LO QUE HACE EL AMOR
Tito Ortiz
Mi mente se remontó a 1968. Al fin tenía
a Gilda. Yo nunca había trabajado, tenía 20 años, ahora había que hacerlo. El
dinero que había obtenido por la venta de mis sacos sport se había acabado, se
los había vendido a Jorge Berlíoz, solo él como músico podía comprarme un saco
rojo de corduroy o uno camuflajeado. Se los vendí en L.30.00 cada uno. Lo mejor
de todo es que teníamos la misma talla.
Como la navidad estaba cerca, se me
ocurrió pedirle a mi tío Moncho Chicharrón, que era un artista, que me hiciera
diseños navideños cortados en cartoncillo para poder rociarle encima nieve en
spray y decorar las ventanas de las casas. Me iba de casa en casa a las Lomas
del Guijarro y vendía las decoraciones navideñas en Lps.15 cada una. Tenía
diferentes figuras, como un trineo halado por los renos, una hoja de pascua,
una corona con chongo y por supuesto “Merry Christmas”.
Para tener más ingresos la siguiente
navidad (1969), recomendado por mi suegra, conseguí un crédito de L.200.00 con
“Arte Mineral” de Mr. Eugenio King Freeland. Él tenía montado un taller de
pulido de piedras de río como pedernales, en su casa de habitación en Las
Torres, carretera al batallón. Pulía las piedras y tenía montaduras de fantasía
para hacer llaveros, pulseras, aretes y collares. También pulía el vidrio, así,
de un bote rosado de Pepto-Bismol sacaba un precioso coral, y de un bote del
purgante Laxol, conseguía un lindo Lapis Lázuli.
Él había sido piloto de SAHSA y no
hablaba español. Ofrecía yo las joyas como un regalo bonito y económico a las
amas de casa para obsequiarlas en navidad a sus choferes y empleadas
domésticas. Me fue muy bien pues vendía las joyas al doble de lo que me costaban.
Me hice cliente de Mr. Freeland. Pero en enero las ventas se me fueron abajo.
Lo que yo necesitaba era un trabajo
fijo. Así empecé a trabajar con Jardines de Paz Suyapa, vendiendo lotes del
cementerio. Vendí 13 lotes, pero la comisión era muy baja. Cada lote valía
Lps.800 si la venta era al contado me pagaban L. 40.00, y si era al crédito me
pagaban L. 25.00.
Tenía que ser independiente para ganar
más, así me convertí en guía de turistas. La agencia de viajes Copán Tours me
conseguía los turistas y yo les daba una gira por la ciudad, con una duración
de dos horas y media. Los llevaba al mercado de Comayagüela, pasábamos
despacito, para que los turistas pudieran observar las ventas de frutas en sus
canastos y muchas cosas pero no nos bajábamos. Íbamos al Monumento De la Paz
como mirador de la ciudad. Los llevaba a El Picacho, me preguntaban cómo se
llamaban ciertos árboles o pájaros y yo me tenía que inventar nombres para
mencionarlos como que los sabía, ya que como Guía de Turistas tenía que
saberlo.
Una vez que era Thanksgiving, cuando
pasábamos frente a la residencia del embajador de los Estados Unidos, en la
colonia Viera, uno de los cuatro turistas que llevaba, dijo que era tradición
que los americanos en el extranjeros estaban invitados a comer pavo en su
embajada. Me tocó esperarlos horas junto con los otros choferes que también
esperaban.
Otra vez me tocó llevar una pareja a
Comayagua. Yo estaba feliz porque iba a ganar más por el viaje. Ya en
Comayagua, cuando me vieron preguntando por la dirección del museo, (Yo no
conocía Comayagua) se molestaron y le dieron la queja a don Oscar Diaz, que era
el propietario de la agencia de viajes.
Yo quería un trabajo en oficina, así
como trabajaba la gente grande y yo ya tenía 20 años . Entonces fui a ver a mi
amigo de la infancia, aunque me llevaba unos ocho años, el arquitecto Juan José
Pino. Él era el gerente del INVA, Instituto Nacional de la Vivienda, me dijo
que como estábamos a finales de año ya no había presupuesto, que regresara en
enero. Le pregunté que como en qué fecha, como el quince me dijo. Le pregunté
qué a qué hora. Como a las once me dijo sonriendo. Desde ese momento comenzó la
cuenta regresiva en mi cerebro, esperando el quince de enero a las once de la
mañana.
Cuando la cuenta regresiva llegó a cero,
allí estaba yo en la oficina de mi amigo esperándolo. El me hizo entrar y me
explicó que no había vacantes. Sentí que la tierra me tragaba. Le rogué porque
me quería casar. Entonces el llamó a los siete jefes de departamento y les dijo
así: este joven, muy amigo mío, necesita trabajar. Yo sé que no hay vacantes,
pero si uno de ustedes le puede ayudar, se lo agradeceré. Uno de ellos dijo que
podía crear un puesto para mí: Investigador Social, pues estaban construyendo
la colonia Kennedy la gente era tan humilde que había que enseñarles cómo vivir
bien. El sueldo sería de 225 Lempiras al mes. Este jefe de departamento se
llamaba Rubén Mondragón quien después fue Ministro de Economía y suegro de
Claudia, la hermana de Gilda. Ya tenía trabajo en oficina. Me llevaron a una
pieza en donde había seis escritorios.
Mi Trabajo en el INVA
La colonia Kennedy se construyó en una
parte del Hato de En medio, propiedad de los Agurcia. En 1963, teníamos quince
años y acostumbrábamos en vacaciones ir a montar a caballo. Íbamos Juan
Agurcia, Jorge Hernández (Lechuga), Héctor Medina, Marco Mendieta, Ernesto
Bondy, Mauricio Villeda, Julio Cantero, Roberto Lazarus, Rolando Rodríguez,
Napoleón Pineda, Roberto Fiallos, Anzoni Gómez, Roberto Paredes y otros.
Volviendo a la pieza con seis
escritorios, me asignaron uno que tenía el vidrio quebrado, y una gaveta con un
agujero donde antes había estado un llavín. Esto quedaba en el barrio
Guanacaste. Se me acercó un tipo bajito, delgado, con el pelo liso y peinado
como Antonio Banderas. Me preguntó que si me gustaría tener un escritorio nuevo
y aire acondicionado. Le dije que sí. Entonces firme aquí, me dijo.
Al ratito llegó Juan José, con un saco
sport finísimo y llamándome quedito me dijo: Beto, Beto pst pst y me sacó al
patio interior del inmueble, poniéndome un brazo alrededor del hombro mientras
caminábamos, me explicó que andaban recogiendo firmas para formar un sindicato,
y yo ya había firmado. Bueno, me dijo, no te preocupés, pero de ahora en
adelante tené cuidado con esta gente me susurró, hay buenas personas pero
también hay malos. Me trasladaron a la colonia, la entrada era a las ocho de la
mañana, pero aprovechando que mi papá me diera jalón, llegaba a las siete. Los
compañeros de trabajo me dijeron que no había necesidad de llegar tan temprano.
Que yo podía llegar a la hora que quisiera porque ellos tenían un truco para
falsificar las tarjetas de entrada. Que me iban a arreglar la mía. Trabajé toda
la mañana caminando por toda la colonia, visitando a los nuevos dueños (pagaban
una cuota de 28 Lempiras mensuales), regresé a la oficina y estaban todos los
empleados temblando. Cuando me vieron me dijeron: ay Roberto, allí esta el
arquitecto con las tarjetas de entrada en las manos, y nosotros por quedar bien
con usted, ya le habíamos arreglado la suya y esa también la tiene en la mano.
Que vergüenza sentí.
Sabía que si seguía trabajando allí, no
me iba a poder casar. Ganaba muy poco. Alguien me dijo que el futuro era
estudiar programación de computadores. IBM estaba dando cursos gratis de RPG
360/20 así que me matriculé. Al final del curso (yo ya sabía que no entendía
nada) me aplazaron. Me matriculé de nuevo.
Gilda me presentó un tío de ella que
trabajaba en el Banco Central. Me dijo él que cuando iba en el elevador del
banco, oyó decir al gerente, que iba a mandar un muchacho para que lo
entrenaran en Rivera y Cía. Que porque no aplicaba yo, pues parecía que había
una oportunidad. Fui a una entrevista, dije la verdad, que estaba tomando un
segundo curso de computación, aunque no aclaré que era el mismo curso. Me
hicieron una batería de tests de aptitud y personalidad y me dieron el empleo
al decir yo que un señor del banco me había dicho que fuera. Yo no me acordaba
del nombre del tío de Gilda, y el gerente de Rivera y Cía. Creía que el gerente
del Banco Central me había enviado. Rivera y Cía. Estaba tratando de venderle
una computadora al banco. Me iban a pagar Lps.450 al mes. Eso fue el 15 de
julio de 1970, el 7 de agosto nos casamos.
Ahora venía el entrenamiento en Detroit,
Michigan.
El mejor de la clase de computación.
Mi jefe en Rivera y Cía. Rigoberto Girón
Soto, el mejor vendedor del mundo para mí. Hombre alto, galán, vestido siempre
elegantemente y educadísimo en sus maneras y especialmente en su forma de
hablar, me dijo: Roberto, olvídese de todo lo que aprendió en IBM porque
nosotros somos la competencia, Burroughs, y va aprender todo nuevo. Yo suspiré
de alivio, era como un milagro. En octubre salí para Detroit, Michigan. Estaba
heladísimo y el hotel quedaba a dos cuadras del centro de entrenamiento. No
tenía la ropa adecuada y me moría del frío. Esperaba yo ver la computadora, que
me enseñaran como se encendía etc. Nunca vi una computadora durante el mes que
estuve allí. Todo era análisis de datos en el escritorio. Se formaron cuatro
grupos de estudio, no se notaba que yo no estaba entendiendo nada. Era
horrible.
Había llevado joyas de Arte Mineral para
venderlas en alguna joyería como Honduran Stones. En todas las joyerías me
rechazaban y me veían raro. Entendí después al ir a una tienda económica de
Woolworth’s y ver las maquinitas para pulir piedras, y bolsas de piedras
pulidas igualitas a las que yo andaba por $2.50. Entonces decidí obsequiarle al
instructor algunas piezas, mientras le decía que mi trabajo dependía del
resultado del curso. Él me dijo que no me preocupara, que iba a decir que yo
había sido el mejor. Yo me reí, no le creí.
A mi regreso a Honduras, al entrar a
Rivera y Cía. Que era una tienda de departamentos, Caridad, la cubana a cargo
de Kodak me saludó así: Felicidades Roberto. Avancé y pasé por muebles de
oficina y cuando Campoy el español me vio me gritó con su acento: Felicidades
Roberto. Pasé por equipos de sonido Akai y Rolando Agüero Neda me dijo
amablemente: Felicidades Roberto. Yo estaba intrigado de que porqué todo el
mundo me decía felicidades, y llegué a la conclusión a mis 22 años de que
cuando una persona regresaba de un viaje, se le decía felicidades. En el camino
me encontré con el excelente Técnico Moncho, con el gran vendedor Óscar Dávila,
con Don Joselín, con Ronaldo, con Fontecha, Angel, Oswaldo, con Roberto de la
droguería, con don Juan Moncada, jefe de personal y don Roque Rivera y al fin
llegué donde don Rigo, mi jefe, le extendí la mano para saludarlo y el
diciéndome "no" moviendo para los lados el dedo índice de la mano
derecha y al mismo tiempo abrazándome me dijo: Felicidades Roberto. Con un
ademán me indicó que me sentara y se dirigió a su archivo, abrió la gaveta de
arriba y sacó una hoja de papel, era un cable de la Burroughs, diciendo que
habían vendido dos computadores a Nassau en las Bahamas y que no tenían
personal disponible para su instalación. Preguntaron al instructor del último
curso en Michigan y él dio mi nombre. Querían que yo las fuera a instalar. Mi
jefe me dijo: que oportunidad, que oportunidad más buena Roberto. Yo solo
sentía una revoltura en el estómago y unas ganas perras de ir al baño. Me
enfermé del estomago por tres días, tiempo en el que según yo, iba a meterme
todo el manual de lo que no entendía. Cuando regresé al trabajo mi jefe estaba
con la cara parada. Les urgía la instalación y mandaron a otra persona.
Pensé estudiar bien el manual mientras
venía la computadora.
Pasaron meses y meses y la computadora
no venía. Salió un nuevo cliente: La Empresa Nacional de Energía Eléctrica.
Cuando al fin vino, la caja en donde
venía la dejaron a la intemperie, llovió, se mojó y se arruinó.
A los técnicos los habían mandado a
estudiar a Brasil por seis meses y por más que intentaron encenderla, no
encendía, no le entraba corriente. Turcios trabajaba 8 horas diarias en las
oficinas de la E.N.E.E, por el Centro Social Universitario, yendo para Suyapa
en un local grande con aire acondicionado que era un requisito indispensable
para el procesador central, que era como del tamaño de una refrigeradora de 10
pies. Un día, después de quitar la tapadera que cubría los circuitos
integrados, me ofrecí a ayudarle y sin querer, tope con la tapadera, esta se
deslizó y cayó rozando todos los circuitos integrados, quedando una marca como
un caminito por toda la tabla, a Turcios se le paró el pelo, literalmente, y me
dijo, ¡ROBERTO!!! ¡Ay Dios Mio!!! Espérese, vamos a ver si pasa corriente,
necesitamos el osciloscopio, yo aterrorizado como estaba, agarré un bus y me
fui a Rivera a traer el osciloscopio, rezando todo el camino. Lo probaron y si
pasaba la corriente. Cuando don Rigo presionaba a Turcios, él me chantajeaba y
decía: ¿Será por aquello Roberto?
Mientras tanto José Antonio Barahona,
que era nuevo y yo entrenábamos al personal de la ENEE que iba a estar a cargo,
yo les traducía el manual y ellos entendían. Pero la computadora no trabajaba y
nunca trabajó.
Fumigación
Hoy me fumigaron la casa. Todo es
modernísimo, no hay olor. Inmediatamente mi mente se remontó al pasado. El 15
de Julio de 1970, conseguí mi trabajo en Rivera y Compañía como Analista de
Sistemas.
El 7 de agosto del mismo año nos
casamos. Teníamos 22 años de edad. Todo era felicidad. Gilda era bella,
excelente cuerpo, excelente piel. Era como un flan para mí. Siempre me encantó
el flan. Era mi mujer ideal en todos los aspectos. Ella era como la mujer que
siempre había soñado para casarme, era alegre, honesta y trabajadora,
compartíamos todo. Nunca salí solo, nunca volví a ver a nadie más (bueno, solo
a veces) la amaba con todo el corazón.
Alquilábamos una casita miniatura, atrás
de la casa de mi papá, en 80 Lempiras mensuales en el barrio Buenos Aires. La
casa era humilde pero entre los dos la pintamos y arreglamos, pusimos linoleo
en el comedor, en la sala una alfombra azul marino, gruesa y bonita , con unos
muebles nuevos forrados en dorado con tela brocada. Los muebles del comedor,
con sus ocho sillas y chinero de madera San Juan, sin tornillos. Forramos de
azulejos pequeños el lavatrastos, no quedó tan bien, pero mejor que antes. Quedó
bien bonita, era nuestro hogar.
Gilda ganaba L. 500 de sueldo al mes y
yo 450. No me sentía mal de ganar menos que ella porque acababan de pasar la
película “Love Story” donde Ryan O'neall ganaba menos que la esposa porque
estaba estudiando en la universidad, y yo estaba estudiando en la universidad
por las noches. Así que se valía.
En la noche, cuando yo regresaba de la
universidad Gilda estaba en la puerta de la calle esperándome. Ella a la salida
del trabajo se iba a la casa de su familia en la Primera Avenida de
Comayagüela, a esperarme y cuando yo regresaba nos íbamos juntos para nuestra
casa. Tenía yo unas cuñadas guapísimas, hasta en eso tuve suerte. El clima era
súper helado. Para dormir poníamos una resistencia del tamaño de un ventilador.
Gilda (nos pusimos “Cora” de apodo, de corazón) por las noches hacía que yo le
pusiera mis calcetines que había usado durante todo el día porque los pies se
le ponían helados. Ahora ni loca se los pondría, le daría miedo de un hongo
creo yo. Usábamos el mismo desodorante para las axilas, marca Valet y la
palabra asco no existía entre los dos. Yo creo que eso si perdura. Pues bueno,
una noche, ya tarde, preocupado por los pagos del mes, no me podía dormir. El
sueldo de los dos no nos ajustaba. Viendo hacia el techo, vi que había un
cucaracha, y pensé: ¡Y todavía tenemos que fumigar! Inmediatamente me levanté y
fui a buscar un catálogo de Sears, busqué bombas para fumigar, eran económicas.
A mí me pagaban mi sueldo en el trabajo cada 10 días, me salían como L.150
menos las deducciones. Ese día tomé la decisión de hacerme fumigador. Tener un
segundo trabajo. Empecé a hacer llamadas a todas las compañías de fumigación
para aprender. Las llamadas eran algo así: Acabo de fumigar mi casa y no me
funcionó. Quisiera volver a fumigarla pero me gustaría saber que venenos
usarán. Ellos, en la primera llamada me dijeron que usaban una parte de
Diazinon 60 y otra parte de Nuván que era bien fuerte. En la segunda llamada
dije que había usado lo anterior y que no me había funcionado. Entonces me
preguntaron que si le había echado al tanque de la bomba media taza de jabón en
polvo, que se hacía eso para que el veneno se adhiriera a las paredes. Entonces
llamé a otra compañía y dije que había usado los venenos más el jabón pero no
me había funcionado. Entonces me preguntaron si le había echado al tanque dos
cucharadas soperas de azúcar, que a los animales les gustaba el dulce. Empecé a
preguntar qué cuanto me cobraban por fumigar una casa de dos, tres y cuatro
dormitorios. De esa manera comenzamos nuestra compañía de fumigación.
Volviendo a aquellos tiempos, para mí
era como jugar de casita, de mamá y papá. Traté de adquirir gustos nuevos en la
música. Dejé el rock, porque ya me sentía “señor” y ahora solo oía música
instrumental. Traté de relacionarme con parejas casadas jovenes. Al casarme
decidí no llevarme el carro de mi papá, y mi madrina, la mamá de Marco Álvarez
me prestó L. 500 para comprar un Chevrolet del 51. Nunca me falló el "blue
jean", le decíamos así porque era color azul marino, azulón-blue jean.
Todo era de segunda mano, la estufa, la refrigeradora, la televisión, la
lavadora de ropa, que la necesitabamos tanto pues en ese tiempo no existían los
pañales desechables y Roberto Armando mi segundo hijo, que nació al año de
casarnos, tenía seis docenas de pañales para lavar. Esos pañales los compré en
los Estados Unidos y para no pagar exceso de equipaje los metí en la saquera.
Pesaban un montón y me fui arrastrando la valija (no tenían llantitas las
valijas como las de ahora) y cuando ya estaba casi enfrente del mostrador la
levanté con un dedo, como fingiendo que no pesaba nada, y al mismo tiempo que
sentía un gran dolor en el dedo el gancho de metal se iba estirando y perdiendo
la curva. Quedó recto y se zafó del dedo enfrente de la señorita de los
boletos. Me la admitieron gracias a Dios.
Para ir a trabajar compré dos trajes en
la sastrería Montero. Según yo iba a andar elegantísimo y cuando iba en el
busito, el cobrador andaba un pantalón con mi tela. Tenía un compañero de
trabajo, menor que yo. Se llamaba Ángel. Un día en la mañana Don Roque Rivera,
el mero dueño de la compañía, se acercó a mi compañero y le dijo quedito: Ud.
va para arriba. Qué envidia me dio y como a la hora llegaron dos conserjes y
cargando el escritorio se lo llevaron para el segundo piso, para arriba como
dijo Don Roque. Pero volviendo a la fumigada, primero probé en mi casa y
funcionó. Hicimos tarjetas de presentación que decían Fumigadora Ortiz,
Eficiencia, Responsabilidad y Economía con letras doradas. En poco tiempo
llegué a tener 60 clientes. Solo fumigaba los fines de semana, cuando era
urgente días de semana a medio día, en la hora del almuerzo. Los cines Clamer y
Variedades hasta después de la segunda tanda, a las once de la noche para que
al día siguiente no hubiera mal olor. Llegué a ganar más con la fumigada que lo
que ganaba en todo el mes en Rivera y Compañía. Aprendimos con Reniery mi
hermano, que era mi asistente, que las paredes empapeladas no se deben fumigar,
pues el papel se arruga. Para tapar la pared arrugada hasta un metro para
arriba tuvimos que cambiar de posición los muebles de la sala de la casa
fumigada. Con miedo esperamos que llegara la dueña de la casa y al ver el
cambio exclamó: Hey, y decoradores también! Al año siguiente que fui a fumigar,
los muebles seguían en el mismo sitio.
Mauricio Villeda me pidió prestada la
bomba, ya era 1972, y me acompañó para ver cómo se fumigaba. La cliente se
llamaba Lupita Corea, esquina opuesta al parque Finlay. Vimos un ratón debajo
de un chinero, inmediatamente le expliqué a Mauricio que el veneno solo era
para cucarachas o animales pequeños. Pusimos el pitón en chorro grueso con
presión, no con lluvia para bañarle la cabeza y atontarlo mientras le pegábamos
con el palo de un trapeador, hasta que una empleada gritó: la tortuga de doña
Lupita! La cabeza parecía de ratón. La tuvimos que bañar en la pila.
Sobrevivió. Las trabajadoras me adoraban, me invitaban a salir, me veían como
un empleado de la fumigadora. Hay más que contar pero ya no aguanto el sueño.
Capitulo 10
Me imagino que las dueñas de las casas
les pedían a las empleadas que no me dejaran solo. Eso era fácil de solucionar,
solo me ponía la máscara y viéndolas a ellas les decía: ojalá que no les pase
nada con el veneno. Salían a gran velocidad de la casa y yo ya podía curiosear
a mis anchas como vivía la gente rica. Las patronas junto con sus mascotas
habían huido desde temprano.
En la casa de Sofía castañeda, estaba su
madre postrada y de edad muy avanzada. Con una voz que daba miedo, temblorosa
llamaba a la muchacha así: Glooorriiaa, Glooorriiaa y a Gloria le valía por
estar platicando conmigo. Entonces yo le decía a la muchacha: la llaman. Y ella
haciendo un gesto de desdén con su cara, al mismo tiempo que movía y su mano
derecha en círculos me decía: no le pare bolas, invitándome a un baile el
sábado por la noche en El Piligüin, arriba del Hatillo.
Carlos D’arcy me llamó un día y me contó
que había construido un apartamento, lo acababa de pintar y me preguntó si yo
daba el servicio de pulir pisos. Le dije que por supuesto. En mi vida había
pulido uno. Pero pensé que podía hacerlo. Conseguí prestada una máquina enorme,
con un gran cepillo circular que rotaba a gran velocidad controlado por un par
de manubrios para la velocidad, el encendido y el apagado. Si yo presionaba los
manubrios hacia abajo, la maquina doblaba a la derecha. Si los levantaba doblaba
a la izquierda. Compré cera para pastear carros y el domingo temprano estaba
listo para pulir los pisos del apartamento. No sé de adonde saqué que la
maquina era como una aspiradora. El piso estaba lleno de aserrín y no lo barrí
porque la maquina lo iba a aspirar según yo. Con el dedo comencé a raspar la
pasta de la lata y a tirarla distribuyéndola sobre el piso encima del aserrín y
listo para empezar con la máquina. La encendí y la puse sobre los bultos de
pasta con el aserrín y a la velocidad de una bala comenzó a tirar bojotes bien
mezclados por todas las paredes recién pintadas de blanco. En ese momento entró
doña Elsa, la mamá de Carlos y horrorizada me preguntó que si sabía lo que
estaba haciendo, yo le pedí trapos para limpiar pero quedaban manchas de grasa.
Le dije que mejor iba a regresar al día siguiente. La máquina era 110 y en
Tegucigalpa era 220. Cuando fui a desconectarla del transformador este apestaba
a quemado y estaba como derretido. Al día siguiente llamé a Carlos y él me dijo
que me despreocupara, que por “casualidad” alguien había pasado por enfrente y
ya estaba hecho el trabajo. Carlos siempre fue un caballero conmigo y hasta la
fecha lo es.
Dejé de fumigar porque me trasladé a San
Pedro Sula con un buen trabajo. Ya no necesitaba fumigar. Nunca me imaginé que
ocho años después me iba a tocar hacerlo al quedarme sin trabajo. Pero esta vez
lo acompañé con la venta de guaro en los expendios de aguardiente de la
carretera a Cofradía y los Topo Gigios (cool aid congelado en bolsitas
plásticas) que Gilda los anunciaba así: Topo Gigios con agua de San Pedro que
no enferma. Colorín Colorado….
La fuerza más poderosa que nos permite
conseguir cosas es la fe.
Han pasado 56 años, y al ver mi hogar
alrededor, veo que es cierto que la fe mueve montañas, que, si uno tiene
pensamientos positivos y cree en ellos sin dudar, se harán realidad,
Fé es la certeza de lo que se espera. La
convicción de lo que no se ve.
Hebreos 11:1
Letra de la canción El Camino de la
Vida, del compositor Héctor Ochoa Cárdenas, que le dedico a Gilda;
EL CAMINO DE LA VIDA
De Héctor Ochoa Cárdenas.
De prisa, como el viento, van pasando
Los días y las noches de la infancia
Un ángel nos depara sus cuidados
Mientras sus manos tejen las distancias
Después llegan los años juveniles
Los juegos, los amigos, el colegio
El alma ya define sus perfiles
Y empieza el corazón de pronto a
cultivar un sueño
Y brotan como un manantial
Las mieles del primer amor
El alma ya quiere volar
Y vuela tras una ilusión
Y aprendemos que el dolor y la alegría
Son la esencia permanente de la vida
Y luego, cuando somos dos
Luchando por un ideal
Formamos un nido de amor
Refugio que se llama "hogar"
Y empezamos otra etapa del camino
Un hombre, una mujer
Unidos por la fe y la esperanza
Los frutos de la unión que Dios bendijo
Alegran el hogar con su presencia
A quien se quiere más, si no a los hijos
Son la prolongación de la existencia
Después cuántos esfuerzos y desvelos
Para que no les falte nunca nada
Para que cuando crezcan lleguen lejos
Y puedan alcanzar esa felicidad tan
anhelada
Y brotan como un manantial
Las mieles del primer amor
Sus almas ya quieren volar
Y vuelan tras una ilusión
Y descubren que el dolor y la alegría
Son la esencia permanente de la vida
Mas luego cuando ellos se van
Algunos sin decir adiós
El frío de la soledad
Golpea nuestro corazón
Es por eso, amor mío que te pido
Como le pido a Dios
Si llego a la vejez, que estés conmigo

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