Contracorriente: A TOMAR PARTIDO POR HONDURAS
Juan Ramón Martínez
Pasadas las elecciones, escuchada la voz
colectiva sobre quienes gobernaran al país durante los próximos cuatro años,
hay que reparar los daños y limpiar las suciedades. Hemos rasgado el tejido
social. Roto la comunicación entre personas, familias y grupos, manejando ideas
equivocadas sobre la sociedad, la economía, la política y el futuro nacional.
Los vínculos de comunicación interrumpidos entre personas e instituciones,
deben ser restablecidos. Hay que limpiar el piso, echando fuera la basura,
abandonando las estupideces intercambiadas, las mentiras inventadas; y las
ofensas inferidas entre unos y otros. Tenemos que entender que las campañas
algunas veces son apasionadas; y que esta fue polarizada al máximo.
De la misma manera, hay que identificar las
verdades descubiertas, renunciar a los errores de apreciación equivocados; y
aceptar los hechos inevitables que tienen su base en la realidad de la vida: la
idea que la política aunque necesaria debe ser limitada moralmente; que la
economía tiene reglas y leyes que deben ser obedecidas; y que las relaciones
internacionales deben ser reconstruidas, porque la irrupción de Trump en la
campaña, ha inferido daños que si no los reparamos, servirán para que la existencia
de Honduras, en otra campaña tan polarizada como esta se vea seriamente
comprometida.
En términos realistas hay que aceptar que
estamos “malheridos”. Si en otras campañas, el comportamiento de los políticos
propicio el respeto por la opinión ajena, en esta caímos en la equivocación de
creer que existe el pensamiento único; y que solo es válida la unanimidad,
creyendo que las verdades tribales son palabra de Dios, válidas mientras no se
usen como bozales para imponérnoslas a nosotros. Debemos reconocer que nos
hemos desvalorizado al aceptar que desde afuera vengan a decirnos por quien votar,
con lo que al final, hemos permitido la reducción de la soberanía nacional.
No hemos tenido los hondureños una autoestima
muy elevada. Hemos caminado con la cabeza agachada, con los ojos llorosos; y
los pies levantando polvo. En esta campaña, el que no ha mirado a Washington disgustado; lo ha
hecho hacia la Habana o Caracas. Y no para encontrar en Martí la anticipación
de las desgracias de los latinoamericanos en el manejo del poder; o Bolívar que
mostró el autoritarismo del liderazgo que cae siempre en la tentación del
irrespeto a la ley y el rechazo a la democracia. Todo lo contrario.
Reconocer que la República está herida,
golpeada y ofendida, es el primer paso. El segundo es aceptar que nos hemos
maltratado; y que, en consecuencia, debemos reconciliarnos; reconociendo que
pensar diferente no es debilidad, porque la unidad en la diversidad está la
fuerza. Debemos volver como como antes, yendo a los velorios –sin
diferencias partidarias– participando en los matrimonios; o compartiendo las
mismas angustias cuando la tragedia destruye la casa común.
El discurso sectario y mentiroso, la
agresividad y la mala cara, deben dejarle espacio al cariño del hermano. Que
compartiendo la misma Patria asumen que tienen responsabilidades generales.
Desde el reconocimiento que nuestra incompetencia produce el atraso en que
vivimos, la falta de autonomía para dirigir nuestro destino, sin explotar a los
pobres que con sus remesas sostienen una forma de vivir que no guarda relación
con el esfuerzo colectivo interno.
Aceptar que hemos fracasado, porque no
producimos lo que nos comemos es fundamental. Igualmente, que no tenemos dinero
para operar un sistema de seguridad social de cobertura general. Que el sistema
de justicia es injusto; y que los partidos en vez de líderes empollan
caudillos; y animan al general irrespeto a la ley. Que el sistema educativo no
forja el carácter colectivo sino que la sumisión.
Hay que hacer un acto de contrición. Hay que
reconocer como cristianos, que “hemos pecado mucho de palabra y obra”. Que nos
hemos ofendido y que estamos avergonzados. Es inevitable reconocer que la
obstinación, la terquedad y la incapacidad para actuar realistamente, es la
fuente de los escasos resultados. Y que el fracaso de Honduras, estando cerca
de la orilla del abismo, debe obligarnos a detenernos.
Seguir el mismo camino de hasta ahora
nos llevará a la destrucción colectiva. Solo tenemos una patria. La única
que nos podemos llevar a la boca. No hay tiempo de crear otra. Porque al buscar
otros cielos, los dueños nos recibirán mal y nos rechazan, porque vamos a
quitarles lo que han construido con trabajo, sudor y lágrimas.
Hay que tomar partido. Pero esta vez por Honduras; y solo por Honduras.

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