BRUNO FALCK EN HONDURAS 1/2
Melba Falck Reyes (*)
Bruno
Falck
Hijo y nieto de comerciantes, Bruno se
convertiría en uno más del clan. Su espíritu inquieto lo llevaría a dejar la
carrera de ingeniería civil truncada, para adentrarse en el mundo de los
negocios en ultramar. Como representante de varias casas alemanas, y de acuerdo
a las remembranzas de sus hijos, Bruno recorrió América casi en su totalidad.
Fue el 19 de enero de 1907, a la edad de 22
años, cuando Bruno se embarcó en el puerto alemán de Hamburgo, rumbo a la
Habana para cumplir su sueño anhelado. Realizó la travesía en el buque
Allemannia de la Hamburg-Amerika-Line y haría escala en los puertos de Havre
(Francia), Southampton (Inglaterra), Santander y Coruña (España) y finalmente
Veracruz (México). Después de este largo periplo llegaría a la Habana. En el
manifiesto del barco se registró como comerciante y soltero. Bruno, se mantuvo
en contacto con la familia, realizando nuevamente la travesía transatlántica a
fines de 1907 para pasar la navidad en Alemania. Después de una breve estancia,
regresaría a la Habana, haciendo escala en Ellis Island de Nueva York, el 30 de
enero de 1908. Tres años más tarde retornó a Alemania, ante la noticia del
fallecimiento de su padre Emil, en Suedende.
En 1912, se sabe por Oskar Falck, que Bruno
continuaba residiendo en Cuba. Así, a inicios de la segunda década del siglo
XX, Bruno había acumulado cinco años como vecino de la Habana en la calle de
Las Ánimas No. 92, que corre paralela a la del Malecón. Seguramente Bruno
recorrió ese paseo frente al mar recordando a su amada Alemania y al mismo
tiempo, satisfecho de que, a los veintisiete años, su sueño de convertirse en
comerciante era una realidad.
Con la experiencia acumulada en Cuba, Bruno
buscó otras opciones en Centro América. Primero lo hizo en Costa Rica para
luego, en 1914, dirigirse a Honduras. Este país, al que llegaría a conocer como
la palma de su mano, se convertiría en su segundo hogar. A su arribo,
estableció sus reales en el puerto de La Ceiba en la Costa Atlántica, una
región que iniciaba su progreso con la llegada, desde Estados Unidos, de las
compañías bananeras que, atraídas por las riquezas del suelo hondureño para la
producción de esa fruta, monopolizaron la producción y la exportación del
banano. Las concesiones del gobierno de Honduras a las compañías para la
construcción del ferrocarril en esa zona, impulsaron el desarrollo de varios
puertos vinculados al comercio exterior: La Ceiba, Tela, Puerto Cortés,
Trujillo, Puerto Castilla y Roatán destacaron en la Costa Atlántica. Las
exportaciones de bananos, se complementaban con las de madera, las de cocos y
también las de minerales. Con la afluencia de mano de obra del sur de Honduras,
atraída a trabajar en las plantaciones, la creciente población generó nuevas
demandas.
Y Bruno, al igual que otros alemanes,
aprovecharía este auge del mercado interno. Por el escrupuloso registro
fotográfico que Bruno compiló de sus viajes, retratando los paisajes marinos y
las principales calles y edificios de los lugares de su interés comercial, se
sabe que en la costa norte hondureña visitaba los puertos de Trujillo y Puerto
Castilla, así como las Islas de la Bahía, llegando en sus travesías hasta
Bragmann Bluff, sede del importante aserradero del mismo nombre en la costa
nicaragüense. Su medio de transporte fueron los vapores de La Gran Flota Blanca
de la United Fruit Company and Steamship Company, tales como el San Bruno y el
Waunta, de los cuales dejó testimonios fotográficos.
En sus recorridos, Bruno fue desplazándose
hacia el interior y sur del país, siguiendo la estrategia alemana de hacer
negocios. Como señala Mario Argueta (1992) en su libro sobre Los alemanes en
Honduras, los alemanes habían llegado a Honduras desde fines del siglo XIX y
establecieron sus negocios principalmente en el sur de Honduras. Allí tuvieron
el monopolio del comercio, exportaciones e importaciones, representando a casas
comerciales tanto alemanas como estadounidenses. Las principales casas comerciales,
tenían su matriz tanto en Tegucigalpa como en el puerto de Amapala, en el
Pacífico, además de regentear múltiples sucursales distribuidas en el resto del
país. La casa Rössner y Cía. y la casa de Teodoro Kohncke y Cía. destacaron por
su auge económico. En el año de 1917, Argueta proporciona una lista de 26
comerciantes alemanes operando en el país en diversos negocios en calidad de
exportadores e importadores, así como en las ramas farmacéutica, cervecera,
calzado, librerías, mercadería en general y como gerentes de bancos, entre
otros servicios. Su estrategia de ventas, se basaba en el conocimiento de la
demanda local a través de representantes comerciales, que como en el caso de
Bruno, recorrían el país para conocer los gustos y preferencias de los hondureños
y de esa manera satisfacer la demanda al detalle.
Así, ya para fines de la segunda década del
siglo XX, Bruno se había establecido en Tegucigalpa. Debió haber enfrentado
muchos retos en ese periodo, incluidos los que representó el medio más hostil
para hacer negocios, inducido por las demandas del gobierno de Estados Unidos
al gobierno de Honduras, durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), para
frenar la expansión de los boyantes negocios de las casas alemanas sobre todo
en el sur de Honduras. A esto debe añadirse el difícil ambiente de negocios durante
las revueltas internas, como la guerra civil de 1919. No obstante, una vez
concluida la Primera Guerra, los empresarios alemanes continuaron ejerciendo
una importante influencia en el sur de Honduras, llegando a controlar no sólo
el comercio del café que se exportaba a New York, Londres y Hamburgo, sino
algunos de los cafetales. En esa época el café representaba el cuarto lugar
entre las exportaciones más importantes, le antecedían el banano, la plata y el
oro.
En ese entorno, Bruno continuaba con sus
actividades comerciales viajando por el país. El transporte por las tierras
hondureñas era una tarea que requería de voluntad y mucho empuje, ya que la
topografía eminentemente montañosa del país, indujo la regionalización del
territorio, con diferencias marcadas en los medios de transporte empleados en
cada región. En el norte, como ya se señaló, los principales puertos estaban
comunicados por el ferrocarril, centrados en transporte de carga más que de
pasajeros y por la red de vapores de las compañías bananeras. Desde
Tegucigalpa, el viajero podía trasladarse al sur por carretera de terracería
hasta el Puerto de San Lorenzo en el Pacífico. Y a partir de allí, utilizando
los lanchones de las empresas alemanas, podría arribar al Puerto de Amapala.
Hacia el norte, otra carretera de terracería trasladaba al viajero al Lago de
Yojoa, que podía cruzar en ferry-boat y continuar en coche al norte, hasta el
pueblo de Potrerillos, de allí tomar el tren hasta Puerto Cortés en el
Atlántico. Una travesía de 322 km en dos días en total. El servicio de
transporte era ofrecido por varias compañías utilizando: coches, ómnibus y
camiones. Por otra parte, en la región occidental del país, en la que se ubica
Copán, el transporte entre el departamento y el resto del país se realizaba,
todavía en 1930, a lomo de mula. Así fue como Bruno llegó a Copán, la tierra
natal de María Carlota.
(*)
Fuente: Melba Falck Reyes, “Una Contreras no se rinde”: La Historia de María
Carlota Contreras de Falck, Guadalajara, Jalisco, México, 2025.

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