Cosas del español (70): TE QUIERO, MAMA
Algunas palabras o expresiones propias del
habla popular o rural, hoy desprestigiadas, están sustentadas en razones
etimológicas o históricas.
Ya se ha dicho con anterioridad que la forma murciégalo,
considerada vulgar en la actualidad, es en realidad la más fiel al étimo
latino, y que almóndiga, aunque no es la variante etimológica
(procede del árabe andalusí albúnduqa), tuvo uso suficiente en la
lengua culta. Nadie duda hoy de que la primera persona del plural del presente
de indicativo del verbo haber es hemos y no la
regular habemos, que se considera un vulgarismo cuando funciona
como auxiliar: Nos habemos equivocado. Con valor semejante a
´somos o estamos´ es bastante habitual en la lengua popular de algunos países
americanos: Habemos cinco. En realidad, este uso concordado de haber
fue común en el español antiguo, como también la forma habemos,
que nos queda como resto en la locución habérselas: No
sabes con quién nos las habemos. Un camino semejante siguieron las
formas del presente del subjuntivo haiga y haigas.
No como vulgares, pero si como populares, se
perciben también los hipocorísticos papa (´padre´) y mama
(´madre´), pronunciados como voces llanas. Pero, aunque ahora la pronunciación
aguda sea general en el uso culto de España y América, estas voces derivan de
las formas latinas papa ([pápa]) y mamma ([máma]),
y se emplearon en español hasta el siglo XVIII. Las variantes actuales se deben
al influjo del francés, por entonces la lengua de prestigio.
La acentuación antietimológica ha triunfado en
numerosas palabras, también entre los cultismos. Un término como toballa
tiene origen germánico (de un hipotético thwahljô), que vaciló
durante largo tiempo hasta acomodarse en su forma actual (toalla
procede de la voz intermedia tobaja, que todavía puede escucharse
en Andalucía). Toballa, que se percibe hoy como vulgar, tuvo uso
abundante entre los siglos XV y XVIII -la usó el propio Quevedo-. Se registra
ya en el primer diccionario académico y no fue considerada voz anticuada hasta
la edición de 2014.
En la actualidad, también se consideran
vulgarismos o formas rurales ansí y asín (tal como asina
y ansina), que funcionaron como variantes morfológicas de así
desde antiguo. La forma que tuvo más prestigio fue ansí,
utilizada copiosamente en época medieval y clásica. Sin embargo, en el siglo
XVIII, cuando se publica el primer diccionario académico, se califica como «voz
antigua, y de poco uso en lo moderno». En la segunda edición de este
diccionario se apostilla que «tiene algún uso entre la gente rústica». La forma
asín, menos extendida, triunfó en Aragón y en el área oriental de
la península ibérica. Del crédito de ambas variantes -en particular de la
primera- dejan constancia los principales escritores castellanos de la época:
Berceo, el Arcipreste de Hita, Lope de Vega, Quevedo o Cervantes. En la lengua,
muchos de los usos populares tienen asiento histórico. Ahí están para
atestiguarlo voces como melecina, dotor, dotrina, norabuena o eruto.

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