Contracorriente: UN CONGRESO DEMOCRATICO
Juan Ramón Martínez
Los mayores daños que se han inferido a la
institucionalidad se originaron en el Congreso autocráticamente dirigido por
Redondo. El que los diputados hayan sesionado tan pocos días, en número
inferior a todas las legislaturas de los últimos 65 años, es una indicación. Y
que Redondo haya sido repudiado por los electores de Cortés, señala que su
desempeño no goza del respaldo ciudadano. Ningún otro presidente, se ubicó tan
a espaldas del pueblo, ofendiendo la democracia y abandonando la sindéresis
legislativa como el “bombonero” de la Selección Nacional. Por ello es urgente
que los diputados de la nueva legislatura del 25 de enero del 2026, elijan a
uno de ellos, diferente y distante en su conducta y pensamiento.
Un demócrata. Que sepa que es el ágora
democrática, donde se juegan las ideas, se respetan las opiniones ajenas; y
mediante la palabra y el voto libre se construye la legitimidad. Redondo ha
sido un autócrata miserable que puso en peligro la institucionalidad y
desprestigió con inmensa fortuna al gobierno de Xiomara Castro.
Hizo que el Congreso perdiera su carácter de
entidad colegiada. Uso el cargo en forma arbitraria, irrespetando las reglas; y
pasando por alto que el diputado presidente no es superior a sus colegas. Que
dirigir la Junta Directiva, es un servicio, un ara; y, nunca un pedestal. En
consecuencia, es necesario que los diputados elijan a un demócrata, legítimo
servidor de Honduras; respetuoso de sus compañeros legisladores y heraldo de
las grandezas del país. Deben elegir a una persona emocionalmente equilibrada,
sensible de las necesidades populares que acepta que, sin un Congreso
democrático, nunca podremos salir de la crisis que reclaman en primer lugar la
consolidación de las instituciones republicanas. Sin estas no hay desarrollo ni
bienestar.
Pero no todos los problemas se resuelven con el
cambio de Presidente del Congreso. A Redondo lo castigaron los votantes de
Cortés. Es una lección para los autócratas futuros. Por ello, es necesario
reformar el Reglamento Interno, poniéndolo a la altura de las modernidades
democráticas, de forma que si por desgracia, llegamos a caer en manos de otro
autócrata, no pueda lograr sus fines; ni provocar los daños que Redondo nos ha
inferido a los ciudadanos.
Urge una “Comisión de Ética” que no dependa del
titular del Congreso, sino que opere independientemente, sometiendo a la
disciplina y al castigo al legislador que se aleje del desempeño correcto de
sus funciones. Si la Comisión de Ética hubiera funcionado, Redondo no habría
hecho tanto daño a Honduras.
Además, hay que legalizar el papel de los
suplentes. Aunque lo ideal es su eliminación, -- por mientras ello ocurre --,
es necesario volver a la práctica del pasado en que un suplente sólo asiste al
Congreso a falta del propietario correspondiente; y después de ser incorporado
en legal forma. En la legislatura de Pineda Ponce, se inició un proceso
irregular: suplentes elevados a propietarios, aumentaron la cuota de diputados
para los partidos minoritarios. Esta práctica irregular atenta contra de la soberanía
popular porque la Constitución dice que la legislatura está integrada por 128
diputados; y no como ocurre ahora que son 266. Con el agravante que se ha
vuelto normal, que el suplente reciba salario sin justificación porque no
desempeña ninguna tarea, y porque además vuela como zopilote esperando la
oportunidad en que el legislador se levanta; y va al baño para ocupar
vulgarmente la curul que no le corresponde.
Los diputados deben trabajar ganando su
estipendio. En el pasado recibía dietas por sesiones. Ahora, hay privilegiados
que no asisten; pero reciben un salario que es un atraco en contra de los
hondureños. Estas prácticas delincuenciales deben desaparecer. Entrega de
vehículos y “regalos” y “peajes” para apoyar proyectos, son escandalosos.
Hay que rechazar la práctica que los diputados
reciban fondos para hacer proyectos. Son legisladores, no ejecutores de
proyectos; o repartidores de dinero. Los casos de Isis Cuellar en Copán,
Shirley Arriaga en Cortés y Felipe Ponce en Yoro, no deben repetirse. El que
buscar una diputación se haya convertido en un vulgar negocio, donde algunos
reciben pagos después de concluir su periodo, es una práctica que debe
eliminarse
Ningún diputado debe vivir mejor que el hondureño más honrado que lleva a su casa, lo que obtiene con el fruto de su trabajo, dedicación y experiencia. Sino corregirnos estas prácticas viciosas, -- enfermedades propias del sistema --, la figura del legislador y la imagen del Congreso como expresión de representatividad de la voluntad popular, desaparecerán por completo.

Muy buen comentario atinado al suceso legislativo, sobre todo revisar y corregir ese reglamento interno
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