugador de fútbol, según los
olanchitos, que siempre lo han visto como el mejor que ha dado ese valle
hermoso, que escogió el río Aguán y las verdes montañas para custodiar una
bella ciudad como Olanchito entre sus brazos generosos.
Tegucigalpa, 2 de noviembre de 2025.

Ya te lei conocer los entresijos de la vida hace mas humanos a los seres superiores
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