Contracorriente: SOBRE REFORMAS ELECTORALES
Juan Ramón Martínez
Siendo país incumplidor de la ley, hay una
repetida tendencia: elaborar y aprobar leyes que la mayoría cumple solo cuando
le beneficia. Para después usar como excusa por el rechazo para pedir otras
reformas infinitas; o que se emita otra. La ley Electoral de Honduras (Decreto
35-2021) fue útil con tres partidos políticos. Según Carlos Flores “permitió
efectuar las mejores elecciones del siglo” en 2021, bajo la dirección de Rixi y
Ana Paola Hall.
Esa misma ley cuatro años después es mala. Sin
estudiar el asunto se salen disparando al aire presentando como solución
salvadora la segunda vuelta, recurso con el que los proponentes creen que se
evitaría elegir gobiernos débiles. Cuando el problema no es ese. Solo los
majaderos creen que lo bueno hace cuatro años, ahora no sirve. Y sin más, hay
que cambiar la ley. Disimulando el hecho que la cuestión radica en el liderazgo
político no respeta las reglas establecidas. La causa entonces no es jurídica, sino
que cultural. Provocada por el resurgimiento del caudillismo, la falta de
democracia partidaria. Y cocinada en la trastienda de la centralización abusiva
que sufrimos en la esfera de lo público.
El centralismo, la falta de cultura democrática
y el deterioro de la participación ciudadana en los procesos electorales, -- en los que nadie quiere
perder--, hace que el problema no se resuelva con nuevas legislaciones,
poniendo un artículo aquí; o inventando otro reglamento por allá. Lo que hace
es complicar las cosas más para darle oportunidades a los técnicos, a los
burócratas. E incluso a los negociantes de las elecciones que inundan al
país y hacen pingues ganancias en complicidad con funcionarios y políticos
internacionales. Este es el corazón del asunto. Puro berrinche.
En una aproximación preliminar, hay que decir
que la ley electoral con la que fue el pueblo a las elecciones de 1980 -- y en
las que eligieron 71 diputados para una Asamblea Constituyente---, es mejor
que la legislación actual. No conocemos un estudio de derecho electoral
comparado. Cuando se haga, se descubrirá como se ha seguido un proceso
destructivo del poder del ciudadano, rebajando el control de la mesa electoral
y eliminando la influencia del municipio y el departamento en el escrutinio.
Igual que el derecho público, el ciudadano ha perdido poder e influencia y en
nombre de movimientos, caudillos y liderazgos televisivos, las personas han
terminado convertidas en números, que manipulan los que manejan los sistemas de
comunicación del país.
Hay que revisar la Ley Electoral. Pero no por
técnicos extranjeros, sino por personas con experiencia en manejo de procesos
electorales. Hondureños, que dirigieron elecciones y que tienen experiencias
y, además, compromiso con la soberanía nacional.
Las elecciones son del municipio y del
departamento. Lo nacional es exclusivamente normativo. En este sentido la mesa debe estar
como corresponde en manos ciudadanas. No importa cómo escojan sus miembros.
Bien representando partidos o por ciudadanos respetables. El asunto es que el
escrutinio se haga en la mesa electoral. Y que se debe respetar. Porque expresa
la voluntad ciudadana. La mesa electoral no solo recolecta votos. Cuenta,
verifica y hace el escrutinio. Los escrutinios de las mesas electorales
sumados en los municipios, y convertido en el escrutinio base para el
escrutinio departamental. Efectuado en los 18 departamentos, servirá al
Consejo Nacional Electoral – que debió llamarse siempre Tribunal, porque es de
naturaleza superior y sus miembros son magistrados de la soberanía popular –
para elaborar el escrutinio nacional.
Los documentos electorales que respaldan las
actas municipales y departamentales, deben ser traídas a Tegucigalpa y
guardadas para ser usados como elementos de prueba ante cualquier reclamo
que se efectué. Es decir que el escrutinio no debe hacerse en Tegucigalpa,
sino para efectos de reclamo. Y revisión nada más.
La información anticipada no es problema si se
manejó por la institución electoral, donde todos los actores políticos tengan
participación. Una firma externa, da justificaciones para que los
irrespetuosos, usen sus resultados como excusa para negarse a reconocerlos.
Porque no es en la ley donde está el problema, sino en la cultura.
Nadie quiere perder. Y si pierde arrebata. Explica por qué la misma ley,
buena en el 2021, cuatro años después es mala. Escondiendo que el problema es
cultural no ayudamos a resolverlo. Los políticos no son democráticos, sino que
autoritarios disfrazados de santos respetuosos de la ley. Cuando les conviene.
Marlon Ochoa, ante los Diez Mandamientos sería irrespetuoso, con tal que Mel se
lo ordenara. Ofendiendo a Moisés. ¿Qué, cree usted?

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