Mirador: LEÓN XIV EN TURQUÍA
Juan Ramón Martínez
El papa León XIV y el patriarca ecuménico Bartolomé I, en la iglesia patriarcal de San Jorge, Estambul, Turquía.
El Santo Padre ha hecho su primer viaje a un
lugar muy importante en la historia del cristianismo. En la primavera del año
325, más de 300 Obispos cristianos, la mayor parte de la región oriental del
imperio romano, se reunieron en Nicea, Constantinopla para fortalecer la
unidad. Y hacerle frente al arrianismo que, desde Alejandría, planteaba dudas
con respecto a la unidad de Dios, las relaciones con el hijo y la naturaleza de
Jesús. La prédica de Arrió, que teológicamente era un asunto de clérigos y de
unos pocos intelectuales, afectaba la unidad de la Iglesia de Cristo que hacía
unos pocos años, había dejado de ser perseguida; y para entonces además de
permitida, el imperio la necesitaba para garantizar su estabilidad. No solo
para asegurar la unidad, sino que, además, la Iglesia tenía la mejor
organización y los obispos, sacerdotes y diáconos cumplían importantes tareas
por el imperio dirigido por Constantino.
Constantino, convocó el primer concilio de la
iglesia que desde unos pocos fieles en el año Primero DC, se había convertido
en la más organizada y con mayor crecimiento. En menos de dos siglos y medio
era el 20% de la población. Las discusiones fueron delicadas y profundas.
Frente a la tesis de Arrió, la mayoría de los teólogos y los Obispos,
defendieron la unidad de Dios con el hijo y el Espíritu Santo. Frente a la
tesis arriana – que comprometía el concepto paulino de la salvación en Cristo –
opusieron que Cristo era Dios, que no había sido creado; y que junto con el
padre y el espíritu santo, “compartían una misma adoración y gloria”. Al final,
gracias al rigor de Atanasio – un diácono inteligente y hábil – y
otros obispos, no solo se mantuvo la idea de la santísima trinidad, sino que se
redactó una declaración en la que se definió la fe de los cristianos de forma
que se garantizó unidad, en cualquiera parte del mundo, preservando la práctica
de la liturgia, consolidándose la misa como un sacramento. El Credo, lo más
importante en términos prácticos, define y encierra, en forma precisa y exacta
el sistema de creencias, las obligaciones de los fieles; y la enseñanza de
clérigos y sacerdotes.
1.700 años después, han pasado muchas cosas. La
Iglesia de Cristo se dividió entre Oriente y Occidente. Y esta, enfrentó las
crisis de las revueltas en contra de los obispos – los cátaros, los valdenses y
otros – y con Lutero, se inició la reforma que dividió en forma dolorosa a los
cristianos que se negaban – y se niegan a aceptar, cosa que no hacen los
orientales – la primacía de Roma y de su obispo, reconocido como sucesor de
Pedro, sobre la cual Cristo, construyó su iglesia. Nuestra Iglesia.
Muchas dudan del origen y necesidad de Dios.
Estudios neurológicos, confirman que en el cerebro hay un espacio que necesita
al Creador. Confirmándose que la búsqueda de Dios en el desierto y la soledad,
tiene sentido. Y que al final, lo hemos ido descubriendo y aceptando en la
medida en que nuestras capacidades humanas lo han permitido.
La “crisis” de Europa no es política, sino que
cultural. Fruto de su alejamiento de Dios. Es trágico y peligroso para su
existencia. Pero con todo en América y en el Oriente, la Iglesia de Cristo
sigue como desde el principio en constante crecimiento, experimentando, además
una fuerza hacia la unidad – especialmente entre Roma y Oriente – que no deja
de ser esperanzadora. Ver al papa León XIV con Bartolomé I, recitando el Credo
– con una levísima variación – dá confianza que pese a todo, no estamos solos.
¡Dios nos acompaña siempre!
La Prensa San Pedro Sula, 11 de diciembre de
2025

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