NO ME ESPEREN EN ABRIL
Oscar Aníbal Puerto Posas
Alfredo Bryce Echenique (1939-2026), el grande escritor peruano, acaba de fallecer en Lima (11 de marzo de 2026). No perteneció al “boom” latinoamericano: Mario Vargas Llosa (su paisano), Gabriel García Márquez (colombiano), Carlos Fuentes (mexicano) y Julio Cortázar (argentino). Aunque nada tiene que envidiarles. A ratos los alcanza y en “Un mundo para Julius”, los sobrepasa.
Bryce Echenique, fue un hombre modesto. Nunca lo envaneció la fama. No repudió a su mujer -como hizo Vargas Llosa- para hacer pareja con la exesposa de un famoso cantante. Hizo de la escritura su oficio cotidiano. Tuvo la disciplina de escribir todos los días. Jamás experimentó el terror de la página en blanco. Todas sus obras llevan el sello editorial de “Plaza & Janes” de España. A la vez en todas sus portadas utiliza pinturas del francés Henri Rousseau, que coincide con el mensaje del libro: amenidad, franqueza y desprecio por el preciosismo.
Pero lo más grande de Alfredo Bryce Echenique, es su amor por el Perú. Gratifica leerlo. Enseña historia, de su patria bellísima y atormentada. Él logra, a través de la novela, un mural espléndido del Perú: sus gentes, sus próceres y también sus traidores. Leerlo es un encanto. Verifica el prodigio de revivir los héroes nacionales. Miguel Grau, por ejemplo, Almirante peruano, nacido en Piura (1834-1879). Héroe de la guerra contra Chile, durante la cual se cubrió la gloria al mando del cañonero “Huáscar”. Sucumbió gloriosamente en el combate naval de Angamos, en lucha desigual.
Sin tomarse el trabajo de juzgarlo, resalta la imagen de Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979). Organizador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), de gran influencia en la historia moderna del Perú. Su programa político se basaba en la nacionalización de la tierra y las principales industrias, la lucha contra el imperialismo norteamericano y la unidad latinoamericana. Ganó a su causa a grandes intelectuales peruanos, Luis Alberto Sánchez, el más elevado de ellos; Serafín del Mar y otros. Tuvo seguidores no solo en el Perú, sino en toda Latinoamérica. Junto al colombiano Jorge Eliécer Gaitán, asesinado en las calles de Bogotá en 1948, fue el mejor orador del siglo XX en América latina. Su estilo era agitativo. Alguien lo definió como “cerebro en llamaradas. Orador de huracanes en la boca”. Sufrió prisión y exilio. Permaneció diez años asilado en la Embajada de Colombia. El gobierno del Perú se negó a concederle el salvoconducto. En esa prisión de lujo (la sede de la Embajada), aprovechó el tiempo para escribir sus mejores obras: “Por la emancipación de América latina”; “España, tiempo histórico”; “Antiimperialismo y el APRA”, y hay otras. Salió de la Embajada, volvió al Perú. Ganó elecciones y se las robaron los militares. Llevó entonces al poder a Allan García, su discípulo. Nunca dejó de escribir. Ni abandonó su amor por la política. Murió a una edad senecta: 84 años. Alfredo Bryce Echenique, en su libro: “Dos señoras conversan”, publicado en 1993, informa a sus lectores que Haya de la Torre “ya murió”. Asimismo, refiriéndose a su largo asilo, comenta: “vivió en Lima, sin recorrer sus calles”.
“Dos señoras conversan” es un libro fascinante. “Doña Carmela y doña Estela de Foncuberta, viudas las pobres de los hermanos Juan Bautista y Luis Pedro Carriquirrí, acostumbran tomar la primera copita de “Bristol Cream” a las ocho en punto de la noche y, a las ocho y media, la segunda copita”. Tenían a su servicio una servidumbre numerosa: 8 o 9 criadas. Las preferían de Cajamarca. La ciudad de los baños del Inca. “Eran más obedientes y, además, blancas”.
La novela, revela que ambas mujeres pertenecían a una clase en decadencia. Continuamente repetían: “todo tiempo pasado fue mejor”. Cada una de ellas procreó un solo hijo. Tuvieron recursos para educarlos bien. Uno de ellos, en una célebre universidad norteamericana. Pero ambos emigraron a Miami. Establecieron negocios de poco relieve. En Miami, nadie sabía su procedencia social y pasaban inadvertidos. Allí no servían para nada sus ilustres apellidos. Huyeron cuando quiso -no lo logró- transformar a el Perú, el general Velasco Alvarado. A lo sumo expropió los periódicos de la burguesía y se los cedió a los obreros y a los campesinos. A juicio del autor nadie los leía. Eran aburridísimos. Por tanto, de Francia, de España y de EE.UU., llegaban los periódicos que leían con fruición las clases alta y media.
Alfredo Bryce Echenique fue un escritor prolífico. Entre sus obras más recordadas figuran: “La vida exagerada de Martín Romaña”; “Tantas veces Pedro”; “Un mundo para Julius” (su mejor novela). Y “No me esperen en abril”. Que es el título a este artículo. Al parecer, los grandes escritores presienten cuando se van a morir.
Margarita, mi hija viajera (hoy vive en Kampala, capital de Uganda), me traía sus obras. Fascinado las leía y algunas veces, desaparecían de mis anaqueles. Para eso sirven los amigos, para robarle a uno los libros. Ojalá hayan leído al autor que comento. Paz y gloria a quien dejó una huella profunda en la literatura latinoamericana. ¡No es justo olvidarlo!
Tegucigalpa, abril de 2026

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