Cosas del español (73): DE DONJUANES, CELESTINAS, QUIJOTES Y ROBOTS
No son pocos los personajes de la literatura universal que deambulan por las conversaciones cotidianas sin que los hablantes seamos siempre consientes de estar utilizando un léxico vinculado al mundo de las letras.
Se puede ser el lazarillo de
alguien, ir por la vida de quijote o tener para el flirteo el
desparpajo de un donjúan –sinónimo de tenorio o casanova–.
Hay quienes se comporta como una celestina enredando a unos y a
otros en materia amorosa o padece el trato de una cenicienta, o
quien vive aislado como un robinsón. Son formas de expresión con
un parentesco literario claro. Más oscura resulta la relación de la voz pánfilo
con el nombre del manipulable e ingenuo protagonista de un poema
satírico-amoroso escrito en el siglo XII en latín, Panphilus. El
nombre propio del personaje procede de la unión de dos voces griegas, pan
(´todo´) y philos (´amante´), que juntas aludirían a la
inclinación del infeliz a amar en exceso (o confiar en todos). Conocer la
filiación del adjetivo estentóreo exige cierta familiaridad con
el mundo clásico. El adjetivo califica las voces retumbantes y ruidosas, y
remite a un personaje de la Ilíada, Estentor, heraldo de los
aqueos de voz tronante.
Uso frecuente tienen: pamela, que
procede del nombre de la protagonista de Pamela o la virtud recompensada
(1740) –novela del británico Samuel Richardson–, que suele lucir un
sombrero de alas anchas, mentor, de Méntōr, el
consejero de Telémaco en la Odisea, lolita, la
adolescente seductora y provocativa que remite a la obra de Nabokov, o sífilis,
de Siphylo, en castellano Sífilo, el personaje del poema pastoril
del humanista y médico italiano Jerónimo Fracastoro «De morbo Gallico» (1530),
castigado con el mal por su impiedad. Menos usual resulta designar fígaro
al barbero, voz que tiene que ver con el representante de tal oficio que
aparece en tres comedias del dramaturgo francés del siglo XVIII, Beaumarchais,
que alcanzaron notable éxito en la ópera: El barbero de Sevilla, Las
bodas de Fígaro y La madre culpable.
Ejemplos de adjetivos derivados de personajes
literarios son: rocambolesco (de Rocambole,
protagonista de peripecias e intrigas sin cuenta en los folletines de Pierre
Alexis Ponson du Terrail a mediados del siglo XIX), pantagruélico
(del gigante Pantagruel, creación del francés Rabelais en el
siglo XVI), o panglosiano (a partir de ese optimista
recalcitrante que es Pangloss, el personaje de la novela Cándido,
de Voltaire).
Caso particular –por no ser un personaje humano– es
el de robot, vocablo checo derivado de la voz robota
(´trabajo´) que llegó desde el inglés, idioma que lo habría recogido, a su vez,
del nombre propio de un androide que aparece en la obra teatral R. U. R.
(Robots Universales Rossum), de Karel Capec, estrenada en 1921.
(Fuente:
Nunca lo hubiera dicho, Taurus, Madrid, Real Academia Española, Asociación de
Academias de la Lengua Española, págs. 184 y 185).

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