Maestros: JESUS MEDINA NOLASCO. EL EDUCADOR INOLVIDABLE
Juan Ramón Martínez
En enero de 1955, Julio Lozano Díaz, Jefe del
Estado, visitó Olanchito. Fue recibido en el Aeropuerto “El Arrayan” por las
autoridades locales encabezadas por el diputado Mauricio Ramírez y el Alcalde
Municipal Francisco R. Lozano. En la comitiva que acompañaba al Jefe del
Estado, destacaba el Ministro de Trabajo y Previsión Social Mariano P. Guevara
y el de Educación Enrique Ortez Pinel. La visita en realidad tenía motivos
políticos muy evidentes: acercar al Jefe del Estado a la dirección y bases
sindicales de los trabajadores bananeros de los distritos de Coyoles e Isletas
de la Standard Fruit Company; y defender su proyecto de consolidación
institucional. Ortez Pinel, era un líder político liberal, con sus bases en La
Ceiba y Olanchito, de forma que tuvo la oportunidad de conversar con sus
colegas; e incluso, escuchar peticiones que algunos vecinos y dirigentes
políticos y magisteriales como Francisco Murillo Soto que entre otros le
hicieran. Y durante el almuerzo, Ortez Pinel, más hábil y comunicador, hizo
preguntas y escuchó respuestas sobre el funcionamiento del Instituto Francisco
J. Mejía. Ortez Pinel ya había saludado y conversado brevemente con el profesor
Julio C. Benites, director de esta institución educativa. En las conversaciones
con el Ministro de Educación, una persona no identificada le puso en
conocimiento que había muchas faltas en el Instituto Francisco J. Mejía. Que la
disciplina dejaba mucho que desear; y que incluso varios profesores
aprovechaban las debilidades del liderazgo de Benites, para incurrir en faltas
absolutamente inaceptables. Le refirieron que un profesor se había fugado con
una alumna. Allí mismo, Ortez Pinel anotó la necesidad y urgencia del cambio
del director del Instituto Fráncico J. Mejía, por otro educador más respetable
y con mayor disposición para el ejercicio disciplinario indispensable.
Al regresar a Tegucigalpa, ordenó al Director
General de Educación Media, que le propusiera candidatos para director del
Instituto Francisco J. Mejía de Olanchito. Dos días después Ramón Carias
Donaire le presentó al Ministro Ortez Pinel, una lista de tres candidatos,
encabezada por Jesús Medina Nolasco, que, para entonces era el director del
Instituto “Juventud Hondureña” de Ocotepeque, cabecera del departamento del
mismo nombre. Dos semanas después, informado Jesús Medina Nolasco, se presentó
a Tegucigalpa, en donde le dieron el acuerdo para que, a más tardar a
principios de 1956, se trasladara a Olanchito y que se hiciera cargo de la
Dirección del Instituto Francisco J. Mejía.
Jesús Medina Nolasco había nacido el 28 de
diciembre de 1894 en Jesús de Otoro, departamento de Intibucá, en el hogar
formado por Felipe Medina, --“proletario con bienes”-- y Claudia Nolasco, de
--“oficios domésticos”.-- Había realizado sus estudios primarios en la escuela
Primaria de Jesús de Otoro e ingresado a la Escuela Normal de Varones dirigida
por el educador guatemalteco Pedro Nufio, donde el 25 de febrero de 1915 se
graduó como Maestro de Educación Primaria. Ese mismo año inició su carrera magisterial
como Director de la Escuela de Varones de la Esperanza, Intibucá, y sirviendo
clases como catedrático en La Escuela Normal de Occidente hasta el año 1919.
Ese año, se produjo un movimiento militar en contra del gobierno de Francisco
Bertrand que intentaba en las elecciones imponer a su concuño Nazario Soriano
como sucesor suyo en la Presidencia de la República. Jesus Medina Nolasco, tuvo
que dejar el cargo y la docencia, hasta 1921 en que regresó a La
Esperanza como subdirector y secretario de la Escuela Normal de Occidente. Un
año después en 1922, Jesús Medina Nolasco, junto al profesor Salomón Sorto y un
grupo de alumnos de la escuela Normal de Occidente, defendió militarmente el
cuartel de Intibucá y el de Yamaranguila. El escribió un tiempo después que “en
1922, el 4 de abril el general Ferrera quiso derrocar al gobierno del Gral.
Rafael López Gutiérrez, atacando con sus “indios” el cuartel de La Esperanza.
Entonces nos presentamos a defender el cuartel y el gobierno de López Gutiérrez
con el profesor Salomón Sorto y un grupo de estudiantes. Nos acompañó el Lic.
Antonio Santos Pineda y el coronel Raymundo Gómez. Era el Mayor de Plaza el
coronel Carlos E. Valladares, de Olancho. El ataque de Ferrera fue infernal,
violento, impetuoso casi salvaje. Se peleó toda la noche, hubo centenares de
muertos, pero no se tomó el cuartel. Fue rechazado, triunfando las armas del
gobierno. En esta acción cívica fuimos ascendidos todos los defensores del
cuartel. A mí me ascendieron al grado de Teniente Coronel del Ejército y me
nombraron Mayor de Plaza de la Esperanza, Intibucá. Después me llamó el
Presidente general Rafael López Gutiérrez, quien me apreciaba mucho y me
nombró Mayor de Plaza de Tegucigalpa, cargo que desempeñé un año. En 1923
me nombró Comandante de Armas y Gobernador Político de Gracias, hoy Lempira,
donde permanecí hasta después de las elecciones verificadas a fines del año,
pues en 1924 se levantaron en armas en contra del gobierno en La Esperanza los
generales Vicente Tosta Carrasco y Gregorio Ferrera, traicionando a López
Gutiérrez, quien había asumido la presidencia habiendo empatado en las
elecciones para sucederle Tiburcio Carias Andino, Juan Ángel Aras y Policarpo
Bonilla en las elecciones. Ninguno obtuvo mayoría absoluta y el Congreso
Nacional no pudo elegir el sucesor. Entonces me encontraba de comandante de
armas en Santa Rosa de Copán. Dimos la vuelta por Puerto Barrios a Puerto
Cortes llegando a San Pedro Sula a cooperar en la defensa de la Plaza. Peleamos
en Trincheras contra Vicente Tosta, pero la gente no quiso entrar en acción
porque eran seguidores de Policarpo Bonilla y la revolución andaba con bandera
“policarpista”, traicionando también al doctor Policarpo Bonilla. Salimos a
Belice y de allí a Guatemala donde estuvimos seis años emigrados”. (Jesús
Medina Nolasco, carta a su hija Aracely Medina, febrero de 1963)
Otro observador se refiere a estos actos,
confirmando que cuando fue Medina Nolasco “Gobernador Político y Comandante de
Armas de Gracias, departamento de Lempira en 1924, y debido a la traición del
Jefe de Telégrafos Departamental fue sorprendido el 7 de febrero por las tropas
casi desarmadas de la Revolución Reivindicadora (dirigida por los generales
Tiburcio Carias, Gregorio Ferrera, Vicente Tosta Carrasco y Francisco Martínez
Fúnez). Intentó resistir, pero ante el alzamiento de su propia tropa, huyó a la
Costa Norte y tomó parte en la campaña de febrero y marzo de aquel año”. (Víctor
Cáceres Lara, Adiós a un viejo maestro, El Día, Tegucigalpa).
Como los triunfadores fueron los rebeldes
revolucionarios y se nombró por medio del Pacto de Amapala Presidente
Provisional a Vicente Tosta Carrasco, a Medina Nolasco le tocó las de perder.
Recibiendo el tratamiento que aquí se acostumbra en estas circunstancias,
teniendo que abandonar el país. Se refugió en Guatemala como exiliado político.
En efecto, Medina Nolasco, emigró del país como
queda dicho. Se encaminó a Guatemala, donde se desempeñó como como time-keeper
en los trabajos de construcción del ferrocarril entre Guatemala y El Salvador.
También en este periodo, prestó servicios educativos en el Instituto de Jalapa
y después en ciudad de Guatemala.
En 1930, en el gobierno liberal del doctor
Vicente Mejía Colindres, después de seis años de exilio político, regreso Jesús
Medina Nolasco a su país; y se reincorporó a la docencia nacional. Fue
nombrado director del Instituto Ramón Rosa de Gracias. Allí, un joven
alumno, Víctor Cáceres Lara, posteriormente gran historiador nacional fue
discípulo suyo. Luego pasó al “Juventud Hondureña” de Ocotepeque, al “Juan
Lindo” de Trinidad Santa Bárbara, “León Alvarado” de Comayagua, “José Trinidad
Reyes” de San Pedro Sula, “Manuel Bonilla” de La Ceiba y de nuevo “Juventud
Hondureña” en Ocotepeque, desde donde en 1956 es nombrado para que dirigiera el
Instituto Francisco J. Mejía de Olanchito.
El día 20 de enero de 1956, en que el profesor
Jesús Medina Nolasco, llega a Olanchito, tenía 62 años de edad. Nadie lo estaba
esperando en El Arrayan, el aeropuerto de Olanchito. Espacio donde aterrizaban
los aviones comerciales. Tomó el vehículo de Alberto “Betio” Zúñiga, el único
que daba el servicio a los viajeros y lo llevó al Hotel Central, donde alquiló
una pieza y en la cual residió invariablemente durante toda su estancia de
varios años en Olanchito.
Era un hombre de mediana estatura, un poco
robusto, sin bigote, anteojos sin aros y hablaba suave y moderado. No había en
su comportamiento, ninguna postura rígida, expresión directa que hiciera pensar
que aquel hombre, que exhibía la herida de un disparo en la mano izquierda,
fuera algo más que un distinguido educador. Mucho menos imaginar que tuviera el
título de coronel y mucho menos que hubiera participado en la guerra civil de
1914. Vestía saco y corbata azul y al bajar por la escalerilla del DC3, Arnulfo
Fúnez, encargado de la compañía SAHSA en Olanchito, le vio unas zapatillas
beige, nuevas y muy brillantes que le llamaron la atención. Los
calcetines eran negros. Un sombrero fino, en la mano izquierda que al bajar se
puso en forma suave sobre su cabeza en la cual, empezaban a distanciarse los
cabellos mezquinos. Sudaba un poco; pero se le vio sereno, confiado y seguro.
Identificó como suyas dos maletas en donde llevaba sus prendas personales y los
invariables libros pedagógicos que siempre lo acompañaron.
En febrero de 1956, ingresamos al Instituto
Francisco J. Mejía, al primer curso de secundaria. Éramos becarios de la
municipalidad de Olanchito. La cuota mensual era de 12 Lempiras y en los
exámenes los alumnos teníamos que pagar 1.50 por cada asignatura mismos que no
cubría la beca. El edificio del instituto quedaba en dos edificios
contiguos, situados al norte del parque Central de Olanchito, conocido como
Francisco Morazán. Eran nuestros compañeros, Adolfo Ramírez, Evelio Flamenco,
Manlio Ramírez, Darío Meléndez, Sonia Quesada, Berfalia Bonilla, Ana Melara,
Molvin Semack, Rebeca Rivera, Ruth Zúñiga, María Quesada, Arturo Morales, Cesar
Posas, Rigoberto Zúñiga, Darío Turcios, Mario Soto Puerto, Nelda Soto Puerto,
Cossete Morales, Diana Santos, Julia Asley Matute, Hilda Ochoa, Rubén Carrasco,
Hernán Melara, Guillermo Spears, Rodolfo Zamora y Antonio Escobar. En segundo
curso se agregaron Marianela Mejía Ortega, Nora Mejía y Víctor Carrasco. En
tercero, Felipe Ponce Fiallos que venía de la ciudad de México, y María
Cristina Venegas. En cuarto curso Ovidio Padilla. Y para cursar algunas clases
de magisterio, el inolvidable José Abel Melara Vega (Pepe) en este último tramo
de nuestra formación. Nuestros profesores fueron Francisco Murillo Soto,
Modesto Herrera Munguía, Max Soto Batres, Vidalina Caballero, Alfonsina Puerto
Posas, Ibrahim Puerto Posas, Joaquín Reyes Figueroa, Alicia Ramos de Orellana,
Donaciano Reyes Posas, Lisandro Quesada Bardales, Ranulfo Rosales Urbina,
Janeth Hoch, Antonio S. Soto, Leonor Alvarado Puerto de Soto y Jesús Medina
Nolasco. La profesora América Tulia Fúnez era la Consejera para las
señoritas y Timoteo Puerto Consejero para los varones. A la muerte de este, le
sustituyo Humberto Caballero. Max Sorto Batres, era el Secretario del
Instituto. El profesor Medina Nolasco, impecable vestido de saco y corbata,
igual que Modesto Herrara Munguía, dirigía a los profesores, organizaba las
actividades de la institución; y sólo en último año, fue nuestro maestro en
clases de pedagogía las que servía con religiosa solemnidad y profesionalismo
impecable.
Ese mismo año en agosto de 1956, se declaró la
huelga general estudiantil en contra del gobierno de Lozano Díaz. El director
Medina Nolasco, mantuvo abierto el instituto y un grupo de alumnos de primer
curso a los que sus familias controlaban, les obligaron diariamente a asistir
al instituto sin recibir clases porque los maestros seguían la huelga y no
llegaban. Jesús Medina Nolasco se mantuvo sereno y tranquilo, haciendo sus
tareas administrativas, sin recurrir a las autoridades militares; e incluso sin
hacer ninguna acción para que los estudiantes huelguistas volvieran a sus
clases. Se mantuvo impávido y en silencio profesional. Confirmando que era
un educador y que la política, para entonces, ya no era cosa suya. Otros
profesores en cambio, aprovecharon la oportunidad para acercarse al comandante
militar de Olanchito Capitán Joaquín García, para entregarle supuestos papeles
que mostraba la injerencia comunista en la huelga estudiantil.
En 1958, tuve mi primera relación personal con
el profesor Medina Nolasco. En el primer semestre, de acuerdo con las
instrucciones emanadas desde Tegucigalpa, los estudiantes podíamos elegir a
nuestras autoridades. Surgió la candidatura de Oscar Melara Murillo y
nosotros, nos nucleamos alrededor de José Abel Melara Vega. En la fórmula de
Melara Vega íbamos de Secretario General. La campaña, como no podría ser de
otra manera, se polarizó entre Melara Murillo al cual apoyaban los
nacionalistas y la nuestra – encabezada por Pepe Melara Vega-- que era apoyada
por los liberales. Las elecciones se hicieron de viva voz, -en el salón
principal del Instituto- con una compañera encargada de ir anotando los votos
en una pizarra con tiza blanca. En un momento cuando se vio que Melara Murillo
nos iba ganando, los mayores y más fuertes y agresivos de nuestro grupo
–recuerdo a Danilo Soto y a Fuad Mahomar— se encaminaron a donde se llevaban el
conteo y borraron la pizarra. Aquello provocó un caos, en que hasta algunas
sillas y mesas del aula general terminaron volcadas sobre la calle. Afortunadamente,
ninguna persona resultó afectada por golpe o herida alguna. Al día siguiente,
las clases se suspendieron y empezó el tiro y afloja entre los dos grupos; el
de Oscar Melara Murillo que reclamaba que había ganado y nosotros, que nos
negamos a aceptar el resultado en vista que el torneo electoral no había
concluido. La confrontación fue de tal grado que don Rafael Melara Mercadal,
padre de Oscar Melara, visito a mi abuelo Victoriano Bardales Núñez –en cuya
casa residía mientras estudie y trabaje en Olanchito– para quejarse porque
decían que yo y el grupo del cual formaba parte, teníamos planes de hacerle
daño físico a su hijo Oscar Melara Murillo. Yo negué implicación alguna en
cualquiera acción de esa naturaleza. Mientras tanto entre los dos grupos
enfrentados, privaba el criterio de la formalidad: si la Dirección del
Instituto no daba posesión al nuevo presidente y sus directivos, nada era
legítimo. Aprovechando el anuncio de la visita de unas personalidades al
instituto Francisco J. Mejía, el grupo de Oscar Melara Murillo, creyó que podía
aprovechar para conseguir que el profesor Jesús Medina Nolasco, nuestro
director, les tomará la promesa de ley correspondiente. Ante la
eventualidad, nuestro grupo nos comisionó a Carlos Ramos Martínez y a mí, para
que habláramos con el director Jesús Medina Nolasco y le convenciéramos para
que no se le diera al grupo de Oscar Melara Murillo la oportunidad de legitimar
lo que no habían logrado formalmente en las elecciones: ganar oficialmente las
elecciones, en vista que el proceso electoral había sido bruscamente
interrumpido. El tono mío y el de Carlos Ramos Martínez, no era sino el de
dos adolescentes exaltados que, entre otros argumentos, le dijimos a Medina
Nolasco que si le daba posesión a Oscar Melara Murillo, “correría la sangre”.
Medina Nolasco nos oyó sin interrumpirnos y sin darnos lección alguna sobre
cómo debíamos comportarnos. Aunque esperábamos que nos sermoneara, nos escuchó
con atención, sin opinar sobre la corrección o incorrección de nuestra
petición, que en la distancia juzgamos irregular e irresponsable. Pero recuerdo
que en la medida en que hablaba Medina Nolasco, entendía que no teníamos razón;
que la amenaza era infantil; y que de cierta manera estábamos faltándole el
respeto a la institución, al Director del Instituto Francisco Mejía; e incluso
a nosotros mismos. Porque contrario a lo que se podía esperar, repetimos no nos
sermoneo, no nos dio lecciones de civismo; ni nos reclamó por lo que habíamos
hecho y menos por la amenaza que le habíamos transmitido con infantil
irresponsabilidad. Terminó, con enorme suavidad, se puso de pie y nos dijo,
muy bien jóvenes, estoy suficientemente informado. La tensión en el
Instituto se redujo sensiblemente con el paso de los días, y el director Jesús
Medina Nolasco nunca le permitió a Oscar Melara Murillo que tomara posesión del
cargo de Presidente del Consejo Estudiantil del Instituto Francisco J. Mejía,
aunque contaba con la mayoría del respaldo de los estudiantes de la
institución. Según creía entonces, le habíamos ganado la batalla a los
cachurecos. En 1966, ya jubilado Medina Nolasco, me lo encontré en la calle
la Fuente de Tegucigalpa y después de los afectuosos saludos, me dijo: “¿Ahora
entiende Juan Ramon lo que tiene que hacer un director cuando enfrenta las
dificultades y peleas entre los alumnos? Y como sabia porque me lo decía, le
respondí, claro que sí profesor; y le agradezco lo mucho que aprendí con usted.
En el mes de octubre de 1960, previo a recibir
nuestro título como Maestros de Educación Primaria, el profesor Jesús Medina
Nolasco encabezo la terna que me examino en lo se llamaba “el himno nacional”.
La prueba no era sobre el conocimiento de la letra y la interpretación del
discurso poético de Augusto C. Coello, sino que mostrar las habilidades que un
mentor debe tener para cantar el himno. Nunca fui bueno para cantar. Más bien
fui objeto de burlas de mis compañeras por mi despiste musical. Aprendí a bailar
–lo que se debe entender como el conocimiento de los rudimentos mínimos para
salir al paso en los bailes colectivos– cuando estaba a mediados de la carrera,
de modo que mis capacidades eran muy limitadas. Medina Nolasco me pidió que
interpretara la quinta estrofa y no recordé ni la letra y menos pude sino
canturrear algunas notas desperdigadas. Con una energía que nunca le había
visto, dijo rápidamente ¡esta aplazado¡ Como supe el riesgo, me incorpore y le
dije no acepto su decisión y le ruego que me vuelva a preguntar. Para entonces
dos compañeras muy fraternas, Sonia Quesada y Nora Mejía, se colocaron muy
cerca de la puerta donde se efectuaba el examen y volviendo a ver, cantaron muy
suave, la música del himno nacional que pude interpretar siguiendo la música
que salía de la garganta de mis compañeras y con una voz que no tiene mucho de
musical. Dice una de mis hermanas que los Martínez no tenemos habilidades de
cantantes y menos de bailadores. El profesor Medina Nolasco que creo que
me estaba cobrando algunas deudas vencidas, sonrió mus discretamente; y me dijo
con mucha suavidad, ¡aprobado¡ Me levante aliviado de haber sorteado la última
prueba para concluir los estudios de la primera y más importante de mis
carreras profesionales.
Jesús Medina Nolasco, nunca se casó.
Vivió, siempre solo. Sin embargo, tuvo varias relaciones maritales con
diferentes mujeres en San Pedro Sula, Ocotepeque y Jalapa. Cuando llegó a
Olanchito, era padre de Guillermo Medina Santos (ex presidente del Banco
Nacional de Fomento) y Omar de Jesús Santos hijos procreados con Margarita
Santos; Iris Milagro Medina engendrada con Rosa Isabel Acosta Gutiérrez. Iris
Milagro Medina Acosta fue esposa del famoso ex alcalde liberal de Puerto
Cortes, P.M. Roberto Valenzuela; e Irma Araceli Medina, engendrada con de Jesús
Valdivieso de Ocotepeque y que unos meses después, llegaria a Olanchito en
donde cursaría sus estudios en el instituto bajo la dirección de su padre. En
Jalapa Guatemala, Medina Nolasco tuvo una relación con una mujer no
identificada; pero se sabe que procreo una pareja de gemelos cuyos nombres
ignoramos.
Hasta 1964, año en que de acuerdo con la ley se
jubiló, Medina Nolasco dejo Olanchito. Tenía 70 años de edad. Se trasladó
entonces a Tegucigalpa, y se instaló en el Hotel Francia, a inmediaciones de
la entonces Escuela Normal de Señoritas. No quiso vivir en la casa de su hija
Aracely casada con el poeta y Lic. Juan Ramon Fúnez Herrera. El 22 de
febrero de 1967 –a la edad de 73 años– falleció en Tegucigalpa. Sus restos
reposan en el Cementerio General de Comayagüela. Para entonces, residía en
Langue Valle, en donde después de egresar de la Escuela Superior del
Profesorado, me desempeñaba como director del Instituto John F. Kennedy.
Víctor Cáceres Lara, escribió a propósito de su
deceso en el diario El Día una nota muy sentida por la muerte de su antiguo
profesor en el Instituto Ramón Rosa de Gracias, Lempira. Escribió el laureado
historiador, diputado y ex Ministro de Cultura, que Medina Nolasco, “fue él
un educador de verdad que irradio sus conocimientos en los colegios de La
Esperanza, Gracias, Ocotepeque, Trinidad de Santa Bárbara, Choluteca,
Comayagua, San Pedro Sula, Olanchito y Jalapa, Guatemala dedicando largos años
de su vida a la educación media. Medina Nolasco era un maestro de verdad.
Especialista en materias pedagógicas, especialmente Psicología; notable
profesor de Castellano, era inagotable su repertorio de bellos ejemplos de
literatura. Las clases del Profesor Medina parecía que duraban segundos y lo
que de ellas se aprendía era de un valor inestimable”.
En 1960, nos graduamos como Maestros de
Educación Primaria. Arturo Morales, Rodolfo Zamora, Antonio Escobar, Rigoberto
Zúñiga de bachilleres. El profesor Jesús Medina Nolasco nos entregó el titulo
correspondiente en una ceremonia inolvidable celebrada en el Salón Lux. El año
siguiente fui nombrado maestro del sexto grado de mi Escuela Modesto Chacón, al
tiempo que me mantuve activo en el periodismo local, participando además del
Semanario Patria, en la programación de Radio Mercurio, la primera emisora que operara
en Olanchito. Mientras tanto con el profesor Medina Nolasco nos volvimos
compañeros en el Bloque de Prensa, del cual él y yo éramos miembros. En 1962,
fuimos juntos a la celebración del Congreso de la APENH en Santa Rosa de Copan.
Allí compartimos con colegas de diferentes partes de la costa norte y
occidental del país. En febrero de 1963, deje Olanchito para establecerse
durante tres años en Tegucigalpa en donde curse el profesorado en Ciencias
Sociales de la Escuela Superior del Profesorado.
En febrero de 1963, con una beca, me vine a
estudiar a Tegucigalpa. No le volví a ver a Medina Nolasco sino una vez en
Tegucigalpa en la Calle La Fuente. Tiempo después falleció sin que me diera
cuenta siquiera. Creo que ninguno de mis compañeros se enteró. Entonces
trabajaba como director del Instituto John F. Kennedy de Langue, en el
departamento de Valle. Era Jesús Medina Nolasco, un gran maestro y yo había
aprendido muchas cosas con él que me sirvieron en mucho para el cumplimiento de
mis obligaciones.
En 1963, todavía residiendo en Olanchito, el
profesor Jesús Medina Nolasco empezó experimentar algunos problemas de salud.
En carta de fecha 6 de febrero de 1963, dirigida a su hija Irma Aracely Medina,
que residía en Comayagüela, le cuenta que tiene problemas de alta presión y
dolores reumáticos del pie derecho (la llave del pie y el tobillo) y que está
recibiendo tratamiento médico a base de inyecciones. Y que, por esa razón,
“no puede salir”. Pero, además, por la carta nos enteramos que hay en Olanchito
y de repente en Tegucigalpa, circulan comentarios que aluden a su afiliación
política. Aparentemente los liberales de Olanchito lo acusan de cachureco.
Ese año, la disputa por la candidatura presidencial entre Rodas Alvarado y
Alvarado Puerto que era respaldado por el Presidente Villeda Morales, hizo que
de repente en el interior del liderazgo local se cuestionara la supuesta militancia
cachureca del director del Instituto Francisco J. Mejía. En la carta que
hacemos referencia, el profesor Medina Nolasco, le dice a su hija que “toda
la vida he sido amigo de las causas justas y nobles, defendiendo los derechos
del pueblo y los principios democráticos, la libertad y especialmente los
hermosos fueros del Partido Liberal, ostentando y defendiendo los colores
rojo—blanco—rojo que forman nuestra bandera gloriosa que flamea con orgullo en
la cúspide de los cerros y en el corazón de los hondureños libres, soberanos e
independientes que gozan de todos los derechos humanos”. Es probable que los
liberales para entonces, le hayan echado el ojo al cargo de Director del
Instituto Francisco J. Mejía y que para ello se haya recurrido al expediente de
acusar de cachureco a Medina Nolasco. Pero resulta que ningún liberal de
Olanchito de entonces, tenía antecedentes políticos liberales que
siquiera se le acercaran a los de Medina Nolasco. “En la campaña
eleccionaria pasada, estuve en favor de liberalismo, acuerpando al doctor Ramón
Villeda Morales, con quien me entendía personalmente y con los amigos que están
en el poder muy cerca de él, ocupando altos puestos, como el doctor Carlos Manuel
Arita, el Lic. Modesto Rodas Alvarado, el Dr. Héctor Alfonso Pineda López, el
Lic. Juan Miguel Mejía, el Dr. Vicente Mejía Colindres, el coronel José Mejía
Arellano, el Lic. Oscar Mejía Arellano”.
Y para ratificar su militancia liberal, dice
que son comprobaciones, el despacho de Teniente Coronel, otorgado por el
gobierno de López Gutiérrez “que conservo en mi poder firmado por el
Ministro de la Guerra Salvador Cisneros y sellado con el sello mayor de la
Republica por el general Rafael López Gutiérrez, Presidente de la república.”
Y su “cedula de Identidad de la que te adjunto una copia para que las muestres
a don Ángel Carbajal para que la enseñe a quien el estime conveniente y si
desean el original te lo mandare por correo para mayor comprobación”. Al final
de la carta, sin quejarse porque se siente plenamente justificado, apenas habla
de su dedicación a sus tareas magisteriales, cuando le dice a su hija que estoy
abrumado de trabajo. Hay más de 220 alumnos matriculados. Ya estamos
trabajando. Te saludan todas y todos tus amigos. Recibe muchos recuerdos
cariñosos y abrazos. Jesús Medina N”.
Cuando el profesor Jesús Medina Nolasco dejó
Olanchito, en 1964, no hay referencias que se le haya ofrecido algún homenaje
especial. Nadie me ha referido de la celebración de festejos de despedida; o de
homenaje alguno por la extraordinaria labor educativa realizada. Dejo la
“ciudad cívica”, donde le debemos tanto al profesor Medina Nolasco, como había
llegado, discreto, en silencio, sin reclamar nada, solo buscando la forma
suave servir en la mejor forma posible a la educación nacional. De allí
que creo que estamos en deuda con este valioso y extraordinario maestro que
tantas cosas buenas hiciera en las generaciones que estuvieron bajo su tutela y
cuidado. No hay una fotografía suya en el Instituto Francisco J. Mejía, un aula
que lleve su nombre; ni tampoco una escuela siquiera es honrada con su estela
de gran maestro y forjador de nuevas generaciones”.
Tegucigalpa, junio 1 de 2025.

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