JUAN RAMÓN MARTÍNEZ: COLUMNISTA, ABOGADO, DIRECTOR DE LA ACADEMIA DE LA LENGUA Y OLANCHITO EN ESE ORDEN
Sección Cultural
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Osman Guardado
OLANCHITO, Yoro. — En febrero de 1963, un joven
de 21 años subió a un viejo DC de la Segunda Guerra Mundial en el improvisado
aeropuerto de El Arrayán, en las afueras de Olanchito, con un baúl de metal
comprado por 26 lempiras, sesenta en el bolsillo prestados por su padre peón de
la Standard Fruit Company – y una beca de cien lempiras mensuales que no
admitía errores: aplazar una sola materia significaba perderla todo y no poder
volver jamás a la Escuela Superior del Profesorado.
Ese joven era Juan Ramón Martínez
Bardales. Y nunca volvió a Olanchito a quedarse — pero nunca dejó de
ser de allí.
Juan Ramón Martínez Bardales nació del amor y
del trabajo de dos personas sencillas que le dieron lo único que tenían para
darle: ejemplo y valores. Su padre, Juan Martínez Cruz,
era peón de la Standard Fruit Company en los campos bananeros de Coyoles
Central — un hombre de trabajo duro, silencioso en sus afectos pero generoso en
su fe en el hijo que se iba: fueron sus sesenta lempiras los que financiaron el
primer día de una carrera intelectual que cambiaría Honduras.
Su madre, doña Mencha Bardales —
como la llamaban con el cariño que los pueblos reservan para las mujeres que
sostienen todo — guardó una “esperanza sin fisuras” el día que vio despegar el
avión que se llevaba a su hijo mayor hacia Tegucigalpa, sin saber exactamente
cuándo ni cómo regresaría.
Junto a ellos creció Juan Ramón en aquella
vieja casa del abuelo en la calle La Unión, rodeado de sus hermanos: Antonia,
Vani Edgardo, José Dagoberto,Ana del Carmen, Ada Argentina y Jorge Abel.
Y de las tías Tila y Pimpa, que tanto lo quisieron y que
estuvieron en silencio, “al borde de las lágrimas”, el día de la partida. Una
familia humilde del Valle del Aguán que apostó todo al talento de uno de los
suyos — y no se equivocó.
Hoy, más de seis décadas después de aquel vuelo
sobre los techos de zinc de su ciudad natal, Juan Ramón Martínez es el
intelectual público más grande e influyente de Honduras, director de la
Academia Hondureña de la Lengua, Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa, y la
voz periodística más persistente que haya producido el Valle del Aguán.
Olanchito la Ciudad Cívica de Honduras,
nombrada así por el profesor Max Sorto Batres, por ser cuna de escritores,
dramaturgos y pintores. Juan Ramón Martínez nació en ese ambiente el 18 de mayo
de 1941, en el seno de una familia humilde. Sus primeros años los vivió en
Coyoles Central, en medio de los campos bananeros de la Standard Fruit Company
donde su padre Juan Martínez Cruz trabajaba como peón.
La geografía de su infancia — el ferrocarril
que llegaba y salía todos los días de la estación de la calle La Unión, las
haciendas de la compañía bananera, el instituto Francisco J. Mejía donde cursó
su secundaria — fue también su primera aula de periodismo y pensamiento
crítico.
Antes de salir de Olanchito, ya escribía. Desde
1958, a los 17 años, publicaba crónicas y editoriales en el Semanario Patria,
dirigido por Carlos Urcina — su primera trinchera periodística y el primer
indicio de la vocación que lo definiría para siempre.
Años después, Max Sorto Batres, quien lo había
escuchado como orador estudiantil de “indudables bríos y fuerza”, no podía
creer que aquel joven de Olanchito hubiera logrado consolidarse como escritor
nacional.
La beca para la Escuela Superior del
Profesorado Francisco Morazán fue la llave que abrió el mundo para Juan Ramón
Martínez. La obtuvo tras presentar examen en San Pedro Sula — allí conoció a
Julio Escoto, quien sería uno de los grandes novelistas hondureños — y llegó a
Tegucigalpa en febrero de 1963 sin más equipaje que el baúl metálico, los
sesenta lempiras de su padre y la certeza de que no regresaría.
En la capital encontró un ambiente intelectual
que lo absorbió y lo formó al mismo tiempo. Conoció a Horacio Reyes Núñez, a
Darío Turcios, a Cecilio Dueñas Quezada. Años después, en la UNAH, obtendría su
Licenciatura en Ciencias Jurídicas y Sociales, y también su Maestría en
Ciencias Sociales en la Escuela Pedagógica Francisco Morazán.
El hijo del peón bananero de Coyoles Central se
había convertido en abogado, en maestro y en periodista — todo al mismo tiempo.
La trayectoria pública de Juan Ramón Martínez
es difícil de resumir porque abarca casi todos los espacios donde Honduras
construye — o destruye — su destino. Fue columnista del diario La Tribuna
desde 1976 — cincuenta años de columna continua, una
marca sin precedentes en el periodismo hondureño — y coordinador de los
suplementos Tribuna Cultural y Anales
Históricos, espacios que durante décadas fueron la referencia del
análisis histórico y cultural en la prensa nacional.
También mantuvo columna diaria en el Tiempo de
San Pedro Sula y una semanal en la revista Hablemos Claro.
En el servicio público fue Ministro
Director del Instituto Nacional Agrario (1990-1991) bajo la
administración de Rafael Leonardo Callejas, y Presidente del
Tribunal Nacional de Elecciones (1992-1993). Fue gerente de la
Confederación Hondureña de Cooperativas, Director Ejecutivo Fundador del
Instituto de Formación e Investigación Cooperativista, gerente nacional de
Cáritas de Honduras, y presidente de FOPRIDEH — la Federación de Organizaciones
Privadas de Honduras.
También se presentó como candidato
presidencial, con la coherencia de quien nunca confundió la política con el
poder personal.
La Academia Hondureña de la Lengua fue su
destino institucional más duradero. Tomó posesión el 26 de junio de 2006 con el
discurso “Porfirio Barba Jacob en Honduras”. Fue tesorero de 2006 a 2013,
secretario desde 2013, y el 15 de enero de 2016 fue elegido Director —
la máxima autoridad de la institución que vela por el idioma español en
Honduras.
Juan Ramón Martínez es autor de una obra que
cubre casi cada dimensión de la realidad hondureña. Su bibliografía
incluye Historia del movimiento cooperativo (1975); Isletas:
esperanzas y frustraciones (1981); Los grupos sociales
hondureños como probables sujetos de reformas (1982); La
pasión de Prudencia Garrido y otros relatos (1993); Una
mujer ante el espejo, la biografía de Lucila Gamero de Medina,
la primera novelista de Honduras (1993); Ramón Amaya-Amador. Biografía
de un escritor (1995) — que convirtió a su paisano de Olanchito en
figura documentada para la posteridad —; Honduras, las fuerzas del
desacuerdo (1998); El asalto al cuartel San Francisco (2003); Oficio
de caníbales (2006); Cuentos tardíos y Diario
del retorno (2010).
Más de treinta obras que, tomadas en conjunto,
forman el archivo intelectual más completo que un solo hondureño haya
construido sobre su propio país en el siglo XX y lo que va del XXI.
Los reconocimientos llegaron de instituciones
hondureñas y extranjeras: la Medalla Isabel Goías de López (1965);
el Premio Paulino Valladares al mejor editorialista,
otorgado por la Asociación de Prensa Hondureña (1986); el Premio
Cultural Guillermo Castellanos Enamorado de la Universidad
Pedagógica Nacional Francisco Morazán (2003); el Premio Rosario
Sagastume de Ferrari del Congreso Nacional (2004); el Premio
Nacional de Literatura Ramón Rosa (2016) — el más alto
reconocimiento a las letras hondureñas — y el Premio Ohtli del
Gobierno Mexicano (2017), otorgado a quienes han contribuido al
bienestar de la comunidad mexicana en el exterior y al fortalecimiento de los
vínculos culturales con México.
En 2024, fue despedido de La Tribuna tras
publicar una columna que cuestionaba al gobierno. Tenía 83 años. Siguió
escribiendo al día siguiente.
Quien conoce a Juan Ramón Martínez más allá de
sus columnas encuentra a un hombre que, según quienes lo frecuentan, conserva
las costumbres de los personajes de su tiempo: conversador, de lenguaje fluido,
gran devorador de libros sin importar el género o el tema, amigo de la ironía y
del chiste bien contado, pero capaz de analizar “seria y fríamente el acontecer
nacional” cuando la gravedad lo requiere.
Está casado con Nora Isabel
Midence Bones, con quien tuvo cinco hijos: Juan Ramón, José Ernesto,
Elia Mercedes, Alejandra María, Juan Fernando y Mario Roberto Giron (adoptivo).
La pérdida de su hijo José Ernesto — poeta, diseñador gráfico, autor del
libro El Idilio de las Flores — fue el golpe más duro de su
vida personal, descrito en sus propias palabras con una mezcla de dolor y
orgullo que solo los padres que han amado sin reservas pueden escribir.
Su origen es, para él, un dato de identidad, no
de superación. Nunca renegó del peón de la Standard ni de las calles de tierra
de Olanchito. “Tiene su origen en el seno de los sectores sociales más humildes
de Honduras”, decía su perfil político — y él nunca lo desmintió con sus
acciones.
Olanchito es el municipio con el mayor índice
de alfabetización de todo el departamento de Yoro, con un 86.4%. Ese dato no es
un accidente — es el resultado de generaciones de familias que apostaron por la
educación como única palanca de movilidad en una ciudad sin grandes capitales
ni apellidos de privilegio.
Juan Ramón Martínez es el ejemplo más
documentado de ese modelo: hijo de un peón, becado por el mérito, formado en la
capital, y devuelto a Honduras entera en forma de columnas, libros, discursos y
análisis que durante seis décadas no han dejado de decir lo que muchos
prefieren no escuchar.
El avión de 1963 despegó de un descampado árido
a las afueras de Olanchito. El muchacho que se asomó a la ventanilla y vio
desaparecer los techos de zinc de su ciudad natal no regresó como alcalde —
como su amigo Darío Turcios le había advertido en broma que le pasaría si se
quedaba. Regresó como el intelectual más persistente que esa ciudad ha
producido.
Y eso, para Olanchito, vale más.
En el mes de su natalicio, en El Comejamo
hacemos este humilde pero sincero reconocimiento a un personaje que inspira en
el periodismo, en su vida y en su amor por Olanchito… Felicitaciones
mi querido y predilecto paisano Juan Ramón Martínez

Feliz Cumpleaños!
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