NICOLAS: EL OBISPO AMADO Y ODIADO

Apreciación y entrevista por Fr. Bernardo Mesa, OFM (Diciembre de 1998)

Monseñor Nicolás D'Antonio, Obispo de Olancho, de 1963 a 1982

Quienes trabajamos con Monseñor Nicolás D'Antonio, veinticinco años atrás, observamos en él el cambio natural que van dejando los años, pero notamos a la vez que este hombre que hoy llega a los 82 años de edad conserva el vigor y el entusiasmo que tuviera siendo Obispo de Olancho. Tiene tantos brillos como si fuera un joven: se levanta temprano, va al gimnasio varias veces a la semana, diariamente camina un buen trecho por las calles del barrio acompañado por Rocky, su inseparable perro; hace las compras caseras, maneja su carro, visita a los enfermos, asiste a las reuniones que le impone su cargo y atiende a la Parroquia de la Anunciación, en uno de los sitios más deprimidos de New Orleans.

Monseñor Nicolás, amado y odiado, fue uno de los obispos más controvertidos en América Latina por su empeño en hacer realidad lo que el Concilio Vaticano II había querido para la Iglesia, especialmente en la línea de solidaridad y justicia que recomendaba el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), en su Segunda Asamblea General celebrada en Medellín, Colombia. Consciente de ser el guía espiritual de su pueblo y viendo la situación de atraso y desigualdad en que se encontraba el campesinado de la región, no dudó un momento en dar su respaldo a las nacientes organizaciones que reclamaban tierra y dignidad y que se enfrentaban ante los poderosos terratenientes, quienes estuvieron siempre unidos a los militares para defender sus latifundios. A este hombre, por naturaleza pacífico, le tocó sufrir en carne propia el desprecio, la deshonra y la calumnia y le tocó experimentar dos terribles matanzas donde cayeron asesinados trabajadores campesinos, dirigentes populares, estudiantes y dos de sus más queridos sacerdotes. Fue tal la presión que se ejerció en su contra que sus enemigos tenían recogidos los diez mil dólares destinados a pagar al matón que les entregaría su cabeza.

La historia de Monseñor Nicolás es toda una ventura en las manos de Dios. En efecto, su vida espiritual le ha ido enseñando que Dios se hace el encontradizo en cada momento y que la vida hay que vivirla cada día a la vez. Este es el secreto de su energía y sencillez, de su cordial manera de relacionarse con los demás y de su cercanía con Dios. Porque como él lo ha dicho: "el tiempo se gasta de mil maneras, hasta en estupideces y nos preocupamos por ahorrar el tiempo, pero en vez de ahorrarlo, lo mejor es vivir el momento presente. Esto tiene la ventaja que cuando se vive en la presencia de Dios, todo es para su gloria, incluso cuando sufrimos en las circunstancias adversas".

El Obispo Nicolás ha estado unido a la Arquidiócesis de New Orleans por más de veinte años. Allí ha permanecido en una de las áreas más deterioradas de la ciudad, desde que sus antiguos dueños decidieron abandonarla y desde que los negros y latinos la fueron poblando. No ha estado pues, en un barrio lleno de comodidades, sino en un sitio donde los drogadictos, homosexuales y asaltantes se encuentran. Por eso, le ha tocado sufrir tres veces el asalto a mano armada y su casa y parroquia han sido despojadas en repetidas ocasiones. No por eso las puertas se han cerrado, sino que están siempre abiertas para quien llega pidiendo ayuda, consuelo y motivos para seguir viviendo.

Iglesia de la Anunciación en New Orleans

Bernardo: ...Cuéntenos sobre su familia y ¿cómo le resultó la vocación religiosa y sacerdotal?

Nicolás: Mi papá se llamaba Pasquale D'Antonio y mi mamá Josefina Salza. Ella era de Nápoles y él de Abruzi. Mi papá murió de un tumor cerebral a los 42 años y mi mamá murió de un ataque al corazón a la edad de ochenta y dos años. Ellos se llevaron bien.

Mi vocación es muy curiosa. Cuando mi papá murió lo velaron en la casa. Allí, en la sala en medio de la velación, mi tía religiosa Filomena se me acercó y me dijo: "Tony, ¿por qué no se hace sacerdote?" Yo hice un movimiento con la cabeza como asombrado de lo que decía. Pero ella lo interpretó que yo sí quería y después que enterramos a mi papá, ella me llevó donde el párroco para sacar una certificación. Recuerdo que me dio un traje nuevo, chocolates, "ice cream" y tantas cosas. Al día siguiente ya estaba en el tren rumbo al Seminario Franciscano de Massachusetts. Yo tenía trece años. Al llegar a la estación, un sacerdote, el Padre Thomas de Luca, salió a recibirme.

No me gustó para nada ese Padre, pero al llegar al seminario salió el Padre Bernardino Mazzarella, quien más tarde sería Obispo de Comayagua, Honduras. Él era profesor y me dijo: "Welcome, D'Antonio" (Bienvenido, D'Antonio). Él me cayó muy bien, pues tenía mucho parecido a mi papá. Allí estuve cuatro años. No sentí nostalgia de estar fuera de mi casa.

Cuando llegué al noviciado, vino mi conversión. Yo estaba feliz pero el Superior del convento no quería que yo fuese religioso. Se hicieron las votaciones y salí favorable. Yo quería ser sincero. Ayunaba, hacía penitencia, tal vez era fanático. Quizá por eso no le caí bien. Pasé a los estudios de filosofía. Allí también hubo oposición. Pero el Superior Provincial llegó al convento, se entrevistó conmigo, me miró y dijo: "Él tiene una buena cara, no lo veo como mala gente, le voy a dar otra oportunidad". Hice mi profesión solemne. Así seguí y el 7 de junio de 1942 fui ordenado sacerdote. Llevo, pues, 56 años de sacerdote.

Bernardo: ¿Cómo fueron sus primeros años de ministerio sacerdotal?

Nicolás: Ejercí mis primeros años de sacerdote en Boston, en la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen. Mi sueño era trabajar en la radio con las personas convertidas a la Iglesia. Allí quedé poco tiempo.

Me llegó una comunicación diciendo: "Hay que reportarse inmediatamente a Canadá". Mis compañeros me decían: "No sea bobo, Nicolás, nadie quiere ir a Canadá. No vale la pena, lo están engañando". Pero yo les dije: "Yo hice voto solemne de obediencia, yo voy a ir". Pero me insistían: "Lo están tratando como un trapo viejo". "No importa", dije: "voy a obedecer" y eso fue una bendición.

Bernardo: ¿Y eso, por qué?

Nicolás: Porque allí tuve mucho trabajo. Imagínese que a los tres meses me hicieron párroco. Fui a la vez co-párroco de otra Iglesia y tenía dos misiones más a donde iba cada domingo. En esos días la ley del ayuno eucarístico era muy estricta. Pero yo estaba contentísimo. Saqué el censo parroquial y me metí a trabajar con la radio. Teníamos un programa cada domingo y se llamaba "El catecismo dramatizado". Visitaba a los enfermos. En la comunidad éramos cuatro sacerdotes. Trabajamos mucho. Al cabo de dos años me dijeron que tenía que reportarme inmediatamente para la Misión que había comenzado en Honduras. Eso fue en 1945. Yo pensaba que era Honduras Británica, pero estaba completamente equivocado. Era la República de Honduras. Yo llegué sin saber absolutamente nada de español.

Bernardo: Entiendo que fue muy difícil la integración al medio y cultura de Honduras.

Nicolás: Sí. La llegada a Honduras fue una experiencia horrible para mí. Yo venía de Canadá donde lo tenía todo: carro, electricidad, agua, buena comida, todo. Recuerdo que para llegar a Juticalpa había que pasar por Campamento. De ahí a Juticalpa había que hacer el viaje a lomo de mula. Salimos a las diez de la mañana. Era la primera vez que yo montaba en mula. Tuvimos que dormir en el bosque. Yo tenía terror. El Padre Caruso, el Superior que venía conmigo, estaba acostumbrado a eso. Al llegar a Juticalpa a eso de las siete de la mañana, nos encontramos con el Padre Daniel Sánchez. Él era el Párroco.

Desayunamos en su casa y él pidió después que le pagáramos el desayuno. Esto fue un escándalo para mí. ¡Imagínese, nos estaba cobrando el desayuno! Y en la misa me llevé otro escándalo. En el coro estaban cantando un montón de borrachos. Se celebraba la fiesta de la Inmaculada Concepción. Yo tuve un choque cultural muy fuerte. Allí en la Iglesia las mujeres estaban criando a sus hijos, amamantando a sus bebés... En fin, todo eso me parecía muy extraño. De Juticalpa, nos dirigimos en bestia a San Francisco de la Paz. Llegamos a las nueve de la noche. Estando ya a las puertas del poblado nos salieron de improviso unos militares y nos gritaron diciendo: "¿Quiénes son ustedes?" El Padre Caruso respondió: "Pues somos los padres franciscanos". "Ah, pues bienvenidos", nos dijeron.

Llegamos a la casa cural. El padre Clemente, el párroco, nos recibió diciendo: "¿Y por qué llegaron tan tarde? No tenemos agua, no tenemos cocinera, ni tenemos luz, no tenemos nada". A lo que le respondí: "Yo no quiero nada, quiero solamente descansar, pues estoy rendido." Caí rendido a la cama pero me desperté oyendo un ruido muy extraño. En la mañana cuando salió el sol encontré que la sábana blanca estaba llena de porquería, lo mismo que mi cara. Eran los murciélagos que hicieron de las suyas... Esto fue otro choque tremendo.

Yo no podía sentirme bien. Estaba adolorido por la larga montada en mula y mi cuerpo estaba lleno de garrapatas. El primer desayuno fue muy desagradable. Resulta que la cocinera estaba sucia, su aliento era desagradable, no tenía zapatos, entre los dedos de los pies tenía lodo y en las uñas de las manos tenía mugre... y yo la miraba haciendo tortillas. Nos sirvió una sopa con sabor muy extraño y se me quitaron las ganas de comer. Así fue la experiencia; pero poco a poco me fui acostumbrando a todas estas incomodidades y privaciones.

Bernardo: ¿Y cómo encontró a San Francisco?

Nicolás: En San Francisco de la Paz no había en ese entonces ni agua, ni servicio de luz, ni alcantarillado...nada de lo moderno. Claro que había casa cural, pero llena de insectos. Recuerdo que había muchas cucarachas que volaban de noche por todas partes. En la Iglesia, las imágenes estaban llenas de estiércol de murcié- lagos. Intentamos desterrar esta plaga con cuanta cosa teníamos entre manos: los espantábamos, les hacíamos humo...pero los animales siempre volvían. Gastamos mucho tiempo para desterrarlos. Bueno, atendíamos varios lugares fuera de San Francisco que era el centro; además a Manto, San Esteban y Gualaco con todas sus aldeas y caseríos.

Bernardo: ¿Y la gente, cómo los recibió?

Nicolás: Con gran alegría. Yo no sabía nada de español. Pero allí aprendí con la gente. Porque no teníamos ni un libro de gramática. Recuerdo que en ese tiempo había muchas necesidades.

Bernardo: ¿En qué consistía el trabajo misionero?

Nicolás: Para mí en visitar a los enfermos, visitas para conocer los hogares, catequesis, la misa de todos los días y la celebración de los sacramentos. Fueron centenares de niños que bautizamos. Recuerdo que la confirmación se daba cada diez años. Eran grupos hasta de setecientas personas.

Después me metí a la medicina. Eso comenzó con la cocinera a quien le dolía una muela. Ella vio que en la caja de los pobres había unas tenazas y me dijo: "Padre Nicolás, con estas tenazas ¿me puede sacar esta muela?" Yo le dije: "Eso jamás lo he hecho". Y me siguió insistiendo: "Por favor, hágalo, pues llevo dos semanas de no dormir". Entonces la senté en la silla de cuero. Cuando comencé a halar, ella se levantaba también y le dije: "Téngase en la silla". Pero como no podía contenerse, le puse mis rodillas en sus piernas y le halé durísimo y la muela fue a dar contra el techo y cayó en la caja de los pobres. Ella decía: "Gracias, Señor" y yo la veía que la sangre se le venía a montones. Pero ella me decía: "No se preocupe".

Buscamos la muela y ella se la mostró a todo el mundo. Desde entonces, todos los días sacaba muelas. Saqué miles de muelas. Al comienzo sin anestesia, con mucho dolor. Después un dentista de Baltimore leyó una revista de las misiones de mi Provincia que contaba que había un sacerdote sacando muelas. Y le llamó la atención esta cosa y me llamó para conversar. Era masón. Me dijo: "¿Cómo aprendió a sacar muelas?" Yo le dije: "Haciéndolo". El agregó: "Lo que está haciendo es una maravilla, pero le voy a enseñar, porque no se puede sacar dientes, hay que extraerlos" Y me fue enseñando cómo coger las tenazas, cómo aplicar la anestesia, cómo taponar la herida para evitar la salida de sangre, etc. Yo adquirí mucha experiencia en esto. A veces tuve que perforar el hueso de los pacientes. Claro que me llevé algunos sustos, como en el caso de un señor a quien no le valía ninguna cosa para estancar su sangre. Tuve que llamar un avión y enviarlo a Tegucigalpa para poderle salvar la vida.

En ese entonces, recuerdo que me tocaba coser heridas de machetazos. ¡Recuerdo que a uno le dieron un machetazo tan grande que se le salían los intestinos!... En cierta ocasión tuve que atender a un muchacho a quien le habían dado en la cabeza un machetazo. Le saqué el hueso que lo tenía hundido y le cerré la piel. El hombre vivió... En ese entonces, no había médicos ni enfermeras, ni puestos de salud. Todo era muy precario. La gente se las arreglaba como podía para poder curarse. Pero esta actividad a mí me gustaba, porque yo quise ser doctor. Cuando era joven, yo operaba a los perros muertos para estudiar las partes de su cuerpo. Eso para mí era natural, me encantaba.

Usted me preguntaba sobre el trabajo misionero. Pues todo esto estaba incluido en la actividad misionera de aquel entonces, hasta abriendo carreteras, como la que hicimos desde San Francisco de la Paz hasta Juticalpa, cuando nos llegó el primer carro que se conoció en el pueblo. Si viera, ¡eso fue toda una fiesta! Cuando llegamos a Juticalpa la gente nos recibió como héroes.

Bernardo: Usted trabajó en otros lugares antes de ser Obispo de Olancho. ¿Cómo fue ese tiempo?

Nicolás: En Olancho estuve hasta que me hicieron Delegado Provincial. Por eso me tuve que trasladar a Comayagüela. Allí fui párroco. La parroquia contaba con unas quince mil personas. Fue allí cuando me llegó la noticia que el Santo Padre me había escogido como "Prelatus Nullius". Eso fue en 1963.

En Comayagüela estaba feliz. Recuerdo que atendía a los enfermos. En un mes alcancé a contar más de 250 enfermos atendidos. Iba al hospital a atender personas con diversas enfermedades. Había muchos tuberculosos... Bueno, en esa parroquia se celebraban un montón de bautismos y matrimonios de personas que estaban amachinadas. Una vez en el estadio se casaron 167 parejas, porque no cabían en la Iglesia. La gente me decía en broma: "Si sigue haciendo eso no va a quedar ningún amachinado".

En la parroquia de Comayagüela estaban los "Caballeros de Cristo Rey"; ellos iban de casa en casa convenciendo a los amachinados para que se casaran y la gente los invitaba a llevar una mejor vida cristiana. De allí salieron cosas muy buenas. Bueno, cuando era párroco de Comayagüela me tocaba también viajar a diferentes lugares representando al Superior Provincial. Recuerdo que en ese entonces construimos el Instituto San Francisco y la primera escuela católica que sigue funcionando hoy a las mil maravillas.

Bernardo: ¿Cómo fueron los comienzos de su trabajo en Olancho?

Nicolás: El trabajo fue parecido al que se hacía en toda Honduras, pero después del Concilio Vaticano II hubo un cambio muy grande. La insistencia era la atención especial a los pobres. Empezamos a hablar de justicia social con cariño y con amor, condenando la violencia. Recuerdo que después del Concilio tuve que ir a sacar a los catequistas de la cárcel.

El trabajo hizo que las familias ricas se pusieran muy molestas. Algunas personas se tomaron la catedral y mandaron a las prostitutas de Juticalpa para impedir el paso hacia adentro. Luego, los terratenientes protestaron porque los campesinos estaban tomando sus terrenos. Estaban enojados y pusieron sus tractores frente al palacio de la Prelatura en señal de protesta. Yo lo que hice fue salir a bendecir los tractores. Luego, las prostitutas se arrepintieron y me pidieron perdón.

Bernardo: La Iglesia después del Vaticano II tuvo nuevo impulso. Usted impulsaba un plan de pastoral, ¿Qué puntos centrales sostenía ese plan en la Prelatura de Olancho?

Nicolás: El plan impulsaba una pastoral de conjunto. Se trataba de tomar más en serio a los laicos, dar un sentido social a la pastoral, buscar medios para mejorar la situación de los campesinos sin tierra y lograr mayor justicia para los marginados. Esto provocó, de parte de los militares y de las gentes ricas, muchas críticas y me decían que yo era comunista. Me llamaban: "el verdugo de Olancho".

Bernardo: ¿A usted le llegaban rumores y amenazas de muerte?

Nicolás: Sí. Fueron siete años en que yo sentía la muerte muy cerca. Yo amanecía y me decía: "Vamos a ver cómo voy a morir hoy". Esto era horrible porque al escuchar algún tiro de pistola me imaginaba que me estaban disparando a mí. Yo dormía en el segundo piso de la casa y al escuchar ruidos en la noche me imaginaba a alguno que estaba subiendo una escalera para matarme en la cama. Eso fue una permanente tortura.

Bernardo: Después de la matanza de Los Horcones y Santa Clara el 25 de junio de 1975, usted renunció a su cargo, ¿por qué esto?

Nicolás: Yo me encontraba en Comayagüela. El Nuncio Apostólico me aconsejó que me fuera de Honduras para evitar mayores daños, pues los campesinos decían que, si me tocaban a mí, ellos iban a matar a los ricos en venganza. Yo predicaba todo lo contrario. Y para evitar más matanzas, quise obedecer. Sabía que habían diez mil dólares ofrecidos para alguien que me matara.

Bernardo: La salida suya de Olancho fue interpretada de diferentes maneras. ¿Usted cómo la ve hoy?

Nicolás: En aquel entonces, vistas las circunstancias, yo la interpretaba como un bien que me quería hacer el Nuncio de Su Santidad. Pero yo me sentía personalmente como un cobarde porque estaba dando un mal ejemplo de lo que debe ser un Pastor, que en vez de permanecer en el lugar y sufrir por el pueblo yo estaba huyendo, estaba escapándome. Yo me sentía apenado. Pero como la orden venía de la Santa Sede y las razones presentadas eran para evitar mayores males, yo acepté esa orden en mi corazón. Pero me sentía como un cobarde y me decía: "Olancho con mártires y el Obispo con vida. Yo debería estar en el pozo donde fueron arrojadas las víctimas".

Bernardo: ¿Qué han significado los años de su ministerio como Obispo de Olancho?

Nicolás: Que Dios me puso allí y me ayudó de mil maneras. Que yo aprendí muchísimo; aprendí cómo amar a todo el mundo sin excepción. Para mí todo fue obra del Señor. Yo nunca pensé que iba a ser misionero. El Señor me llevó a Honduras y yo fui por obediencia. Lo que se hizo fue todo para su gloria.

Nicolás: Yo continúo a los 82 años mi misión. Sigo siendo misionero en New Orleans, sigo viviendo entre los pobres con toda clase de inconvenientes, pero estoy encantado de estar aquí. Cuando estaba en Honduras yo nunca pensé salir de allí. Soñé que mis restos serían enterrados en la catedral de Juticalpa, pero esto no se va a realizar así. En Honduras hay un movimiento pide enterrarme allí cuando yo muera. Pero no. Yo les he dicho que ya está todo arreglado. Aquí en la Arquidiócesis de New Orleans me van a enterrar, Dios primero, junto a un Obispo negro muy amigo mío, detrás de la catedral. Con mi amigo vamos a platicar de muchas cosas. Yo vivo un momento a la vez y en el futuro pienso muy poco. No estoy interesado en planear y en hacer esto o aquello. Es lo que Dios me diga por medio de mi Superior, por medio de mi Obispo.

Bernardo: En efecto, Monseñor Nicolás ha permanecido, después de su salida de Olancho, como párroco de la Iglesia de la Anunciación en New Orleans, en medio de una población de negros y de emigrantes hispanoamericanos. Antes de su incorporación a la Arquidiócesis, de sensibilización en favor de la justicia y de la paz, a través de diferentes reuniones y en los medios de comunicación social, fue Vicario de la Pastoral Hispana. Desde su cargo, en colaboración con un excelente equipo de personas, defendió y promovió a la población hispana, procedente de diferentes países de América Latina. En ese entonces, se calculaba no menos de 150 mil personas de procedencia hispana. El trabajo abarcaba tanto el aspecto de la evangelización como el de la defensa de los derechos fundamentales, la asesoría jurídica, la enseñanza del inglés, la acogida a nuevas familias desplazadas por causa de la violencia política, etc.

Llegado el tiempo de su retiro del ministerio activo en 1991, por súplica del Sr. Arzobispo, continúa trabajando en su comunidad de la Anunciación. Desde allí sigue viviendo en un clima espiritual caracterizado por el convencimiento de que Dios está constantemente presente en todas las personas y acontecimientos de la historia, pues en cada hombre, mujer y niño se puede apreciar el rostro de Cristo sufriente y resucitado.

Como se dijo atrás, este hombre maduro en años pero joven en espíritu, confiesa que el Señor le ha concedido el don del perdón. De la misma manera afirma que el Señor le ha dado la claridad para ver y apreciar que toda la realidad es sagrada. Apropiándose del pasaje que nos describe el libro del Éxodo, cuando Dios se aparece a Moisés en medio de la zarza que se quemaba pero no se consumía y le ordenaba descalzarse porque el lugar que pisaba era sagrado (Ex 3, ss), nos dice que para él todo goza de sacralidad.

Y si todo es elevado a esta categoría porque está invadido de la presencia del Creador, todo hay que respetarlo y cuidarlo. Esta manera de considerar el mundo y las personas le ha permitido apreciarlas con toda la transparencia, respeto y cariño que ellas se merecen, como mediaciones de la revelación de Dios.

Desde New Orleans, sigue acompañando en la oración a su querido Olancho, sigue celebrando lo bueno que cada día aparece en esa Iglesia, sigue unido en el afecto a cuantos con él lucharon para que los pobres tuvieran mejores condiciones de vida y sigue siendo el hombre cordial, alegre, sencillo y descomplicado de entonces.

BERNARDO MEZA, OFM Diciembre de 1998.

(Fuente: Historia de una Iglesia que ha vivido su compromiso con los pobres, Hna. María García, O.S.F. Tegucigalpa, 2010).

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