LOS NUESTROS: ALEJANDRO VALLADARES BERNHARD, POETA Y PERIODISTA
Juan Ramón Martínez
Alejandro Valladares Bernhard, nació en
Tegucigalpa el 27 de febrero de 1910. Fue el hijo de mayor de Paulino
Valladares y Carlota Bernhard. Concluidos sus estudios secundarios en el
Instituto Central de Varones, viajó a Madrid en 1931, donde se matriculó en la
Complutense en la carrera de derecho. Pero según Medardo Mejía, al joven
Alejando “lo atrajeron más las musas y la bohemia madrileña que la incómoda
frialdad de los códigos y las teorías legales”. Se sintió atraído por la vida
cultural española. Escribió y publicó en Madrid un libro de poemas: “Los Cantos
de la Fragua”, en el que a modo de prólogo incluyó un poema de Francisco
Villaespesa. Regresó a Honduras en 1935. Contrajo matrimonio con Margarita
Alvarado con la que procreo a Antonio José, Paulino Rodrigo, Salvador
Alejandro. Sobrevive el primero. Salvador Alejandro, siguió los pasos de su
padre y de su abuelo. Dirigió El Cronista Dominical — en la década de los
setenta — que llevaba como portada una caricatura
de Hermes Bertrand Anduray (Mito) y la mejor sección literaria de entonces,
“Carta de Navegar por la Literatura” donde publicó a los mejores literatos
de entonces.
Alejandro Valladares en la década de los
cuarenta se matriculó en la Universidad Central de Honduras, donde concluyó la
carrera de derecho en 1950. Antes en 1944 salió junto a otros universitarios a
la calle a protestar en contra de Carias Andino. Tuvo que huir a El Salvador,
donde vivió algún tiempo. Su tesis de grado se intituló “La Propiedad
Literaria”. Se inició en el periodismo, escribiendo una columna titulada “Algo”
en el diario “El Pueblo” órgano del Partido Liberal de Honduras dirigido por
Oscar Flores. Aparecía diariamente en la primera página del diario liberal.
En 1953, reinicio – con el apoyo de su madre –
la publicación del diario “El Cronista”, hasta su fallecimiento ocurrido en
Tegucigalpa el 29 de septiembre de 1976. Además, manejo y administro una finca
ganadera llamada “Germania” en la salida del sur de la capital, donde como
decía frecuentemente en sus editoriales, “en la mañana distribuyo leche; y en
la tarde reparto tinta”. El diario “El Cronista” – tamaño estándar, normalmente
de ocho páginas – salía, como todos los demás diarios hondureños de entonces,
por la tarde.
Alejandro Valladares introdujo el editorial,
largo y variado. De modo que mostraba su diestro manejo de la escritura, sus
numerosos conocimientos, las gracias de los cronistas españoles y la variedad
de sus lecturas lo que le permitía entonces, referirse a varios asuntos al
mismo tiempo. Normalmente – en lo que creemos era una burla a la falta de
conocimientos y lecturas de los políticos de su tiempo –terminaba
sus editoriales, con la frase “calculemus, como decía (Gottfried)
Leibniz”. Desde Madrid, trajo sus aficiones etílicas. Era conocido
cuando estaba incapacitado para escribir: los lectores entonces nos
enfrentábamos a los sesudos editoriales, ordenados y metódicos tradicionales,
que escribía el profesor Ventura Ramos Alvarado, Jefe de Redacción del
periódico, profesor de castellano y políticamente a la izquierda del director
Valladares. El gerente del periódico era Aníbal Delgado Fiallos
Entre 1958 y 1970, El Cronista fue mi periódico
favorito. Siendo estudiantes, no teníamos dinero para suscribirnos al “Decano
de la prensa nacional”. Por ello, para leerlo, todas las tardes llegábamos al
Salón Lux – propiedad de Lino E. Santos – a comprar una “cocacola”– para
tener el derecho de leer el diario, que llegaba tres días a la semana en avión que,
visitaba la ciudad cívica con igual periodicidad. Nuestro compañero
invariable era Juan Fernando Ávila Posas, con quien habíamos hecho pareja,
tercamente comprometidos en el afán de convertirnos en periodistas y
escritores. Don Lino, nos pedía antes el pago. Después nos entregaba las
cocacolas y el periódico. Evidencia de la poca credibilidad que le merecíamos
al serio hombre de negocios de Olanchito.
En septiembre de 1960, dentro de las atenciones
que me dispensaran mis amigos capitalinos Livio Ramírez, Emilson Zelaya
Lozano y Oscar Aníbal Puerto Posas, me llevaron a conocer el periódico.
Entramos a la Sala de Redacción; y allí, vestido de traje blanco vi teclear
ruidosamente en una vieja máquina de escribir a Edgardo Paz Barnica,
estudiante universitario entonces. En la tarde leímos una nota de
felicitación por su cumpleaños. Además, había otros periodistas (3), a los que
entonces no conocía; y desde el mezanine del edificio – situado en la calle La
Fuente, contiguo a la Farmacia Villeda Morales – vi las enormes y ruidosas
rotativas; y, con papeles en la mano, caminar apresuradamente a Alejandro
Valladares. Era de baja estatura, cabello negro con las sienes plateadas,
cuerpo mediano y figura bien cuidada. Llevaba una corbata florida sobre la
camisa blanca; usaba anteojos y en los oídos unos audífonos para mejorar su
audición. Tenía entonces cincuenta años. Un poco atrás, iba caminando, con paso
lento; y sobre unos descomunales zapatos negros, con el rostro impávido, casi
indiferente, a don Ventura Ramos Alvarado, su Jefe de Redacción.
Alejandro Valladares en cambio se movía rápido y sereno en el ruido de las
máquinas donde editaba su periódico diariamente.
Además, allí en esos mismos talleres, se
editaba anualmente “El Tornillo Sin Fin” en el que los estudiantes
universitarios hacían sendas críticas al régimen imperante y a los políticos.
Era de conocimiento público que Alejandro Valladares era además colaborador del
anuario estudiantil en donde hacía gala de su ánimo poético en octavillas
críticas cargadas de ironía y muchas otras contribuciones que molestaban a más
de alguno de los políticos y ministros irascibles y con poco sentido del humor.
Varias veces amenazaron a la Editorial Valladares, con querellas que nunca
llegaron al río.
Alejandro Valladares murió el 29 de septiembre
de 1976. Poco tiempo después, también dejó de circular para siempre “El
Cronista”, uno de los grandes periódicos hondureños del siglo pasado. El nombre
de Alejandro Valladares, no aparece siquiera en una calle, en una ciudad que
poco valora las contribuciones de sus hijos y residentes más distinguidos.
Tegucigalpa
28 de diciembre de 2025.

Comentarios
Publicar un comentario