Los nuestros: OSCAR FLORES, POLÍTICO Y POLEMISTA
Juan Ramón Martínez
Oscar Flores, era un hombre alto, hombros
anchos –fornido daríamos ahora– de color cetrino, muy obscuro; y con una cara
seria que disimulaba al bromista siempre dispuesto a retar a sus adversarios,
políticos y literarios. Igual que otros intelectuales estudió Derecho en la
Universidad Central. Era político, literato y periodista. Formó parte de la
generación del 35. Fue el que, además, incursionó en la política. Fue ministro
de Trabajo y Previsión Social con Villeda Morales, precandidato presidencial por
el PL y magistrado Presidente de la Corte Suprema de Justicia con Osvaldo López
Arellano. Fue director de “El Pueblo” –órgano del Partido Liberal–, “La
Prensa” y director fundador de “La Tribuna”. Como literato le dieron
merecidamente el Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa, en dos
oportunidades. Fue uno de los mejores cuentistas del país.
Trabe relación con él después de 1977, año en
que fundara “La Tribuna”. Antes desde El Pueblo, libró una batalla frontal y
ejemplar contra la dictadura de Julio Lozano Díaz, en un clima de tal
brusquedad que un día, don Julio ordenó su captura junto a Villeda Morales y
Paco Milla Bermúdez; y los expulsó a Guatemala primero y después hacia Costa
Rica, en donde les dieron asilo. De allí regresó, para participar como diputado
en la Asamblea Constituyente de 1957 y en la que se redactó la más moderna
constitución política del país, heredera de la liberal de 1894; y muy influida
por la revolucionaria guatemalteca de 1945. Como Ministro de Trabajo le tocó
aplicar el Código de Trabajo y manejar muchas crisis laborales especialmente en
la Costa Norte. Amaya Amador en “Destacamento Rojo” lo maltrata, por sus
esfuerzos de forjar una cultura de entendimiento entre las fuerzas del trabajo
y del capital, en forma por lo demás injusta y cargada de malas intenciones.
Participó en la sucesión de Villeda Morales e
intentó, con poca fortuna, obtener la candidatura presidencial para las
elecciones de 1963, en las que Rodas Alvarado se impuso en forma mayoritaria en
la convención de abril de 1963. En 1978 Ricardo Zúñiga le propuso ser diputado
por el PN; y declinó diciendo “ya estoy muy viejo, hablen con Carlos”. Los
liberales se enteraron; y se acercaron y le propusieron la candidatura a
diputado al hijo mayor de Oscar Flores. La séptima posición que era difícil
ganar en Francisco Morazán; pero que este aceptó; y ganó, contra todos los
pronósticos.
Fundada “La Tribuna” para 1977 y después de
haberme iniciado como columnista, una tarde lo conocí. Cuando nos dimos la mano
me dijo “Usted será un gran escritor; pero no se confié de estos; —señalando
a Adán Elvir Flores, Juan Sierra y Carlos Flores— no les entregue sus
colaboraciones. Démelas a mí. Yo no las pierdo”.
Un día me citó en su oficina. Entramos juntos.
Encendió la luz, se quitó el saco; y de la cintura se despojó de una pistola
amenazante que puso sobre el escritorio, entre los dos. “Quiero que escriba
editoriales”, me dijo. La propuesta me supo a gloria. “Pero no crea que soy
pendejo, usted quiere destruir al Partido Liberal, que es mi partido”. Me dio
algunas explicaciones y nos despedimos. No me sentí bien como editorialista.
Además, no estaba preparado para esa tarea. Creo que escribí tres o cuatro, de
temas culturales para no provocar la molestia de don Oscar.
Cuando visitó Tegucigalpa Arturo Villar,
fundador de ALA —Agencia Latinoamericana— don Oscar lo invitó al
“Fogón” a almorzar. Me pidió que lo acompañara y fuimos con su hijo Carlos.
Villar y Oscar Flores, simpatizaron. Al cubano le recordó algunas caricaturas,
me refirió después, porque siempre conversaba con un cigarrillo en un largo
pitillo que muy pocas personas usaban. En un momento Oscar Flores, quiso
definir la orientación de “La Tribuna” y explicar el significado de “una
voluntad al servicio la patria”. Entonces le dijo a Villar que en “mi
periódico, escriben nacionalistas, liberales y hasta comunistas como Juan
Ramón”. Aunque nos reímos, no me gustó la mención. Pero lo asimilé. Al
despedirse Villar lo invitó a Miami y Oscar Flores, le dijo, le agradezco;
“pero no viajo, no me quiero morir de un ataque cardíaco en un hotel donde la
gente no hallara qué hacer con mi cadáver”.
Murió un 31 de diciembre de 1980. Era para
entonces, un hombre joven. Había nacido el 4 de julio de 1912, en el hogar de
Carlos Flores y Celsa Midence. Tenía 68 años. Siempre anticipo, sin miedo; y
más bien haciendo bromas el ataque cardiaco que lo fulminó. Tuvo un gran
sentido del humor y un elevado nivel de tolerancia para la crítica. Una vez que
mi hermano José Dagoberto, junto a otros maestros, se tomaron “La Tribuna”, le
encantó conversar con los que alguna vez creyeron que el acto le quitaría su forma
peculiar de juzgar la vida y recordar que siempre, había sido un cuestionador
que proponía cosas nuevas. En otra oportunidad que se envolvió en una polémica
con Ventura Ramos en la que se trataban de negro uno al otro –con muchos
méritos ambos– y citaban a “Mama Inés” repetidamente, le dije que
La Tribuna daba mala impresión. Muy serio me dijo es “que Ventura no tiene
sentido del humor y por todo se enoja. Igual que Gautama Fonseca”.
Mucho del oficio periodístico, la tolerancia
liberal y el estilo, lo aprendí a su lado. Animaba y celebraba con gran
naturalidad las pequeñas victorias de los jóvenes. Toleraba las ideas ajenas y
le gustaba discutir, provocando reflexiones interesantes. Periodísticamente me
siento el último de sus discípulos. Como político, no me pareció un modelo para
las generaciones a las que pertenecía. Pero, sobre todo, era un gran ser humano
al que debo muchos agradecimientos por lo que he llegado a ser. Especialmente
por su lealtad y respeto incomparable con mis ideas.
Tegucigalpa, 28 de diciembre de 2025.

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