Mirador: GUERRA Y SACRIFICIO GENERAL

Juan Ramón Martínez

La mayoría no siente el olor a peligro. “Vivimos lejos de donde se matan” dicen de una guerra que apenas, esta semana está generalizándose. Se quejan de los precios de los combustibles y se discute la supresión de los impuestos gubernamentales. Prueba de la incomprensión del peligro que nuestro nivel de vida se altere inevitablemente. Que Estados Unidos que se involucra en la guerra contra Irán, es la misma nación que ha recibido –a más de la mitad de la mano de obra exportada-- la que con sus remesas sostiene la economía y  permite un bienestar alto para una parte de los hondureños.

Además, esta es una guerra diferente. El estrecho de Ormuz, permite el paso del 20% del petróleo y gas que usa el mundo. Por allí también salen los fertilizantes para producir trigo, soja y maíz en los Estados Unidos. Así como el azufre –necesario para componentes automovilístico– y otros minerales que aumentarán de precios por la inseguridad del estrecho.

El correo de los Estados Unidos ha incrementado en un 8% los envíos de paquetes indicando que el primer efecto de la guerra intensificada este martes pasado, es la reducción de la capacidad de compra de los estadounidenses que adquirirán menos productos de los que Honduras exporta. Y que nuestros compatriotas, reducirán sus envíos en una proporción que si somos optimistas podría ser de un 5%, lo que tendrá efectos sobre la operación de la sociedad y los recursos disponibles para que el gobierno siga dándole al pueblo los servicios de salud y educación. 

En este horizonte estamos obligados a sacrificarnos. No podemos vivir como hasta ahora. Es necesario entender que ese sentimiento –que pareciera entrañar una arrogancia sin justificación– que hace creer que estamos fuera de todo; que podemos exigir lo que querramos; y que el gobierno debe acceder a los reclamos de los burócratas porque nadie nos puede dar órdenes.

Esta visión autárquica tiene una explicación: inconsciencia colectiva, falta de conocimientos históricos; e infantilismo que nadie ha cuestionado. El millón de vehículos de segunda provenientes de Estados Unidos –y el millón y medio de motocicletas que circulan por las carreteras- vuelve costosa la operación de la sociedad económica. La productividad media no ha mejorado con ese tren automovilístico y más bien, parece que lo usamos para darnos prestigio, auto valoración y simple comodidad. Porque los equipos, cualesquiera que sean, solo tienen justificación cuando producen beneficios y nos vuelven más eficientes.

Pero lo más grave es la poca disposición para el sacrificio. Haciendo las inevitables diferencias entre los pobres –que han nacido y viven dentro de un estrecho pasillo de carencias de casi todo– la pequeña clase media baja y la clase media alta, no muestran disposición para el sacrificio. Los burócratas no se han rebajado los sueldos desde en tiempos del general Carias Andino a finales de la primera mitad del siglo pasado. La burocracia recibe catorce sueldos anuales y en algunos casos el número de sueldos es de 16 y más. Muchos atienden sus enfermedades en el exterior, con dinero público; y no son pocos los que creen que desde el Congreso Nacional deben salir los recursos para poner en el presupuesto los fondos de todo lo que se les ocurre. Desde arreglos necesarios, hasta caprichos que tienen que ver con las toallas sanitarias que usan las mujeres para sus periodos menstruales.

Esto tiene que cambiar. Debemos estar dispuestos al sacrificio. Porque seguir explotando a los pobres para que una minoría de orgullosos sigan viviendo como si fueran gringos desorientados, no es justificable. Todos debemos sacrificarnos. No solo los pobres. Todos en la cama; o todos en el suelo.

La Prensa, San Pedro Sula. 09-04-2026

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