BRUNO FALCK EN HONDURAS 2/2
Melba Falck Reyes (*)
María Carlota y Bruno en el año de 1924.
El encuentro de Bruno y María Carlota.
En sus andanzas de comerciante, Bruno se encaminó, con su recua de mulas cargadas de mercancía, a Santa Rosa de Copán, la capital del Departamento de Copán. Así fue como la tarde lo sorprendió en el poblado de San Jerónimo y de noche no era recomendable transitar por esos caminos de herradura. Así que decidió pernoctar allí. Al cabo, ya conocía a Don Nacho, quien como arriero que era, prestaba el servicio del resguardo de los animales de carga y también daba posada a los arrieros.
Así, Bruno le preguntó a Don Nacho por un lugar en el que pudiera alojarse y este, sin pensarlo mucho, le dijo: la profesora María Carlota tiene un cuarto disponible en su casa, pues seguido la visitan las tías y primas de Santa Rosa. Vamos, yo le acompaño Don Bruno, para presentarlo con Doña Carlota. Al cabo yo le conozco a usted desde hace varios años.
Así, Bruno y Don Nacho se dirigieron a la casa de la profesora María Carlota. En el camino Don Nacho le brindó pormenores sobre la querida profesora de San Jerónimo: aquí le tenemos mucho aprecio a la profesora María Carlota. Ella es una excelente maestra y esta enseñando a leer, a escribir y los números a nuestros niños para que salgan adelante en la vida. Ella es muy dedicada y ayuda con cariño a los que van mas atrasados. A los padres nos convoca para informarnos de sus avances y para recalcarnos la importancia de la educación. Nos dice: sus niños y niñas, todos deben venir a la escuela, es la única manera de salir de la pobreza. Y por su generosidad y entrega, en el pueblo la queremos mucho y le regalamos gallinas, queso, leche, café, en fin, lo poco que tenemos lo compartimos con ella. Y con su pequeño ingreso y ahorrando, se compró está casita. Aquí don Bruno, aquí es.
Tocaron a la puerta. María Carlota se disponía a cenar. Quién será se preguntó. Seguro alguno de los niños se enfermó y no puede ir mañana a la escuela y sus papas me vienen a avisar. No quieren que piensen que faltan sin razón, ya saben que me enojo. Y se dirigió a la puerta de su humilde casa y allí, frente a ella le asombró ese hombre alto, de botas y pañuelo al cuello, que seguro era forastero, pues ella ya conocía a todos en el pueblo. Al ver que Don Nacho acompañaba a aquel forastero, le dio confianza. Y éste, pa´ pronto es tarde, le dijo: profesora María Carlota, buenas tardes, perdón por interrumpirla. Le presento a Don Bruno, recorre Honduras como comerciante que es, esta tarde tuvo que quedarse en San Jerónimo, pues ya se hace noche para seguir el camino. Me preguntó dónde podría hospedarse y le he sugerido que aquí usted a veces recibe a sus familiares y podría tener espacio. Allá conmigo se quedarán los acompañantes de Don Bruno y las mulitas.
Bruno Falck, profesora; soy comerciante como ya mencionó Don Nacho y pues no tengo a donde pernoctar hoy, ¿Me podría Usted brindar alojamiento por esta noche?, saldría muy temprano en la mañana. Y por supuesto, usted me dice, cuanto le debería.
María Carlota le dirigió una mirada penetrante y después de examinarlo, como a unos de sus alumnos, le inspiró confianza; además, Don Nacho se lo recomendaba. Muy bien le dijo, pero en la mañana yo salgo muy temprano a la escuela.
Sí, sí, está muy bien, dijo Bruno, yo también tengo que salir temprano. Le estoy muy agradecido.
Ya en el interior, María Carlota le dijo a Bruno: puede dejar su maletita allí y si le gustan los frijolitos, los huevitos, los plátanos machos fritos y el cafecito, lo invito a cenar. Estaba preparándome mi cena cuando llegó.
Bruno, para sorpresa de María Carlota, le dijo: me encanta la comida típica hondureña. Además, ya tengo varios años de vivir en su país.
¿De dónde es usted originario Don Bruno?
Llámeme Bruno por favor. Soy alemán, estuve unos años en la Habana y atraído por las noticias sobre la actividad comercial en Honduras, decidí venirme a estas tierras y ya me quedé aquí. Este es mi segundo hogar.
Ah, de Alemania. Sí, he leído que empresas alemanas se interesan por nuestro pobre país. Y usted decidió venirse desde un país en progreso a estos lares. ¿Por qué?
Quería buscar otros horizontes y América me pareció un lugar atractivo para alcanzar mis sueños.
Habla usted muy bien el español, le dijo Carlota.
Sí, lo estudié en Alemania, además del inglés, el francés y un poco de latín. Y usted, le dijo Bruno, porqué vive en ese pequeño poblado.
Bueno, le respondió Carlota, al igual que Usted, yo también tengo mis sueños: ayudar a mi gente a progresar con educación. Por eso estudié para maestra en El Salvador y cuando regresé a Santa Rosa, se presentó esta oportunidad de trabajo. Así que aquí estoy, ayudando a sacar adelante a estos niños. Solo la educación podrá hacerlos salir de la pobreza actual.
Y así Bruno quedó fascinado con esta mujer, que en un pequeño pueblo realizaba su sueño como maestra y que, además, para los tiempos que corrían, y más aun en las zonas rurales, no era frecuente encontrarse una mujer preparada, con educación, inteligente y generosa. ¡Qué mujer!
A la mañana siguiente. Bruno y Carlota se despidieron. Él le pidió si podía visitarla otra vez. Carlota, que también se había impresionado con este alemán, tan adaptado a las costumbres y tradiciones de Honduras y, además, un hombre que luchaba por sus sueños, le contestó afirmativamente. A partir de entonces Bruno la visitaría cada ves que sus actividades se lo permitían y en unos meses más le propuso matrimonio.
Así, de esta “manera tan simple” se conocieron Bruno y Carlota. Y sobre ese encuentro, a los años, María Carlota, escribiría un poema, “Relicario del Recuerdo”, que refleja la impresión mutua que experimentaron ese día en la tardecita.
Así era aquella tarde cuando nos conocimos;
Así de fresquecita, así de arrebolada;
Así la suave brisa sutil y perfumada
Y el embrujo de amor en que los dos caímos.
Fugaz minuto y leve, aquel en que nos vimos
En la tarde otoñal, tranquila y sosegada;
Reventó en nuestros predios la ilusión nacarada,
Flor de un día, en la senda, que nunca presentimos…
Más ahora que el tiempo desafió nuestra suerte
Y que vuelve otra vez la otoñal sementera
A bordar de oro y grama la desnuda pradera,
¡no sé cuanto daría por volver a quererte!...
Porque fuera la misma esa ruta encendida
Por donde aquella tarde, te llegaste a mi vida…
(*) Fuente: Melba Falk Reyes, Una Contreras no se rinde: La Historia de María Carlota Contreras de Falck, Guadalajara, Jalisco, Mexico, 2025.

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