Cosas del español (90): CON SANCHO HEMOS TOPADO
Portada de Refranes o Proverbios en romance, de
Hernán Núñez, 1555.
El diccionario académico define el refrán
como ´dicho agudo y sentencioso de uso común´. Hay que subrayar su
carácter tradicional (muchos de ellos se remontan a la Edad Media) y su origen
generalmente popular (la gran mayoría son anónimos). Su condición de patrimonio
del pueblo queda reflejada por Sancho Panza, que, ante la queja de su amo por
el uso abusivo que de ellos hace, replica: «¿A qué diablos se pudre de que yo
me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino
refranes y más refranes?».
Las paremias o refranes -se toma la categoría
en un sentido amplio para incluir en ellas sentencias, proverbios o adagios,
sin diferenciar las particularidades de unos y otros- incorporan como elemento
definidor una vocación ejemplificadora, pues buscan transmitir una enseñanza,
una advertencia o un consejo. Hacen uso frecuente del tiempo presente con valor
intemporal (presente gnómico) -En boca cerrada no entran moscas-,
aunque recurran en ocasiones al imperativo -Dime con quién andas y te
diré quién eres-. Es característico el uso de los grupos nominales sin
artículo, que adquieren así interpretación genérica o arquetípica: Agua
pasada no mueve molino. Contribuye a ello el uso de verbos transitivos
en uso absoluto, sin complemento directo: El hombre propone y Dios
dispone.
La mayoría de los refranes se caracterizan por
tener una estructura bimembre, muchas veces sin presencia verbal: Mal de
muchos, consuelo de tontos. Facilitan su retención o aprendizaje los
efectos rítmicos y de sonoridad obtenidos mediante paralelismos, anáforas y
otras repeticiones (Año de nieves, año de bienes), y a través de
la rima (Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a
remojar), que tiene función mnemotécnica. No faltan la metáfora (Cuando
el río suena, agua lleva), la metonimia (Ojos que no ven, corazón
que no siente) o la hipérbole (En abril, aguas mil),
todos ellos recursos propios de la función poética del lenguaje.
Con cierta frecuencia las enseñanzas de los
refranes se asocian con la experiencia y el sentido común, el proverbial buen
juicio del pueblo, lo que, sin embargo, no está reñido con la contradicción. Un
refrán vale para defender una idea o la contraria. Las muestras son
innumerables:
-
Al que madruga Dios le ayuda
-
No por mucho madrugar amanece más temprano
-
Las apariencias engañan
-
La cara es el espejo del alma
-
El que no arriesga no gana
-
Vale más pájaro en mano que ciento volando
-
Vale más malo conocido que bueno por conocer.
Parecería que la vocación del refranero es la
de dar respuesta a cada situación, lo que uno desecha a otro aprovecha, tal
como reza el dicho. Hay, también, quienes comparten con don Quijote la idea de
que no parece mal «un refrán traído a propósito, pero cargar y ensartar
refranes a troche y moche hace la plática desmayada y baja».
(Fuente:
Nunca lo hubiera dicho, Taurus, Madrid, Real Academia Española, Asociación de
Academias de la Lengua Española, págs., 225 y 226).

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