Contracorriente: HONDURAS, PAÍS VIOLENTO

Juan Ramón Martínez

Honduras sigue siendo un país violento. Las cifras de homicidio por 100 mil habitantes, aunque reducidas en los últimos ocho años, no es suficiente para sacarla de su condición de inseguridad. Lo que obliga a concluir que hay que dejar de ver el problema como coyuntural y analizarlo desde una perspectiva estructural. En vez de concentrarlo en su parte final, hay que reflexionar más sobre los delincuentes que sobre las acciones estatales para combatirlos. Es decir que antes de valorar las estrategias policiales, debemos estudiar el ser humano, sus motivaciones y las herramientas que usa para violar la ley, huir de la autoridad; y refugiarse en la impunidad.

Para empezar, hay que partir de algo elemental. El ser humano no es naturalmente bueno. Es el único animal que mata sin ánimo de comer. Hace de la guerra un ejercicio donde levanta construcciones históricas de naciones e imperios. Todos los escudos nacionales chorrean sangre.

Baruch Spinoza (1632-1677), tiene una reflexión util. “Si los hombres fueran capaces de regirse constantemente por una regla preconcebida; si constante las favoreciera la fortuna, tendrían el alma libre de supersticiones. Mas como suele hallarse en situaciones tan difíciles que le imposibilitan adoptar solución alguna racional; como casi siempre fluctúan entre el temor y la esperanza, por bienes que no saben desear moderadamente, su espíritu esta siempre abierto a la más exagerada credulidad. Vacilan en la incertidumbre; el menor impulso los mueve en mil rumbos diferentes, y a su inconstancia se agregan las fatigas del temor y la esperanza. Por lo demás, observadle en otras situaciones y le hallareis confiado en el porvenir, lleno de orgullo jactancioso”. (Ética, Tratado Teológico—Político, Editorial Porrúa, 2022, pág. 279).

Los índices elevados de violencia coinciden con el incremento de la población. Entre 1928 y 1932, Honduras vivió una explosión de criminalidad poco estudiada. No tenemos universidades que investiguen; ni pensadores. Aquel brote de violencia, tenía connotaciones políticas que derivó en una dictadura auto justificada en la imposición de la ley y la persecución de los delincuentes. Carias Andino impuso la paz.

El incremento de la violencia, coincide con la crisis del sistema político y económico. El sistema político se ha distanciado del estado de derecho y el aparato represor se ha debilitado de tal forma que muchos –los más débiles moralmente, fruto de familias disfuncionales, sin formación cívica y moral– han terminado por creer igual que los políticos que hay que hacerse justicia por las propias manos. La publicidad que reciben los delincuentes, es un mensaje que no nos preocupa la cuestión; que no tememos a la “banalización del mal”. Y que al final, aceptamos que lo irregular es normal. Y que cada quien debe defenderse por sí mismo. Todo esto es provisional y punto de partida para una discusión multidisciplinaria, en una sociedad lenta y perezosa cuando de pensar se trata.

Veamos las víctimas y victimarios. La mayoría de los delincuentes son más inteligentes que las autoridades. El índice de capturados, juzgados y condenados es bajo. La impunidad hace pensar que pueden delinquir y nunca ser castigados. Y cuando los capturan son “famosos”, porque sus nombres aparecen en los medios de comunicación en donde los neo delincuentes encuentran modelos objeto de admiración. Entre las víctimas hay un elevado número de mujeres y creciente aumento de jóvenes. Todos o la mayoría de las víctimas son menores de 40 años. Es probable que la muerte de mujeres tenga alguna relación con la distribución de estupefacientes o “narcomenudeo”. El negocio no da para vivir y pagar. Cuando no pagan, las matan. Y el instrumento usado son pistolas de alto calibre. Nada de pistolas o fusiles “22 mágnum” que usara el mayor Chinchilla para matar al padre Iván Betancourt. Se usan armas automáticas e incluso no hay que descartar que se utilicen armas nacionales propias y exclusivas de la autoridad. La falta de confianza en la Policía permite este tipo de conclusiones.

Una primera conclusión. La reacción de la sociedad es incoherente. No hay investigación, no se ha reformado el sistema de justicia, la mora judicial no preocupa a nadie; y nadie ha hablado de prohibir la tenencia y portación de armas. En el pasado, se acordaban en situaciones similares, desarmes generales. Se hacen celebración en algunos lugares donde prueban la calidad y modernidad de las armas de fuego. Y al final, nadie cree que hay que trabajar sobre el ser humano, para orientarlo y mejorar la conducta. La pregunta es inevitable. Ante esta violencia ¿somos estúpidos o “taimados”? 

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