Contracorriente: NEGOCIACIONES EN EL CONGRESO NACIONAL
Juan Ramón Martínez
Anticipamos que siendo el Congreso Nacional la
entidad más dañada durante el régimen que está por concluir, las negociaciones
para la elección de la Junta Directiva serian complicadas. Porque el Congreso
ha perdido su calidad colegial. La Junta Directiva tiene un origen ilegitimo. Y
quienes lo dirigen están fuera de lugar, sin asidero legal; y por ello, de
conductas irregulares y de poca confianza. Tal cosa no se observa en la Corte
Suprema que ha preservado su colegialidad. O el Ejecutivo, cuya verticalidad ha
mantenido y aunque ineficiente, no hay disputa porque le corresponde al Partido
Nacional, con la obligación que le impone la Constitución de integrar un
gabinete de Secretarios de Estado provenientes de los tres partidos principales
del país.
Veamos el escenario. Tenemos dos partidos
democráticos y uno de carácter privado. El Partido Nacional (49) y el
Partido Liberal (41), tienen el número de votos para integrar una Junta
Directiva que pueda producir un quiebre con respecto a la gestión de Luis
Redondo. Y además, -- lo más importante -- para darle satisfacción a
los electores (81% de los votantes) devolviéndole su carácter representativo,
su naturaleza colegiada; y su condición de entidad reguladora del Ejecutivo; e
instancia legisladora para reencaminar al país por la ruta del estado de
derecho. Una negociación diferente que no garantice seguridad para dar
satisfacción a las exigencias populares constituiría una falla política, un
menosprecio a la soberanía popular; y una pérdida de tiempo para hacer las
rectificaciones urgentes que hay que efectuar. Los daños inferidos por Redondo
y Mel tienen que corregirse; y quienes los cometieron ser inmovilizados para de
este modo asegurar que nos reencaminaremos hacia el futuro; y le daremos al
pueblo lo mejor que los políticos le pueden brindar en estos momentos de
tanta incertidumbre.
Evitar un pacto entre el PL y el PN, amparados
en antiguos resquemores y diferencias históricas, es el peor servicio que se le
pueda dar a la patria. Y crear oportunidades para que otra vez, la delincuencia
política tome fuerza e irrespete la voluntad de los hondureños que no quieren
que se destruya la nación, empobrezca a la población; y se permita que poderes
extraños intervengan en la dirección de los asuntos que son competencia
exclusiva de los hondureños.
Negociar con Mel es pactar con los delincuentes. Darle oportunidad para que salgan
impunes, transmitiendo el mensaje que se puede hacer cualquiera cosa; y, no
pagar por las consecuencias. El 2009 irrespetó la ley, desatendió las
órdenes de los jueces; y cayó en la tentación autoritaria al creer que podía
colocarse por encima de la Constitución. Como parte del chantaje en el que
Mel hizo causa común con los enemigos de Honduras, recibió una amnistía y pudo
regresar, con un partido bajo el sobaco para participar en política. Creímos
había descubierto que la política busca el bien común sin excusa alguna. Nos
equivocamos.
El electorado – confiando en Nasralla – le
permitió ejercer el gobierno por cuatro años. Confiamos que rectificaría. Y que
lo usaría para mejorar la operación de las fuerzas políticas, económicas y
sociales. Desaprovechó la oportunidad. Más bien empujó la sociedad
hacia la polarización. Afectó el prestigio internacional del país; y
amenazó la vida democrática, agrietando las bases que han hecho posible el
mínimo desarrollo logrado.
Aumentó la pobreza, incrementó la inseguridad,
disminuyó la inversión nacional y ahuyentó la inversión internacional. El
nombre de Honduras se implicó con un grupo de países autoritarios que no
ofrecen esperanzas para lograr salir del atolladero en que nos encontramos.
Infirió los más severos daños que se hayan
visto a las instituciones fundamentales para la vida democrática. Convirtió el
CN en una caricatura. La Fiscalía General en una fiera perseguidora de los
opositores. Al Jefe del Estado Mayor en un activista que puso en peligro la
existencia de las Fuerzas Armadas. Frenó la independencia de la Corte Suprema
de Justicia impidiéndole que perfeccionará el estado de derecho; y mejorará la
seguridad como garantía de la vida y la felicidad de los hondureños y de los extranjeros
que viven con nosotros.
Mel no tiene nada más que dar. Conocemos sus debilidades. En
consecuencia, es inconveniente negociar con él la dirección y manejo del
Congreso. La única negociación valedera y segura, porque cuenta con el respaldo
de la mayoría de los hondureños y es garantía de paz, mejoría de la tranquilidad,
es entre los partidos democráticos. Negociar con los delincuentes es muy
peligroso e inconveniente para Honduras. ¡Mel, nunca más!

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