Contracorriente: RESURRECCIÓN, VIDA Y CUERPO DE CRISTO

Juan Ramón Martínez

Después de la muerte de nuestros padres y  los de Nora – idos los hijos y muerto José Ernesto – la Semana Santa tiene otro sentido. No tengo capacidad para vacacionar; ni resistencia para soportar la manipulación del gobierno que, en nombre de mi seguridad, regula, detiene y somete a investigación en las carreteras a los viajeros. Me quedo en casa. Leo, reflexiono y escribo. Participando en lo posible, en los eventos de la Semana Santa. Valorando la resurrección, el bautismo, la salvación y la vida auténtica.

En 1970, después de cuatro años de alejamiento, estaba de regreso en Tegucigalpa donde más tiempo he vivido. Trabajaba por generosidad de mis amigos, en Cáritas y en Catholic Service. Con Rodolfo Sorto, Julio Montoya, Salvatore Pinzino, Hermes Bertrand Anduray (Mito), Manuel Pacheco y bajo el liderazgo de Guillermo Arzenault. Vivíamos en Loarque y teníamos con nosotros a Tito, nuestro primer hijo.

Una tarde – algunos periódicos entonces salían después del mediodía – en uno de ellos leí que algunos arqueólogos creían que habían encontrado la tumba y el cuerpo de Jesucristo. Inocente, creí la historia. La célebre como algo nuevo. Pero Pinzino, un estadounidense -- italiano que era el director de CRS, me dijo “Juan, entonces si encuentran el cadáver, no hay resurrección; y sin resurrección no hay cristianismo”.

La afirmación, contundente y definitiva, me marcó. Y ahora más de cincuenta años después, en esta solitaria Semana Santa – en la casa vacía, los libros silenciosos y el tiempo tomando formas diferentes – tengo la satisfacción de celebrar la resurrección de Cristo, el bautismo, la salvación y la existencia humana sobre la tierra, en otra dimensión. Y en otra perspectiva, porque los hechos son diferentes y las preocupaciones absolutamente distintas.

Hace una semana, pastores evangélicos estadounidenses – llevados a la Casa Blanca por la “asesora” religiosa del Presidente Trump – colocaron sus manos sobre la cabeza del gobernante de Estados Unidos, santificando y dándole ánimos en su guerra en contra de Irán. Varios días después, el Santo Padre León XIV, desde San Pedro, condenando la guerra, pidió el cese de la violencia y el diálogo para mantener la paz. Él y todos sus hermanos en el mundo conocemos la naturaleza del ser humano. Y aceptamos valerosamente la historia de nuestra Iglesia. Hemos estudiado las cruzadas y visto a los Papas en ocasiones, empuñando la espada y dirigiendo tropas hasta provocar la muerte de otros hermanos, señalados como enemigos. Lo digo, no para justificar sino para reconocer la naturaleza humana, la “vocación” por la destrucción del otro; y el gozo enfermizo por causar daño a los demás ratificando la condición imperfecta del ser humano. La existencia del pecado. Y la resurrección – no como algo ocurrido –  como una visión de lo que ocurre fuera de la escenificación dentro de nuestra propia vida.

El bautismo, la derrota de la muerte, el perdón del pecado y la resurrección a la nueva vida, no da esperanza que pese a todo lo que ocurre en nuestro alrededor: la inconsciencia colectiva, el irrespeto a la vida del otro, la repetida ofensa del cuerpo ajeno -- que no es otro que el cuerpo de Cristo -- nos dan esperanza. Mientras escribo imagino que cada día, todos – o por lo menos parte de la comunidad humana – resucitamos y avanzamos hacia la perfección. Hacia Dios.

Porque la resurrección no fue solo un hecho extraordinario, sino que el inicio de un magisterio en que Jesucristo, al aparecerse siete veces a sus discípulos, señaló el camino de la salvación y de la libertad. Nos enseñó que tenemos que ser otros. Que al caer debemos levantarnos siendo nuevos. Y lo más importante: manteniendo la unidad y la comunión con los demás. Por eso mismo le decía a Monseñor Vicente Nacher que prefiero antes que la cruz– algo que no sostengo porque no soy teólogo – la cena que ordenó el señor: compartir el pan y vivir solidariamente, luchando juntos contra la muerte y las emboscadas del mal. Ayudándonos y cuidándonos como hermanos.

El materialismo le ha hecho mucho daño a la humanidad. Hemos dejado de ser cuerpo de Cristo  -- y por ello, especialmente en esta familia Honduras -- unos hacen daño a los otros, levantan la mano para provocar sufrimiento, roban, engañan y renuncian a la libertad y al descubrimiento de la verdad, gozando en las codicias de lo material. Pero hay que tener fe. No solo Cristo vendrá otra vez, sino que cada día, está con nosotros – porque nunca se ha ido. Somos su cuerpo. Nos obliga a ser mejores y respetarnos más. Amándonos más.

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