ROBERTO SOSA INMORTAL

Domingo Cultural

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Mario Hernández Kellner

Comencé a leer su poesía en los años setenta, reflejaba ella ya un compromiso por cambios sociales, intención difícil en esa época de los gobiernos militares corruptos. Me sorprendió por lo mismo y admiré su valor y decencia. Sin duda su trabajo no era fácil ni exento de peligros en ese clima de represión. Su obra no solo llegó, también creció y se fortaleció, como el trigo que nace y se abre campo en medio de las espinas hasta darnos su grano nutritivo. Solamente hablé con él dos veces. La primera, en Tegucigalpa, me lo presentó mi amigo José García Power dentro de un bus urbano. Me senté a su lado, el llevaba sobre sus rodillas un maletín. Le pregunté qué había querido decir en esta poesía: “la niñez, esa la de los delicados cabellos de cristal no la conocimos. Nosotros nunca fuimos niños”, respondiéndome que aquí nadie ha sido niño. Se refería a las privaciones eternas que los pobres tienen y no les permiten gozar de esa época que debe ser feliz. La segunda, aquí en Puerto Cortés, en los años noventa. Lo tuvimos en la alcaldía una noche. Se programó el inicio de su presentación a las siete. Llegamos con mi esposa cinco minutos antes, preocupados porque no encontraríamos donde sentarnos anticipando un lleno total, pero en el salón solo estaba él con su cónyuge y la empleada municipal encargada. Recuerdo la soledad que cubría las sillas ordenadas, la poca iluminación y el silencio nocturno de un cielo estrellado. La pareja ocupaba la primera fila. Cerca de las ocho empezaron a llegar los escasos asistentes. Al ver la impuntualidad se volvió hacia mí y me dijo: “por eso llegamos tarde a la historia”. Ahora, siempre que camino por ese sitio del local edilicio, lo recuerdo con su barba blanca, mirada serena, boina y su digna personalidad. Su humanidad tan intensa la revela en su poema Mi padre, diciendo que al morir “los trenes del tiempo en humo inalcanzable se llevaron su nombre”. Que fueron nueve personas que lo sepultaron, “yo no hubiera querido regresarme y dejarlo inmensamente solo” en el sepulcro, y que “sin su decidida bondad…la pobreza sería una divinidad indigna”. El poeta había dicho que la profesión de su padre era músico de banda. Es tema recurrente en su producción poética, mostrar sin adornos la injustica, el desamparo de los pobres en la miseria, revelarse contra la opresión y la insensibilidad sistemática de un modelo político y jurídico que siembra la exclusión social y económica. En una entrevista a Jo Anne Englebert, estadounidense, profesora de literatura, una de sus traductoras al inglés más reconocidas, dijo que “me atraía la escritura testimonial. Sospechaba que este tipo de escritura era la que más se acercaba a la verdad. Y para mí, la verdad, una verdad específica, tenía que ser la base de la poesía. Honduras no era una realidad folclórica, era una realidad trascendente, y esa trascendencia tenía que encontrar su fórmula estética: había que encontrar una base exacta y la forma de expresarla, eso tenía que estar equilibrado, integrado, como dos mitades de una misma cosa…” Cuando le otorgaron el Premio Casa de las Américas de Poesía en 1971, por Un Mundo para todos Dividido, el Acta del Jurado menciona: “La plasmación de esta obra creadora se obtiene con una apreciable economía de recursos, y un tratamiento fónico y rítmico que muestra claro dominio en el oficio poético. Pese a su visión de desamparo, es justo reconocer su confianza en la tierra y en la dignidad esencial del hombre”. El Jurado lo integraba Eliseo Diego, Pablo Guevara y Gonzalo Rojas. Anteriormente, había ganado el Premio Adonais en España por su libro “Los Pobres”. Nació en Yoro, Yoro, Honduras, un viernes 18 de abril de 1930, y falleció el lunes 23 de mayo de 2011. Su cónyuge fue Lidia Cruz, y su hijo Néstor Sosa. El Ministerio de Educación honró con su nombre la promoción del año 2013. Se consideraba autodidacto, aunque tenía un título universitario, una maestría en artes, adquirido en los Estados Unidos, gracias a una beca Fullbright.  En su juventud vendió pan, y en su vida hizo varios trabajos ajenos a su vocación poética.  En este 2026, se cumplen 15 años que perdimos este bardo catracho atípico, valioso como pocos, que llevó una vida consistente con su ideario, con grandiosa producción poética. Una joya cívica que honra en vida y muerte a la nación hondureña. Viendo como la mayor parte de la clase dominante  hondureña, civil y militar, se ha  comportado  antidemocráticamente por los siglos  después de la independencia nacional,  dando golpes de estado, decretando estados de sitio que violan los derechos humanos elementales,  reprimen medios de comunicación de la oposición, muestra servilismo humillante a los intereses extranjeros, tiene una fijación anacrónica que nos aleja de la actualización científica y tecnológica, es indiferente a la conservación forestal y los recursos naturales,  acumula todos los méritos incivilizados y se muestra en el exterior como abanderada de la barbarie tercermundista, no dejo de pensar en las palabras que me dijo el poeta. Si, Roberto Sosa, tu observación es verdadera y eterna, “por eso llegamos tarde a la historia”.

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