Cosas del español (83): LA MANO DE ALÁ


La presencia musulmana en la península ibérica desde comienzos del siglo VIII tuvo consecuencias lingüísticas evidentes -en el léxico, no en la gramática ni la fonética-. Las lenguas romances comenzaban entonces a abrirse paso tras el proceso de disolución del latín vulgar visigótico.

El mozárabe merece especial mención. Era el romance peninsular propio de la minoría cristiana que habitaba en los dominios islámicos y, en consecuencia, debía haber experimentado una arabización de sus hábitos y sus formas de expresión. Cuando los mozárabes fueron incorporándose a los reinos cristianos al ritmo del avance reconquistador, con ellos viajaron sus costumbres, sus conocimientos y, por supuesto, muchas palabras de origen árabe que pasaron a las lenguas románticas que se hablaban en sus lugares de acogida.

Aunque los mozárabes no fueron los únicos responsables de abrir las puertas a los arabismos, esta vía de penetración fue la principal. También habría que tener en cuenta la influencia mutua entre las lenguas y el peso que la traducción de textos árabes -que recogían la sabiduría clásica y de Oriente Próximo- pudo ejercer en la incorporación de voces y conceptos novedosos en la España cristiana.

Además, como resultado de la actividad comercial en el Mediterráneo y la amalgama étnica y lingüística que supusieron las cruzadas en los siglos XII y XIII, algunos arabismos pudieron penetrar también a través de otras lenguas románticas.

El árabe -en particular el árabe hispánico o andalusí- es una de las lenguas que mayor influjo ha ejercido en el léxico castellano. Se registran abundantes arabismos en el vocabulario de todo el territorio peninsular, lo que resulta manifiesto en su toponimia, donde la lista es interminable: Albacete, Algeciras, Guadalajara, Benicasim, Guadalquivir, Guadiana, Medinaceli…

Gran parte de esas voces se han preservado hasta nuestros días y componen algo menos de un diez por ciento del total de nuestro acervo léxico. Pertenecen a campos semánticos muy diversos, la agricultura y el mundo rural (alquería, acelga, berenjena, almazara, albaricoque, acequia, noria), la artesanía y los oficios (alarife, albañil, tabique, azulejo, adobe), el comercio y la administración (albacea, alcabala, alcalde, tarifa, aduana), el urbanismo, la vivienda, el universo doméstico y de ocio (arrabal, zaguán, ajedrez, alfombra, taza, laúd), el registro bélico y militar (barbacana, alcázar, alférez, tambor, adalid) y el ámbito científico (cero, cifra, algebra, alcohol, azogue, alambique, acimut, cénit).

La influencia árabe también se manifiesta en la expresión de nuestros anhelos, en ese ¡ojalá! Que deja en manos de Alá (de Dios) el cumplimiento de nuestros deseos.

(Fuente: Nunca lo hubiera dicho, Taurus, Madrid, Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, págs. 207 y 208).

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