Los nuestros: RAMON VILLEDA MORALES, POLÍTICO Y ESTADISTA

Juan Ramón Martínez 

Lo conocí en 1954, en la cresta de una multitud en el Parque Central de Olanchito. Estudiaba el sexto grado en la Escuela “Modesto Chacón”, ubicada al lado norte del parque en cuyo centro está la glorieta pensada para los oradores. Los profesores nos dieron permiso a los mayores para que oyéramos los discursos y viéramos a las multitudes venidas en tren desde los campos bananeros del sector. El parque era un mar de banderas rojas y blancas. Entonces la ciudad era liberal; y los nacionalistas, unos pocos que se consolaban entre sí mientras los jóvenes de secundaria experimentaban la adultez del discurso, ensayaban metáforas; y lanzaban anatemas contra la dictadura

Villeda Morales era un gran orador. De guayabera blanca, el bigote bien cuidado y los anteojos de aro negro caídos sobre una nariz destacada, la voz suave, llena de expresiones de difícil comprensión para el niño que era yo; pero que tenían una belleza que no había que comprender para gozar la belleza de la palabra eufónica y certera. Terminó su discurso con un vibrante: “Liberales, ni un paso atrás, siempre adelante”.

En 1960, siendo Presidente de la República, nos recibió en el Salón Azul de la Casa Presidencial. Éramos un grupo de jóvenes llegados a Tegucigalpa, para participar en un Concurso de Oratoria celebrado en la Escuela Superior del Profesorado Francisco Morazán. Uno de los jurados —Rodolfo Rosales Abella— le sugirió a Villeda Morales que yo hablara. Improvise un discurso. No me inhibí sabiendo que hablaba ante el mejor orador político de Honduras. Villeda Morales me celebró, aplaudió con entusiasmó especialmente las citas en que involucraba a sus amigos de Olanchito. Estaba contento y nosotros también. Nos invitó a su oficina y allí nos entregó El Pensamiento Económico de Valle, editado por el Banco Central. Cuando me entregó mi ejemplar firmado, le pedí que me lo dedicara, “porque en Olanchito nadie creerá que me lo ha regalado el Presidente de la República”. Se sonrió y escribió: “a Juan Ramón Martínez, cordialmente Ramón Villeda Morales”. Del grupo estudiantil solo sobrevivimos Salatiel Meraz, abogado residente de San Pedro Sula y yo.

Cuando vine a estudiar en 1963 a Tegucigalpa, el libro dedicado y otros más, quedaron en el pequeño cuarto de la casa del abuelo Victoriano Bardales. Armando García, me contó hace unos meses en SPS, que él y otros más, habían dispuesto de los libros. Nos reímos con enorme fraternidad. No sabemos quien se quedó con el ejemplar firmado.

En 1970, visite a Villeda Morales en San Antonio, en la subida al Picacho. Me recibió vestido de blanco junto a doña Alejandrina, su esposa. Llevaba la misión que nos donará cien lempiras, para el sostenimiento de la Radio Católica. Platicamos más de tres horas. El habló más que yo, aunque hice la fuerza para no rendirme ante sus encantos retóricas. Cuando le réferi lo que hacíamos en Cáritas, se detuvo en el programa “Vaso de Leche”, en que las madres preparaban raciones de leche y trigo para los niños en las aldeas más pobres del país, recordó que su primer artículo escrito era sobre la leche materna, que “está disponible cuando el niño la quiere, en la temperatura adecuada; y contenida en los cuencos más bellos de una mujer amorosa”, remato. Quise aplaudirlo; pero el brillo emocionado de sus ojos, me hicieron darle unas palmadas al expresidente liberal. Ante ocho tazas vacías del café consumido, me entregó un cheque por sesenta lempiras. No me importó no haber logrado la meta. Sabía que había ganado más en la conversación con un hombre singular que sin duda, ha sido el mejor presidente de la República de los siglos XX y XXI.

Había nacido en Ocotepeque, el 26 de noviembre de 1909. Estudió medicina en Guatemala y Honduras. Se especializó en pediatría en Alemania. Murió en Nueva York, mientras se desempeñaba como embajador en las Naciones Unidas, el 8 de octubre de 1971. Era todavía un hombre joven, derrotado por un ataque cardíaco que lo sorprendió en un hotel de la babel de hierro.

Contrajo matrimonio con Alejandrina Bermúdez Meza con la cual procreo a Ramón, Rubén, Mauricio, Alejandro, Leonardo y Juan Carlos.

Su entierro en Tegucigalpa, fue una de las manifestaciones de masas más extraordinarias jamás vista. Allí, en Jardines de Paz Suyapa, ante su féretro Modesto Rodas Alvarado pronunció el mejor discurso fúnebre que he escuchado. Un gran orador, despedía a otro gran orador. Esa tarde, Tegucigalpa, se transformó en la ciudad de la palabra y Honduras, en la sociedad democrática amenazada. Osvaldo López Arellano cargaba la espada criminal para herir el corazón del país, un año después. Villeda Morales, ya no estaría para rechazar al criminal reincidente.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Contracorriente: EJERCICIO DE FRAUDE GENERAL

WikiLeaks: Las Reflexiones Completas del Embajador Ford sobre “Mel” Zelaya.

Contracorriente: LOS “HIJOS” DE MEL, ¡ENSILLAN SUS CABALLOS!