Mirador: EL MUNDO DE TRUMP EN 365 VUELTAS
Juan Ramón Martínez
Los fundadores de la Unión Americana, sabían
que estaban creando una gran nación. Diseñaron una constitución que más que la
organización del gobierno se garantizaran los derechos de los ciudadanos.
Configuraron un ejecutivo débil. Un congreso representativo. Y una Suprema
Corte sólida y consistente. La expresión no queremos un Rey, confirma su
voluntad de crear una democracia rechazando las monarquías que impedían el
ejercicio de derechos y libertades.
Cuando se produjo la guerra de independencia,
en que las provincias se rebelaron contra España la joven nación produjo su
primera doctrina: la Monroe, dirigida para negar los poderes imperiales, pero
en el fondo, expresando su voluntad de forjar una nación respetada por sus
valores y la valentía de sus gobernantes. Después de la Guerra Civil, Estados
Unidos empezó a crecer y andar, con paso fuerte mostrando al mundo que su
grandeza radicaba en su democracia y en el respeto a la ley. Fue un imperio que
no lo quería ser; pero que lo era en el fondo. En 1898 derrotó a España, pero
no se quedó con Filipinas, Cuba o Puerto Rico. Más que el interés por la
expansión y la fuerza, la fidelidad era con los principios que habían normado
su creación.
Después de la II Guerra Mundial, Estados Unidos
reconstruyo las naciones derrotadas convirtiéndolas en democracias. Confrontó a
la Unión Soviética que creó naciones satélites, con dictaduras donde los
ciudadanos carecían de derechos. Estados Unidos era un imperio que no quería
parecerlo. Tenía dos caras y dos poderes: el blando y el duro. Los usaba a
discreción. En Vietnam la fuerza. En Berlín la libertad.
Hasta que llegó Trump. Sabiendo que la economía
no iba bien y que los demócratas habían girado a la izquierda, Trump estableció
que el poder y la fuerza estaban por encima de los valores. Los Estados Unidos
en la medida en que han perdido importancia económica –pero preservando su
fuerza militar– han encontrado en el uso de la fuerza la
justificación de la existencia de unos Estados Unidos temidos por el mundo.
Donde había respeto, puso miedo. Sus decisiones y sus fuerzas militares
hicieron ver al gendarme que impone sus criterios. No para ejemplarizar sino
para imponer la fuerza.
Antes lo había hecho la Unión Soviética. Se
quedó solo con la fuerza y no corrigió sus debilidades económicas, de modo que
llegó un momento que no pudo sostener la competencia con Estados Unidos más
fuerte económicamente. Ahora Trump, mediante aranceles ha querido corregir esta
debilidad; pero corriendo los mismos riesgos.
Un año después de su regreso a la Casa Blanca
su competidor la China de Xi Ping, ha crecido en un 5%; y la economía de los
Estados Unidos, todavía no muestra el vigor de otras épocas. Y el bienestar de
sus ciudadanos -que votarán en noviembre próximo- no está seguro. Y cómo no ha
podido lograr reducir la polarización del interior de los Estados Unidos y más
bien brotan señales de rechazo a las políticas autoritarias de Trump, se corre
el riesgo que los resultados electorales dejen sin poder a una presidencia que
es la más imperial de la historia.
Los demócratas no han regresado al centro
izquierda. Si lo hacen en noviembre pueden quitarle a Trump las bases para
impedirle que siga moviendo el mundo, rompiendo alianzas; e imponiendo la
superioridad del imperio dominador que cumple su voluntad. Si ello ocurre,
Trump perderá la fuerza imperial de una presidencia que otra vez, buscará
recuperar el respeto del mundo como lo anticiparon Jefferson y Washington.
Entonces, Estados Unidos volverá a ser el imperio bueno que más que meter miedo
despierta respeto y admiración.
La Prensa, San Pedro Sula, Honduras enero 22 de
2026

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