Cosas del español (78): ¿Y SI NOS PONEMOS DE ACUERDO?
En un idioma tan vastamente extendido y con
tantos millones de hablantes como es el español, tienen que darse diferencias
más o menos significativas. El español mexicano, como sucede con el argentino o
el colombiano, posee características propias que lo diferencian del hablado en
España. ¿Es necesaria una «traducción» en el ámbito de la comunidad
panhispánica?
Aunque ya se han mencionado algunas de las
particularidades fonéticas y gramaticales que se registran en Hispanoamérica en
relación con el castellano de España, lo cierto es que no complican
sustancialmente el entendimiento. Mayor dificultad pueden implicar las
diferencias léxicas, que se pueden manifestar en duplicidades semánticas.
Así, estar parado tendrá el sentido de ´estar erguido,
de pie´ si uno se encuentra en México -como en buena parte de América-, en
tanto que en el español peninsular sólo implicaría una ausencia de movimiento
equivalente a ´estar detenido, sin andar´.
Se ha repetido insistentemente que uno de los
rasgos característicos del español de América -dentro de su inmensa variedad-
es la tendencia al empleo de voces arcaizantes. Ejemplo de ello sería la
voz pollera, que en España haría referencia, siguiendo la
definición del diccionario académico, a la ´falda que las mujeres se ponían
sobre el guardainfante y encima de la cual se asentaba la basquiña o la saya´.
Estas diferencias no afectan, en general, al
vocabulario básico ni dificultan la mutua comprensión. Estacionamiento es
la variante americana preferida para lo que en la península ibérica suele
denominarse aparcamiento. Lo mismo cabría decir de los
pares enojarse / enfadarse, caminar / andar.
Son conocidos los usos de cobija por manta, saco por chaqueta, auto por coche, rentar por alquilar, celular por teléfono
móvil, o viceversa. Existen, además expresiones propias de algunas
áreas de Hispanoamérica integradas ya en un español global: recién con
el significado de ´apenas´; ¡ni modo! por ´¡de ninguna
manera!´, nomás por ´nada más, solamente´ o, en
expresiones exhortativas, con valor enfático.
Ciertamente, la duplicidad requiere un poco de
reflexión porque a veces los localismos pueden dificultar el entendimiento. Son
conocidas las connotaciones sexuales que voces como concha o coger,
comunes en España, poseen en según qué zonas de Hispanoamérica. En Chile, sin
embargo, una expresión que en España resultaría malsonante, la polla,
sirve para designar el juego por excelencia: la lotería.
Algunas voces presentan significados
coloquiales muy diversos. Por ejemplo, camarón se
identifica con un conductor inexperto en Ecuador, con un gorrón en Perú o con
una persona habilidosa y astuta en la República Dominicana, una bicicleta puede
hacer referencia a cierta operación financiera especulativa en Argentina,
remite a la diarrea en Perú y a una mujer seductora en Puerto Rico. En sentido
contrario, el apunte que hacen los alumnos para copiar en un examen se
llama chuleta en España, machete en
Argentina, Bolivia y Nicaragua, acordeón en México y
Centroamérica, y pastel en Colombia. En las Antillas
-como en Canarias-, la gente se traslada en guagua, el autobús del
español peninsular, al que en México llaman camión, y colectivo en
Argentina, Perú y otros países (bus u ómnibus son
también términos extendidos).
Normalmente, el contexto ayuda al hablante a
solventar posibles malentendidos. La existencia de estas variantes locales no
supone una amenaza para la unidad y la coherencia de la lengua, sino que debe
interpretarse como un factor de enriquecimiento al que contribuye el trabajo
conjunto de las distintas Academias nacionales.
(Fuente:
Nunca lo hubiera dicho, Taurus, Madrid, Real Academia Española, Asociación de
Academias de la Lengua Española, págs. 196, 197 y 198).

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