Cosas del español (72): JUVENTUD, DIVINO TESORO
Con frecuencia, la pertenencia a un grupo queda
reforzada por el empleo de un léxico particular, con vocación más o menos
críptica, que contribuye a marcar la diferencia de un colectivo frente a otros
y afianza la unidad entre sus integrantes. Es lo que ocurre con el lenguaje de
adolescentes y jóvenes, que reutiliza vocablos y giros y que presenta novedades
con características propias, entre las que cabría citar la influencia del
inglés y de la comunicación digital.
El primero de estos rasgos ha dado en España
expresiones como estar living (´estar genial´), estar
chillin (´estar tranquilo´) o, en sentido contrario, ir a full.
Crush alude al flechazo o a un amor platónico, y shipear
es juntar a quienes hacen buena pareja. Random (que también se
usa con el significado de ´normal, que no destaca´) califica lo inesperado y,
en buena medida, extraño: cuando alguien acude a una fiesta a la que no ha sido
invitado se dice que se acopla. Hacer un next
equivale a ´ignorar a alguien´. Sentir cringe (´encogerse´) se
emplea en situaciones que generan vergüenza ajena.
El registro idiomático de los jóvenes tiene una
importante deuda con las redes sociales. El acrónimo LOL (del
inglés lots of laughs [´montones de risas´] o laugh out
loud [´reír en voz alta, a carcajadas´]) se emplea en mensajes de
texto, de donde habría pasado al habla coloquial para indicar que algo es muy
gracioso o causa gran sorpresa. Caso similar es el de RT, de retuit,
que se expresa oralmente [erreté] para corroborar o suscribir una opinión, y
alterna con voces como literal o cien por cien,
también muy utilizadas, o con ¡de una! (sustituto de ¡claro
que sí!).
Otros vocablos que parecen haber superado la
barrera del tiempo son mogollón, debuti (variante
de de buten), guay, movida o los
vocativos tronco y tío, con sus respectivos
femeninos. A ellos se han unido las más actuales brother - o su
acortamiento bro – y, en castellano, hermano. Parte
de este léxico intergeneracional lo constituyen verbos como flipar
o petarlo (´triunfar, hacerlo muy bien´, aunque petado
significa “lleno”). También rollo, que, sin embargo, asume
significados nuevos: ¿Cenamos algo rápido, rollo [´como, del tipo
de´] pizza o hamburguesa? Hace poco, las cosas molaban mazo,
ahora siguen molando, pero el término mazo (´muy´ o
´mucho´) ha adquirido vida propia: Hay mazo que estudiar. Puede
usarse alternativamente to (to buena), apócope que,
como sucede con pa (está pa chóped), se emplea con
independencia del nivel sociocultural. También ha resistido chungo,
aunque a veces cambie su condición de adjetivo por la de sustantivo. Cuando a
alguien le da un chungo es que algo le sienta mal. Determinado
tipo de chungo, asociado a sustancias estimulantes y que a veces
hace potar o echar la raba, es el amarillo.
Algunas de las expresiones habituales entre
adolescentes y jóvenes proceden del mundo del cine (vivir en Mordor
[´vivir muy lejos´], alusión a la saga de El señor de los anillos)
o del lenguaje musical, donde hay que mencionar el reguetón, género con
especial influencia en el habla juvenil hispanoamericana: papichulo,
perrear, gozadera, janguear (de hang out, ´salir con los
amigos´) o su derivado jangueíto. Vocablo relacionado con el trap
es racheta (del inglés ratchet, término en origen
despectivo para referirse a las chicas de barrio, que hoy define el estilo de
las seguidoras de esta modalidad musical).
En el ámbito de las relaciones, se tiran
fichas para seducir, y se tilda de boquerones a los que no
se comen o jalan una rosca. Cuando algo gusta o merece la
pena, cunde, renta o safa y, en sentido contrario,
se suda de algo o de alguien que no interesa. Otros usos y
expresiones son hacer bomba de humo (´abandonar un lugar´), motivado,
malrro (de mal rollo) o pro. Como ejemplo
de la parquedad de algunos jóvenes hablantes, consignaremos dos respuestas que
parecen tener como objeto poner fin a una conversación: ni tan mal
o sin más.
Fuente:
Nunca lo hubiera dicho, Taurus, Madrid, Real Academia Española, Asociación de
Academias de la Lengua Española, págs. 181, 182 y 183.

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