Mirador: APRENDIENDO DE LOS EXITOSOS
Juan Ramón Martínez
El mayor error de los latinoamericanos es creer
que la obstinación es una virtud cardinal. Que rectificar es prueba de
debilidad; y que, en la dureza y la resistencia para no enmendar, está la base
del poder. México logró avanzar un poco, porque rectifico un poco. Brasil, dejó
de creer en las estupideces militares; y se encaminó por el respeto a la ley y
las instituciones. Argentina quiere hacer lo mismo.
En cambio, Fidel Castro incurrió en el error de
creer que la política está por encima de la economía; y que la voluntad puede
sustituir a los estímulos materiales de las personas que actúan incluso en
contra de los más orgullosos. Chávez, creyó que el petróleo estaba allí; y que
no había que hacer nada para extraerlo. Al final destruyó a Venezuela y la
empujó al abismo, dejándola rodeada por la potencia que domina el barrio donde
vivimos. La URSS se vino abajo, después de 70 años, porque no pudo desburocratizar
la operación económica que era una extensión gubernamental, con la que creían
poder derrotar al capitalismo, descuidando el bienestar del pueblo y la
capacidad de los soviéticos para encontrar solución a los problemas y obtener
resultados.
Los chinos aprendieron la lección. La política
la dirigen los políticos dentro del partido. La economía la manejan los
particulares, con la condición de subordinarse a las líneas maestras del
partido, aportando ellos las formas y dando resultados, con la condición de no
intervenir en política función exclusiva de los comunistas dentro del partido
único. Es una simpleza, pero que Fidel y la generación histórica que hizo la
revolución cubana -muy sobrevalorada en sus palúdicas “batallas” y en sus
propuestas- se han resistido a aceptar.
Por eso no tienen azúcar para endulzar su café.
Carecen de un mercado agrícola que les dé los alimentos básicos porque es
mentira que se pueden suprimir los estímulos económicos y creer como
mandamiento de la ley de Dios, que con la voluntad puede hacer lo que quiera.
Incluso en contra de la ley de gravedad.
En esta campaña se han dicho muchas estupideces
con apariencia de verdades reveladas. Que, si las seguimos manejando, tendremos
los mismos resultados que los cubanos. No es cierto que el único productor y
comercializador es el gobierno; que la iniciativa de los particulares es
inferior al falso talento de los burócratas; y que es delito buscar el
beneficio propio invirtiendo y corriendo riesgos. No es cierto tampoco que el
partido debe dirigir la economía y que los particulares no son más que
burócratas descalzos, ovejas obedientes al que unos irresponsables, que nunca
han sembrado una yuca; ni manejado una pulpería pretenden enseñar que producir,
cuando ganar; y a cuanto vender el fruto de su trabajo.
La economía tiene leyes que la libertad debe
permitir que se expresen a cambio que, el éxito individual de alguna manera sea
compartido entre todos. Para que vía la justicia social, se reduzca la
desigualdad que expulsa a los hondureños hacia el exterior, volviéndonos
frágiles; y tornándonos poco imaginativos.
El que no tengamos ciencia; que las
universidades no nos dan creadores y gerentes agresivos con capacidad para
producir riqueza, es señal inequívoca de que las cosas están enredadas. Y que
las debemos destrabar si queremos en realidad, hacer de Honduras un espacio en
el cual podamos vivir con holgura; sin robarle a nadie nada; y sin andar como
limosneros con garrote vendiéndonos por un plato de lentejas.
Este es el tiempo de las rectificaciones honestas y sinceras. Y para ello hay que aprender de los que tienen éxito. Imitar a los fracasados, llevará al fracaso.


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