Cosas del español (76): SOBRE EL CALENDARIO
Hagamos un somero recorrido, desde la
Antigüedad clásica hasta la actualidad, por la terminología más común referida
al tiempo, empezando por su sistema de representación, el calendario.
El término tiene su origen en la voz latina calendarium, de calendae
(´calendas´), nombre que en la antigua Roma se daba al primer día de cada mes,
correspondiente a la fase de luna nueva. El calendarium era el
libro donde quedaban registrados los préstamos, que vencían en las calendas.
Entre distintos pueblos de la Antigüedad, los
días se agruparon de siete en siete, en relación con las fases lunares. En Roma
también ocurrió así, aunque tardíamente. Cada jornada se vinculaba con una
divinidad: Luna, Marte, Mercurio, Jupiter, Venus… Hasta aquí la correspondencia
con los nombres españoles es evidente. Pero ¿qué ocurrió con el sábado y el
domingo? El sábado se consagraba a Saturno, pero el término hebreo sabbāt
(de origen acadio), que evolucionó después en griego (sábbaton) y
latín (sabbătum), fue el que acabó imponiéndose. En cuanto al
domingo, deriva del latín tardío [dies] dominĭcus
(´[día] del Señor´). En un principio, era la jornada sagrada de los cristianos
y se dedicaba al Sol.
El calendario romano, en sus inicios lunar,
constaba de diez meses. El primero era Martius (´marzo´), en
honor a Marte, dios de la guerra, que señalaba la designación de cónsules y, en
consecuencia, el comienzo de las campañas militares. Seguían Aprĩlis
(´abril´), voz de origen dudoso, tal vez relacionada con el etrusco Apru,
Maius (´mayo´), nombre que se vincula sin seguridad con Maia,
deidad relacionada con la floración, Iunius (´junio´), que
recuerda a la diosa Juno, Quintĩlis (´quintil´), Sextĩlis
(´sextil´), September (´septiembre´), derivado de septem
(´siete´), por ser el séptimo mes, y, siguiendo idéntica fórmula, Octōber,
November y December (´octubre´, ´noviembre´ y
´diciembre´). No fue hasta los siglos VIII y VII antes de nuestra era cuando se
añadieron dos meses más, Ianuarius (´enero´) y Februarius
(´febrero´), en honor de dos deidades, Jano, el dios de doble rostro, símbolo
del comienzo y el fin, y Februo, al que se dedicaban los ritos de purificación.
En el 153 a. C., por motivos bélicos -precisamente las campañas de Hispania-,
fue necesario adelantar dos meses la elección consular, y Ianuarius
se convirtió en el primer mes del año. Más tarde, Iulius
(´julio´), clara alusión a Julio César, y Augustus (´agosto´), en
homenaje a Octavio Augusto, sustituyeron a Quintĩlis y Sextĩlis.
Los meses se agrupaban en estaciones. Los
romanos, como nosotros, dividían el año en cuatro épocas o temporadas: ver,
aestas, autumnus y hiems, que en romance encontraron
correspondencia en los términos verano (la actual primavera), estío,
otoño e invierno. En época bajomedieval se incorporó la voz primavera,
que hacía referencia a la ´primera primavera´ (del latín vulgar prima
vera, unión de primum [´primero´] y ver
[´primavera´]). Con esta ´entrada del verano´, tal como la define Covarrubias
(1611), las estaciones pasaron a ser cinco: primavera, verano, estío, otoño e
invierno. A partir del siglo XVII, la primavera, época de la primera floración,
desplazó al verano, que acabó solapándose con el estío, y quedó definitivamente
configurado, en denominación y número, el ciclo de las estaciones.
(Fuente:
Nunca lo hubiera dicho, Taurus, Madrid, Real Academia Española, Asociación de
Academias de la Lengua Española, págs. 190, 191 y 192).

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