Contracorriente: EL ÚLTIMO PERIÓDICO, ¿EL FIN DEL PAPEL?
Juan Ramón Martínez
Siento la necesidad de compartir con los
lectores. Un instante para las confidencias. Soy seguidor de Borges. Lector
de García Márquez (el de “Cien Años de Soledad”), de Octavio Paz el ensayista
de “El Laberinto de la Soledad”. Rio cómodo en las “cuerdas” locuras del
“Quijote de la Mancha” de Cervantes. Y escrutador de historias recreadas por
Arnold Toynbee, Crose, Ortega y Gacett y Oqueli. Amigo de la teología con
Ratzinger, Hans Kung, Baruch Spinoza y Tomas de Aquino. Creo – con Borges --
que muy pocos inventos humanos superan al libro. Y en los
periódicos encuentro el escenario para la aventura del conocimiento
fugaz y la base para la reflexión y las preguntas sobre hacia dónde vamos. O si
vamos para alguna parte
He aprendido a entender el viaje de las
golondrinas Gozar el ruido de los pericos. El vuelo de los alcaravanes en los
caminos solitarios, derrotados por la oscuridad de las noches anticipadas.
Celebro los viejos que usan sus dolores de rodillas para predecir las próximas
lluvias; y animar los preparativos para las siembras en las labranzas de las
aldeas solitarias. Pero, sobre todo, he aprendido –en una vida larga e incómoda
para algunos que no me leen– que lo mejor, después de una taza de café
asediada por las anécdotas, es la confortabilidad de un periódico. O la
complicidad de un libro. Claro. He oído a jóvenes hondureños --menores de
cuarenta años-- decir orgullosos que jamás han leído un libro. ¡Mejor me
matan!, dicen con cinismo calculado. Y menos un periódico.
Estas expresiones me preocupan. Más que no
haya periódicos en las ciudades como en el pasado. En Santa Bárbara salía
“La Luz”, semanario católico. “El Alfiler”, “La Juventud” y “Correo del
Norte" -y muchas más- en SPS. En Olanchito “Alerta” y “Patria”. En La
Ceiba “El Heraldo” “El Trópico” y “La Tribuna” eran cartas orientadoras del
diálogo local y el intercambio entre los que habían gustado el valor de pensar,
reflexionar y cuestionar. En tanto en Choluteca circulaban “El Pacifico”, “Ecos
del Sur” y “Hombre Libre”, que tomaban el pulso ciudadano y asumían posturas
políticas. Compartiendo los hechos locales: la boda de los amigos, la
muerte de los conocidos, el viaje aéreo de los empresarios y los políticos, así
como las iniciativas para mejorar el agua; o la iluminación del parque. O
controlar el ganado que pastaba vagabundo en la ciudad. Problemas locales.
Atendidos con mentalidad local.
Esto es cosa del pasado. Los jóvenes que no
leen, ignoran su existencia. En mi caso es motivo de reflexión que me
permite concluir que las sociedades no mueren abruptamente. El fin de
Pompeya es singular. Los romanos no se dieron cuenta de la declinación del
Imperio de los Cesares. Las sociedades viven y mueren diariamente. En
silencio. Solo los más perspicaces se dan cuenta. Muy pocos oyen a los
profetas.
Por primera vez en Honduras dos diarios
nacionales, no circulan los sábados y ninguno los domingos. Las ediciones electrónicas casi no
tienen que ver con las de papel. Estas las hacen periodistas. Aquellas,
muchachos del kindergarten. Unos periodistas. Otros encantadores de imágenes.
Ocurre en todo el mundo. Juan Luis Cebrián y
Sergio Ramírez lamentaron la desaparición de los quioscos madrileños donde
compraban periódicos y revistas. En Venezuela el chavismo hizo desaparecer
todos los periódicos. Echo en falta “El Nacional”, por sus narrativas y por las
opiniones de sus preclaros intelectuales.
Yoani Sánchez desde La Habana, comparte su
nostalgia al enterarse que “Granma”, -- el diario del gobierno cubano--,
sale solo una vez a la semana. Por la crisis de papel, tinta y
electricidad. Igual “Juventud Rebelde”. “Bohemia”, aunque mutilada y
arruinada por el castrismo, tampoco circula.
Las crisis de las sociedades occidentales, si
son anticipadas –en su fase final– cuando dejan de circular sus diarios y
revistas. Los
cubanos no se enteraron que su revolución terminó en 1990. En la obscuridad,
mientras se orientan para evitar chocar contra las paredes o romper los muebles
envejecidos, han descubierto que no habrá necesidad de que “el último apague la
luz”. Hace tiempo que se fue. Sin despedirse.
La crisis hondureña empieza. Que los periódicos no salgan los
fines de semana es la primera señal. Qué “Poder Popular” –el segundo
seminario gubernamental fundado por Mel Zelaya- deje de circular es la segunda
señal. Terribles augurios
La muerte de periódicos es preocupante. Se
pierden las señales que dejamos para que descubran en el futuro que existimos,
soñamos y trabajamos para derrotar el olvido. Con mucho; o sin éxito.

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